El gobierno alemán ha desvelado sus planes para después del apagón nuclear previsto para 2021: llenar el Sáhara marroquí —se está estudiando un convenio similar con Túnez y Argelia— de paneles solares fotovoltaicos.
El gobierno alemán ha desvelado sus planes para después del apagón nuclear previsto para 2021: llenar el Sáhara marroquí —se está estudiando un convenio similar con Túnez y Argelia— de paneles solares fotovoltaicos.
El Sr. Rubalcaba, a la sazón candidato del Partido Socialista a presidir el próximo Gobierno de España, se dedica —como el resto de los candidatos— a pontificar aquí y allá sobre lo que él o sus asesores creen que convendría hacer, o dejar de hacer, para sacar al país de la crisis. Lo último, y lo más notable que ha dicho hasta ahora, es que «no hay forma de salir del agujero sin cambios en la política monetaria», lo que no deja de ser bastante cierto. Lo malo es que los cambios que preconiza no cambian nada.
Lo más característico de lo que está pasando en Europa y en el mundo con el dinero y con la energía —las dos únicas cosas que realmente importan a corto plazo por su capacidad para modificar drásticamente la evolución de los acontecimientos— es la falta total de planificación.
Se responde a los acontecimientos a medida que se van produciendo y nuevas propuestas se improvisan para responder al fracaso de las anteriores.
Cuando acabe el año —y salvo que ocurra algún desastre— habremos votado para elegir concejales, diputados a Cortes regionales y diputados y senadores en las Cortes Generales; y, de manera indirecta, a alcaldes, diputados y presidentes provinciales, consejeros y presidentes comarcales y presidentes de gobiernos regionales y nacional y, luego, claro, a todo tipo de cargos altos, medios, intermedios y bajos, aunque esto último lo harán —sin nuestro concurso— los que han sido elegidos por los que elegimos entre un número limitado de opciones que, en la práctica, se reducen a dos, en listas en las que no podemos quitar ni poner a nadie, ni alterar el orden.
Lo que más me gusta —es un decir— de todo este carajal que se está montando y que, más pronto o más tarde, acabará por complicarnos mucho la vida es el espectáculo que están dando, al alimón, gobiernos, mercados y periodistas.
Hoy he comprado el Heraldo porque me han llamado la atención una foto y una noticia de portada, referidas ambas al impulso —cito textualmente— que va a dar el Ejecutivo regional a un “lobby internacional” a favor del proyecto de travesía central pirenaica (TCP), una especie de Guadiana del anterior Gobierno que había perdido puntos hasta el extremo de ser prácticamente descartado en los órganos europeos competentes en favor del eje mediterráneo.
Cada día que pasa parece menos probable que «vayamos a retomar la senda del crecimiento», por citar —literalmente— el mantra favorito de la ministra de Economía y Hacienda y, más o menos, de casi todos los políticos con mando en plaza o pretensiones de este país.
Tampoco parece que el PSOE vaya a ganar las próximas elecciones y menos, como parece que se han propuesto, a base de encantamientos, de viejas fórmulas de supuesta justicia redistributiva y de explotar la imagen de Mariano Rajoy. Así que, ¿no sería mejor que cogieran el toro por los cuernos y se convirtieran en abanderados de una nueva forma de entender la economía y de hacer política?
No hace mucho, invitado por el alcalde de Barbastro, asistí a un pase privado de There Be Dragons, una película de Roland Joffé, producida por miembros del Opus Dei a la mayor gloria de su fundador. La historia, que no estaba mal contada, no tenía, sin embargo, demasiado interés, aunque a algunos de los asistentes pareció emocionarles mucho, tal como había anunciado el presentador —uno de los productores— que ocurriría. Según dijo, un hermano suyo consiguió evitar la ruptura inminente de su matrimonio por el procedimiento de acudir con su pareja a ver la película.
Salen imágenes de Barbastro que no son de Barbastro ni, en contra de lo anunciado, lo parecen, y hay bastantes minutos dedicados a la guerra civil, presentada bajo un punto de vista pretendidamente conciliador, pero que no deja muchas dudas acerca de quiénes son los buenos y quiénes los malos.
Esta mañana, justo después de la llamada de Mila, me decía S. que habría que cambiar el nombre del blog y llamarlo Atrapados en Kiev, en lugar de Otoño en Kiev.
Cuando estábamos esperando la llamada para ir a la embajada —para lo que suponíamos que iba a ser la última gestión, obtener el visado—, nos ha dicho Mila que los pasaportes de las chicas, que supuestamente salieron ayer de la fábrica, no habían llegado.
Hoy tenemos que volver al Ministerio de Justicia para apostillar la sentencia y los certificados de nacimiento. Parece un trámite sencillo, pero, claro, no lo es.
El cielo está gris, aunque llueve poco. Las calles están casi ya limpias de nieve. En nuestro balcón, el suelo y el banco de madera están cubiertos de una delgada capa de hielo.
Hoy hemos ido al Ministerio de Justicia a apostillar la sentencia que nos dieron el viernes. Apostillar, según el DRAE, es poner apostillas que son, según el mismo diccionario, acotaciones que comentan, interpretan o complementan un texto, algo que no necesitábamos en absoluto, porque para nosotros la sentencia se comentaba a sí misma: era fácil de interpretar y no requería ningún complemento.
Supongo que no lo habrán hecho por hacerle un favor al Gobierno, pero los controladores se lo han puesto a José Luis Rodríguez Zapatero como cuentan que se las ponían a Felipe II. Supongo que las perdices que debía cazar sin mesura a pesar de la gota.
Una huelga salvaje, organizada por un colectivo cuyos miembros cobran mucho más del doble de lo que cobran los funcionarios mejor pagados de España —presidente del Gobierno incluido— y justo antes de empezar un puente como el de la Constitución, no es algo que un Gobierno acosado por la crisis y por las encuestas como el actual pueda dejar pasar como en otras ocasiones.
Hoy nos notifican la sentencia.
Salimos del nuevo apartamento, en el número 9 de la misma calle, y esperamos a T., que nos va a llevar al juzgado. Ayer nevó y todavía queda nieve. Hace frío, bastante.
Aparece el coche de T., con pinta de haber dormido al raso. Cuando pasamos el puente sobre el Dniéper, el barrillo que nos lanzan los otros coches se está quedando helado; el agua del limpiaparabrisas también está helada y casi no se ve. Tania para de cuando en cuando y echa un poco de agua de una botella que lleva en el coche, pero lo más emocionante es cuando lo hace sin parar, en medio del tráfico y con el cristal casi opaco. La verdad es que esta chica conduce muy bien.