Rufián, un pintoresco diputado del
Congreso, antes furibundo y deslenguado
independentista catalán y hoy sedicente
paladín de la unidad de la izquierda española, se postula como referente de una parte del paisanaje
que, según él, está desamparada por un PSOE en crisis terminal y por una constelación de partidos cuyas querellas y trifulcas los alejan de su electorado
natural. Un electorado que, ante semejante desamparo, podría inclinarse por el PP o incluso por la ultraderecha. O abstenerse. Pero si esas siglas, hoy separadas y en gresca permanente, se unen, sus partidarios por pocos que sean, votarán juntos por esa coalición que alcanzará, con tan
original procedimiento, las alturas del
Olimpo gubernamental. Pudiera ser, sin embargo, que el efecto fuera exactamente el contrario. Es decir, que electores que darían su voto a Sumar, por ejemplo, se dejaran cortar la mano antes que votar una coalición en la que estuviera Podemos. Pero, como de costumbre, aquí de lo que se trata es de conseguir una lista que encabezar, por pocas posibilidades electorales que tenga, siempre y cuando esté garantizada la salida para el cabeza de la lista y aquellos que hayan contribuido a hacer viable el invento. Y eso no es difícil. Como tampoco lo es que, en un escenario tan polarizado como el actual, esos pocos escaños sean decisivos a la hora de formar gobierno y permitan, a los cabecillas de la coalición, ejercer una influencia y disfrutar de unos privilegios que de otra manera nunca les hubiera correspondido.
No sería la primera vez.