Newton decía
que se sentía como un chiquillo que recoge conchas en la playa mientras ante él
se extiende el océano de lo que desconoce. El hombre común no suele ser
consciente de su ignorancia, pero basta mirar el cielo en una noche estrellada
para preguntarse por el origen y el destino de todo eso. Por eso hemos
construido modelos.La física, como
la religión y la política, tiene su catecismo. En cada época hay una ortodoxia
a la que conviene acomodarse si uno quiere hacer carrera en los grandes centros
de investigación. Y en las fronteras es donde es más fácil confundir ciencia con
conciencia, certezas con hipótesis.
Durante mucho
tiempo nos bastó con leyes simples. La Tierra dejó de ser el centro del
universo, las órbitas dejaron de ser circunferencias perfectas para ser
elipses, pero todo seguía respondiendo a reglas comprensibles. Aprendimos que
las cosas no caen "por su propio peso", sino por una fuerza que
podemos cuantificar en función de masas y distancias.
El problema es
que esa simplicidad se rompe en los extremos. A escala planetaria manda la
relatividad de Einstein. A escala atómica manda otra cosa: la mecánica cuántica
y su principio de incertidumbre, según el cual no podemos conocer a la vez la
posición y la velocidad de una partícula. A esa escala actúan fuerzas millones
de veces más potentes que la gravedad, y el orden cósmico se convierte en caos.
Einstein pasó
los últimos treinta años de su vida intentando unificar ambas visiones. Buscaba
una sola teoría que explicara a la vez el movimiento de las estrellas y el
comportamiento de los electrones y los quarks. Fracasó. Seguimos ahí.
¿Existe esa
teoría? Quizá. ¿Estamos preparados para entenderla? Quizá no. Un ordenador
puede hacer ciertas cosas y otras no. El cerebro humano también es un
ordenador, aunque no trabaja con algoritmos sino con patrones, y puede que su
cableado actual no dé para ciertas leyes del universo. Que existan no significa
que podamos comprenderlas.
Si hoy quieres
hacer carrera en ese terreno, tienes que abrazar con entusiasmo la teoría de
cuerdas. Simplificando mucho, dice que el componente último de la materia no
son quarks y electrones, sino minúsculas bandas de energía que vibran a
distintas frecuencias, como cuerdas de violín. Cada vibración produciría una
partícula distinta.
El problema es
que esas cuerdas, por ahora una creación puramente intelectual, se moverían en
un espacio no de cuatro dimensiones, como el de Einstein, sino de once. Eso
exige un aparato matemático que aún no tenemos y hace imposible, por mucho
tiempo, cualquier verificación experimental.
Salvando las
distancias, recuerda a los epiciclos. Los astrónomos ptolemaicos, para salvar
la idea de que la Tierra estaba en el centro, tuvieron que añadir círculos
sobre círculos a las órbitas de los planetas. Funcionaba matemáticamente, pero
cada nueva observación obligaba a complicar el modelo hasta hacerlo
inmanejable.
Algo parecido
puede estar pasando. Edward Witten y otros defienden que la teoría de cuerdas
podrá explicar tanto las estrellas como los quarks. Es posible. Pero por ahora
exige mucha fe y una capacidad de abstracción que no está al alcance de casi
nadie, igual que la demostración del Teorema de Fermat por Wiles: un trabajo
denso, basado en matemáticas que Fermat ni siquiera podía imaginar.
¿Y para qué
necesitamos una teoría unificada si la relatividad y la cuántica ya funcionan,
cada una en su ámbito? Porque no está en la naturaleza humana conformarse con
explicaciones parciales. Si miramos al cielo, es inevitable preguntarnos cómo
ha llegado a ser como es.
Nunca nos hemos
quedado sin respuesta. Antes la dieron las mitologías: en una leyenda islandesa
del siglo XIX el mundo nace del choque entre una región de hielo y otra de
fuego; de las gotas surge un gigante, para alimentarlo hay que inventar una
vaca, para alimentar a la vaca, un poco de hierba... Cada pregunta obliga a
complicar la historia. La tradición judeocristiana atribuyó la creación a la
voluntad de una entidad superior.
La ciencia hizo
lo mismo, con más rigor. Abandonado Ptolomeo, se impuso la idea de un universo
eterno que no necesitaba origen. Hasta que Lemaître, sacerdote y físico belga,
dedujo de las ecuaciones de Einstein que el universo podía ser un fluido en
expansión. Y Hubble observó que, efectivamente, las galaxias se alejan unas de
otras cada vez más rápido. Lo vemos por el efecto Doppler: como las cartas de
un viajero del siglo XIX que cada vez tarda más en llegar porque cada vez está
más lejos, la luz de las galaxias nos llega cada vez más enrojecida.
Si hoy se
alejan, ayer estuvieron más cerca. Y si retrocedemos lo suficiente, toda la
materia tuvo que estar concentrada en un punto. Gamow, uno de los físicos de
Manhattan, lo llamó el Big Bang.
Gran explosión.
Seguimos recogiendo conchas en la playa.