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lunes, 29 de junio de 2026

No era esto, pero...

 

A estas alturas ya estoy casi seguro de que nunca llegaré a las estrellas, como tenía pensado hacer cuando allá por los años 60 del pasado siglo, leía aquellas novelitas que intercambiábamos por muy poco dinero en un establecimiento, conocido como ‘El Arca de Noé’, que la señora Inés tenía en la calle Oncinellas. En aquellas novelas, e incluso en otras más sofisticadas de Asimov o Philip K. Dick, que leí algo más tarde, se daba por supuesto que acabaríamos colonizando la galaxia y codeándonos con civilizaciones extraterrestres. O que seres procedentes de estrellas lejanas llegarían aquí a complicarnos la vida, aunque casi siempre acabaríamos encontrando la manera de derrotarlos.

viernes, 5 de junio de 2026

Montserrat

Montserrat y yo
He encontrado entre las páginas de un viejo libro —Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino, de Julio Verne, editada por Molino en 1954— esta foto tomada en la plaza de Cataluña de Barcelona, a finales de los años 50. El mundo estaba aún por descubrir y, desde esa perspectiva y a juzgar por nuestro aspecto, debía parecernos algo más serio de lo que después ha resultado ser. No sé si sigue habiendo palomas en la Plaza de Cataluña o si los turistas las han expulsado también a ellas, pero seguro que Barcelona, como casi todo, ya no es lo que era. Entonces había gente que hablaba catalán y gente que hablaba español sin ningún problema. Aprendí algunas palabras en catalán, como calçotet y tovalló —era parte del equipo de ingreso en el Hospital de San Juan de Dios, donde pasé una temporada—, y entendía, como ahora, casi todo lo que me decían; y a mí me entendían todos. Hoy todo es más complicado y el idioma ha pasado a tener un carácter identitario mucho más relevante y ocasionalmente agresivo. Eso no es bueno ni malo. O quizá sea bueno para unos, malo para otros y, como suele ocurrir, indiferente para la mayoría. Es el progreso.

 

domingo, 3 de mayo de 2026

Cuando el escenario se vacía.

El inevitable final de la vida llega casi siempre tras un prólogo, más o menos largo, en el que tiene lugar una retirada progresiva de los apoyos con los que uno creía contar hasta entonces. Apoyos que parecían sólidos —salud, relaciones, capacidades físicas e intelectuales e incluso la ilusión de tener el control— van cediendo, unas veces con irritante lentitud y otras con sorprendente brusquedad. Es como si el escenario se fuera vaciando mientras uno mismo sigue en escena, cada vez más solo, bajo una luz cada vez más tenue.

Quienes han compartido contigo la representación van desapareciendo poco a poco y cada cual se lleva consigo una versión de la obra que existe sólo en esas escenas compartidas. Con cada ausencia se pierde también una parcela del pasado que ya no tiene testigos. Queda un recuerdo sin interlocutores, sin contraste ni réplica. Un recuerdo sin archivo vivo, que envejece a oscuras.

domingo, 1 de marzo de 2026

Guerra y Paz

Donald Trump anunció hace unas horas un ataque a Irán. Parece que los iraníes, actualmente gobernados por un régimen teocrático islamista, tienen —o quieren tener— armas nucleares, pero eso no es lo decisivo. Lo que importa es que Estados Unidos tiene aviones y barcos en el golfo Pérsico y cree contar con la potencia de fuego suficiente para evitar o minimizar una represalia iraní a gran escala. Ya veremos. La paz, que es lo que estaba en juego, no es sino el intervalo de tiempo entre dos guerras que los contendientes utilizan para recuperarse de la anterior y encontrar justificación para la siguiente. Como este intervalo está siendo inusualmente largo, hay mucha gente que cree que la guerra, como el cáncer, es una cosa que les pasa a los demás. Algo que nos cuentan en la televisión o sobre lo que podemos leer en el periódico del bar. Pocos iraníes y ucranianos de a pie vieron venir la guerra, pero la guerra llegó. Tampoco yo vi venir el cáncer, pero... ya me he puesto al día. Ahora ellos y yo sabemos que son cosas que le pueden pasar a cualquiera. Solo hay que esperar, vivo, lo suficiente. 

martes, 18 de noviembre de 2025

Vehículos para personas con movilidad reducida, el reglamento de tráfico y su interpretación.

En junio de 2022 compré un triciclo motorizado que tenía, y tiene, las características que exige el reglamento general de vehículos para ser considerado un vehículo para personas con movilidad reducida. La DGT emitió, a petición mía, un informe en el que se dice que el vehículo en cuestión 'puede' ser considerado un ciclomotor de tres ruedas o un vehículo para personas con movilidad reducida. El jefe de la policía municipal en el momento de la compra vio el vehículo y no apreció ningún problema en que recibiera tratamiento similar a una silla de ruedas a pesar de que su aspecto, no su velocidad ni su peso, era el de un ciclomotor de tres ruedas similar, por otra parte, a los scooters de tres y cuatro ruedas que utilizan las personas con problemas de movilidad.

martes, 5 de agosto de 2025

Últimas veces

Desde que cumplió los setenta años vivía con la sensación de estar haciendo cosas por última vez. Algunas ya habían quedado atrás para siempre: charlar con amigos hasta altas horas de la mañana en torno a una botella de vino; pasear por la playa; visitar alguna de sus ciudades fetiche, como Barcelona, Londres o París, que —pensaba con una mezcla de nostalgia y desdén— ya no son lo que fueron; o enredarse en discusiones políticas sin sentido. Esto último, sobre todo, porque creía haber alcanzado algo parecido a la ataraxia —así la llamaba él—, un estado en el que la opinión ajena, que nunca le había interesado demasiado, había dejado de importarle casi por completo.

jueves, 6 de febrero de 2025

Agosto de 1936.

 

El convento en los años 60. A la izquierda la casa de Carmen y José
Hace casi un mes del fracasado golpe de estado y del comienzo de la guerra civil. La guarnición no ha secundado el golpe y la ciudad se mantiene, por el momento, leal al régimen republicano. Decir que dentro de la legalidad es mucho decir. La legalidad republicana dejó de existir en gran parte del territorio a raíz del golpe de estado. El poder real está en manos de un comité revolucionario que pronto empieza a tomar medidas contra los que considera, en algunos casos con razón, partidarios de los militares golpistas. Uno de los estamentos más afectados es el clero. Los curas de los pueblos son perseguidos y, en muchos casos asesinados en las carreteras. Los pertenecientes a órdenes religiosas presentes en la ciudad, como los claretianos o los escolapios, están encerrados en el salón de actos de estos últimos. El obispo está encarcelado en el Ayuntamiento y muchos ciudadanos, considerados simpatizantes de los rebeldes, en el convento de las Capuchinas.

jueves, 9 de enero de 2025

Intemporal (publicada en un recopilatorio de historias sobre Barbastro)

Cuando yo nací, en España mandaba un general que había ganado una guerra catorce años antes. Entonces, e incluso muchos años después, aquella guerra seguía estando presente en la mente de todos, aunque la gente procuraba no hablar mucho de ella y en la medida de lo posible intentaba olvidarla. De hecho, había una cosa que me llamaba la atención en mis primeros años y es que no parecía haber nada antes de aquella guerra. O al menos inmediatamente antes. Sí estaban, desde luego, los Reyes Católicos, Felipe II e incluso algunos borbones, pero nada que tuviera que ver con los años inmediatamente anteriores a la República, la república misma o las versiones no hagiográficas de la guerra civil. En los libros que yo leía, las aventuras de Guillermo Brown, por ejemplo, Guillermo iba a la misma escuela que sus padres, pero yo no iba a la misma escuela que mi padre porque mi padre estaba a los 17 años sirviendo una batería nacional cerca de Laspuña, incorporado a la fuerza para hostigar a la 43 división del ejército republicano, ya en franca retirada y concentrándose en la efímera bolsa de Bielsa. La república había suprimido los recuerdos anteriores al 31 y los vencedores de la guerra los anteriores a 1939 con lo que el país parecía limitarse a lo hecho desde que el general victorioso fue proclamado Caudillo de España por la gracia de Dios. O por una gracia de Dios, que también se decía en algunos ambientes.  

viernes, 27 de septiembre de 2024

Historias del Instituto Laboral

 


Según la prensa de la época, a mediados de los años sesenta, en España no pasaba nunca nada. En el Instituto de Barbastro, por supuesto, tampoco. Pero las cosas estaban a punto de cambiar. Fue un día como otro cualquiera, de 1966, año más, año menos, mientras esperábamos el comienzo de la clase, cuando una inusual algarabía alteró la tranquilidad de la habitualmente pacífica calle suburbana que discurría bajo nuestras ventanas. Hacía algún tiempo que circulaba por los pasillos y en los corrillos del recreo un rumor que no terminábamos de creer. Aquel curso había empezado con normalidad y nada hacía esperar que el viejo instituto fuera a verse sacudido por lo que, a todas luces, era una revolución.

viernes, 23 de agosto de 2024

Feliz cumpleaños.

Envejecer es, en el mejor de los casos, incómodo. Envejecer con problemas de movilidad aún más. Con alguna enfermedad grave, un tumor en la vejiga por ejemplo, las molestias pueden alcanzar proporciones considerables. No obstante, la vida puede seguir siendo interesante. Y los 71 años un observatorio privilegiado, tanto de lo acontecido como de lo que está por venir. Un lugar desde el que mirar al mundo con una cierta distancia, compatible con la sensación de 'déjà vu'. También con la de que, cuando las cosas se pongan mal y haya que pedir la cuenta, la salida no será sino la lógica e inevitable consecuencia de haber llegado al final del camino.

lunes, 11 de marzo de 2024

Domingos cerrado.

 


Los domingos por la mañana no hay, en esta zona de Zaragoza, ningún bar abierto. Este de Los Amantes, en la esquina de la calle Princesa y el paseo de Teruel, es un bar pequeño pero muy recomendable desde todos los puntos de vista. De lunes a sábado, claro. Los domingos hay una alternativa en una especie de bar-panadería-cafetería, la Panadería Simón, unos metros más abajo, hacia la puerta del Carmen. Ayer, domingo, estaba hasta los topes, como lógica consecuencia del cierre, también por descanso dominical, del Bar de la Esquina, regentado por un hombre con aspecto oriental, probablemente chino, que parecía dispuesto a abrir todos los días de la semana a pesar de contar, ostensiblemente, con una sola empleada. Pero no. Hasta ayer llegó la cosa. Las calles sin bares abiertos, con cada vez más tiendas cerradas y algún solar vallado y persistentemente vacío, son un anticipo del apocalipsis, del que ya tuvimos una primera visión, gracias a la desgraciada gestión gubernamental de la pandemia. O, dicho con algo menos de dramatismo, anticipan un cambio de época. Pero los cambios, que no son necesariamente malos, pueden parecerse al apocalipsis, vistos por los que ya no tenemos edad para adaptarnos.

martes, 9 de enero de 2024

AI (¡Ay!)



 Hace muchos años, unos cuarenta, en un aula informática, improvisada con algunas de las máquinas que constituían la primera generación de computadores personales que aterrizó en España, ATARI, COMMODORE, HP y algún otro que no recuerdo, explicábamos a un grupo de profesoras, la mayoría o casi todas monjas, de Barbastro, el funcionamiento, sencillo, y las posibilidades, pocas, de la computación de la época. Con aquellos aparatos aún tenía uno la impresión de que controlaba algo de lo que pasaba en la pantalla porque el chisme era incapaz de hacer nada sin recibir instrucciones precisas.

jueves, 12 de octubre de 2023

UNED 40 años. Así empezó.

Un día del mes de junio de 1983, hace ya cuarenta años, el entonces alcalde de Barbastro, Paco Víu, y yo salíamos del Banco de España, en Madrid, por una de las puertas que dan al paseo del Prado, con la idea de tomar un café y recorrer un poco la ciudad para hacer tiempo hasta la salida del tren que nos devolvería a… Monzón (ahora seguramente tendría que ser a Huesca o a Zaragoza, pero hay más trenes y son más rápidos).

Con el café delante, conversamos acerca de los problemas que teníamos entre manos. Paco había accedido a la alcaldía de Barbastro y yo había obtenido un escaño en las Cortes de Aragón —ambos por el PSOE— hacía poco, y había algunas cuestiones que nos preocupaban.

jueves, 25 de mayo de 2023

1953

El tiempo pasa más deprisa a los 70 años que a los 20 por la sencilla razón de que, inconscientemente, comparamos cada intervalo de tiempo con el tiempo vivido o del que tenemos memoria. También porque a los 20 no solemos albergar muchas dudas acerca de que después del año en curso vendrá otro, y otro después y eso hace que veamos con cierta indiferencia el paso del tiempo. Indiferencia que va desapareciendo y que, en torno a los 70 años, se transforma en algo ligeramente parecido a la angustia. A los 70 uno está, le guste o no, en la recta final de la vida, y es mejor hacerse a la idea y llevarlo con paciencia y resignación. O con orgullo y satisfacción, como diría aquél

miércoles, 10 de marzo de 2021

Breve historia de los primeros tiempos de la informática institucional en España. El caso del centro de la UNED de Barbastro

La historia de la informática en el Centro de la UNED en Barbastro comienza en un tiempo que hoy resulta difícil imaginar. Cuando el centro se creó en 1983, la informática administrativa era prácticamente inexistente en la red de centros de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. La gestión académica descansaba en procedimientos manuales y en un sistema centralizado de tratamiento de datos en Madrid. Las matrículas se realizaban en los centros, pero la documentación en papel se enviaba después para su procesamiento diferido. Los listados no regresaban hasta meses más tarde, a veces ya en primavera, cuando muchas decisiones organizativas debían haberse tomado con anterioridad.

Ese modelo no era una anomalía, sino la lógica de la época. La informática era cara, escasa y, sobre todo, centralizada. La periferia ejecutaba; el centro procesaba. Lo relevante, sin embargo, es que la ruptura de ese esquema no vino de una decisión estratégica, sino de algo mucho más modesto.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Una excursión a la montaña (II)

 

Con la linterna que aún tenía pilas dimos una vuelta completa al edificio, probando las ventanas y puertas que de tanto en tanto interrumpían la mampostería y la piedra de la pared. Todas estaban cerradas y, salvo la puerta principal, probablemente aseguradas desde dentro con alguna forma de travesaño. Nada que pudiéramos forzar fácilmente en el supuesto de que nos atreviéramos a intentarlo. En la segunda vuelta, con la linterna apuntando a media altura localizamos una ventana pequeña que parecía practicable. Juan, el deportista, se ofreció a intentarlo si le ayudábamos a llegar hasta ella. Con las manos ya totalmente entumecidas hicimos Julián, Andrés y yo una especie de parihuela desde la que Juan pudo alcanzar el ventanuco y separar la contraventana de madera que lo protegía. Hay un cristal, nos dijo, que podría romper y abrir la ventana. Julián se puso a temblar ostensiblemente. Su mentalidad revolucionaria de guerrillero urbano aficionado no estaba preparada para asimilar el asalto nocturno a un cuartel de la guardia civil, pero no dijo nada. O, mejor dicho, dijo que tenía frío y que cuanto antes saliéramos de allí mejor.

Mientras tanto y sin esperar más opiniones, Juan rompió el cristal con la culata de la linterna y abrió la ventana. Esperad ahí, nos dijo, antes de meterse dentro. Al cabo de un momento abrió desde dentro una de las ventanas por la que, tras alguna duda que el frío cada vez más cortante despejó enseguida, entramos nosotros y nuestras mochilas.

Una vez dentro y después de cerrar como pudimos el ventanuco por el que había entrado Juan y la ventana por la que habíamos entrado los demás, nos reunimos en una sala grande para analizar la situación. El frío dentro era también considerable y la oscuridad, apenas mitigada por una de las linternas, era abrumadora, pero al menos estábamos secos. No sé si os dais cuenta de que acabamos de forzar la entrada de un cuartel de la guardia civil. Hasta es posible que haya armas en algún sitio, dijo Julián. Lo dijo sin aspavientos y sin otro interés aparente que el de hacer constar un hecho, pero todos teníamos la imaginación suficiente para considerar las posibles salidas de aquella situación. Lo hecho, hecho está, dijo Andrés. Ahora lo importante es no complicar las cosas más de lo que están. Por el momento solo hemos roto el cristal de una ventana así que vamos a andar con mucho cuidado.

La sala tenía, en el centro, una de aquellas chimeneas de la montaña y en uno de los lados había un montón de leña. ¿Alguien lleva fuego?, dije yo. Casi todos llevaban; por aquel entonces, no fumar era una rareza, y pronto surgieron varias cajas de cerillas y algún mechero. Julián, que estaba exhibiendo un curioso sentido del humor, hizo notar que probablemente el fuego se vería desde el exterior y que ya puestos podíamos izar la bandera. Quizá así crean que somos de los suyos. Estábamos mojados y congelados así que el fuego parecía la única opción razonable para pasar la noche. El fuego, una vez encendido en el centro de la sala y bajo la chimenea, provocó una ostensible mejora del humor del grupo. Por fin aquello empezaba a parecerse a nuestras excursiones domingueras. Nos sentamos en círculo y sacamos alguna de las latas que habíamos traído. Había una de garbanzos cocidos que calentamos y repartimos. Fue una cena estupenda, pero convinimos en que, si habíamos de seguir la marcha, las latas que sobrecargaban nuestras mochilas tendrían que quedarse en el cuartel. Sería nuestra compensación por el ventanuco roto y la leña quemada. También convinimos en que lo más prudente sería abandonar el cuartel antes del amanecer, aunque nadie parecía saber a qué hora ocurriría eso.

Alguien, creo que Juan, preguntó si debíamos buscar un sitio para dormir. Juan estaba enamorado o eso parecía, de Rosa y probablemente estaba evaluando las posibilidades de la situación, pero Rosa resolvió la duda inmediatamente. Aquí mismo, todos juntos y en los sacos de dormir, dijo.  Pero después de secarnos un poco, añadió, o acabaremos con una pulmonía.

Dejamos pasar una hora de charla alrededor del fuego, a pesar del agotamiento que llevábamos encima, para permitir que la ropa se secara. Incluso cantamos alguna de aquellas canciones de Víctor Jara o Quilapayún que estaban de moda. Localizamos un baño allí cerca con agua corriente, al que fuimos por turnos y sacamos los sacos de dormir. Echamos algo más de leña y caímos rendidos sobre el suelo de madera con las mochilas como improvisada almohada. No recuerdo haber dormido tan bien en mi vida. El amanecer, que debía estar a pocas horas, parecía muy lejano mientras se me cerraban los ojos.

Cuando me desperté ya había alguien en el baño y había algo de luz que parecía venir del piso de arriba, ya que las ventanas del espacio que ocupábamos estaban herméticamente cerradas y apenas dejaban pasar algún hilo de luz aquí y allá. Julián estaba sentado mirando los restos del fuego de la noche anterior y Juan y Andrés estaban aún dentro de los sacos, pero ya despiertos. Las chicas probablemente estaban en el baño. Tendríamos que apagar el fuego y salir de aquí cuanto antes, dijo Julián. A estas horas el humo ya se verá desde lejos. El fuego estaba casi extinguido, pero aún producía algo de humo así que Julián no esperó a que siguiéramos sus consejos y lo apagó del todo echando arena de un cubo que debía estar allí precisamente para eso. Andrés dijo que podíamos haber calentado un poco de agua para tomar un café hecho con el contenido de unos sobrecitos que milagrosamente alguien se había acordado de poner en la mochila. Haremos un fuego fuera, dijo Julián y los demás le secundamos.

Después de pasar todos por el baño y dejar en el centro de la habitación las latas que habíamos traído de Zaragoza y que pesaban lo suyo, salimos por la ventana que habíamos utilizado para entrar por la noche. Subir al ventanuco sin ayuda no era una opción así que el plan inicial, que Juan cerrara la ventana y saliera luego por donde había entrado, quedó descartado. Hicimos lo que pudimos, que no fue mucho, para cerrar la ventana desde fuera y volvimos al camino con idea de buscar una borda o algo similar donde poder hacer un fuego sin riesgo y tomar un café y unas galletas que también llevábamos.

Cuando llegamos a la carretera todos, o casi, pensábamos que íbamos a seguir hacia el norte para completar la excursión que nos iba a llevar a no sabíamos muy bien donde, pero Susana dijo algo que muchos estábamos pensando y preguntó si no sería mejor volver al pueblo. En aquel momento las dos opciones parecían razonables. Eran más o menos las ocho de la mañana. La lluvia de la noche anterior había dejado paso a un sol radiante que empezaba ya a despuntar por encima de las estribaciones del este. Hacer los seis o siete kilómetros que debían faltar hasta el barranco de la Boca del Infierno parecía un reto asumible. Haber dejado las latas, aligerando así notablemente el peso de las mochilas, suponía también que nos habíamos quedado casi sin comida, así que la vuelta al pueblo, otros cinco kilómetros más o menos pero cuesta abajo, también era una elección justificable y la que iba ganando partidarios rápidamente, aunque casi todos nos abstuvimos de mostrar entusiasmo por una opción claramente abandonista.

En el pueblo, dijo Susana, habrá un bar. Podremos tomar un café y desayunar. Sí, dijo Julián, y saludar al guardia. A ver qué le decimos cuando nos pregunte dónde hemos pasado la noche… Bueno, yo contaría exactamente lo que ha pasado, dijo Rosa. Tú puedes, pero yo no, cortó Julián. Estarían encantados de tener algo contra mí, y nada menos que el asalto a un cuartel. Este último argumento nos convenció. Diríamos, si alguien nos preguntaba, que habíamos pasado la noche en una borda cercana a la carretera que no vimos la noche anterior y que ahora, con la luz del día, se veía perfectamente. La opción de volver y dar la expedición por fracasada ya era claramente mayoritaria. Sólo Juan se mostraba un tanto disgustado por el temprano final y con ganas de seguir adelante, pero los demás ya lo teníamos claro. Después de todo, dijo Andrés, siempre podemos volver con mejor equipo y preparación. Algunos asentimos, pero la falta de entusiasmo por la propuesta era evidente. Rosa y Susana no dijeron nada, pero fueron las primeras en echarse las mochilas a la espalda y emprender el camino del pueblo. Los demás las seguimos sin rechistar.

Finalmente, no entramos en Siresa. Dos kilómetros más al sur estaba el pueblo de Hecho, algo más grande, donde no tuvimos que dar ninguna explicación y encontramos un magnífico bar abierto. El desayuno en el bar nos devolvió al ambiente excursionista durante un rato y a las 12 tomamos el autobús hasta Huesca y Zaragoza. Después de todo no había estado tan mal y yo tenía dos días más para preparar el examen del lunes. Ya encontraríamos alguna forma épica de explicar por qué habíamos vuelto tan pronto. 

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Imagen generada por ChatGPT


martes, 16 de enero de 2018

Fin de la primera parte

Diagnóstico de la biopsia: TaG1. Bien diferenciado y no infiltrante, es decir, un tumor, sí, pero de bajo grado y bajo riesgo –bajo no significa nulo, claro- y extirpado. Me ha dicho que de los lavados, si me parecía, podíamos prescindir por el momento -que era algo a lo que había que ir con fe-. Hemos prescindido, naturalmente. No tenía mucha fe, desde luego, pero además es un proceso que dura seis meses, sin demasiadas garantías y muy molesto. Se trata, por lo visto, de introducir en la vejiga, mediante un catéter y mantenerlas allí algo más de una hora, cierta cantidad de toxinas, el bacilo de la tuberculosis, por ejemplo, para activar las células del sistema inmunitario. Seguro que lo diseñaron en Auschwitz. Así que hemos quedado, salvo crisis, para dentro de tres meses y entonces veremos. Ah, y que no lea tanto sobre el tema por Internet. Que él no lee nada de matemáticas. La verdad es que, últimamente, yo tampoco.

lunes, 8 de enero de 2018

Problemas

El 14 de julio me encontraron un cáncer en la vejiga. Fue gracias a una revisión de próstata en una clínica privada, a la que acudí después de llevar más de un año esperando que me llamaran de la Seguridad Social. Cuando reclamé por escrito me dijeron —también por escrito— que mi caso no estaba clasificado como urgente. No sé qué es lo que considerarán urgente.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Los años de descubrimiento

Yo tuve la suerte de poder dedicarme a estudiar, oficialmente y a tiempo completo, durante 21 años, desde los 4 hasta los 25. Pude, pero no fue eso lo que hice, aunque durante estos años, el marco en el que se desplegó la vida, junto con mi casa y mi calle, fue la escuela, el instituto y la universidad. He aquí una parte de la historia. 

De los años anteriores a la escuela conservo pocos recuerdos. Alguno más de mi año de parvulario, con Sor Guadalupe en el colegio de San Vicente, y bastantes más de los cinco que pasé en los Escolapios. Allí coincidí con uno de esos amigos que te duran toda la vida, aprendí muchas cosas de memoria, me harté de multiplicaciones y divisiones largas y de raíces cuadradas, y descubrí que algunos curas eran mejores que otros. De los Escolapios fui a Madrid, donde cursé dos años de bachillerato y me parchearon algún problema de movilidad que me complicaba la vida, para pasar después al Instituto Laboral que había en Barbastro a cursar tercero de bachillerato.

viernes, 30 de diciembre de 2005

Mi calle, las fuentes y el río

Parece que se van a recuperar las viejas fuentes del Azud y del Vivero, en la calle de las Fuentes. Para mí, que nací y viví quince años en una casa que está justo encima, estas fuentes fueron un elemento imprescindible del paisaje.

Las fuentes, sobre todo la del Azud —porque la del Vivero decían que no era potable—, suministraban agua en verano y, a veces, también en invierno, ya que la incipiente red de suministro se congelaba con bastante facilidad y, sobre todo, nunca proporcionaba agua a la temperatura adecuada, cosa que sí hacía la fuente.

Las escaleras que llevaban a las fuentes eran también la vía de acceso al cauce del río y a la chopera —la arbolera, en el lenguaje del barrio—, a través del muro de contención del Azud, en el tramo final del desagüe del Moliné. Esta chopera era impresionante —o me lo parece ahora—, con árboles enormes que se levantaban por encima de los tejados, pero cayó antes que las fuentes. A los pequeños chopos que sustituyeron a los que habían cortado se los llevaron las riadas y, puede que también, las rogativas —no creo que pasaran de ahí— de algunas vecinas más que satisfechas con el sol poniente que los árboles caídos no dejaban pasar.