A estas alturas ya estoy casi seguro de que nunca llegaré a las estrellas, como tenía pensado hacer cuando allá por los años 60 del pasado siglo, leía aquellas novelitas que intercambiábamos por muy poco dinero en un establecimiento, conocido como ‘El Arca de Noé’, que la señora Inés tenía en la calle Oncinellas. En aquellas novelas, e incluso en otras más sofisticadas de Asimov o Philip K. Dick, que leí algo más tarde, se daba por supuesto que acabaríamos colonizando la galaxia y codeándonos con civilizaciones extraterrestres. O que seres procedentes de estrellas lejanas llegarían aquí a complicarnos la vida, aunque casi siempre acabaríamos encontrando la manera de derrotarlos.
La ciencia ficción, un género literario que vivió una edad
de oro en los Estados Unidos en los años 40 y 50 del pasado siglo, contempló
varias imaginativas salidas al confinamiento de la humanidad en este redondo y
limitado planeta: desde los viajes espaciales al otro extremo de la galaxia de
la trilogía de la Fundación de Asimov, hasta la transformación en entes
inmateriales, capaces de moverse sin restricciones en el espacio tiempo
relativista, de El fin de la infancia, de Clarke. Muchas de estas
maravillas estaban previstas para el año 2000, que entonces era lo que
entendíamos por El Futuro, pero lo cierto es que en 2026 no solo no se
vislumbra aún ninguna de ellas, sino que muchas son incompatibles con las leyes
de la física tal como hoy las entendemos.
Esto no quiere decir, desde luego, que el progreso se haya detenido,
pero sí que ha cambiado de objetivo. Ahora ya no se trata de sacarnos de este
pequeño y superpoblado planeta sino de encomendar a la informática y a máquinas
controladas por algoritmos cada vez más sofisticados, las tareas que han
devenido demasiado complejas para nosotros. Y esto se ha llevado a cabo con
cierto éxito. El tratamiento automatizado de grandes volúmenes de datos permite
gestionar aeropuertos y el espacio aéreo, mantener el censo, cobrar impuestos o
llevar a cabo los exámenes en la UNED entre otras muchas cosas. A costa, claro,
de aumentar la complejidad hasta dejar muchos procesos fuera del alcance y la
comprensión de casi todos.
Los grandes modelos de lenguaje, base de la inteligencia
artificial generativa, han venido a solucionar, al menos en parte, la cuestión
de la complejidad. Se puede hablar con ellos de mecánica cuántica o de la mejor
forma de preparar la paella, están disponibles las 24 horas del día y nunca se
cansan. Y desarrollan multitud de tareas, como rellenar el impreso 036 de la
agencia tributaria o crear una página Web sin tener ningún conocimiento de
fiscalidad o programación. Todo, o casi todo, el conocimiento acumulado por la
humanidad en diez mil años de civilización accesible instantánea y
gratuitamente. Al menos mientras las empresas que lo gestionan o los gobiernos
de determinados países quieran, claro.
Hay una cuestión interesante, podría decirse que
inquietante, en esta capacidad de la IAG para contestar a preguntas, entablar
conversaciones a cualquier nivel o desarrollar tareas complejas: la facilidad
con que los modelos grandes, hoy accesibles gratuitamente o por un precio aún
razonable, emprenden y ejecutan tareas que nunca formaron parte de su
entrenamiento explícito. Esas habilidades surgen de la representación interna
que el modelo construye durante el entrenamiento, del lenguaje y, probablemente,
de buena parte del mundo descrito por ese lenguaje; una representación
codificada en la compleja estructura matemática surgida del propio proceso de
entrenamiento. Nadie puede decir exactamente qué hay ahí dentro ni cómo está
codificado ese conocimiento, aunque sí parece claro que ciertas habilidades,
algunas extraordinarias, solo aparecen a partir de determinado tamaño del
modelo. Y ahí están. Han llegado más lejos de lo previsto por sus creadores. Un
tema típico de la ciencia ficción del pasado siglo, pero hoy la ciencia ficción
ya no es sólo un género literario. Es el noticiario.
No llegaremos a las estrellas. Ni siquiera los lectores que
hayan llegado hasta aquí. La señora Inés cerró El Arca de Noé hace mucho tiempo
y aquellas novelitas se han ido deshaciendo en el trastero. Pero durante un
rato, cada vez que abro el ordenador, tengo acceso a algo que el niño que las
leía habría considerado magia: todo lo que la especie ha pensado, escrito y
descubierto, disponible al instante, sin intermediarios y sin que nadie te mire
por encima del hombro cuando haces preguntas tontas. No creo que dure mucho,
pero mientras tanto…
Enviado a ECA 3 de julio de 2026






