A estas alturas ya estoy casi seguro de que nunca llegaré a las estrellas, como tenía pensado hacer cuando allá por los años 60 del pasado siglo, leía aquellas novelitas que intercambiábamos por muy poco dinero en un establecimiento, conocido como ‘El Arca de Noé’, que la señora Inés tenía en la calle Oncinellas. En aquellas novelas, e incluso en otras más sofisticadas de Asimov o Philip K. Dick, que leí algo más tarde, se daba por supuesto que acabaríamos colonizando la galaxia y codeándonos con civilizaciones extraterrestres. O que seres procedentes de estrellas lejanas llegarían aquí a complicarnos la vida, aunque casi siempre acabaríamos encontrando la manera de derrotarlos.





