En Barbastro dormir a 28 grados en junio ya no es una
excepción. Es la nueva normalidad. Las olas de calor ya no son lo que eran. Las
de frío tampoco: cada año son menos frecuentes y duran menos. El calor ya no
llega solo en unos pocos días extremos. Se instala durante semanas y termina
formando parte de nuestra vida cotidiana.
Aquí, y en buena parte del valle del Ebro, ya no tenemos
veranos excepcionales, sino una temporada cálida que puede empezar en
abril y prolongarse hasta noviembre. De junio a septiembre el calor no da
tregua y es, con frecuencia, extremo. Se puede discutir lo que se quiera, pero
algo ha cambiado: Hasta no hace mucho nuestros veranos tenían algo parecido a
una liturgia. Las hogueras de San Ramón —hogueras de verdad, trabajadas durante
meses, no los montoncitos de palés de las de ahora— se encendían la noche del
20 al 21 de junio por todo Barbastro. Ardían sin consecuencias incluso en
lugares que hoy son impensables, como la plaza del Mercado o el tramo del Vero
entre el salto y el puente de San Francisco.




