Aún no se tomaba aquello muy en serio. No creía que pudiera
salir bien, pero en su estado no intentarlo hubiera sido una estupidez. Desce
que enviudó dormía poco y mal y cada vez se movía con más dificultad. El cáncer
que padecía no era especialmente agresivo, pero no había forma de eliminarlo y
el riesgo de metástasis o de fracaso multiorgánico no era despreciable, así que
estaba dispuesto a aceptar cualquier proposición razonable —una limitación,
esta última, que pronto desaparecería— encaminada a mejorar su salud.
La primera noticia sobre aquella posibilidad le llegó a
través de un antiguo compañero de trabajo con el que solían hablar de temas de
salud, algo de lo que ninguno de los dos andaba sobrado. Fue él el que le habló
de una empresa que buscaba personas interesadas en mejorar drásticamente su
salud, sin importar las afecciones concretas que tuvieran. Le dijo que él mismo
se había comprometido a acudir a una reunión exploratoria, pero que finalmente
su familia lo había disuadido.





