El final de la vida suele llegar tras un prólogo, más o
menos largo, en el que tiene lugar una retirada progresiva de los apoyos con
los que uno creía contar hasta entonces. Apoyos que parecían sólidos —salud,
relaciones, capacidades físicas e intelectuales, avisos e incluso la ilusión de
tener el control— van cediendo, unas veces con irritante lentitud y otras con
sorprendente brusquedad. Es como si el escenario se fuera vaciando mientras uno
mismo sigue en escena, cada vez más solo, bajo una luz cada vez más tenue.
Quienes han compartido contigo la representación se van
marchando y cada cual se lleva consigo una versión de la obra que existe sólo
en esas escenas compartidas. Con cada ausencia se pierde también una parcela
del pasado que ya no tiene testigos. Queda un recuerdo sin interlocutores, sin
contraste, sin réplica. Un recuerdo sin archivo vivo, que envejece a oscuras.





