Martín no se tomaba nada muy en serio. Ahora estaba detrás
de algo que no creía que pudiera salir bien, pero, en su estado, no intentarlo
hubiera sido una estupidez. Desce que se jubiló dormía poco y mal y cada vez se
movía con más dificultad. El cáncer que padecía no era especialmente agresivo,
pero sí contumaz. No había forma de eliminarlo y le habían dicho que el riesgo
de metástasis o de fracaso multiorgánico estaba lejos de ser despreciable, así
que estaba dispuesto a aceptar cualquier proposición razonable —una limitación,
esta última, que pronto desaparecería— encaminada a mejorar su salud.
La primera noticia sobre aquella posibilidad le llegó a
través de un antiguo compañero de trabajo con el que habían hablado en alguna
ocasión de sus respectivos problemas de salud. Fue él el que le habló de una
empresa que buscaba personas interesadas en mejorar drásticamente su salud, sin
importar las afecciones concretas que tuvieran. Le dijo que él mismo se había
comprometido a acudir a una reunión exploratoria, pero que finalmente su
familia lo había disuadido.





