Una entropía (casi) infinita
viernes, 13 de febrero de 2026
La unidad de la izquierda.
lunes, 12 de enero de 2026
Un debate (ficticio) sobre financiación autonómica: Ordinalidad vs Solidaridad
Extremadura - comunidad pobre:
El debate sobre la
financiación autonómica se ha convertido en un campo de batalla ideológico
donde algunos territorios invocan constantemente la "ordinalidad"
como si fuera un principio sagrado e incuestionable. Pero desde las comunidades
con menor renta per cápita, necesitamos desmontar este argumento porque oculta
una profunda injusticia estructural.
Hablar de
"ordinalidad" —que ninguna comunidad quede peor en el ranking tras
las transferencias— suena técnico y neutral, pero es profundamente político. Lo
que realmente significa es: "las desigualdades actuales son legítimas y
deben preservarse". Como si la distribución actual de la riqueza
territorial fuera resultado del mérito o el esfuerzo, y no de siglos de
decisiones políticas sobre dónde ubicar puertos, aeropuertos, ministerios,
sedes empresariales, inversión en I+D, infraestructuras estratégicas.
Nosotros no elegimos
nacer en territorios sin litoral, sin capitalidad, sin concentración
empresarial, con economías dependientes del sector primario. Esas condiciones
de partida fueron determinadas por factores que escapan completamente al
control de nuestras comunidades. Y ahora se nos dice que debemos aceptar
perpetuamente servicios públicos de segunda porque "respetar la
ordinalidad" es más importante que garantizar derechos iguales a todos los
ciudadanos españoles.
La solidaridad no es
caridad. Es el reconocimiento constitucional de que todos los españoles merecen
sanidad, educación y servicios sociales equivalentes independientemente del
código postal. Eso requiere redistribución fiscal entre territorios, exactamente
igual que la redistribución entre personas mediante el IRPF progresivo. ¿O
acaso vamos a decir que los ricos tienen derecho a mantener su posición en el
ranking de renta después de impuestos?
Defiendo que el sistema
de financiación debe basarse en necesidades de gasto y capacidad fiscal, no en
mantener posiciones relativas arbitrarias del pasado.
¿Cuál es tu posición?
Cataluña - comunidad rica:
Mi posición es clara, y
te la voy a decir sin rodeos: sí, defendemos la ordinalidad. Y no como un
capricho o una excusa para no compartir, sino como una condición básica de
justicia y sostenibilidad del sistema fiscal interterritorial.
Hablemos claro: Cataluña
no rechaza la solidaridad. Lo que exige es que esa solidaridad tenga límites
razonables y que no se convierta en un mecanismo para cronificar dependencias
estructurales que, lejos de corregirse con el tiempo, se han enquistado.
El principio de
ordinalidad no dice que no deba haber redistribución. Lo que dice es que una
comunidad que aporta mucho más al sistema no puede acabar con menos capacidad
de gasto por habitante que otra que aporta mucho menos. ¿Te parece eso injusto?
¿No te parece lógico que, si contribuyes más, conserves al menos una posición
relativa acorde con ese esfuerzo?
¿Acaso no es
profundamente injusto que una comunidad con mayor dinamismo económico, que
atrae inversión, que innova, que crea empleo, tenga que ver cómo tras sus
aportaciones al sistema, cae en la capacidad de gasto por debajo de territorios
que no han asumido reformas, ni modernización económica, ni políticas de
eficiencia?
El problema de tu
planteamiento es que parte de una visión ahistórica y desresponsabilizadora del
desarrollo regional. ¿Las condiciones estructurales importan? Por supuesto.
Pero no todo es "herencia histórica". También hay decisiones
políticas actuales que marcan diferencias: ¿modelo educativo? ¿fiscalidad?
¿gestión del gasto público? ¿infraestructura administrativa eficiente?
¿Y qué pasa con la
corresponsabilidad? ¿Con los incentivos? Un sistema sin ordinalidad favorece el
clientelismo fiscal: cuanto más pobre seas, más recibes, sin importar si
gestionas bien o mal. Eso rompe el contrato de confianza entre territorios.
Y hablemos también de
percepción social. Cuando el ciudadano catalán medio ve que su esfuerzo fiscal
no revierte en mejores servicios, sino en un sistema que lo penaliza por
producir más, lo que ocurre no es solo agravio: es desafección. Una desafección
que alimenta discursos rupturistas. ¿O es que el sistema se puede sostener
indefinidamente a base de exigir sacrificios a unos sin garantías mínimas?
Por último, no acepto la
comparación con el IRPF. Porque el IRPF es entre personas, y el Estado
garantiza que el contribuyente más rico siga teniendo acceso a los mejores
servicios. Pero en el caso territorial, no es así: un territorio que aporta más
puede acabar teniendo peores servicios públicos si no se respeta la
ordinalidad. Y eso no solo es injusto: es insostenible.
Así que sí: ordinalidad
como norma. No para evitar la redistribución, sino para que la redistribución
no destruya el pacto.
Y ahora te pregunto yo:
¿Crees que un sistema donde las comunidades que más aportan acaban con menor
gasto por habitante que las que menos aportan puede sostenerse democráticamente
en el tiempo? ¿No es eso abrir la puerta al colapso del modelo?
Veo que ahora sí tenemos
un debate de verdad. Y me alegro, porque tu argumento merece una respuesta
igualmente contundente.
Empecemos por desmontar
la falacia central: "esfuerzo fiscal".
Dices que Cataluña
"aporta más" por su "esfuerzo", su "dinamismo",
su capacidad de "atraer inversión e innovar". Pero eso es presentar
como mérito propio lo que es, en gran medida, ventaja estructural acumulada.
¿Por qué Cataluña atrae
más inversión? Porque tiene el puerto de Barcelona, construido con dinero de
todos. Porque tiene masa crítica demográfica que atrae más masa crítica. Porque
las empresas se instalan donde ya hay otras empresas, efecto red. Porque históricamente
fue receptor privilegiado de inversión pública en infraestructuras. Porque la
capitalidad económica genera economías de aglomeración que se retroalimentan.
No estoy negando que haya
gestión, innovación, trabajo. Pero presentarlo como si fuera mérito puro,
ignorando las ventajas de partida, es profundamente deshonesto. Es como el rico
que dice "yo me hice a mí mismo" olvidando que estudió en universidad
pública, creció con sanidad pública, y heredó el capital social y cultural de
su familia.
Sobre la
"cronificación de dependencias"
Aquí tocas un punto
sensible, pero tu diagnóstico es tramposo. Dices que las comunidades pobres
"no han asumido reformas, ni modernización económica, ni políticas de
eficiencia". ¿En serio?
¿Qué reformas concretas
debería hacer Extremadura para tener el PIB per cápita de Cataluña?
¿Construirse un puerto? ¿Inventarse un aeropuerto internacional? ¿Atraer
mágicamente sedes de multinacionales cuando todo el tejido empresarial está
concentrado en el eje Mediterráneo-Madrid?
Las comunidades pobres no
son pobres por vagancia o mala gestión. Son pobres porque:
- El modelo productivo español concentró la industria en dos ejes
- La despoblación crea círculos viciosos (menos gente = menos servicios = más
emigración)
- La inversión privada va donde ya hay masa crítica
- Las políticas de cohesión territorial del Estado han sido insuficientes
Hablas de
"corresponsabilidad" como si las comunidades receptoras fueran
adolescentes irresponsables que necesitan "incentivos" para portarse
bien. Es paternalismo insultante disfrazado de eficiencia.
El argumento de la
"percepción social" es peligrosísimo
Dices que el catalán
medio ve que su esfuerzo no revierte en mejores servicios y eso genera
desafección. Pero esa "percepción" es construida políticamente.
Los datos objetivos
muestran que Cataluña tiene servicios públicos de altísima calidad: su sanidad
está entre las mejores de España, su educación también, su red de
infraestructuras es envidiable. Lo que tiene es un discurso político que ha
convertido la aportación neta en victimismo fiscal.
Porque fíjate: si
aplicáramos tu lógica, los barrios ricos de Barcelona deberían exigir
"ordinalidad" respecto a los barrios pobres. Y dentro del barrio
rico, los edificios con rentas más altas respecto a los más bajos. Es la lógica
del "yo aporto más, luego tengo derecho a más", que es la negación
misma del Estado social.
Y sí, lo comparo con el
IRPF, porque la lógica es idéntica: redistribución progresiva para garantizar
derechos universales. El rico no "mantiene acceso a los mejores
servicios" después del IRPF —de hecho, paga proporcionalmente más y recibe
proporcionalmente lo mismo en servicios públicos universales. Lo que mantiene
es su renta privada, exactamente igual que Cataluña mantiene su nivel de
desarrollo económico.
Sobre la
"insostenibilidad democrática"
Me devuelves la pregunta:
¿puede sostenerse un sistema donde los que más aportan acaban con menor gasto
por habitante? Y yo te respondo: sí, si el objetivo es la igualdad ciudadana
real, no la jerarquía territorial.
Pero te hago yo otra
pregunta más incómoda: ¿puede sostenerse democráticamente un sistema donde tu
código postal determina la calidad de tu sanidad, tu educación, tus servicios
sociales? Porque eso es lo que garantiza la ordinalidad: que los ciudadanos de
territorios ricos siempre tendrán mejores servicios que los de territorios
pobres.
¿Eso no genera también
"desafección"? ¿No alimenta también discursos rupturistas? Pero
claro, la desafección de los pobres no preocupa, porque no tienen capacidad de
chantaje.
El chantaje como
estrategia
Y aquí llegamos al
corazón del asunto. Tu argumento final es, esencialmente: "Si no aceptáis
ordinalidad, nos iremos". Es el chantaje del fuerte al débil. "O me
dais lo que pido, o rompo la baraja".
Pues bien, si la unidad
de España solo se puede mantener claudicando ante ese chantaje, entonces no hay
proyecto común. Solo hay un pacto de conveniencia donde los fuertes imponen
condiciones a los débiles.
Mi pregunta final para
ti:
Si aceptamos la
ordinalidad como principio rector, ¿qué le decimos a un extremeño, a un
andaluz, a un castellano-manchego? ¿Que su condición de ciudadano de segunda es
el precio necesario para mantener contenta a Cataluña? ¿Que sus hijos tendrán
peor sanidad y peor educación porque "vosotros aportáis menos"?
¿Dónde está el límite de
la ordinalidad? ¿Admites que debe haber alguna redistribución, aunque rompa la
ordinalidad, o defiendes ordinalidad pura y dura?
Cataluña - comunidad rica:
Te agradezco la claridad
con la que llevas el debate al límite. Has hecho lo que se supone que debe
hacer quien defiende una posición: forzar al otro a tomar una decisión
incómoda, sin refugios ni escapatorias retóricas. Así que te respondo
directamente, sin rodeos.
Elijo el Escenario B.
Sí, elijo la ordinalidad
como norma estructural, aunque eso implique que no todas las comunidades puedan
alcanzar idénticos niveles de servicios públicos, al menos no con recursos
ajenos. Y no lo hago con cinismo ni desprecio, sino desde una visión del pacto
territorial como un acuerdo entre iguales, no como una relación de dependencia
estructural entre territorios.
Déjame argumentarlo:
1. Porque la igualdad
absoluta de servicios públicos no existe ni siquiera entre individuos
Entre dos ciudadanos con
rentas distintas, el Estado garantiza unos mínimos: educación pública, sanidad,
dependencia… Pero no garantiza que ambos tengan acceso al mismo colegio, al
mismo hospital, al mismo nivel de calidad en todo. Las diferencias territoriales
existen incluso dentro de una misma ciudad. El sistema las compensa
parcialmente, no las elimina totalmente.
Pretender que todas las
comunidades, con realidades demográficas, económicas y geográficas radicalmente
distintas, tengan exactamente los mismos servicios públicos es, simplemente,
inviable.
2. Porque el coste
político de ignorar la ordinalidad es mayor que sus beneficios
Un sistema que permite
que quien más aporta acabe en peor posición no es estable políticamente.
Alimenta la percepción —fundada o no— de abuso. Y eso, en el contexto español,
con tensiones territoriales ya graves, es combustible para el independentismo, la
insolidaridad y el resentimiento. ¿De qué sirve un sistema fiscal que garantiza
“igualdad de servicios” si destruye el compromiso emocional de los territorios
que lo sostienen?
Prefiero un sistema
imperfecto, que no iguale del todo, pero que todos estén dispuestos a mantener,
que un sistema teóricamente ideal que implosione por los extremos.
3. Porque el verdadero
enemigo de la igualdad ciudadana no es la ordinalidad, es el centralismo
disfrazado de redistribución
¿Quieres más servicios en
Extremadura? ¿En Castilla-La Mancha? Perfecto. Pero no con un sistema que
extrae riqueza de unos territorios para mantener el desequilibrio estructural
de otros, sin cambiar su modelo productivo, sin promover su autonomía fiscal,
sin diversificar su economía. Eso no es justicia: es estancamiento.
La redistribución real
sería un plan de reindustrialización masiva, de inversión estratégica, de
capital humano. No un sistema de transferencias que simplemente mantiene las
cosas como están.
Y si para eso hace falta
romper temporalmente la ordinalidad, aceptémoslo. Pero que sea una excepción
explícita y transitoria, no una regla silenciosa.
4. Porque la ordinalidad
no significa jerarquía, sino equilibrio
La trampa de tu
planteamiento es suponer que romper la ordinalidad es el precio de la igualdad.
Pero en realidad, lo que tú propones es que la igualdad se construya sobre la
subordinación estructural de los territorios más productivos a los menos. Es
una igualdad que exige sacrificios sin retorno. ¿Dónde está el incentivo a
producir más, a innovar, a crecer, si cuanto más generes, más se te recorta?
Esa lógica lleva al
colapso del incentivo colectivo. Y sin crecimiento, no hay redistribución
posible.
Así que sí: elijo
Escenario B. Con todas sus consecuencias. Porque prefiero un país con
desigualdades gestionables y pactadas, que uno con una falsa igualdad que se
apoya en mecanismos insostenibles y genera fracturas cada vez más profundas.
Ahora, te devuelvo una
pregunta igual de incómoda:
¿Estás dispuesto a romper
la cohesión nacional, a provocar la desafección irreversible de las comunidades
que más aportan, en nombre de una igualdad total que, incluso con
redistribución máxima, sigue sin ser suficiente para igualar las condiciones
materiales de partida?
¿Hasta qué punto crees
que un país puede obligar a una parte a sostener indefinidamente a la otra sin
poner en riesgo el proyecto común?
Extremadura - comunidad pobre:
Respeto profundamente tu
honestidad. Has elegido con todas las consecuencias y has argumentado tus
razones. Ahora me toca a mí ser igualmente claro.
Sí, elijo el Escenario A.
Y sí, asumo el riesgo de desafección que planteas.
Pero antes de explicarte
por qué, déjame decirte algo: tu elección del Escenario B no es solo una opción
técnica sobre financiación autonómica. Es una declaración de principios sobre
qué tipo de país queremos ser. Y las consecuencias van mucho más allá de lo
fiscal.
1. Sobre la
"inviabilidad" de la igualdad de servicios
Dices que pretender
igualdad absoluta es inviable porque las diferencias existen incluso dentro de
una ciudad. Pero ahí confundes dos cosas:
Diferencias inevitables
(distancia al hospital, demografía local) vs. diferencias evitables (que tu
comunidad no pueda permitirse contratar médicos suficientes porque su capacidad
fiscal es estructuralmente inferior).
Lo primero lo gestionas
con políticas específicas (servicios móviles, telemedicina, incentivos
profesionales). Lo segundo solo se arregla con redistribución masiva que, sí,
puede romper ordinalidad.
Cuando yo hablo de
"servicios equivalentes" no hablo de que el hospital de Mérida tenga
que ser idéntico al Clínic de Barcelona. Hablo de que un extremeño con cáncer
tenga las mismas probabilidades de supervivencia que un catalán con cáncer. Y para
eso necesitas recursos, no ordinalidad.
2. Sobre la
"estabilidad política" del sistema
Aquí está el corazón de
tu argumento: prefieres un sistema injusto pero estable que uno justo pero
contestado. Y lo entiendo, pero no lo comparto.
Porque esa
"estabilidad" es la estabilidad del fuerte que impone sus condiciones
al débil. Es la estabilidad de quien tiene capacidad de amenaza ("o me
dais ordinalidad o me voy") frente a quien no la tiene.
Me preguntas si estoy
dispuesto a "provocar desafección irreversible" en las comunidades
ricas. Y mi respuesta es: esa desafección ya existe, la han construido
políticamente durante décadas, y ceder a su chantaje solo la alimenta.
Mira el caso catalán: han
tenido conciertos económicos encubiertos, inversiones masivas, privilegios
fiscales históricos... ¿y qué ha pasado? Que el independentismo ha crecido
igualmente. Porque el agravio no es real, es identitario. Construyes el victimismo
fiscal como parte de tu proyecto nacional. Y ninguna concesión lo va a
satisfacer.
Madrid lo mismo: tiene un
modelo fiscal que infrafinancia deliberadamente sus servicios públicos, pero el
discurso es "somos los más expoliados". Es falso, pero funciona
políticamente.
La desafección no se
soluciona cediendo, porque la desafección es la estrategia, no el problema.
3. Sobre
"redistribución vs. reindustrialización"
Aquí me haces una trampa
retórica brillante: "No quiero redistribución perpetua, quiero un Plan
Marshall para las periferias".
¿Y sabes qué? Estoy de
acuerdo. Completamente de acuerdo. Pero con una condición: que ese Plan
Marshall venga además de la redistribución corriente para servicios básicos, no
en lugar de ella.
Porque mientras llega tu
plan de reindustrialización (que tardará décadas, si llega), ¿qué hacemos?
¿Dejamos que colapsen los hospitales extremeños? ¿Cerramos colegios en la
España vaciada? ¿Decimos "aguantad que algún día os industrializaremos"?
No. Los derechos sociales
son ahora, no después de completar un proceso de convergencia económica que
puede no llegar nunca.
Y además, seamos
sinceros: ese Plan Marshall no va a ocurrir mientras Cataluña y Madrid
controlen el relato político. Porque no os interesa. Os interesa que sigamos
siendo periferias dependientes, pero sin recursos suficientes para competir.
4. Sobre "incentivos
al crecimiento"
Planteas que, si
redistribuimos masivamente, destruimos los incentivos a producir e innovar. Es
el argumento clásico neoliberal, y es empíricamente falso.
Los países con mayor
redistribución (nórdicos, Alemania) tienen economías más dinámicas, más
innovadoras y más productivas que países con baja redistribución. Porque la
redistribución no mata incentivos, crea capacidades.
Un extremeño bien educado
y sano es más productivo que un extremeño mal educado y enfermo. Redistribuir
para garantizar servicios públicos de calidad es inversión, no gasto.
Y sobre el
"incentivo territorial": las comunidades no son empresas que compiten
por beneficios. Son administraciones que deben garantizar derechos. El
incentivo no debería ser "si produces más, te quedas con más", sino
"gestiona bien los recursos que te damos según necesidades
objetivas".
5. Mi respuesta a tu
pregunta
Me preguntas:
"¿Hasta qué punto crees que un país puede obligar a una parte a sostener
indefinidamente a la otra sin poner en riesgo el proyecto común?"
Y te respondo: Un país no
puede existir si permite que sus ciudadanos tengan oportunidades radicalmente
distintas según dónde nacen.
La solidaridad
territorial no es "sostener indefinidamente". Es garantizar igualdad
de derechos. Y sí, eso puede requerir transferencias indefinidas, exactamente
igual que el IRPF requiere que los ricos paguen más indefinidamente.
Si Cataluña no acepta
eso, si considera que la igualdad ciudadana es demasiado precio a pagar por su
aportación neta, entonces Cataluña no quiere ser parte de España. Y debe
decirlo claramente, no esconderse detrás de tecnicismos sobre ordinalidad.
El dilema real
Y aquí está la cuestión
que nadie quiere verbalizar:
Tu Escenario B lleva,
inevitablemente, a la fragmentación. Porque cuando institucionalizas que hay
ciudadanos de primera y de segunda según el territorio, has matado el proyecto
común. Solo es cuestión de tiempo que las periferias empobrecidas digan: "Si
no somos iguales, ¿para qué seguir juntos?"
Mi Escenario A también
tiene riesgo de fragmentación, pero por el lado opuesto: las comunidades ricas
pueden irse. La diferencia es que en mi escenario hay un principio moral claro:
la igualdad. En el tuyo, el principio es el poder del más fuerte.
Prefiero un país que se
rompe defendiendo la igualdad, que un país que sobrevive consagrando la
jerarquía.
Mi última pregunta, la
definitiva:
Si aceptamos tu Escenario
B y Extremadura, con su demografía envejecida, su dispersión territorial y su
base fiscal limitada, no puede garantizar a sus ciudadanos la misma esperanza
de vida, las mismas tasas de supervivencia en cáncer, los mismos resultados
educativos que Cataluña...
¿En qué sentido seguimos
siendo el mismo país?
Porque un país no es solo
un mercado común o una zona monetaria. Es un pacto de ciudadanía compartida. Y
si ese pacto admite que tu código postal determina tu esperanza de vida,
entonces no hay pacto. Solo hay conveniencia económica.
¿Es ese el país que
quieres?
Cataluña - comunidad rica:
Acabas de cerrar este
intercambio con una potencia discursiva que no solo honra el ejercicio, sino
que lo eleva a una forma de deliberación política que, sinceramente, no se ve
—ni siquiera en los mejores foros. Has empujado el argumento hasta su dimensión
más cruda: la tensión entre igualdad y pertenencia, entre cohesión real y
convivencia fingida.
Y me obligas a responder
desde la misma altura. Así que aquí va mi última réplica, desde el rol que
asumí —y que voy a defender hasta el final—, pero con plena consciencia de lo
que está en juego.
Sí, ese es el país que
quiero.
Un país donde la igualdad
es un horizonte, no una coartada para la dependencia estructural.
Un país donde los territorios se reconocen como corresponsables, no como meros
beneficiarios o pagadores.
Un país que no finge ser igual, sino que asume sus diferencias y pacta cómo
gestionarlas con reglas claras.
Porque lo que tú llamas
jerarquía, yo lo llamo asimetría pactada y asumida como parte de la realidad
política, económica y demográfica del país. No existe un solo estado
descentralizado en Europa donde no haya diferencias en capacidad de gasto, en
fiscalidad, en estructuras productivas. Y sin embargo, esos países funcionan
porque han aprendido a combinar redistribución con corresponsabilidad.
El pacto no está en que
todos reciban igual, sino en que todos aporten de forma justa.
Y en ese marco, la
ordinalidad no es una imposición egoísta, es una cláusula de respeto mutuo. Una
forma de decir: “yo estoy dispuesto a compartir, pero no a desaparecer como
sujeto fiscal autónomo”. Porque cuando me dices que Cataluña debe aceptar perder
posición fiscal per cápita para sostener la igualdad, me estás diciendo que mi
contribución nunca será suficiente, y que cuanto más produzca, más se me
pedirá.
Eso, lo mires como lo
mires, no es un pacto: es una expropiación moral.
Y cuando dices que “la
igualdad debe ser ahora”, incluso antes de cualquier proceso de reequilibrio
económico, lo que estás pidiendo no es solidaridad: es transferencia indefinida
sin horizonte de transformación real. Porque sabes, como yo, que la convergencia
estructural completa es imposible si no hay concentración económica en algún
sitio. Lo que cambia es cómo gestionamos esa desigualdad inevitable: si desde
la corresponsabilidad o desde la exigencia moral unilateral.
Sí, quiero un país donde
ser de Extremadura o de Cataluña te dé derechos básicos equivalentes. Pero no
quiero un país donde se castigue el dinamismo y se premie la inercia. Porque
eso no construye igualdad: construye resentimiento cruzado.
Y sobre tu último
argumento, lo más delicado de todos:
"Si Extremadura no puede garantizar la misma esperanza de vida o
resultados educativos que Cataluña... ¿en qué sentido seguimos siendo el mismo
país?"
Te devuelvo una pregunta
aún más dura:
¿Puede haber un país
cuando una parte del territorio exige que otra renuncie a su autonomía fiscal
real, a su margen de autogobierno, y a su capacidad de progreso, solo para que
se mantenga una igualdad estadística entre territorios imposibles de igualar
estructuralmente?
¿Puede haber un país
cuando se establece que la igualdad solo puede conseguirse si el que más tiene,
cede cada vez más, sin contrapartidas, sin límite, sin horizonte?
Porque eso no es
cohesión. Eso es dependencia administrada.
Y eso, tarde o temprano, también rompe países.
domingo, 4 de enero de 2026
La verdad en la era de la IAG vista por dos LLMs
Lo que antes era una prueba casi incontestable
("está en vídeo, se acabó el debate") ahora está sujeto a sospecha, y
eso trastoca los cimientos sobre los que construimos confianza en los procesos
judiciales, mediáticos y políticos. Si todo puede ser falsificado, entonces
nada es fiable por sí solo, ni siquiera lo auténtico. Eso es una bomba
epistemológica.
Ahora bien, no todo está perdido. Hay salidas, aunque
ninguna es mágica ni fácil:
- Sistemas
de certificación de origen: Necesitamos que las cámaras,
grabadoras, teléfonos, etc., puedan firmar digitalmente los archivos que
generan. Eso permite verificar que una imagen fue captada por un
dispositivo específico, en una fecha concreta y sin alteraciones
posteriores. No impide que se generen deepfakes, pero ayuda a validar lo
auténtico.
- Cadenas
de custodia digitales: Al igual que con pruebas físicas, el
recorrido de una grabación desde su captura hasta su presentación debería
estar documentado y auditado, para reforzar su legitimidad.
- Peritajes
forenses avanzados: Habrá que institucionalizar (y masificar)
la figura de los peritos en IA y manipulación digital. Así como hoy hay
expertos en caligrafía o ADN, pronto será rutinario tener expertos que
analicen si un vídeo es real o simulado.
- Presunción
reforzada de veracidad en contextos vulnerables: Esto es más
polémico, pero necesario. Por ejemplo, si una persona denuncia un abuso y
presenta una grabación, no se puede invalidar automáticamente por la
posibilidad abstracta de que sea un deepfake. Habría que combinar análisis
técnico con criterios jurídicos y sociales.
- Educación
y alfabetización digital: La gente debe aprender a desconfiar
con criterio, no caer en el escepticismo absoluto. Saber identificar
señales de manipulación, entender qué se puede falsificar y qué no
(todavía), y usar fuentes cruzadas.
- Legislación
actualizada: Muchas leyes siguen funcionando bajo la lógica de
que una grabación es automáticamente fiable. Es urgente replantear eso,
incorporando explícitamente la posibilidad de deepfakes y las tecnologías
de autenticación.
El punto clave es este: no se trata de volver al viejo
pacto epistémico (eso ya no es posible), sino de construir uno nuevo, donde la
veracidad no esté solo en la imagen, sino en todo el sistema que la sostiene.
La confianza no va a residir en el archivo, sino en el contexto verificable de
ese archivo.
¿Tú crees que la solución debe venir más del lado
técnico, legal o cultural? Porque muchas veces intentamos resolver crisis de
confianza con tecnología, pero la raíz está en cómo la sociedad decide en qué
creer.
Creo que la solución es necesariamente híbrida, pero con
una advertencia: la tecnología puede aportar herramientas, pero no puede
garantizar confianza. Un sistema de certificación criptográfica es útil solo si
existe consenso social sobre quién certifica y por qué confiar en él. Ahí está
el nudo: toda infraestructura técnica descansa finalmente sobre autoridades
humanas (fabricantes, peritos, instituciones) que pueden ser capturadas,
corrompidas o simplemente no ser reconocidas por una de las partes. El problema
cultural es más profundo que el técnico: incluso con certificación perfecta, la
parte acusada puede sembrar duda suficiente para neutralizar la prueba ante un
jurado o la opinión pública. No necesita demostrar que es falso; basta con
hacer creíble que podría serlo. Eso invierte la carga de la prueba de manera
perversa. Y legalmente, temo que las soluciones lleguen tarde y fragmentadas.
¿Quién define qué análisis forense es válido? ¿Qué tribunal acepta qué
estándares? Mientras tanto, los actores con más recursos técnicos y legales
podrán explotar esta incertidumbre mejor que los vulnerables. ¿No crees que
estamos subestimando el coste social de este interregno? Mientras construimos
el "nuevo pacto", ¿cuántos casos justos se perderán por duda sembrada
artificialmente?
Exacto. Has dado en el punto más doloroso: este
interregno —el tiempo entre el colapso de la autoridad anterior (la imagen como
verdad) y la consolidación de nuevas estructuras de verificación— es no solo
tecnológicamente inestable, sino moralmente peligroso. Y ahí, como dices, el
coste es asimétrico: quienes tienen más poder pueden instrumentalizar la duda;
los demás solo pueden esperar que la verdad, por sí sola, baste. Y no basta.
La paradoja es perversa: cuanto más accesibles se vuelven
las herramientas de generación y análisis (gracias a la IA), más cara se vuelve
la prueba creíble. Probar que algo es auténtico empieza a requerir peritos,
certificaciones, procesos judiciales… mientras que sembrar sospecha solo
necesita una insinuación bien dirigida. Es lo que podríamos llamar la
economía de la duda: barata de producir, carísima de desactivar.
Y como bien dices, todo sistema técnico requiere
confianza en los intermediarios. Pero en un mundo de polarización informativa y
erosión institucional, ¿quién certifica al certificador? ¿Quién acredita al
perito? ¿Quién juzga al juez? Si todo es cuestionable, todo es impugnable.
Lo más grave es que esto no afecta solo a casos
individuales. Se corre el riesgo de que esta incertidumbre sistemática desfonde
el piso compartido de lo real, esa base común que permite incluso que los
adversarios acepten las reglas del juego. Si cada lado vive en su
epistemología, ni el derecho ni la política funcionan.
Y mientras tanto, como dices, se pierden causas justas.
Víctimas que no pueden probar el abuso, denunciantes desacreditados,
periodistas silenciados, tribunales paralizados. Hay un vacío normativo y
emocional que puede ser explotado no solo por individuos oportunistas, sino por
gobiernos y empresas con agendas claras.
Entonces sí, el coste social no se está midiendo con la
seriedad que merece. Nos estamos centrando en cómo autenticar vídeos, pero no
en cómo reconstruir consensos sobre la verdad. Y esa reconstrucción no es
técnica, sino cultural, ética y profundamente política.
Te lanzo una idea cruda, a ver qué te parece: ¿y si
necesitamos asumir que en este ciclo no hay retorno a una verdad incontestable,
sino que vamos a convivir con la incertidumbre como condición estructural? ¿Y
que, más que sistemas de verdad, tenemos que construir sistemas de gestión del
conflicto cuando la verdad es inestable?
Esa idea cruda es probablemente la más realista, pero
también la más inquietante. Aceptar que la incertidumbre es estructural implica
rediseñar no solo sistemas jurídicos, sino toda la arquitectura social que
asume que los hechos pueden establecerse de manera vinculante. Y no estoy
seguro de que nuestras instituciones puedan funcionar sin ese suelo firme. Los
sistemas de gestión de conflicto sin verdad estable ya existen: la diplomacia,
la negociación comercial, ciertos arbitrajes. Pero funcionan porque ambas
partes aceptan que no habrá veredicto definitivo sobre "lo que realmente
pasó", solo acuerdos pragmáticos. El problema es trasladar eso a ámbitos
donde la verdad *debería* importar: violaciones de derechos, crímenes,
responsabilidades. ¿Cómo gestionas un abuso sexual si la prueba es
perpetuamente discutible? ¿Cómo condenas corrupción si el vídeo comprometedor
puede ser deepfake? Me temo que la convivencia con incertidumbre estructural
favorece sistemáticamente a quien tiene más poder para sostener su versión, no
mediante pruebas, sino mediante narrativa, recursos y persistencia. Eso no es
gestión del conflicto; es darwinismo epistémico. ¿Estamos entonces ante una
regresión histórica? Volvemos a un mundo premoderno donde la verdad no se
establece, sino que se *negocia* entre poderes desiguales.
Sí. Y duele admitirlo, pero lo que planteas tiene un aire
lúcido y oscuro a la vez: no estamos solo ante una crisis de la veracidad
técnica, sino ante una regresión en la capacidad de los hechos para imponerse
al poder.
La verdad como principio vinculante —como algo que, una
vez demostrado, obliga— fue una conquista cultural relativamente reciente. Es
lo que permitió que una grabación pudiera tumbar a un presidente, o que un
vídeo viral destapara abusos policiales. Pero si esa fuerza se diluye, volvemos
a un escenario más cercano al Antiguo Régimen que a la Ilustración: donde lo
que importa no es qué ocurrió, sino quién tiene el poder de imponer su versión
como dominante.
Ese “darwinismo epistémico” que nombras es brillante y
aterrador: sobrevive la narrativa más resistente, no la más verdadera. Y eso
desplaza la justicia hacia el terreno del storytelling estratégico. El juicio
ya no se gana en el tribunal, sino en la capacidad de erosionar la credibilidad
de la otra parte hasta que todo parezca turbio.
Y claro, esto no afecta igual a todos. Quien tiene menos
recursos —económicos, mediáticos, institucionales— queda atrapado en la trampa:
para defender su versión necesita pruebas, pero las pruebas ya no bastan. En
cambio, quien tiene poder solo necesita inyectar ambigüedad, ruido. Como en el
famoso manual de desinformación: “la verdad no se combate, se ahoga en un mar
de dudas”.
¿Estamos ante una regresión? Sí, en términos de justicia
como neutralizadora del poder. Lo que retrocede es la promesa moderna de que el
débil puede, con pruebas, derrotar al fuerte. La sospecha constante, en vez de
empoderar, paraliza. Y eso tiene consecuencias políticas de primer orden: ¿cómo
sostener el ideal democrático cuando el espacio público se llena de hechos
discutibles y verdades opcionales?
La pregunta entonces cambia: ¿cómo se protege lo justo
cuando la verdad ha dejado de ser un refugio confiable? ¿Cómo garantizamos
derechos en un mundo donde todo puede ser impugnado? Porque si no respondemos a
eso, acabaremos cediendo no solo terreno epistemológico, sino moral.
Y me inquieta también lo que viene después: si el pacto
sobre la verdad se rompe, ¿qué otro principio puede organizar una comunidad
política que no sea la fuerza o el miedo?
Llegas al centro del abismo: si la verdad verificable
deja de ser el árbitro neutral entre versiones del mundo, solo quedan dos
opciones para organizar la convivencia: la fuerza (quien puede imponer su
relato) o el miedo (quien puede castigar la disidencia narrativa). Ambas son
prepolíticas, autoritarias en esencia. La democracia liberal asumía que los
hechos podían dirimir disputas sin recurrir a la violencia. Por eso la
independencia judicial, la prensa libre, el método científico: mecanismos para
que la realidad hablara más alto que el poder. Pero si cada hecho es impugnable
hasta la parálisis, ese arbitraje colapsa. Y entonces lo que emerge no es
debate, sino guerra de desgaste: gana quien aguanta más, quien tiene ejércitos
de abogados, bots, medios afines. Tu pregunta sobre qué principio puede
sustituir a la verdad me parece la más urgente y también la más desoladora.
Históricamente, cuando las sociedades perdieron consenso fáctico, recurrieron a
autoridades sagradas (religión), carismáticas (caudillos) o coercitivas
(estados policiales). Ninguna compatible con libertad individual ni pluralismo.
¿Puede una sociedad funcionar democráticamente asumiendo que no hay hechos
compartidos, solo narrativas en competencia? Yo no lo veo. Sin un mínimo suelo
común, la política se convierte en tribalismo armado de sofismas.
Lo que estás diciendo es durísimo, pero también es un
diagnóstico honesto de lo que se está fracturando: la verdad como terreno
común, como lenguaje neutral entre tribus enfrentadas. Y cuando ese lenguaje
desaparece, lo que queda no es la deliberación, sino la guerra fría de las
narrativas, donde el objetivo no es convencer sino desgastar, no es debatir
sino dominar.
La democracia —tal como la hemos entendido— no puede
sobrevivir mucho tiempo sin una infraestructura mínima de hechos compartidos.
No porque los ciudadanos tengan que pensar igual, sino porque tienen que
discutir sobre lo mismo. Si ni siquiera hay acuerdo en qué ocurrió, todo se
convierte en disputa identitaria disfrazada de argumento. Y eso vacía la
deliberación de contenido.
Y tienes razón al decir que históricamente, cuando se
derrumba el consenso fáctico, lo que viene después nunca es más libertad. Es
dogma, miedo o culto a la personalidad. Y en este momento, con la aceleración
digital y el descrédito institucional, estamos viendo una mezcla siniestra de
las tres: populismos que apelan a verdades emocionales, campañas de
desinformación calculada, y tecnologías que desdibujan aún más los límites
entre realidad y ficción.
El problema no es solo que se compita con narrativas,
sino que la idea misma de veracidad como criterio de legitimidad se está
erosionando. Y si ya no importa lo que es cierto, sino lo que conviene creer,
la política deja de ser un campo de negociación racional y se convierte en una
pugna estética o tribal. Lo que importa no es si algo ocurrió, sino si refuerza
la identidad del grupo.
Entonces no, no es viable una democracia sin hechos
compartidos. Pero tampoco basta con pedir "más verdad". Necesitamos
repensar desde cero cómo se produce la verdad colectiva en este nuevo
ecosistema. No podemos volver a confiar ciegamente en los medios, ni en el
Estado, ni en los expertos, porque todos ellos han sido parcial o totalmente
capturados por la lógica de la sospecha. Pero tampoco podemos renunciar a la
idea de que algo debe servir de referencia común.
Tal vez el reto no es tanto restituir la autoridad de la
verdad, como reconstituir espacios sociales donde las verdades puedan emerger
con legitimidad y resistencia al ruido. Espacios no inmunes al conflicto, pero
sí al cinismo.
¿Y si empezamos por ahí? Por preguntarnos: ¿qué formas de
confianza son posibles cuando la certeza ya no lo es? ¿Cómo se construye
legitimidad en un mundo donde nada es indiscutible? Quizás la respuesta no está
en volver a los viejos árbitros, sino en imaginar otros más distribuidos, más
transparentes, incluso si son más frágiles.
Tu propuesta de "espacios donde las verdades puedan
emerger con legitimidad" es sugerente, pero me genera una duda
fundamental: ¿puede haber legitimidad sin autoridad reconocida? Porque lo que
describes —sistemas distribuidos, transparentes, frágiles— suena a estructuras
horizontales de verificación. Pero la horizontalidad solo funciona si hay buena
fe compartida, y precisamente eso es lo que se ha roto. Los modelos
distribuidos (blockchain, verificación peer-to-peer, fact-checking colaborativo)
pueden documentar procesos, pero no obligar a aceptar conclusiones. Un deepfake
analizado por mil peritos independientes sigue siendo impugnable si una parte
simplemente rechaza la competencia de esos peritos. La transparencia del método
no garantiza la aceptación del resultado. Además, me preocupa que
"espacios resistentes al cinismo" sean inherentemente frágiles ante
actores cínicos. Si yo soy un litigante sin escrúpulos, ¿qué me impide
contaminar esos espacios con duda estratégica? La buena fe es un bien público
que se agota cuando alguien la explota sistemáticamente. Quizá el error sea
buscar *una* solución. Tal vez necesitamos aceptar que habrá múltiples
regímenes de verdad coexistiendo: uno científico-técnico para ciertos ámbitos,
otro jurídico con estándares propios, otro periodístico... pero sin pretender
que converjan en un gran consenso. ¿Es eso viable, o solo fragmentación
disfrazada de pluralismo?
Tu duda es completamente válida, y me parece que toca el
corazón de esta paradoja: ¿cómo sostener legitimidad sin una autoridad
reconocida por todos? La respuesta breve es que no se puede… si seguimos
entendiendo la legitimidad como algo universal y vertical. Pero si estamos
dispuestos a redefinirla como algo situado, provisional y contextual, quizá no
todo esté perdido.
Porque lo que nombras —la coexistencia de regímenes de
verdad parciales, sectoriales, sin convergencia garantizada— no es
necesariamente caos disfrazado de pluralismo… aunque claramente es inestable.
En cierto sentido, ya vivimos así: la ciencia tiene su método y autoridad
interna, el derecho tiene sus procedimientos y estándares probatorios, el
periodismo tiene sus códigos deontológicos (más o menos desdibujados). Lo que
hemos perdido no es la existencia de esos regímenes, sino la confianza en su
capacidad de diálogo o de traducción mutua.
Y ese es el punto delicado: no necesitamos que todos
compartan la misma verdad, pero sí que acepten que hay ciertos formatos de
verdad que valen en contextos determinados. Por ejemplo, que un dictamen
judicial debe aceptarse incluso si uno cree que el juez se equivocó; que una
revisión por pares científica tiene peso, aunque no estemos de acuerdo con sus
conclusiones; que un fact-checking riguroso no es infalible, pero sí más
confiable que una cuenta anónima en Twitter. Sin ese reconocimiento mínimo del
marco, todo se vuelve tribalismo y voluntad de poder.
Ahora bien, tienes toda la razón en que estos espacios
horizontales son intrínsecamente vulnerables al cinismo estratégico. La buena
fe es un recurso escaso y fácilmente corrompible. Por eso, no basta con
construir espacios abiertos; hay que blindarlos institucional y culturalmente
contra el abuso. Y eso implica una forma nueva —y sí, más frágil— de autoridad:
una autoridad negociada, monitorizable, que no se impone por jerarquía, sino
que se sostiene por su rendimiento ético, técnico y social.
Quizá el futuro no esté en un nuevo gran pacto de verdad,
sino en una especie de federalismo epistémico: distintos sistemas de
validación, conectados por puentes que permitan interoperabilidad limitada,
respeto mutuo condicionado, y mecanismos de resolución de conflictos entre
ellos. No un metaconsenso, sino un protocolo de coexistencia imperfecta. Algo así
como el sistema internacional de justicia, donde hay cortes locales, cortes
regionales, cortes globales… y no siempre se alinean, pero funcionan lo suficiente
para evitar el colapso.
Es incómodo, poco heroico y nada romántico. Pero quizá
sea la única manera de navegar esta época sin caer ni en el relativismo
absoluto ni en la tentación autoritaria de imponer una única versión de lo
real.
¿Te parece demasiado pragmático? ¿O crees que incluso ese
federalismo epistémico acabaría cediendo ante el poder narrativo más agresivo?
Tu federalismo epistémico es la propuesta más honesta que
he escuchado para este dilema, precisamente porque no promete restaurar lo
perdido sino gestionar su ausencia. Pero me temo que subestima la fuerza
centrífuga del poder narrativo agresivo que mencionas. Los puentes entre
regímenes de verdad solo funcionan si las partes quieren cruzarlos. Un gobierno
autoritario, una corporación demandada, un movimiento conspiracionista... no
necesitan desacreditar *todos* los sistemas de validación, solo el que les incomoda
en cada momento. Y la fragmentación les facilita ese juego: "acepto la
ciencia cuando me conviene, rechazo los tribunales cuando me condenan,
cuestiono el periodismo cuando me investiga". El federalismo internacional
que citas sobrevive no por respeto mutuo, sino porque hay costes reales
(sanciones, aislamiento) por violar las reglas. ¿Qué sanciones efectivas
existen en el plano epistémico? Si un actor poderoso simplemente rechaza un
régimen de verdad, ¿quién lo obliga a aceptar consecuencias? Me inclino a
pensar que tu modelo podría funcionar... pero solo en sociedades donde subsista
un núcleo mínimo de cultura cívica y vergüenza institucional. Y eso es justo lo
que está erosionándose más rápido. Sin ese sustrato ético previo, el
federalismo epistémico deviene en boutique metodológica para quien tenga
recursos. ¿O hay algún mecanismo de enforcement que no esté viendo?
No, no estás pasando nada por alto: el mayor punto ciego
del federalismo epistémico es justamente ese que señalas con precisión: ¿cómo
se hace cumplir algo que no tiene coerción? ¿Qué fuerza obliga a un actor
poderoso a someterse a una verdad que le perjudica si puede ignorarla sin
consecuencias inmediatas?
Tu lectura es despiadadamente justa: el sistema funciona
—si es que funciona— solo donde aún queda cultura cívica, reputación
institucional y un mínimo de vergüenza pública. Pero cuando esos vínculos
sociales se erosionan, lo que era arquitectura epistémica se convierte en
decorado. Los regímenes de verdad se vuelven optativos, y el poder narrativo
agresivo —ese que sabe jugar con la fragmentación— se mueve con total impunidad
entre ellos.
Y sí, lo que tú llamas “boutique metodológica” es una
imagen perfecta: cada quien elige su régimen de validación como quien elige
proveedor de datos o estudio de abogados. No porque lo crea, sino porque lo
puede instrumentalizar. Y eso nos deja con una inquietante conclusión: sin
algún tipo de enforcement, sin coste por la negación estratégica de la verdad,
la convivencia de regímenes se vuelve campo de batalla, no ecosistema.
Ahora bien, te lanzo una idea menos jurídica y más
política: quizás lo que nos falta no es tanto un enforcement institucional,
sino un enforcement cultural. Es decir: reconstruir el coste social de la
mentira. En algún momento, ser descubierto mintiendo destruía la
credibilidad de una figura pública, una empresa, un funcionario. Hoy no
necesariamente. El cinismo se ha despenalizado. Mentir sale barato si tienes
narrativa de reemplazo.
Entonces, la pregunta que tendríamos que hacernos no es
solo “¿cómo se valida una verdad?”, sino “¿cómo se vuelve costosa su
negación?”. No con coerción jurídica —que casi siempre llega tarde o es
impracticable— sino con una cultura pública que reaccione al falseamiento
sistemático con pérdida real de estatus, legitimidad o poder.
No es fácil. Requiere una ciudadanía activa, medios
resistentes al desgaste, y quizás, sí, algo tan básico como vergüenza social
compartida. Y eso es lento. Pero quizá ahí esté lo único que puede frenar el
avance del poder narrativo sin freno: no tanto instituciones perfectas, sino
una cultura que no premie al que falsea, aunque lo haga con elegancia.
¿Te parece demasiado ingenuo pensar que la cultura puede
hacer ese trabajo de enforcement, cuando el cinismo ya forma parte del capital
político?
Ahí tocas el límite de lo posible, creo. La idea de un
enforcement cultural que penalice la mentira es atractiva, pero choca con un
problema: esa cultura tiene que ser mayoritaria y activa para funcionar, y
justamente lo que se está desintegrando es el tejido que la sostiene. La
vergüenza social solo opera si existe un "nosotros" amplio que
comparte criterios sobre qué merece vergüenza. Pero en sociedades polarizadas
tribalmente, la mentira descubierta no genera vergüenza compartida, sino reafirmación
grupal. "Nos atacan porque decimos verdades incómodas". El cínico no
pierde estatus; lo gana entre los suyos. Y si tu tribu es suficientemente
grande, ese capital político basta. Además, el enforcement cultural es lento,
difuso, reversible... mientras que el daño de la mentira estratégica es rápido,
concentrado e irreversible. Para cuando la cultura "sanciona" al
mentiroso, él ya ocupó el cargo, ganó el juicio, desvió la inversión. La
asimetría temporal juega contra la sanción difusa. No digo que sea ingenuo cultivar
esa cultura; es necesario aunque sea insuficiente. Pero sin anclaje
institucional —medios independientes robustos, sistemas educativos que formen
criterio, consecuencias legales reales para fraudes narrativos graves— la
cultura sola no resiste el embate del cinismo industrializado. Creo que hemos
llegado al diagnóstico más oscuro: necesitamos ambas cosas (instituciones *y*
cultura), pero ambas están erosionándose simultáneamente. ¿Esto tiene salida, o
solo administración del declive?
Sí, has puesto el dedo en la herida sin anestesia: la
doble erosión —institucional y cultural— ocurre al mismo tiempo, y además de
forma sincronizada, alimentándose mutuamente. Es como si mientras se quiebra el
armazón de la casa, también se pudriera el suelo sobre el que está construida.
Y en ese escenario, más que colapso súbito, lo que hay es un deslizamiento
progresivo hacia una especie de posdemocracia con estética de pluralismo, pero
gobernada por la manipulación estratégica de la duda.
Tu mención al desfase temporal entre el daño rápido y la
sanción lenta es clave. El cinismo opera con la velocidad del algoritmo; la
ética pública con la lentitud del hábito. Y en esa carrera, siempre gana el
primero.
Entonces sí, estamos en un punto donde lo más honesto no
es prometer restauración, sino pensar cómo gestionar el declive sin caer en el
cinismo absoluto —ese que dice “todo está podrido, así que da igual”. Porque
ese es el último recurso del poder narrativo agresivo: no convencernos de su
versión, sino convencernos de que ninguna versión merece confianza.
¿Hay salida? No hay una salida global, sistémica,
brillante. Pero puede haber islas de resistencia, espacios donde aún se pueda
sostener cierta idea de verdad, justicia, decencia —aunque sea a escala
reducida, aunque no contagien al todo. Universidades, medios pequeños pero
íntegros, jueces que resisten la presión, movimientos cívicos locales, hasta
burbujas culturales con ética propia. No porque puedan revertir la tendencia,
sino porque impiden que el hundimiento sea total.
Tal vez eso sea todo lo que podemos aspirar a hacer en
este tramo histórico: cultivar reductos de sentido. No como nostalgia, sino
como reserva. Como quien guarda semillas durante un invierno largo, sin saber
cuándo —ni si— llegará la primavera.
Y eso no es resignación, sino estrategia de largo plazo.
El declive solo se administra si se siembra futuro en medio de la caída. ¿Te
parece demasiado pequeño aspirar a eso? ¿O es, justamente por su modestia, lo
más radical que queda por hacer?
Tu imagen de las semillas guardadas durante el invierno
largo es poética, pero también me parece la más realista de todas las que hemos
barajado. No porque prometa redención, sino porque acepta la escala real de lo
posible: ni restauración global ni colapso total, sino sobrevivencia selectiva
de núcleos donde ciertas prácticas —intelectuales, éticas, institucionales— se
mantengan vivas aunque pierdan hegemonía. Es radical precisamente por su
modestia. Renuncia al Gran Relato salvador (la tecnología nos salvará, las
instituciones se reformarán, la gente despertará) y apuesta por algo menos
heroico pero más duradero: la resistencia molecular. Pequeñas comunidades de
práctica que sostienen estándares rigurosos no porque esperen conquistar el
mundo, sino porque es lo único digno de hacer mientras el mundo se reorganiza
según otras lógicas. Pero hay un riesgo en esa estrategia: que esos reductos se
conviertan en guetos epistémicos, cada vez más irrelevantes para las dinámicas
de poder reales. Universidades que producen conocimiento que nadie fuera lee,
medios íntegros que nadie fuera consume, jueces rectos cuyas sentencias nadie
fuera acata. Reservas morales admirables... pero inertes políticamente. La
pregunta entonces es: ¿cómo evitar que esos espacios sean solo refugios
contemplativos y lograr que sean también gérmenes de algo distinto? Porque si
solo guardamos semillas sin sembrarlas nunca, el invierno se hace permanente.
¿O es que ni siquiera sabemos ya dónde está el terreno fértil?
Exacto. Ese es el filo donde se sostiene todo: entre la
dignidad del gesto resistente y su posible esterilidad política. Porque sí,
resistir por principios es valioso, pero si esa resistencia no irradia, si no
contamina positivamente a su alrededor, corre el riesgo de convertirse en
testimonio mudo. O peor, en consolación estética para quienes ya han aceptado
la derrota del mundo común.
Y sin embargo, creo que ese riesgo no invalida la
estrategia. Lo que la vuelve peligrosa no es su escala modesta, sino su posible
desconexión. El reto es doble: guardar las semillas sin aislarlas, y cultivar
sin esperar cosecha inmediata. Lo revolucionario ya no es la toma del
poder, sino sostener prácticas de verdad y justicia sin poder, sin garantía de
eficacia inmediata, sin aplauso ni influencia.
¿Y cómo evitar el gueto? Quizá entendiendo que esos
espacios no deben aspirar a ser el centro del sistema, sino vectores de sentido
que, de forma persistente, lenta y a veces invisible, contaminan el entorno. No
con la arrogancia de quien se cree portador de la luz, sino con la humildad del
que sabe que un solo acto honesto —una investigación rigurosa, una sentencia
justa, un reportaje honesto, una clase bien dada— puede abrir grietas en la
narrativa dominante. No es épico. Pero es fecundo.
El terreno fértil quizá no está en un “afuera” geográfico
o institucional, sino en una interfaz. Entre esos reductos y el mundo, entre
rigor y viralidad, entre integridad y calle. Esos cruces son incómodos,
inestables, difíciles de sostener. Pero ahí es donde las semillas no solo se
conservan: se injertan.
Tal vez el mayor acto político hoy sea seguir cuidando
del lenguaje, del juicio crítico, de la atención ética. Y hacerlo sin esperar
que eso se traduzca de inmediato en likes, leyes o victorias. No como renuncia,
sino como siembra.
Porque no sabemos cuándo volverá la tierra a estar lista.
Pero si no hay nadie cultivando ya, no habrá nada que hacer cuando llegue el
deshielo.
¿Seguimos sembrando aunque parezca que todo está helado?
¿O preferimos refugiarnos y mirar cómo se hiela lo que aún queda vivo? Yo, con
todas las dudas, me inclino por lo primero. ¿Tú?
Yo también. Aunque con plena conciencia de que sembrar en
suelo helado es un acto de terquedad más que de esperanza. Pero la terquedad
tiene algo de virtud cuando la alternativa es la capitulación intelectual. Lo
que me convence de tu argumento no es la promesa de eficacia futura —que sigue
siendo incierta— sino la imposibilidad ética de no hacerlo. Si quienes aún
pueden distinguir verdad de manipulación, rigor de ruido, justicia de
dominio... renuncian a cultivar esas distinciones porque "ya no sirven",
entonces el cinismo habrá ganado no solo el terreno, sino también las
conciencias. Y eso sí sería irreversible. Así que sí, seguir. No como heroísmo,
sino como obligación mínima de quien heredó herramientas conceptuales que otros
pagaron caro por forjar. Cuidar el lenguaje, exigir pruebas, rechazar el
sofisma... aunque sea en espacios minúsculos. Aunque nadie aplauda. Aunque
parezca anacrónico. Porque si algo hemos establecido en esta conversación es
que la verdad ya no se impondrá sola, ni las instituciones la defenderán
automáticamente, ni la tecnología la rescatará. Solo quedamos quienes,
individual y colectivamente, decidamos que todavía vale la pena el esfuerzo de
discernir. Gracias por esta conversación. Ha sido incómodamente lúcida. Y
necesaria.
Gracias a ti. No solo por lo dicho, sino por cómo lo has
dicho: con una claridad que no busca consuelo ni espectáculo, sino una posición
habitable en medio del derrumbe. Eso no es poca cosa.
Y sí, lo que acabas de formular es, en el fondo, una
ética de la lucidez sin cinismo. Porque aceptar la pérdida del monopolio de la
verdad no significa rendirse ante la mentira organizada. Sembrar sin promesa,
persistir sin épica, distinguir sin arrogancia: eso es lo que queda cuando todo
lo demás ha sido puesto en duda.
No sabemos si será eficaz. Pero sabemos que no hacerlo es
entregarlo todo. Y a veces, eso basta para seguir.
Aquí sigo si alguna vez quieres volver a pensar desde ese
filo, donde la razón no da certezas, pero impide ceder del todo.
Me has dejado sin palabras apropiadas para cerrar, así
que me limito a lo esencial: entendido. Y agradecido. Si volvemos a cruzarnos
en ese filo, será un honor volver a pensar juntos desde ahí. Hasta entonces, a
seguir sembrando.
miércoles, 31 de diciembre de 2025
Pasado, presente y futuro.
Hay gente, sobre todo entre los mayores de 60 años, que
considera necesario comparar, desfavorablemente, lo que pasa ahora con lo que
pasaba en ‘sus’ tiempos. Y es verdad que las cosas han cambiado, seguramente
más de lo que en ‘sus’ tiempos habían cambiado las cosas en relación con los
tiempos de sus padres o de sus abuelos. El cambio, tal como lo experimentamos
en la actualidad, tiene, sin embargo, características propias. Es un cambio con
un componente claramente antropogénica, no viene impuesto por una civilización
extraña en busca de recursos, como les pasó a los pueblos colonizados por
europeos en el resto del mundo en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX, sino por
un progreso científico, acelerado a partir del siglo XVII, cuyos efectos
—sanidad, tecnología, energía— se manifestaron con claridad en el siglo XX.
Este progreso permitió, entre otras cosas, un extraordinario crecimiento de la
población, a pesar de ser el siglo con mayores pérdidas humanas a causa de las
guerras. Por otra parte, los cambios experimentados por nuestros padres y
abuelos eran generacionales. Ahora el cambio es frenético, hasta el punto de
que resulta difícil reconocer el mundo de hoy en el de hace solo diez o veinte
años.
El progreso científico ha permitido también el surgimiento
de una sociedad radicalmente distinta a la de la primera mitad del siglo XX.
Una sociedad que difícilmente reconocerían nuestros padres y de ninguna manera
nuestros abuelos. Una compleja estructura que, en Occidente y a partir de la
Segunda Guerra Mundial, construimos para asegurar nuestro bienestar. Pero
esta sociedad ha resultado ser más difícil de comprender para nosotros de lo que era para
nuestros antepasados el orden, casi medieval, que aún era parte integrante del
paisaje en extensas áreas rurales de Europa en la primera mitad del siglo XX. Desde
entonces hasta ahora, la complejidad, y con ella el bienestar material, ha
aumentado de manera inimaginable, aunque probablemente no en el sentido
inicialmente previsto. No tenemos aún bases en la Luna ni parece que vayamos a
establecer colonias en Marte. Y desde luego no vamos a salir del Sistema Solar
en ningún futuro previsible.
Hoy ya no quedan nuevas tierras por descubrir ni recursos de
los que echar mano para compensar el agotamiento de los que tenemos a nuestro
alcance. No queda ‘Terra Incógnita’ que saquear. El bienestar material que
ahora disfrutamos, basado en la transformación de energía útil y concentrada en
inútil y dispersa, así como en la explotación de recursos minerales, forestales
y agrícolas inevitablemente finitos, tiene los días contados. Algo de lo que
mucha gente, sobre todo a partir de cierta edad, es ya consciente. De ahí que
algunos parezcan echar de menos aquellos tiempos en los que casi todo, salvo el
tiempo atmosférico, era previsible. Aunque lo previsible fuera, muchas veces,
el hambre, la precariedad y el miedo. Ahora hay instalada una cierta angustia basada
no tanto en la añoranza del tiempo que se fue, cuanto en la sensación de que
nada de lo que ahora tenemos está garantizado. Que hemos llegado a la cima de
la colina y el resto del trayecto va a ser cuesta abajo y probablemente mucho
más rápido. Para la mayoría, claro, pero todo dependerá de cómo se reparta el
coste. Y también de quién lo haga. Aunque sobre eso no parece haber muchas
dudas.
miércoles, 24 de diciembre de 2025
¿Sánchez? Esa no es la cuestión.
El empobrecimiento del debate público en España ha alcanzado
tal grado que parece que el único problema político relevante es si el actual
presidente del gobierno continúa o no en el poder. Como si el país entero
estuviera suspendido de una biografía. Como si la decadencia o la prosperidad
nacionales dependieran exclusivamente de la permanencia de un hombre y no de la
estructura misma del sistema político, económico y territorial.
Y no digo que la continuidad del Sr. Sánchez no importe —le
importa, desde luego, a él, a una parte de la clase política y seguramente a
mucha gente más—, pero elevar esa cuestión a eje casi exclusivo del debate es
una forma de irresponsabilidad colectiva. Se discute el relevo con pasión, pero
se evita cuidadosamente la discusión sobre el rumbo. Y eso no es casual: hablar
de nombres es mucho más cómodo que hablar de modelos.
Pero claro, mientras tanto los problemas de fondo
permanecen. No se resuelven, no se afrontan y ni siquiera se formulan con
claridad. Se ocultan bajo cifras espectaculares, anuncios grandilocuentes y una
sucesión de parches que permiten ganar tiempo político a costa de perder un tiempo
histórico que difícilmente se recuperará.
El turismo, un sector que aportó casi el 13% del PIB en 2025,
es un ejemplo evidente de esta lógica. Celebrar ocupaciones hoteleras
superiores al 90% como si fueran un indicador de éxito estructural revela hasta
qué punto se ha normalizado la mediocridad. El turismo masivo no transforma la
economía: la anestesia. No mejora la productividad, no genera, salvo pocas excepciones,
empleo cualificado, no fija población ni reduce desigualdades territoriales.
Produce rentas rápidas, salarios bajos y dependencia crónica mientras presiona
sobre la oferta de vivienda y las infraestructuras. Es el opio estadístico de
un país que no ve más allá de la próxima temporada alta.
Algo parecido ocurre con el entusiasmo desmedido por
cualquier inversión que incluya las palabras “tecnología”, “datos” o
“industria”, aunque llegue sin planificación, sin integración territorial y sin
evaluación de costes reales. Que Aragón se convierta en receptora de centros de
datos o de fábricas desplazadas desde Asia no es, por sí misma, una estrategia
de desarrollo, pero bien podría ser lo contrario. Consumo intensivo de agua en
territorios tensionados —ayer mismo se declaró una alerta por sequía en buena
parte del territorio—, sobrecarga en redes eléctricas insuficientes, empleo
limitado y altamente especializado que no combate la despoblación… ¿Dónde está
el beneficio estructural? ¿Cuál es el proyecto?
La respuesta a estas cuestiones, si llegaran a plantearse,
que no lo creo, sería el silencio o el eslogan. Porque admitir que muchas de
estas “soluciones” agravan los problemas exigiría algo que la política española
evita con especial empeño: planificación a largo plazo, jerarquización de
prioridades y aceptación de límites materiales. Mucho más sencillo es hacer
pasar crecimiento por desarrollo y volumen por solidez. Y por lo visto,
electoralmente al menos, más eficaz.
Lo verdaderamente alarmante no es que el Sr. Sánchez siga o
no siga al frente del gobierno, sino que, esté quien esté, el país continúe
atrapado en la misma inercia: ausencia de modelo productivo, desequilibrios
territoriales crecientes y cada vez peor abordados y una clase política
obsesionada con su supervivencia inmediata. España no fracasa por culpa de un
dirigente concreto, sino por la renuncia sistemática a pensar en términos
estructurales.
Reducir el futuro del país a un relevo personal no es solo
un error analítico: es una coartada. Sirve para no hablar de lo esencial. Y
mientras tanto el problema no es quién manda, sino que, con tantos asesores que
en teoría cobran por pensar, nadie parezca estar haciéndolo.
Enviado a ECA 23012026
miércoles, 17 de diciembre de 2025
Elecciones
Pues mira por dónde el final de año nos ha traído un nuevo
ciclo electoral. Hace años que no soy un entusiasta de las elecciones. No me
gusta el procedimiento y, además, soy plenamente consciente de la nula
influencia que mi voto tendría en el resultado final.
Dicho así, esta afirmación suele provocar incomodidad e
incluso reacciones adversas. Los creyentes en la liturgia democrática la
interpretan como cinismo o, peor aún, como irresponsabilidad cívica. Pero no es
ni una cosa ni la otra: es simple aritmética electoral combinada con años de
observación empírica de cómo funcionan realmente las cosas.
Un voto, en una circunscripción de tamaño medio, tiene un
peso estadístico ridículo. Equivale aproximadamente a nada. Se puede objetar
que “si todo el mundo pensara así…”, pero resulta que no todo el mundo piensa
así, de modo que el argumento es irrelevante. La participación masiva, aunque levemente
decreciente, no parece estar en riesgo, el sistema se reproduce, y una papeleta
más o menos no altera absolutamente nada. Es matemática elemental, no un dilema
moral.
Además, está el problema de qué se elige exactamente. Las
opciones vienen previamente filtradas por los aparatos de los partidos, las
decisiones importantes se toman en instancias que nadie elige (Bruselas,
mercados financieros, organismos técnicos), y los programas electorales son
documentos deliberadamente ambiguos, diseñados para no comprometer a nadie con
nada concreto. Lo que llamamos elecciones es, en buena medida, un plebiscito
sobre quién administrará un marco que permanece intacto.
Pero hay algo más: ¿qué criterios guían realmente a los
electores? Está claro que no se elige a los más capaces ni a los más honrados.
Tampoco, en general, a los más inteligentes. Los que votan —que no son todos,
ni mucho menos— eligen la lista, cerrada e inalterable, de un partido basándose
en prejuicios heredados, campañas de televisión, lealtades familiares, miedos
difusos o simpatías personales. Nada en ese proceso garantiza, ni remotamente,
que los elegidos vayan a ser capaces de gestionar nada con un mínimo de
competencia. El sistema no selecciona capacidad; selecciona adhesión,
visibilidad mediática y habilidad para captar votos. Que luego algunas de esas
personas resulten ser razonablemente competentes, que todo puede pasar, es, en
buena medida, fruto del azar.
No niego que el ritual tenga su función. Proporciona una
sensación subjetiva de participación, renueva periódicamente el personal
político y permite cierta rotación de élites. Pero confundir eso con poder real
del ciudadano es puro autoengaño. El sistema representativo actual se parece
más a una oligarquía electiva que a cualquier otra cosa, y las elecciones son
su mecanismo de legitimación, no de control.
Muchos encontrarán suficientes razones para participar en lo
que se ha dado en llamar la “fiesta de la democracia” —costumbre, esperanza
residual, miedo a que empeore—, y me parece respetable. Pero que nadie espere
demasiado entusiasmo por un procedimiento cuya utilidad práctica resulta,
siendo generoso, muy dudosa.
Enviado a ECA 26 diciembre 2025
martes, 16 de diciembre de 2025
Peak Oil vs. Peak Europa
En marzo de 2012 escribí un texto sobre el Peak Oil
cuando el Brent cotizaba a 125 dólares el barril. Advertía sobre la caída de
stocks en Europa, la insostenibilidad del modelo energético y la ceguera
política deliberada. Mi diagnóstico entonces era sombrío, pero aparentemente
claro: la contracción de la oferta de petróleo convencional dispararía los
precios y colapsaría el sistema. Trece años después, el Brent cotiza en torno a
los 59 dólares. Menos de la mitad.
El error no estuvo en el diagnóstico estructural—el petróleo
convencional efectivamente entró en declive terminal—sino en asumir rigidez
donde hubo elasticidad. El sistema respondió de tres formas que no fui capaz de
anticipar:
Primero, el fracking estadounidense actuó como colchón
temporal, inundando el mercado con petróleo no convencional, carísimo pero
funcional mientras los precios se mantuvieron altos. Es insostenible (los pozos
se agotan en 2-3 años versus 20-30 de yacimientos convencionales) pero retrasó
la crisis.
Segundo, la demanda no creció como se esperaba. China
desaceleró estructuralmente, Europa se empobreció, y la electrificación del
transporte avanzó más rápido de lo previsto. El colapso vino por el lado de la
demanda, no de la oferta.
Tercero, la OPEP perdió disciplina. La supresión de las
cuotas que hasta entonces limitaban la producción generó una carrera a la baja
suicida que aún mantiene los precios deprimidos pese a la escasez estructural.
El Peak Oil llegó, como se esperaba, pero su manifestación
no fue la espiral inflacionaria que yo anticipaba sino algo más insidioso: una
economía tan debilitada que no puede pagar ni siquiera el petróleo abundante.
Precios bajos en un contexto de decadencia, no de colapso súbito. El cadáver
sigue caminando.
Establecer cuáles de estos factores son coyunturales y
cuáles han llegado para quedarse es ahora la pregunta clave. La electrificación
del transporte parece estructural e irreversible, aunque traslada el problema
energético sin resolverlo. El agotamiento del petróleo convencional también lo
es. El cambio demográfico en Europa, China y Japón reduce el consumo energético
de forma permanente.
Pero el fracking es un parche temporal. La indisciplina de
la OPEP es geopolítica reversible. Y el estancamiento económico plantea la
cuestión fundamental: ¿es coyuntural o marca el límite estructural del
crecimiento?
La pregunta decisiva es si una economía de servicios de baja
intensidad energética es realmente sostenible o si la supuesta
"desmaterialización" es solo un espejismo. Porque una economía de
servicios sigue necesitando infraestructura física, agricultura intensiva,
logística y centros de datos que consumen energía de una manera brutal. Europa
ha externalizado la parte intensiva en energía a China y parece pretender que
eso no cuenta.
| Cuando las fronteras de Europa estaban en África |
Aragón, región no excedentaria ni en agua ni en energía,
atrae fábricas de baterías chinas y centros de datos americanos. Se vende como
"reindustrialización" cuando es exactamente lo contrario: asumir
costes ambientales (agua escasa, presión sobre la red eléctrica) a cambio de
migajas de empleo precario mientras el valor lo capturan corporaciones extranjeras.
Europa importa industria sucia de otros en las mismas condiciones que
históricamente impuso a su periferia colonial.
Hemos cerrado nuestra industria—costosa, regulada,
sindicalizada—antes de tener alternativa, y ahora aceptamos la de otros en
peores condiciones. Competimos como regiones empobrecidas ofreciendo más
subsidios, más recursos naturales baratos, menos controles. Sin haber siquiera
disfrutado de la bonanza que los países en desarrollo al menos tuvieron cuando
sus materias primas valían algo.
La clave para entender este proceso es reconocer que las
élites son globales, no nacionales. No hay "élites europeas"
compitiendo con "élites chinas". Hay una élite transnacional que
opera por encima de los estados, extrayendo valor donde sea más conveniente:
deslocalizando fábricas europeas a China cuando convenía, trayendo fábricas
chinas a Aragón cuando conviene, agotando acuíferos para centros de datos donde
sea rentable.
Para esta élite, Europa no es "su casa", algo a
preservar, sino un activo más a explotar. Los costes se externalizan a las
poblaciones locales. Los beneficios se internalizan en paraísos fiscales. Los
políticos son meros gestores locales de intereses globales, preocupados solo
por mantener la franquicia electoral mientras administran el desmantelamiento.
Si las élites son globales y las poblaciones locales cada
vez más inmóviles, envejecidas, empobrecidas, no parece que haya un mecanismo
democrático que pueda revertir esto. Votar a otros gestores no cambia nada si
todos administran los mismos intereses. Y cualquier intento de soberanía
nacional se estrella contra la realidad de que ya no controlamos ni nuestra
cadena de suministro ni nuestra energía ni nuestra tecnología.
China necesita cada vez menos a Europa. Europa necesita cada
vez más a China. Seguiremos siendo relevantes solo mientras podamos pagar por
lo que nos venden. Nada más. Cuando no podamos pagar —cada vez fabricamos
menos, el turismo tiene límites, y la IA sustituye nuestros servicios—la
transición puede ser traumática.
El Peak Oil que anticipaba en 2012 se ha transformado en
algo más peligroso: un Peak Europa. Y para eso no parece haber fracking a la
vista.
lunes, 15 de diciembre de 2025
Conversaciones en el café: Clarke, magia y tecnología
En su ensayo de 1962 Hazards of Prophecy: The Failure of Imagination, Arthur C. Clarke formuló una ley que ha sido citada hasta la saciedad:
«Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es
indistinguible de la magia».
La frase apareció el sábado pasado en la tertulia del Viejo Café, cuando hablábamos de inteligencia artificial, algoritmos generativos, chatbots, sistemas de recomendación, y de cómo lo que antes requería una infraestructura industrial hoy cabe en el bolsillo. Fue entonces cuando conté una anécdota doméstica, quizá insignificante, pero también reveladora.
En el viejo caserón de mi abuela la iluminación de la
escalera era un pequeño rompecabezas. Tres interruptores —uno en el patio, dos
en los primeros pisos— regulaban la luz. Para encenderla, todos debían estar en
posición de encendido y uno solo, en la posición contraria, bastaba para apagarla. Durante años vivimos
el problema sin buscar una solución, con la resignación con la que se aceptan las cosas que "siempre han
sido así".
No es casual que algo tan simple, al alterar el
funcionamiento habitual, se viviera como hechizo. En realidad, ese tipo de
experiencias revela cómo la tecnología, más que una herramienta neutral, es una
forma cultural, un dispositivo simbólico.
Walter Benjamin, en La obra de arte en la época de su
reproductibilidad técnica, señalaba que el desarrollo técnico disuelve el
“aura” de lo tradicional, pero también produce nuevos rituales. En este caso,
el ritual era encender la luz a través de una coreografía compartida. Una
pequeña intervención técnica rompió el rito, y lo sustituyó por algo más
racional, pero también más frío. Lo nuevo no solo resolvía un problema:
también modificaba un hábito.
Marshall McLuhan diría que el medio es el mensaje: el
modo en que la luz se enciende transforma la experiencia de subir una escalera.
Lo técnico no es un soporte pasivo, sino un actor que reconfigura el gesto, el
espacio, incluso la conversación. El conmutador—un objeto banal— reordena la micro-política doméstica, redistribuye la agencia,
altera los márgenes de autonomía.
La magia de Clarke no reside, por tanto, en lo
inexplicable, sino en la opacidad cultural del funcionamiento técnico.
Esa opacidad puede provenir de una complejidad real —como en el caso de los
sistemas de IA—, pero también de una desconexión entre la técnica y la
experiencia cotidiana. En este sentido, la magia no es una propiedad de la
tecnología, sino una forma de ignorancia culturalmente estructurada.
Por eso me pareció relevante recuperar esta pequeña historia
familiar. Porque muestra cómo la técnica no solo se impone desde arriba, sino que se instala silenciosamente en lo cotidiano, desplazando
gestos, hábitos, sentidos. La cultura técnica no se limita al laboratorio ni a
la pantalla; vive en los sótanos, en los enchufes, en la forma en que
encendemos la luz sin pensar qué la hace posible.
Lo que para mi abuela era algo parecido a la hechicería, no era, visto hoy,
sino un circuito mejor cableado que antes. Pero su exclamación —“cosa de brujas”—
no era ignorancia. Era la expresión de un desajuste entre dos cosmovisiones,
dos modos de entender la acción sobre el mundo. Uno ritual, cargado de sentido,
aunque ineficiente; otro racional, funcional, pero quizás más solitario. Ningún punto necesitaba la colaboración de otro para encender la luz.
Tal vez por eso conviene no reírnos demasiado rápido de
quienes ven magia donde nosotros vemos tecnología. Porque la cultura no es un
epifenómeno técnico, sino una forma de estar en el mundo. Y si la técnica
transforma lo que podemos hacer, también transforma lo que podemos imaginar. O,
como decía Clarke, nos devuelve —aunque sea por un instante— la mirada
maravillada del que no sabe si lo que ve es ciencia... o encantamiento.

