En los primeros años sesenta íbamos de Barbastro a Madrid en tren: salíamos de la estación de Barbastro a las 7.25 de la mañana para llegar a Selgua media hora después. Una vez allí, había que esperar unos minutos al tren correo que venía de Barcelona y llegaba a la estación del Arrabal, en Zaragoza, donde terminaba su recorrido, a las 10.50. Desde allí, en microbús hasta la estación de Madrid, entonces llamada Campo Sepulcro, a esperar hasta las tres de la tarde al tren que venía de Barcelona. Este tren que paraba en Monzón, pero no en Selgua, iba remolcado en 1964 por una locomotora de vapor y tenía prevista su llegada a Madrid pasadas las once de la noche.
En los años noventa iba a Madrid desde Monzón y sin
transbordos en un tren Talgo. El viaje duraba cinco horas. Hoy ya no hay trenes
que salgan de Barbastro. Ni estación, ni vías. Y por la estación de Monzón ya
no pasan los trenes a Madrid, aunque parece que hay planes para incluirla en la
red de cercanías de la Generalitat de Cataluña. A cambio, tenemos un ramal del
AVE en Huesca desde donde se podía —al menos hasta hace un año— ir a Madrid en
poco menos de tres horas. El ya exministro de Transportes, al socaire del
último accidente en la línea Madrid-Sevilla, con 69 muertos, aseguró que estaba
valorando suprimir o reducir el tráfico ferroviario de alta velocidad en el
corredor Barcelona-Zaragoza-Madrid durante dos años.
El progreso tiene estas cosas.
Pero volviendo al tren de Barbastro: si uno mira el mapa, es
difícil comprender que la línea Zaragoza-Lérida no pasara por Barbastro y que
tuviéramos que conformarnos con un ramal desde Selgua. El trazado elegido en el
siglo XIX tenía, seguramente, sus razones técnicas y económicas, pero condenó a
Barbastro a depender de un cul-de-sac difícilmente compatible con la
evolución del transporte ferroviario y con el aumento del parque
automovilístico propiciado por el desarrollo de los años sesenta. El
ferrocarril de viajeros entre Barbastro y Selgua desapareció en 1969 después de
una larga agonía. Lo que resulta menos comprensible aún es que, después de
tantos años, la conexión ferroviaria de Barbastro haya desaparecido también de
las prioridades políticas. Y, alternativamente, ni en Barbastro ni en Huesca
parece haberse consolidado nunca una reivindicación seria de una línea que
uniera ambas ciudades y enlazara con la Zaragoza-Lérida en Monzón.
El ferrocarril es hoy una ventaja competitiva importante
para las ciudades que lo tienen. Y bien podría ser uno de los factores —no el
único, desde luego— que permita explicar la relativa desventaja de Barbastro y
de su polígono industrial, en otro tiempo puntero, frente a Huesca, Monzón y
Binéfar. Y es, cuando menos, curioso que su recuperación no se plantee en
Barbastro, ni siquiera como utopía. Buscando por ahí, he encontrado una sola
referencia reciente a ese tren: una mención —en una modificación del plan de
ordenación urbana de Monzón, BOP de 25 de abril de 2013— a la necesidad de
seguir manteniendo en el dominio público una parte no desafectada del ramal
Selgua-Barbastro. Eso no significa que reivindiquen el viejo tren, pero al
menos hay alguien que aún lo recuerda…
La recuperación del ferrocarril es, hoy por hoy, un proyecto
utópico. Sería tonto insistir en la reivindicación ingenua de un proyecto,
posiblemente inviable en las condiciones sociales y económicas actuales, aunque
eso no justifique, en mi opinión, que no figure entre las reivindicaciones
municipales. Habrá que buscar entonces algún proyecto que vaya más allá de la
gestión de lo cotidiano. Algo que desempeñe un papel parecido al que tuvo la
reivindicación del hospital en los años setenta. Porque uno también podría
preguntarse si, de plantearse hoy aquel conflicto sobre su ubicación, Barbastro
conseguiría imponerse como entonces. No estoy muy seguro de que la respuesta sea
afirmativa.
El hospital mismo podría formar parte de ese proyecto.
Atiende a una población de referencia de unos 110.000 habitantes, similar a la
del San Jorge de Huesca, pero no tiene su nivel ni sus medios. También podría
serlo, y en este caso la competencia municipal es incuestionable, la
recuperación de un centro urbano en el que vivir y abrir un negocio vuelva a ser
atractivo. No deberíamos conformarnos —como, salvo honrosas excepciones,
estamos haciendo— con una suave decadencia. Y no faltan cosas que reivindicar.
Lo que falta, quizá, es alguien que las escriba en una pancarta.
Enviado a ECA 6/11/2026






