Una entropía (casi) infinita
jueves, 9 de abril de 2026
Tenía que llegar
sábado, 28 de marzo de 2026
Redes, blogs y audiencia (¿Para qué sirve escribir si nadie lee?)
martes, 24 de marzo de 2026
Montañas pirenaicas
Una historia del final, largamente anunciado, de una forma
de vida que se había desarrollado durante siglos en una tierra hostil. Una
tierra cuyos recursos, nunca excesivos para sostener la creciente complejidad
de la vida, se volvieron claramente insuficientes hace poco más de sesenta
años. Y eso no sólo por los límites materiales del territorio, también por el
abandono institucional y la ausencia de estructuras básicas. Hubo lugares donde
la carretera —a veces poco más que una pista— la energía eléctrica o el agua
corriente llegaron después del cierre de la última casa.
domingo, 15 de marzo de 2026
Parques eólicos y otros negocios eléctricos
La justicia investiga si la empresa consiguió informes
ambientales favorables mediante tratos indebidos con la administración central
y aragonesa, acelerando artificialmente proyectos que no estaban maduros. Y más
allá de las responsabilidades individuales que determinen los tribunales, el
caso revela algo importante sobre cómo funciona hoy el negocio de la electricidad
renovable.
Durante años se nos dijo que la inevitable transición
energética era, ante todo, una cuestión técnica, pero también moral: favorecer
las energías renovables, descarbonizar la economía y avanzar hacia un sistema
más limpio y sostenible. Pero la realidad no ha resultado tan edificante. En la
práctica, buena parte del negocio en torno a las renovables no ha consistido
tanto en producir electricidad como en capturar permisos, informes favorables,
declaraciones de impacto ambiental y, sobre todo, puntos de acceso a la red. El
viento importa, desde luego; el sol también. Pero lo decisivo ha sido muchas
veces saber moverse en el laberinto administrativo.
viernes, 13 de marzo de 2026
Petróleo y economía
Por si faltaba algo en el cuadro, hemos asistido al
espectáculo de ver a Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea,
admitir que quizá el abandono de la energía nuclear no fue aquella brillante
ocurrencia moral y estratégica que durante años se quiso vender como signo de
progreso y superioridad moral y política. Y no es un error exclusivo de la izquierda. A veces
Europa no rectifica: simplemente se queda sin margen.
Hay que decirlo sin circunloquios: el petróleo y sus
derivados siguen siendo esenciales para la industria, el transporte, la
calefacción y, en no poca medida, para la generación de electricidad. La
llamada transición energética no solo está lejos de completarse; ni siquiera
está claro que pueda culminarse en un futuro previsible, al menos en los
términos grandilocuentes con que se anuncia. Y no por culpa de una conspiración
fósil ni de la maldad de unos cuantos rezagados, sino por una razón bastante
más incómoda: las infraestructuras renovables también exigen materiales,
procesos industriales, transporte, minería y fabricación que dependen aún,
de manera sustancial, del petróleo.
Seguimos llamando transición a un proceso que depende en
gran medida de aquello que queremos, o que creemos estar obligados a, dejar
atrás. Y esa contradicción, mientras se pueda maquillar con subvenciones,
propaganda y contabilidad creativa, seguirá ocultándose. Pero no desaparecerá.
La realidad es más tozuda que nosotros.
sábado, 7 de marzo de 2026
WTF?
Pues son predicadores americanos adorando al presidente Trump en su despacho. Y no es un montaje. El mundo está hoy en manos de un perturbado, de eso no parece haber duda, pero... ¿Y si fuera verdad que los clérigos iraníes estaban a punto de disponer de armas nucleares? ¿Entonces qué? ¿Eh? Claro que ahora podríamos preguntarnos por las garantías de seguridad que tenemos si el mayor arsenal nuclear plenamente operativo del mundo está a disposición de este personaje. La respuesta obvia es: ninguna, pero de momento lo que más preocupa por aquí es el precio de la gasolina y de todo en general, el estado de las carreteras y los atascos en las rotondas de Sabiñánigo. Ah, y también lo de Aragón, que aún no se sabe si va a gobernar el PP o Teruel existe. Parece que el PSOE no tiene opciones, pero cosas más raras se han visto. Yo, por si acaso y aprovechando que ha salido el Sol, me voy al monte.
domingo, 1 de marzo de 2026
De la guerra y la paz.
Donald Trump anunció hace unas horas un ataque a Irán. Parece que los iraníes, actualmente gobernados por un régimen teocrático islamista, tienen —o quieren tener— armas nucleares, pero eso no es lo decisivo. Lo que importa es que Estados Unidos tiene aviones y barcos en el golfo Pérsico y cree contar con la potencia de fuego suficiente para evitar o minimizar una represalia iraní a gran escala. Ya veremos. La paz, que es lo que estaba en juego, no es sino el intervalo de tiempo entre dos guerras que los contendientes utilizan para recuperarse de la anterior y encontrar justificación para la siguiente. Como este intervalo está siendo inusualmente largo, hay mucha gente que cree que la guerra, como el cáncer, es una cosa que les pasa a los demás. Algo que nos cuentan en la televisión o sobre lo que podemos leer en el periódico del bar. Pocos iraníes y ucranianos de a pie vieron venir la guerra, pero la guerra llegó. Tampoco yo vi venir el cáncer, pero... ya me he puesto al día. Ahora ellos y yo sabemos que son cosas que le pueden pasar a cualquiera. Solo hay que esperar, vivo, lo suficiente.
miércoles, 18 de febrero de 2026
Barbastro. La redefinición de un espacio urbano.
Con algo más de 17.700 habitantes, según el padrón del INE a
enero de 2025, Barbastro es capital comarcal del Somontano y tercera ciudad de
la provincia de Huesca. Durante siglos fue un nudo comercial del Aragón
interior. Ignacio de Asso ya describía en el siglo XVIII una ciudad sostenida
por el intercambio, con vida mercantil conectada con Francia y con un mundo
colonial hoy desaparecido. Trescientos años después el perceptible deterioro no llega
como consecuencia de una guerra o una catástrofe: llega como desgaste: obsolescencia
económica, centralización de servicios y cambio de hábitos asociado a la era
digital. No se oye, pero se nota.
viernes, 13 de febrero de 2026
La unidad de la izquierda.
lunes, 12 de enero de 2026
Un debate (generado por IA) sobre financiación autonómica: Ordinalidad vs Solidaridad
Extremadura - comunidad pobre:
El debate sobre la
financiación autonómica se ha convertido en un campo de batalla ideológico
donde algunos territorios invocan constantemente la "ordinalidad"
como si fuera un principio sagrado e incuestionable. Pero desde las comunidades
con menor renta per cápita, necesitamos desmontar este argumento porque oculta
una profunda injusticia estructural.
Hablar de
"ordinalidad" —que ninguna comunidad quede peor en el ranking tras
las transferencias— suena técnico y neutral, pero es profundamente político. Lo
que realmente significa es: "las desigualdades actuales son legítimas y
deben preservarse". Como si la distribución actual de la riqueza
territorial fuera resultado del mérito o el esfuerzo, y no de siglos de
decisiones políticas sobre dónde ubicar puertos, aeropuertos, ministerios,
sedes empresariales, inversión en I+D, infraestructuras estratégicas.
domingo, 4 de enero de 2026
La verdad en la era de la IAG vista por dos LLMs
Lo que antes era una prueba casi incontestable
("está en vídeo, se acabó el debate") ahora está sujeto a sospecha, y
eso trastoca los cimientos sobre los que construimos confianza en los procesos
judiciales, mediáticos y políticos. Si todo puede ser falsificado, entonces
nada es fiable por sí solo, ni siquiera lo auténtico. Eso es una bomba
epistemológica.
miércoles, 31 de diciembre de 2025
Pasado, presente y futuro.
Hay gente, sobre todo entre los mayores de 60 años, que
considera necesario comparar, desfavorablemente, lo que pasa ahora con lo que
pasaba en ‘sus’ tiempos. Y es verdad que las cosas han cambiado, seguramente
más de lo que en ‘sus’ tiempos habían cambiado las cosas en relación con los
tiempos de sus padres o de sus abuelos. El cambio, tal como lo experimentamos
en la actualidad, tiene, sin embargo, características propias. Es un cambio con
un componente claramente antropogénica, no viene impuesto por una civilización
extraña en busca de recursos, como les pasó a los pueblos colonizados por
europeos en el resto del mundo en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX, sino por
un progreso científico, acelerado a partir del siglo XVII, cuyos efectos
—sanidad, tecnología, energía— se manifestaron con claridad en el siglo XX.
Este progreso permitió, entre otras cosas, un extraordinario crecimiento de la
población, a pesar de ser el siglo con mayores pérdidas humanas a causa de las
guerras. Por otra parte, los cambios experimentados por nuestros padres y
abuelos eran generacionales. Ahora el cambio es frenético, hasta el punto de
que resulta difícil reconocer el mundo de hoy en el de hace solo diez o veinte
años.
El progreso científico ha permitido también el surgimiento
de una sociedad radicalmente distinta a la de la primera mitad del siglo XX.
Una sociedad que difícilmente reconocerían nuestros padres y de ninguna manera
nuestros abuelos. Una compleja estructura que, en Occidente y a partir de la
Segunda Guerra Mundial, construimos para asegurar nuestro bienestar. Pero
esta sociedad ha resultado ser más difícil de comprender para nosotros de lo que era para
nuestros antepasados el orden, casi medieval, que aún era parte integrante del
paisaje en extensas áreas rurales de Europa en la primera mitad del siglo XX. Desde
entonces hasta ahora, la complejidad, y con ella el bienestar material, ha
aumentado de manera inimaginable, aunque probablemente no en el sentido
inicialmente previsto. No tenemos aún bases en la Luna ni parece que vayamos a
establecer colonias en Marte. Y desde luego no vamos a salir del Sistema Solar
en ningún futuro previsible.
Hoy ya no quedan nuevas tierras por descubrir ni recursos de
los que echar mano para compensar el agotamiento de los que tenemos a nuestro
alcance. No queda ‘Terra Incógnita’ que saquear. El bienestar material que
ahora disfrutamos, basado en la transformación de energía útil y concentrada en
inútil y dispersa, así como en la explotación de recursos minerales, forestales
y agrícolas inevitablemente finitos, tiene los días contados. Algo de lo que
mucha gente, sobre todo a partir de cierta edad, es ya consciente. De ahí que
algunos parezcan echar de menos aquellos tiempos en los que casi todo, salvo el
tiempo atmosférico, era previsible. Aunque lo previsible fuera, muchas veces,
el hambre, la precariedad y el miedo. Ahora hay instalada una cierta angustia basada
no tanto en la añoranza del tiempo que se fue, cuanto en la sensación de que
nada de lo que ahora tenemos está garantizado. Que hemos llegado a la cima de
la colina y el resto del trayecto va a ser cuesta abajo y probablemente mucho
más rápido. Para la mayoría, claro, pero todo dependerá de cómo se reparta el
coste. Y también de quién lo haga. Aunque sobre eso no parece haber muchas
dudas.
miércoles, 24 de diciembre de 2025
¿Sánchez? Esa no es la cuestión.
El empobrecimiento del debate público en España ha alcanzado
tal grado que parece que el único problema político relevante es si el actual
presidente del gobierno continúa o no en el poder. Como si el país entero
estuviera suspendido de una biografía. Como si la decadencia o la prosperidad
nacionales dependieran exclusivamente de la permanencia de un hombre y no de la
estructura misma del sistema político, económico y territorial.
Y no digo que la continuidad del Sr. Sánchez no importe —le
importa, desde luego, a él, a una parte de la clase política y seguramente a
mucha gente más—, pero elevar esa cuestión a eje casi exclusivo del debate es
una forma de irresponsabilidad colectiva. Se discute el relevo con pasión, pero
se evita cuidadosamente la discusión sobre el rumbo. Y eso no es casual: hablar
de nombres es mucho más cómodo que hablar de modelos.
Pero claro, mientras tanto los problemas de fondo
permanecen. No se resuelven, no se afrontan y ni siquiera se formulan con
claridad. Se ocultan bajo cifras espectaculares, anuncios grandilocuentes y una
sucesión de parches que permiten ganar tiempo político a costa de perder un tiempo
histórico que difícilmente se recuperará.
El turismo, un sector que aportó casi el 13% del PIB en 2025,
es un ejemplo evidente de esta lógica. Celebrar ocupaciones hoteleras
superiores al 90% como si fueran un indicador de éxito estructural revela hasta
qué punto se ha normalizado la mediocridad. El turismo masivo no transforma la
economía: la anestesia. No mejora la productividad, no genera, salvo pocas excepciones,
empleo cualificado, no fija población ni reduce desigualdades territoriales.
Produce rentas rápidas, salarios bajos y dependencia crónica mientras presiona
sobre la oferta de vivienda y las infraestructuras. Es el opio estadístico de
un país que no ve más allá de la próxima temporada alta.
Algo parecido ocurre con el entusiasmo desmedido por
cualquier inversión que incluya las palabras “tecnología”, “datos” o
“industria”, aunque llegue sin planificación, sin integración territorial y sin
evaluación de costes reales. Que Aragón se convierta en receptora de centros de
datos o de fábricas desplazadas desde Asia no es, por sí misma, una estrategia
de desarrollo, pero bien podría ser lo contrario. Consumo intensivo de agua en
territorios tensionados —ayer mismo se declaró una alerta por sequía en buena
parte del territorio—, sobrecarga en redes eléctricas insuficientes, empleo
limitado y altamente especializado que no combate la despoblación… ¿Dónde está
el beneficio estructural? ¿Cuál es el proyecto?
La respuesta a estas cuestiones, si llegaran a plantearse,
que no lo creo, sería el silencio o el eslogan. Porque admitir que muchas de
estas “soluciones” agravan los problemas exigiría algo que la política española
evita con especial empeño: planificación a largo plazo, jerarquización de
prioridades y aceptación de límites materiales. Mucho más sencillo es hacer
pasar crecimiento por desarrollo y volumen por solidez. Y por lo visto,
electoralmente al menos, más eficaz.
Lo verdaderamente alarmante no es que el Sr. Sánchez siga o
no siga al frente del gobierno, sino que, esté quien esté, el país continúe
atrapado en la misma inercia: ausencia de modelo productivo, desequilibrios
territoriales crecientes y cada vez peor abordados y una clase política
obsesionada con su supervivencia inmediata. España no fracasa por culpa de un
dirigente concreto, sino por la renuncia sistemática a pensar en términos
estructurales.
Reducir el futuro del país a un relevo personal no es solo
un error analítico: es una coartada. Sirve para no hablar de lo esencial. Y
mientras tanto el problema no es quién manda, sino que, con tantos asesores que
en teoría cobran por pensar, nadie parezca estar haciéndolo.
Enviado a ECA 23012026
miércoles, 17 de diciembre de 2025
Elecciones
Pues mira por dónde el final de año nos ha traído un nuevo
ciclo electoral. Hace años que no soy un entusiasta de las elecciones. No me
gusta el procedimiento y, además, soy plenamente consciente de la nula
influencia que mi voto tendría en el resultado final.
Dicho así, esta afirmación suele provocar incomodidad e
incluso reacciones adversas. Los creyentes en la liturgia democrática la
interpretan como cinismo o, peor aún, como irresponsabilidad cívica. Pero no es
ni una cosa ni la otra: es simple aritmética electoral combinada con años de
observación empírica de cómo funcionan realmente las cosas.
Un voto, en una circunscripción de tamaño medio, tiene un
peso estadístico ridículo. Equivale aproximadamente a nada. Se puede objetar
que “si todo el mundo pensara así…”, pero resulta que no todo el mundo piensa
así, de modo que el argumento es irrelevante. La participación masiva, aunque levemente
decreciente, no parece estar en riesgo, el sistema se reproduce, y una papeleta
más o menos no altera absolutamente nada. Es matemática elemental, no un dilema
moral.
Además, está el problema de qué se elige exactamente. Las
opciones vienen previamente filtradas por los aparatos de los partidos, las
decisiones importantes se toman en instancias que nadie elige (Bruselas,
mercados financieros, organismos técnicos), y los programas electorales son
documentos deliberadamente ambiguos, diseñados para no comprometer a nadie con
nada concreto. Lo que llamamos elecciones es, en buena medida, un plebiscito
sobre quién administrará un marco que permanece intacto.
Pero hay algo más: ¿qué criterios guían realmente a los
electores? Está claro que no se elige a los más capaces ni a los más honrados.
Tampoco, en general, a los más inteligentes. Los que votan —que no son todos,
ni mucho menos— eligen la lista, cerrada e inalterable, de un partido basándose
en prejuicios heredados, campañas de televisión, lealtades familiares, miedos
difusos o simpatías personales. Nada en ese proceso garantiza, ni remotamente,
que los elegidos vayan a ser capaces de gestionar nada con un mínimo de
competencia. El sistema no selecciona capacidad; selecciona adhesión,
visibilidad mediática y habilidad para captar votos. Que luego algunas de esas
personas resulten ser razonablemente competentes, que todo puede pasar, es, en
buena medida, fruto del azar.
No niego que el ritual tenga su función. Proporciona una
sensación subjetiva de participación, renueva periódicamente el personal
político y permite cierta rotación de élites. Pero confundir eso con poder real
del ciudadano es puro autoengaño. El sistema representativo actual se parece
más a una oligarquía electiva que a cualquier otra cosa, y las elecciones son
su mecanismo de legitimación, no de control.
Muchos encontrarán suficientes razones para participar en lo
que se ha dado en llamar la “fiesta de la democracia” —costumbre, esperanza
residual, miedo a que empeore—, y me parece respetable. Pero que nadie espere
demasiado entusiasmo por un procedimiento cuya utilidad práctica resulta,
siendo generoso, muy dudosa.
Enviado a ECA 26 diciembre 2025
martes, 16 de diciembre de 2025
Peak Oil vs. Peak Europa
El error no estuvo en el diagnóstico estructural—el petróleo convencional efectivamente entró en declive terminal—sino en asumir rigidez donde hubo elasticidad. El sistema respondió de tres formas que no fuimos capaces de anticipar:
Primero, el fracking estadounidense actuó como colchón temporal, inundando el mercado con petróleo no convencional, carísimo pero funcional mientras los precios se mantuvieron altos. Es insostenible —los pozos se agotan en 2-3 años frente a los 20-30 de yacimientos convencionales—, pero retrasó la crisis.Segundo, la demanda no creció como se esperaba. China
desaceleró estructuralmente, Europa se empobreció y la electrificación del
transporte avanzó más rápido de lo previsto. El colapso vino por el lado de la
demanda, no de la oferta.
Tercero, la OPEP perdió disciplina. La supresión
de las cuotas que hasta entonces limitaban la producción, entre otros factores,
generó una carrera a la baja suicida que aún mantiene los precios deprimidos
pese a la previsible escasez estructural.
El Peak Oil llegó, efectivamente, pero su manifestación no
fue la espiral inflacionaria anticipada sino algo aún más peligroso: una
economía tan debilitada que no puede pagar ni siquiera el petróleo abundante.
Precios bajos en un contexto de decadencia, no de colapso súbito. El cadáver
sigue caminando.
lunes, 15 de diciembre de 2025
Conversaciones en el café: Clarke, magia y tecnología
En su ensayo de 1962 Hazards of Prophecy: The Failure of Imagination, Arthur C. Clarke formuló una ley que ha sido citada hasta la saciedad:
«Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es
indistinguible de la magia».
La frase apareció el sábado pasado en la tertulia del Viejo Café, cuando hablábamos de inteligencia artificial, algoritmos generativos, chatbots, sistemas de recomendación, y de cómo lo que antes requería una infraestructura industrial hoy cabe en el bolsillo. Fue entonces cuando conté una anécdota doméstica, quizá insignificante, pero también reveladora.
En el viejo caserón de mi abuela la iluminación de la
escalera era un pequeño rompecabezas. Tres interruptores —uno en el patio, dos
en los primeros pisos— regulaban la luz. Para encenderla, todos debían estar en
posición de encendido y uno solo, en la posición contraria, bastaba para apagarla. Durante años vivimos
el problema sin buscar una solución, con la resignación con la que se aceptan las cosas que "siempre han
sido así".
No es casual que algo tan simple, al alterar el
funcionamiento habitual, se viviera como hechizo. En realidad, ese tipo de
experiencias revela cómo la tecnología, más que una herramienta neutral, es una
forma cultural, un dispositivo simbólico.
Walter Benjamin, en La obra de arte en la época de su
reproductibilidad técnica, señalaba que el desarrollo técnico disuelve el
“aura” de lo tradicional, pero también produce nuevos rituales. En este caso,
el ritual era encender la luz a través de una coreografía compartida. Una
pequeña intervención técnica rompió el rito, y lo sustituyó por algo más
racional, pero también más frío. Lo nuevo no solo resolvía un problema:
también modificaba un hábito.
Marshall McLuhan diría que el medio es el mensaje: el
modo en que la luz se enciende transforma la experiencia de subir una escalera.
Lo técnico no es un soporte pasivo, sino un actor que reconfigura el gesto, el
espacio, incluso la conversación. El conmutador—un objeto banal— reordena la micro-política doméstica, redistribuye la agencia,
altera los márgenes de autonomía.
La magia de Clarke no reside, por tanto, en lo
inexplicable, sino en la opacidad cultural del funcionamiento técnico.
Esa opacidad puede provenir de una complejidad real —como en el caso de los
sistemas de IA—, pero también de una desconexión entre la técnica y la
experiencia cotidiana. En este sentido, la magia no es una propiedad de la
tecnología, sino una forma de ignorancia culturalmente estructurada.
Por eso me pareció relevante recuperar esta pequeña historia
familiar. Porque muestra cómo la técnica no solo se impone desde arriba, sino que se instala silenciosamente en lo cotidiano, desplazando
gestos, hábitos, sentidos. La cultura técnica no se limita al laboratorio ni a
la pantalla; vive en los sótanos, en los enchufes, en la forma en que
encendemos la luz sin pensar qué la hace posible.
Lo que para mi abuela era algo parecido a la hechicería, no era, visto hoy,
sino un circuito mejor cableado que antes. Pero su exclamación —“cosa de brujas”—
no era ignorancia. Era la expresión de un desajuste entre dos cosmovisiones,
dos modos de entender la acción sobre el mundo. Uno ritual, cargado de sentido,
aunque ineficiente; otro racional, funcional, pero quizás más solitario. Ningún punto necesitaba la colaboración de otro para encender la luz.
Tal vez por eso conviene no reírnos demasiado rápido de
quienes ven magia donde nosotros vemos tecnología. Porque la cultura no es un
epifenómeno técnico, sino una forma de estar en el mundo. Y si la técnica
transforma lo que podemos hacer, también transforma lo que podemos imaginar. O,
como decía Clarke, nos devuelve —aunque sea por un instante— la mirada
maravillada del que no sabe si lo que ve es ciencia... o encantamiento.
miércoles, 3 de diciembre de 2025
Celtiberia Show
¿Era necesaria la humillación pública del presidente del gobierno para mantener los votos de Puigdemont? ¿No hubiera bastado con una llamada o con enviar un mensajero que transmitiera en privado el arrepentimiento y el propósito de enmienda? Por lo visto, sí y no. Sí, la confesión pública, la penitencia, era necesaria. Por lo tanto no, no bastaba con una comunicación discreta.
Porque aquí no se trata solo del señor Sánchez. Es el Gobierno de España el que reconoce ante las cámaras y ante todo el país haber faltado a sus compromisos —algunos de dudoso encaje en las leyes españolas— con un fugado de la justicia, prometiendo no volver a hacerlo. No es simplemente un político haciendo el ridículo, cosa que a estas alturas tendría escasa o ninguna importancia. Es el Estado español arrodillándose a cambio de unos votos que permitan al gobierno actual llegar al final de la legislatura.
Pero Puigdemont y los siete votos de Junts que controla no son todo lo que necesita el gobierno para mantenerse en el poder. Se necesitan también los votos de ERC, Sumar, PNV y Podemos, cuyos intereses políticos están, en principio, bastante alejados de los de Junts, aunque coinciden todos en algo esencial: un gobierno débil y plenamente consciente de que perderá cualquier elección que convoque es un regalo caído del cielo. Algo de lo que no se puede prescindir, al menos no antes de haberle extraído todo el jugo posible. Y en eso están.
Lo que estamos viendo no es una negociación compleja entre formaciones diversas ni el ejercicio normal del parlamentarismo de coalición. Es una forma de gobernabilidad sostenida sobre el chantaje explícito, la cesión sin límite y una dependencia absoluta de actores que no comparten visión alguna del Estado salvo la de su utilidad como fuente de recursos y palanca de poder. La humillación pública del presidente no es un detalle anecdótico: es el protocolo que exige el sistema. La subordinación debe ser visible porque el espectáculo forma parte del precio.
Esto plantea interrogantes que van mucho más allá de la estabilidad de un gobierno concreto. Cuando la política se convierte en la gestión diaria de extorsiones múltiples, cuando quien gobierna no es quien gana elecciones sino quien mejor negocia su propia humillación, cuando el Estado se ve obligado a negociar con quienes lo desafían desde una posición de fuerza sin legitimidad, algo se ha roto en la arquitectura institucional.
No sabemos cuánto tiempo puede sostenerse esta ficción ni qué quedará cuando colapse. Pero lo que sí sabemos es que cada concesión arrancada mediante chantaje, cada humillación pública normalizada, cada límite legal difuminado en nombre de la "estabilidad", degrada un poco más la confianza en las instituciones y ensancha el espacio para soluciones que, llegado el momento, no tendrán nada que ver con la madurez democrática.
domingo, 30 de noviembre de 2025
La política como representación
Pero es que los políticos no se enfrentan entre ellos porque
se odien realmente —aunque es probable que, en muchos casos, no se soporten,
especialmente dentro del mismo partido—, sino porque interpretan el espectáculo
que la ciudadanía espera ver. En el fondo, actúan como si ese enfrentamiento
formara parte de sus obligaciones: una coreografía de la confrontación que da
sentido a su rol público.
A pesar de las acusaciones cruzadas —en las que se imputan
mutuamente ineptitud, malas intenciones e incluso delitos que llevarían a
cualquier ciudadano común a prisión durante años—, todos ellos son plenamente
conscientes de que se necesitan los unos a los otros. Saben que forman parte de
la misma troupe, y que la representación solo resulta creíble si
participan todos los actores, y se cubren todos los papeles previstos en el
guion.
Por eso, cuando organizan comisiones de investigación o
formulan denuncias desde la tribuna parlamentaria o los medios de comunicación —normalmente
escritas por otros y como parte del mismo guion—, no lo hacen tanto en busca de
la verdad como para ofrecer a sus respectivos públicos la dosis de enfrentamiento que necesitan. Una audiencia que finge escandalizarse cuando el denostado es del
bando contrario, pero que guarda silencio —o lo justifica todo— cuando el
señalado pertenece a los suyos. Porque todos, en definitiva, participan en un
juego cuyas reglas fingen ignorar.
El problema, con esta escenografía, es que finalmente
terminen todos, actores y público, por creerse los papeles que les han tocado
en suerte, tomen la parte por el todo y confundan el escenario con el mundo
real. Que el fin último de la política, que es, o debería ser, la organización
justa y eficaz de la vida en común, se transmute en un interminable conflicto
para conseguir y mantener el poder. Un conflicto que tiene el potencial
necesario para acabar mal, muy mal o, no sería la primera vez, a bofetadas. O a
tiros.
viernes, 28 de noviembre de 2025
¿Colapso o reconfiguración?
Hay, al menos, dos hipótesis posibles —y no necesariamente
excluyentes— para interpretar el momento presente. La primera es que esta
civilización ha entrado en una fase avanzada de colapso sistémico. La segunda
que nos encontramos en medio de una transformación estructural acelerada,
gestionada por formas de poder difusas y reforzada por desigualdades crecientes
en el acceso a la información, los recursos y la toma de decisiones.
La hipótesis del colapso se justifica por una constatación
histórica y ecológica: los sistemas complejos, cuando alcanzan niveles
excesivos de rigidez, interdependencia y sobreexplotación del entorno, tienden
al deterioro, provocado, según Joseph Tainter, por “la disminución del
rendimiento marginal de la complejidad”. Es decir, que su inevitable incremento
ya no resuelve problemas, sino que los agrava. Ejemplos como el Imperio romano,
la civilización mesopotámica o los mayas ilustran cómo la pérdida de legitimidad
institucional, el aumento de la desigualdad y la incapacidad de adaptación
desencadenaron desenlaces críticos.
Desde esta perspectiva, fenómenos como el progresivo
deterioro de los servicios sanitarios locales, la crisis energética —de la que el
apagón generalizado del 28 de abril, aún sin explicación, es solo un aviso—, el
descrédito de las instituciones democráticas, evidenciado por el intercambio
permanente de descalificaciones entre representantes políticos, o la
devastación ambiental reflejada en incendios e inundaciones cada vez más
violentos e incontrolables y en la deficiente respuesta gubernamental a
esos fenómenos no serían anomalías, sino síntomas tangibles de una civilización
en fase de agotamiento.
Pero hay también otra lectura, complementaria, que sugiere
que algunas de estas tensiones están siendo gestionadas —aunque no
necesariamente provocadas— para facilitar transformaciones de fondo. No se
trata de postular conspiraciones, sino de admitir que ciertos mecanismos de
gobierno operan al margen del debate público. Es lo que Naomi Klein definió
como “la estrategia del shock”: aprovechar momentos de crisis para imponer
reformas estructurales difíciles de justificar en condiciones de normalidad.
Aunque su análisis se centra en el neoliberalismo contemporáneo, la historia
muestra que ciertos acontecimientos traumáticos —como la derrota de Rusia en la
Primera Guerra Mundial o el colapso económico en Alemania tras el Tratado de
Versalles y el crack del 29— generaron vacíos de legitimidad que facilitaron el
ascenso de formas autoritarias de gobierno. No fueron estrategias deliberadas,
pero sí ejemplos de cómo el desorden puede allanar el camino a transformaciones
profundas sin participación democrática.
En contextos de crisis prolongada como el actual, es común
atribuir el deterioro institucional y social a la mediocridad, la incompetencia
y la corrupción de quienes ocupan posiciones de poder. Sin embargo, esta
lectura personalista —aunque emocionalmente comprensible— resulta insuficiente
si se quiere comprender la magnitud de los procesos en curso. La persistencia y
ubicuidad de políticos ineficaces, ignorantes y abiertamente corruptos no es
necesariamente un fallo del sistema sino, a veces, una manifestación coherente
con su lógica de funcionamiento en fase de disolución o reconfiguración. En
estructuras dominadas por incentivos perversos, opacidad decisoria y
deslegitimación ciudadana, la mediocridad y el oportunismo no son disfunciones:
son adaptaciones. La falta de visión estratégica, la polarización estéril y la
incapacidad de generar horizontes colectivos pueden interpretarse, entonces, no
como anomalías individuales, sino como síntomas de una arquitectura
institucional que ha dejado de premiar la competencia, la responsabilidad o la
deliberación democrática.
El reto, entonces, es intentar identificar las fuerzas que
están actuando mientras el sistema se descompone o se transforma. Porque si la
crisis no es un accidente sino una herramienta, y si la ineficiencia es
funcional al desorden, entonces lo que está en juego no es la restauración del
orden anterior, que ya no parece posible y quizá tampoco sea deseable, sino la
disputa por lo que vendrá. La pregunta no es si volveremos a la normalidad,
sino qué tipo de orden emergerá del caos actual.
Enviado a ECA 28 nov. 2025
martes, 18 de noviembre de 2025
Pleitos tengas... y los ganes (de una vieja maldición popular)
En junio de 2022 compré un triciclo motorizado que tenía, y
tiene, las características que exige el reglamento general de vehículos para
ser considerado un vehículo para personas con movilidad reducida. La DGT
emitió, a petición mía, un informe en el que se dice que el vehículo en
cuestión 'puede' ser considerado un ciclomotor de tres ruedas o un vehículo
para personas con movilidad reducida. El jefe de la policía municipal en el
momento de la compra vio el vehículo y no apreció ningún problema en que recibiera
tratamiento similar a una silla de ruedas a pesar de que su aspecto, no su
velocidad ni su peso, era el de un ciclomotor de tres ruedas, similar, por otra
parte, a los Scooter de tres y cuatro ruedas que utilizan las personas con
problemas de movilidad.
Después de un año utilizándolo sin problemas, y ya con un
nuevo jefe en la policía municipal, un agente me impuso una sanción de 500€ por
circular sin ‘autorización administrativa’. Todos los intentos de solucionar el
problema por vía administrativa, —a través del alcalde y el delegado del
gobierno en Aragón, que inicialmente parecieron escandalizarse, de la
subdelegación del gobierno en Huesca, de la DGT central y del defensor del
pueblo—, se sustanciaron sin éxito: todos acabaron en la jefatura de Huesca de
la DGT, poniendo de manifiesto la absurda circularidad y tautología de un sistema
diseñado para protegerse a sí mismo. No quedó otra salida que interponer un
recurso contencioso administrativo, formalmente contra la imposición de sanción,
pero, sobre todo, para intentar aclarar la situación del vehículo.
El recurso ha sido desestimado —tras una sorprendente, y en
mi opinión, extemporánea, invitación a negociar por parte del tribunal— en una
sentencia que incluye argumentos como que hay que tenerse en pie para subir al
vehículo o que no he podido demostrar que haya sido construido ‘específicamente’
para personas con discapacidad. El certificado del fabricante no ha sido, por
lo visto, tenido en cuenta o considerado suficiente para probar ese extremo. La
sentencia no es recurrible —500€ les parece poca cuantía— pero como es la
primera vez que el tribunal ve un asunto como este, no ha habido condena en
costas. Algo es algo.
En fin. Felicidades al ayuntamiento
de Barbastro que impuso la sanción y a la DGT de Huesca que rechazó todos los
recursos presentados y tuvo desde el principio una posición clara y beligerante.
No sé qué haré ahora. Quizá lo matricule y salga a la carretera, con un artefacto
que no supera los 25 km/h y cuya potencia apenas alcanza la de una batería de
cocina. Como cualquier otra silla de ruedas. A ver hasta donde llego. O quizá
se lo regale al ayuntamiento o a Cáritas. Después de todo andar un poco,
mientras se pueda, previene la sarcopenia y además ya estoy harto de este
asunto.
En todo caso, y aunque el resultado, visto en perspectiva,
era probablemente previsible, había que intentarlo. Allanarse ante las arbitrariedades conduce a la frustración y la melancolía.
domingo, 16 de noviembre de 2025
Política municipal y libertad de expresión
Ayer vi el fragmento de una sesión reciente en el que, mira que casualidad, el alcalde volvía a dirigirse a la misma concejala para rogarle que se ciñera a la cuestión que se estaba debatiendo. En esta ocasión la concejala en cuestión desistió de llevar la polémica más lejos y terminó su intervención, pero eso no evitó que la portavoz del partido popular le acusara de ‘falta de respeto’, ‘provocación’ y algo más que no recuerdo. Tanto la portavoz como el alcalde insistieron en que se atuviera al procedimiento que, por lo que me pareció entender, incluye solicitar audiencia al concejal afectado por las críticas de la edil, dirigirse a la comisión de gobierno o pedir la inclusión de su tema en el siguiente pleno. Cualquier cosa, por lo visto, antes que apartarse del objeto del debate o interpelar directamente al alcalde en el pleno.
Utilizar el reglamento, o una interpretación sui generis del
reglamento, como instrumento de control político no es una buena idea. En mi
opinión, un concejal en el uso de la palabra no debería ser interrumpido,
mientras intervenga con el tono y la corrección adecuados, salvo que se exceda
en el tiempo establecido o utilice técnicas de filibusterismo parlamentario
para impedir o dificultar el normal desarrollo de una sesión. Si se aparta del
tema o utiliza argumentos débiles o equivocados en defensa de su postura es su
problema, no el del alcalde o su equipo, La política local ya tiene bastantes
problemas de amateurismo e improvisación como para restringir el uso de la
palabra en el lugar establecido, precisamente, para hacer uso de ella.
Enriquecer el debate no pasa, desde luego, por coartarlo.
martes, 11 de noviembre de 2025
Crisis sistémica y reorganización del capitalismo global (2008–2025)
Una revisión actualizada de la entrada del jueves, 14 de enero de 2010: Reflexiones, desordenadas, sobre el ¿final? de la crisis. Formato y fuentes con la colaboración de Claude.ai.
Abstract
En esta entrada se analiza la crisis financiera global iniciada en 2008 como el inicio de una fase de dislocación estructural del capitalismo tardío. Se argumenta que, lejos de ser superada, esta crisis ha mutado en un proceso multidimensional de carácter sistémico que se ha manifestado en los ámbitos financiero, energético, climático y político. A través de una lectura intersistémica, se examinan las lógicas de acumulación financiera, los límites biofísicos de la transición energética, el papel de los Estados en la gestión del riesgo y la progresiva erosín de la legitimidad institucional. El artículo se inscribe en el debate contemporáneo sobre la sostenibilidad del orden económico global y la posibilidad de un giro civilizatorio.
1. Introducción
La crisis financiera de 2008 fue inicialmente interpretada como un colapso del sector hipotecario estadounidense, con efectos sobre el sistema bancario global. Sin embargo, sus consecuencias de largo plazo revelan una patología más profunda: el agotamiento de un modelo de acumulación basado en la financiarización de la economía, la explotación ilimitada de recursos naturales y la promesa de crecimiento permanente (Harvey, 2010; Latouche, 2007).
A partir de una perspectiva crítica interdisciplinar, este artículo sostiene que la crisis iniciada en 2008 no ha sido superada, sino que ha mutado en una condición de crisis permanente, marcada por desequilibrios estructurales y crisis de gobernanza.
2. Crisis financiera y continuidades estructurales
La respuesta política a la crisis de 2008 estuvo marcada por el rescate de grandes instituciones financieras mediante políticas monetarias expansivas, tipos de interés cercanos a cero y programas de adquisición de activos por parte de bancos centrales (Blyth, 2013). Aunque se evitó un colapso inmediato del sistema, se consolidó una dinámica de dependencia del capital especulativo respecto a las intervenciones estatales.
Este proceso aceleró la desconexión entre la economía financiera y la economía productiva, generando nuevas burbujas especulativas (Tooze, 2018). La economía global entró así en un "modo zombi" (Streeck, 2016), en el que el crecimiento se sostiene artificialmente mediante deuda, sin mejoras significativas en productividad ni bienestar social.
3. Límites energéticos y la transición bloqueada
La dimensión energética de la crisis es fundamental para comprender su persistencia. La dependencia de los combustibles fósiles no solo ha continuado, sino que se ha intensificado en contextos geopolíticos de alta tensión. A pesar del crecimiento de las energías renovables, las tasas de retorno energético de estas tecnologías son inferiores a las de los combustibles convencionales, y sus requerimientos materiales plantean serias limitaciones (Hall y Klitgaard, 2012).
El modelo de transición energética promovido por organismos multilaterales y Estados nacionales se ha visto atrapado entre la retórica del desarrollo sostenible y la lógica extractiva de la acumulación capitalista (Mitchell, 2011). Como resultado, no se ha producido una sustitución estructural de la matriz energética, sino una superposición de fuentes en un contexto de demanda creciente.
4. Crisis política y legitimidad institucional
En el plano político, la gestión de la crisis ha derivado en una creciente concentración del poder decisional en élites económicas y técnicas. La pandemia de COVID-19 reveló los límites de los sistemas democráticos para abordar crisis complejas, mostrando un sesgo autoritario en la toma de decisiones sanitarias y económicas (Agamben, 2021).
La percepción social de injusticia se ha intensificado ante la impunidad de los responsables de la crisis financiera, la regresión de derechos laborales y el deterioro de los servicios públicos (Piketty, 2020). Esto ha provocado una desafección creciente respecto a las instituciones representativas, la proliferación de discursos populistas y un vacío de alternativas sistémicas viables.
5. Conclusión: hacia una crisis civilizatoria
Las crisis financieras, energéticas y políticas no deben analizarse como eventos independientes, sino como expresiones convergentes de un agotamiento civilizatorio. El paradigma del crecimiento ilimitado en un mundo finito ha alcanzado sus límites estructurales (Meadows et al., 2004).
La crisis iniciada en 2008 no ha sido resuelta, sino desplazada, externalizada y diferida. La posibilidad de una transición ordenada hacia modelos económicos sostenibles exige una ruptura epistemológica y política con los principios fundacionales del capitalismo globalizado.
Referencias
Agamben, G. (2021). La pandemia como política. Madrid: Errata Naturae.
Blyth, M. (2013). Austerity: The History of a Dangerous Idea. Oxford University Press.
Hall, C. A. S., & Klitgaard, K. (2012). Energy and the Wealth of Nations: Understanding the Biophysical Economy. Springer.
Harvey, D. (2010). The Enigma of Capital and the Crises of Capitalism. Oxford University Press.
Latouche, S. (2007). Petit traité de la décroissance sereine. Paris: Mille et une nuits.
Meadows, D. H., Randers, J., & Meadows, D. L. (2004). Limits to Growth: The 30-Year Update. Chelsea Green Publishing.
Mitchell, T. (2011). Carbon Democracy: Political Power in the Age of Oil. Verso Books.
Piketty, T. (2020). Capital and Ideology. Harvard University Press.
Streeck, W. (2016). How Will Capitalism End? Verso Books.
Tooze, A. (2018). Crashed: How a Decade of Financial Crises Changed the World. Viking.
viernes, 7 de noviembre de 2025
No taxation without representation
¿Qué significa “deberá presentar”? Pues precisamente eso. No
hay matices. El gobierno debe presentar la Ley de Presupuestos y si no la
presenta estará incumpliendo la Constitución. La “prórroga” está prevista para
el caso de que los presupuestos “presentados” por el gobierno sean rechazados
por las Cortes. Los constituyentes no contemplaron el supuesto de que el
ejecutivo pudiese eludir la presentación del proyecto de ley, menos aún por periodos tan
extensos, que en este caso abarcarán de dos a cuatro años.
El gobierno, por lo tanto, lleva dos años recaudando impuestos y
aprobando gastos en virtud de una ley aprobada por una legislatura previa, un
acto que, por su naturaleza, se sitúa al margen de la legalidad
constitucional. Este uso prolongado de una ley presupuestaria caducada
implica, de facto, la inobservancia del principio democrático que exige
la renovación del consentimiento parlamentario para el ejercicio de la
potestad tributaria. Dado el actual clima de polarización y el consecuente deterioro
de la primacía de la ley, los ciudadanos se ven compelidos a afrontar estas
exacciones fiscales, aun sabiendo que su legitimidad constitucional es
cuestionable, bajo el riesgo de incurrir en sanciones por parte de la Hacienda
Pública.
Siglos después de la aprobación de la Carta Magna que
restringía el poder del Rey de recaudar impuestos sin el consentimiento del
Parlamento, de que las cortes castellanas y aragonesas limitaran la capacidad
recaudatoria del Rey y de que las colonias americanas se levantaran contra el
parlamento británico al grito de ‘no taxation without representation’, el
gobierno español recauda impuestos sin ni siquiera presentar una ley que los
respalde.
¿Por qué pasa esto? Porque los mecanismos correctores
previstos están desactivados. El Tribunal Constitucional, en su actual
composición, no va a desautorizar al gobierno y la moción de censura
constructiva requiere una mayoría imposible de alcanzar en estos momentos. La
disolución automática, única salida posible a la actual situación, no fue
prevista por los constituyentes, de manera que nos encontramos ante un bloqueo institucional
que permite al gobierno incumplir la Constitución, pero que no exime a los
ciudadanos de la obligación de pagar unos impuestos acordados por un parlamento que ya no existe.
Pero todo esto no le importa a casi nadie. Mucha gente cree que
lo importante es que gobiernen los ‘suyos’ y no van a poner eso en riesgo por
unos presupuestos que no saben para que sirven o por una Constitución de la que la mayoría no ha oído hablar y muy
pocos podrían citar algún artículo. El razonamiento anterior es aparentemente inatacable, pero eso da igual. Los partidarios del gobierno y sus
detractores encontrarán argumentos en contra o a favor sin ningún problema. Y
si no los encuentran pueden preguntar a alguna inteligencia artificial, que les dará una respuesta, impecablemente redactada, y con las citas y referencias que sean necesarias para sostener cualquier postura. Pero eso también dará igual porque, naturalmente, tampoco le interesará a casi nadie.
miércoles, 15 de octubre de 2025
Conversaciones en el Café: Inteligencia artificial y capitalismo en el siglo XXI
En la mesa más apartada del viejo café discutíamos acerca de la viabilidad del modelo capitalista de sociedad, el único, dije al introducir el tema, que ha sobrevivido al convulso siglo XX. Alguien aventuró que el modelo chino también lo había hecho y de forma espectacular, para admitir, después de una breve disputa, que China es un país tan capitalista como Estados Unidos. Su economía funciona con lógica de mercado, aunque el país esté gobernado por un régimen de partido único que mantiene, por conveniencia política, la etiqueta comunista.
Un elemento clave del modelo en la actualidad es la
omnipresencia de las redes sociales, cuya influencia podría matizarse —o
intensificarse— con la eclosión de la inteligencia artificial generativa (IAG)
que, se quiera o no, ya forma parte del debate. Además, dijo otro, las redes
sociales, aunque hay quien las considera una alternativa política a los
actuales sistemas de representación, son sobre todo recursos del sistema. Tanto
es así, convine, que su supervivencia está condicionada a su rentabilidad
económica y, en el caso de la IAG, a su consolidación como herramienta insustituible
mediante la creación y mantenimiento de un público cautivo.
A alguien le pareció sorprendente la velocidad con la que se está produciendo la penetración de la IA, que no tiene comparación, dijo, con la de cualquier otra herramienta informática desplegada hasta la fecha. Eso puede atribuirse, convinimos, a que se trata de una tecnología cuya principal característica no es la inteligencia —algo que ya exhibían, desde hace tiempo, los sistemas dedicados al análisis de datos y la toma de decisiones en el ámbito industrial— sino el hecho de que habla y es, por tanto, capaz de comunicarse, en lenguaje natural y con fluidez, con cualquiera, independientemente de su formación, ideología o idioma.
Después se mencionó que hoy compiten más de veinte modelos
de IAG por la captación de ese mercado cautivo. El procedimiento para imponerse,
salvo por cuestiones de escala, accesibilidad y precio, podría ser similar al
que utilizó Microsoft en los 80 y 90 para imponer primero DOS y luego Windows:
una suscripción gratuita, complementada con mejoras considerables para los
usuarios de pago, que acaba generando una dependencia creciente, capaz de
enganchar y moldear el pensamiento de un público cada vez más amplio.
Claro que, se dijo, Windows y DOS eran,
comparativamente, inofensivos. Su precio y su costo operacional eran muy
inferiores y siempre existía la posibilidad —más bien la obligación— de tener
una copia local a la que recurrir. Con la IA eso no existe. La infraestructura
necesaria para entrenar y ejecutar un modelo está al alcance de unas pocas
grandes empresas. Las excepciones —como Llama o Mistral— existen, pero sus
resultados son limitados. Con Windows uno tenía la aplicación. Ahora sólo tiene
el acceso y no hay copia local a la que volver si tu proveedor corta el acceso
al sistema. Windows era, en alguna medida, prescindible. En los años 80 una
máquina de escribir y una calculadora podían salvarte el día. La IA generativa no
tendrá alternativa en un futuro previsible y está contribuyendo, como pocas
antes, a la expansión del poder corporativo de algunas empresas tecnológicas.
Finalmente convinimos en que la combinación de las
redes sociales con la posibilidad que ofrece la IAG de asumir el papel de un
erudito siendo un imbécil, o de crear con poco esfuerzo imágenes y sonidos que
representen situaciones creíbles ha llevado nuestro gastado sistema y su
representación virtual a los límites de la realidad. Posiblemente los haya
sobrepasado con creces, y la ficción domine ya el escenario, pero el poder del
dinero —el capital— real o imaginario, sigue siendo la clave de bóveda de todo
el sistema.
Hablando, hablando, nos dieron las ocho de la
tarde. Al salir pagamos con el móvil.
Enviado a ECA 31oct2025






