lunes, 20 de abril de 2026

El eclipse del 12 de agosto

Nada hay inesperado ni increíble ni asombroso, desde que Zeus, padre de los olímpicos, convirtió el día en noche ocultando la luz del sol, y un miedo terrible cayó sobre los hombres. Desde entonces, todo puede esperarse.

Arquíloco de Paros (ca. 680 – ca. 645 a.C.)

Así se refería el poeta griego arcaico Arquíloco a un eclipse de Sol. Parece decir en estos versos que, si el orden cósmico —el brillo diurno del Sol— puede alterarse, entonces cualquier cosa es posible. Hoy, a la vista de las cosas que están pasando en este mundo nuestro, probablemente razonaría en sentido contrario y vería el ocultamiento solar como la lógica consecuencia de la aplicación de políticas de género al cierre de las botellas de plástico, u otras maravillas en las que, por no desviarme del tema del artículo, no voy a entrar.

Dejemos a Arquíloco con sus preocupaciones y vayamos al eclipse, que es lo que nos ocupa. Un eclipse es un fenómeno astronómico, sujeto a leyes de la mecánica celeste que hemos enunciado pero que no podemos derogar ni modificar. Pero también un fenómeno que podemos explicar y anticipar con asombrosa precisión, de acuerdo con esas leyes.

Gracias a esta certeza, la ocultación del Sol no nos cogerá por sorpresa y nuestros gobiernos, que nada han hecho para que el fenómeno ocurra y afortunadamente nada pueden hacer para impedirlo, podrán anticipar, junto con posaderos, vivanderos y otros mercaderes, niveles de ocupación estratosféricos gracias a las medidas que ya están anunciando y que sin duda contribuirán a regular el previsible flujo de visitantes que atraen todos los eclipses.

La cosa es, pues, que a partir de las siete y media de la tarde de ese día la Luna irá interponiéndose entre la Tierra y el Sol, alcanzando el máximo hacia las ocho y media. En algunas partes de nuestro territorio llegará a ocultar completamente el Sol durante aproximadamente un minuto, en lo que se llama fase de totalidad; en otras —Barbastro entre ellas, y todos los municipios de la comarca situados al norte de una línea imaginaria pocos kilómetros al norte de Torres de Alcanadre y Lagunarrota— la ocultación será parcial, aunque superior en todos los casos al 99% de la superficie solar.

La diferencia entre uno y otro caso, conviene advertirlo, no es de grado sino de naturaleza. Desde los municipios situados al sur de esa línea —Peralta de Alcofea, Lagunarrota, Torres de Alcanadre, El Tormillo— podremos tener lo que los aficionados a estos fenómenos consideran la experiencia canónica: durante ese minuto, el disco solar quedará completamente oculto, el cielo se oscurecerá lo suficiente para que aparezcan las estrellas más brillantes, la temperatura descenderá perceptiblemente, y en torno al disco negro de la Luna se hará visible la corona solar —esa atmósfera extendida del Sol que en condiciones normales la luz diurna nos oculta—, así como las llamadas perlas de Baily, los últimos destellos de luz solar filtrándose entre las montañas del limbo lunar justo antes y después de la totalidad.

Desde el resto del Somontano, incluida Barbastro, no tendremos esa experiencia, por mucho que el porcentaje de ocultación sea altísimo. La diferencia entre 99,9% y 100% es, en este terreno, absoluta: el hilo finísimo de Sol que queda visible basta para que el cielo no se oscurezca del todo, para que las estrellas no lleguen a aparecer y para que la corona permanezca invisible. Lo que sí podremos observar es un crepúsculo anómalo en pleno atardecer, una luz extrañamente anaranjada y tenue, sombras raras y, con el instrumental adecuado, ese hilo de Sol reducido a su mínima expresión. No es la experiencia clásica, pero es, aun así, una ocasión poco común para asistir a las consecuencias visibles de una coincidencia que tiene algo de milagroso: que el Sol sea unas cuatrocientas veces mayor que la Luna y esté unas cuatrocientas veces más lejos, de modo que desde la Tierra los veamos aproximadamente del mismo tamaño. Sin esa coincidencia no habría eclipses totales, sólo anulares o parciales, y la astronomía —y las mitologías— habrían sido otras.

En cualquiera de los dos casos es importante tener en cuenta algunas cosas a la hora de preparar la observación. En primer lugar, que a la hora en la que se va a producir el eclipse el Sol estará ya muy bajo, a unos 5,5° de altura sobre el horizonte —el cénit está a 90°— y por lo tanto hay que buscar un punto, a ser posible elevado y en todo caso con un horizonte Oeste-Noroeste despejado. Conviene añadir que el ocaso se producirá hacia las nueve y cinco de la tarde, cuando el eclipse aún no habrá terminado: los últimos minutos del fenómeno transcurrirán con el Sol ya bajo el horizonte. En segundo lugar, que el hecho de que el Sol parezca más inofensivo a esas horas no lo hace menos peligroso para la vista, y que el uso de gafas de protección homologadas —salvo en el minuto que dura la fase de totalidad en los lugares donde sea visible— es totalmente inexcusable.

En cuanto a lugares desde donde verlo, El Pueyo de Barbastro, por ejemplo, es un buen sitio para los que no aspiren a la fase de totalidad y seguro que en la Agrupación Astronómica tienen sugerencias e indicaciones útiles para todo el Somontano.

Y una reflexión final. El eclipse del 12 de agosto ofrece, entre otras cosas, un pequeño alivio: la certeza de que al menos una cosa, en este mundo nuestro, ocurrirá exactamente como estaba previsto, a la hora prevista, sin que los gobiernos puedan adelantarla ni retrasarla, sin que los mercados la coticen, sin que ningún decreto ni declaración de interés turístico la regule. Dos horas de cielo funcionando como llevan funcionando desde mucho antes de que hubiera alguien para mirarlo. A Arquíloco le pareció motivo de inquietud; a nosotros más bien de alivio.

Enviado a ECA 24 de abril de 2026