Nada hay
inesperado ni increíble ni asombroso, desde que Zeus, padre de los olímpicos,
convirtió el día en noche ocultando la luz del sol, y un miedo terrible cayó
sobre los hombres. Desde entonces, todo puede esperarse.
Arquíloco de Paros (ca. 680 – ca. 645 a.C.)
Así se refería el poeta griego arcaico
Arquíloco a un eclipse de Sol. Parece decir en estos versos que, si el orden
cósmico —el brillo diurno del Sol— puede alterarse, entonces cualquier cosa es
posible. Hoy, a la vista de las cosas que están pasando en este mundo nuestro,
probablemente razonaría en sentido contrario y vería el ocultamiento solar como
la lógica consecuencia de la aplicación de políticas de género al cierre de las
botellas de plástico, u otras maravillas en las que, por no desviarme del tema
del artículo, no voy a entrar.
Dejemos a Arquíloco con sus preocupaciones y vayamos al eclipse, que es lo que nos ocupa. Un eclipse es un fenómeno astronómico, sujeto a leyes de la mecánica celeste que hemos enunciado pero que no podemos derogar ni modificar. Pero también un fenómeno que podemos explicar y anticipar con asombrosa precisión, de acuerdo con esas leyes.
Gracias a esta certeza, la ocultación del
Sol no nos cogerá por sorpresa y nuestros gobiernos, que nada han hecho para
que el fenómeno ocurra y afortunadamente nada pueden hacer para impedirlo,
podrán anticipar, junto con posaderos, vivanderos y otros mercaderes, niveles
de ocupación estratosféricos gracias a las medidas que ya están anunciando y
que sin duda contribuirán a regular el previsible flujo de visitantes que
atraen todos los eclipses.
La cosa es, pues, que a partir de las siete
y media de la tarde del 12 de agosto la Luna irá interponiéndose entre la
Tierra y el Sol, alcanzando el máximo hacia las ocho y media. En algunas partes
de nuestro territorio llegará a ocultar completamente el Sol durante
aproximadamente un minuto, en lo que se llama fase de totalidad; en otras
—Barbastro entre ellas, y todos los municipios de la comarca situados al norte
de una línea imaginaria, unos pocos kilómetros al norte de Torres de Alcanadre y
Lagunarrota— la ocultación será parcial, aunque superior en todos los casos al
99% de la superficie solar.
La diferencia entre uno y otro caso,
conviene advertirlo, no es de grado sino de naturaleza. Desde los municipios
situados al sur de esa línea —Peralta de Alcofea, Lagunarrota, Torres de
Alcanadre, El Tormillo— podremos tener lo que los aficionados a estos fenómenos
consideran la experiencia canónica: durante ese minuto el disco solar quedará
completamente oculto, el cielo se oscurecerá lo suficiente para que aparezcan
las estrellas más brillantes, la temperatura descenderá perceptiblemente, y en
torno al disco negro de la Luna se hará visible la corona solar —esa atmósfera
extendida del Sol que en condiciones normales la luz diurna nos oculta—, así
como las llamadas perlas de Baily, los últimos destellos de luz solar
filtrándose entre las montañas del limbo lunar justo antes y después de la
totalidad.
Desde el resto del Somontano, incluida
Barbastro, no tendremos esa experiencia, por mucho que el porcentaje de
ocultación sea altísimo. La diferencia entre 99,9% y 100% es, en este terreno,
absoluta: el hilo finísimo de Sol que queda visible basta para que el cielo no
se oscurezca del todo, para que las estrellas no lleguen a aparecer y para que
la corona permanezca invisible. Lo que sí podremos observar es un crepúsculo
anómalo en pleno atardecer, una luz extrañamente anaranjada y tenue, sombras
raras y, con el instrumental adecuado, ese hilo de Sol reducido a su mínima
expresión. No es la experiencia clásica, pero es, aun así, una ocasión poco
común para asistir a las consecuencias visibles de una coincidencia que tiene
algo de milagroso: que el Sol sea unas cuatrocientas veces mayor que la Luna y
esté unas cuatrocientas veces más lejos, de modo que desde la Tierra los veamos
aproximadamente del mismo tamaño. Sin esa coincidencia no habría eclipses
totales, sólo anulares o parciales, y la astronomía —y las mitologías— habrían
sido otras.
En cualquiera de los dos casos es importante
tener en cuenta algunas cosas a la hora de preparar la observación. En primer
lugar, que a la hora en la que se va a producir el eclipse el Sol estará ya muy
bajo, a unos 5,5° de altura sobre el horizonte —el cénit está a 90°— y por lo
tanto hay que buscar un punto, a ser posible elevado y en todo caso con un
horizonte Oeste-Noroeste despejado. Conviene añadir que el ocaso se producirá
hacia las nueve y cinco de la tarde, cuando el eclipse aún no habrá terminado:
los últimos minutos del fenómeno transcurrirán con el Sol ya bajo el horizonte.
En segundo lugar, que el hecho de que el Sol parezca más inofensivo a esas
horas no lo hace menos peligroso para la vista, y que el uso de gafas de
protección homologadas —salvo en el minuto que dura la fase de totalidad en los
lugares donde sea visible— es totalmente inexcusable.
En cuanto a lugares desde donde verlo, El
Pueyo de Barbastro, por ejemplo, es un buen sitio para los que no aspiren a la
fase de totalidad y seguro que en la Agrupación Astronómica tienen sugerencias
e indicaciones útiles para todo el Somontano.
Y una reflexión final. El eclipse del 12 de
agosto ofrece, entre otras cosas, un pequeño incentivo: la certeza de que al
menos una cosa, en este mundo nuestro, ocurrirá exactamente como estaba
previsto, a la hora prevista, sin que los gobiernos puedan adelantarla ni
retrasarla, sin que cotice en ningún mercado, sin que ningún decreto ni
declaración de interés turístico la regule. Dos horas de cielo funcionando como
lleva funcionando desde mucho antes de que hubiera alguien para mirarlo. A
Arquíloco le pareció motivo de inquietud; a mí más bien de alivio.
Enviado a ECA 24 de abril de 2026