Mostrando entradas con la etiqueta Pirineo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pirineo. Mostrar todas las entradas

martes, 24 de marzo de 2026

Historias del Pirineo Aragonés

Ayer estuvimos en la clausura de Espiello, un festival internacional del documental etnográfico del Sobrarbe con sede en Boltaña. En el palacio de congresos y junto a los autores y otros amigos, asistimos a la presentación de Las cuatro Casas, un documental de Severino y Mariví sobre las casas de sus padres en cuatro pueblos del Pirineo. Es una narración muy interesante y bien construida que sus autores plantean como documental etnográfico o como historia familiar, pero que, además, y como casi todas las buenas historias, admite más de una lectura. Yo lo vi también como el relato de una reconfiguración profunda de la vida en la montaña, casi como la microhistoria del colapso de una civilización.

Una historia del final, largamente anunciado, de una forma de vida que se había desarrollado durante siglos en una tierra hostil. Una tierra cuyos recursos, nunca excesivos para sostener la creciente complejidad de la vida, se volvieron claramente insuficientes hace poco más de sesenta años. Y eso no sólo por los límites materiales del territorio, también por el abandono institucional y la ausencia de estructuras básicas. Hubo lugares donde la carretera —a veces poco más que una pista— la energía eléctrica y el agua corriente sólo se consiguieron tras el cierre de la última casa.

El colapso —vamos a llamarlo así, con todas las reservas y matices que se quiera— se desarrolló casi simultáneamente en todos los pueblos y lugares de un extenso territorio y afectó a quienes entonces lo poblaban: los que se habían quedado y heredaron las casas, frente a los que tuvieron que aceptar un papel secundario o buscar su sustento en otros lugares.

Hoy los pueblos abandonados son casi parques temáticos: lugares que cuentan la historia de quienes los habitaron y de las casas que construyeron, habitaron y engrandecieron a lo largo de generaciones. Sus últimos descendientes vuelven —volvemos— a ellas, de tarde en tarde, para recordar a los que allí vivieron e imaginar que, por unas horas o unos meses de verano, vuelven a ser los herederos y los amos de la casa.

Los que vivieron aquellos tiempos, asistieron al final de una historia y fueron capaces de adaptarse y construir otra, posiblemente mejor y en todo caso distinta, para ellos y sus descendientes. Por sus propios méritos, desde luego, pero también porque había un lugar a dónde ir y porque su historia anterior aún podía proporcionarles los recursos necesarios, no necesariamente materiales, para iniciar la siguiente. Ahora las cosas van mucho más deprisa y el colapso, esta vez sistémico, de esta civilización puede estar más próximo de lo que parece. La cuestión es: ¿A dónde iremos desde aquí y con qué?