Una historia del final, largamente anunciado, de una forma
de vida que se había desarrollado durante siglos en una tierra hostil. Una
tierra cuyos recursos, nunca excesivos para sostener la creciente complejidad
de la vida, se volvieron claramente insuficientes hace poco más de sesenta
años. Y eso no sólo por los límites materiales del territorio, también por el
abandono institucional y la ausencia de estructuras básicas. Hubo lugares donde
la carretera —a veces poco más que una pista— la energía eléctrica y el agua
corriente sólo se consiguieron tras el cierre de la última casa.
El colapso —vamos a llamarlo así, con todas las reservas y
matices que se quiera— se desarrolló casi simultáneamente en todos los pueblos
y lugares de un extenso territorio y afectó a quienes entonces lo poblaban: los
que se habían quedado y heredaron las casas, frente a los que tuvieron que
aceptar un papel secundario o buscar su sustento en otros lugares.
Hoy los pueblos abandonados son casi parques temáticos:
lugares que cuentan la historia de quienes los habitaron y de las casas que
construyeron, habitaron y engrandecieron a lo largo de generaciones. Sus
últimos descendientes vuelven —volvemos— a ellas, de tarde en tarde, para
recordar a los que allí vivieron e imaginar que, por unas horas o unos meses de
verano, vuelven a ser los herederos y los amos de la casa.
Los que vivieron aquellos tiempos, asistieron al final de una historia y fueron capaces de adaptarse y construir otra, posiblemente mejor y en todo caso distinta, para ellos y sus descendientes. Por sus propios méritos, desde luego, pero también porque había un lugar a dónde ir y porque su historia anterior aún podía proporcionarles los recursos necesarios, no necesariamente materiales, para iniciar la siguiente. Ahora las cosas van mucho más deprisa y el colapso, esta vez sistémico, de esta civilización puede estar más próximo de lo que parece. La cuestión es: ¿A dónde iremos desde aquí y con qué?