Ayer estuvimos en la clausura de Espiello, un festival
internacional del documental etnográfico del Sobrarbe con sede en Boltaña. En
el palacio de congresos y junto a los autores y otros amigos, asistimos a la
presentación de Las cuatro Casas, un documental de Severino y Mariví sobre las
casas de sus padres en cuatro pueblos del Pirineo. Es una narración muy
interesante y bien construida que sus autores plantean como documental
etnográfico o como historia familiar, pero que, además, y como casi todas las
buenas historias, admite más de una lectura. Yo lo vi también como el relato de
una reconfiguración profunda de la vida en la montaña, casi como la
microhistoria del colapso de una civilización.
Una historia del final, largamente anunciado, de una forma
de vida que se había desarrollado durante siglos en una tierra hostil. Una
tierra cuyos recursos, nunca excesivos para sostener la creciente complejidad
de la vida, se volvieron claramente insuficientes hace poco más de sesenta
años. Y eso no sólo por los límites materiales del territorio, también por el
abandono institucional y la ausencia de estructuras básicas. Hubo lugares donde
la carretera —a veces poco más que una pista— la energía eléctrica o el agua
corriente llegaron después del cierre de la última casa.