La política energética española lleva años atrapada entre eslóganes ideológicos y decisiones incompletas. Hoy, que da la impresión de que el mundo se reorganiza para garantizar una transición lo más segura posible, seguimos paralizados por el coste político de las decisiones. Ni el Sol es suficiente, ni la energía nuclear sobra. La madurez política podría empezar por asumir eso.
El apagón del 28 de abril, que dejó a oscuras a toda España,
fue más que un fallo técnico: fue una señal de alarma. Un síntoma de que la
seguridad y coherencia de nuestro sistema eléctrico no puede sostenerse
indefinidamente sobre promesas genéricas. Mientras muchos países combinan
pragmatismo tecnológico con visión estratégica, aquí seguimos encerrados en un
falso dilema: ¿renovables o nuclear?
La apuesta del gobierno por las renovables es acertada, pero
insuficiente. El sol y el viento son abundantes en España, pero no constantes
ni gestionables. La intermitencia, la falta de respaldo firme y la vulnerabilidad
de la red no se solucionan con entusiasmo y fe tecnológica. Insistir en un
modelo 100% renovable sin rediseñar el sistema de base es una temeridad.