Hubo un tiempo en este país, de datación imprecisa y duración breve, en el que las palabras tuvieron algún valor o, al menos, en el que la ruptura de compromisos y el faltar a la verdad tenían alguna consecuencia política, penal o de otro tipo.
Esos tiempos ya pasaron y, como inevitable corolario, hoy nada —o casi nada— de lo que se dice en los foros públicos tiene contacto alguno, no ya con la realidad, que cambia tan rápido que eso podría hasta tener alguna justificación, sino con lo que realmente piensa —cuando piensa— el político, banquero, asesor, experto o comunicador que las pronuncia.
Las palabras ya no valen el papel en el que están escritas. Las declaraciones políticas se hacen con la mente puesta en lo que conviene a quien las pronuncia o a quien le paga. Las previsiones económicas se formulan porque quienes detentan el capital responden a impulsos verbales, en la confianza de que otros harán lo mismo. Y, en general, la mayoría de los discursos públicos están construidos sobre la hipótesis de que quienes van a oírlos son idiotas.
Y la verdad es que, a la vista de lo que estamos aguantando, cabe preguntarse si, efectivamente, lo somos; si nos va la marcha o si, como me ocurre a mí, nos hemos dejado ganar por el fatalismo.
Las payasadas de Dívar, las salidas de tono del Rey, las monsergas de Rajoy y su corte de papanatas, la inanidad de la oposición, la desesperación de los griegos y las idas y venidas de Merkel, Obama u Hollande —pendientes tan solo de no hacer nada que perjudique sus opciones electorales— no son más que un circo que mantiene a la gente alejada de los verdaderos problemas: no hay energía para sostener más crecimiento (*) y el sistema autosostenido que conocemos como civilización industrial solo funciona en crecimiento exponencial.
Hay quien cree que aún se podría hacer algo y propone fórmulas, más o menos ingeniosas, para detener el crecimiento o hacerlo sostenible —valga el oxímoron—. Pero yo creo, y otros saben, que el colapso es ya inevitable, aunque puede que unos pocos consigan adaptarse y que aún estemos a tiempo de preparar un futuro de baja entropía para los que sobrevivan (**).
(*) Me refiero al petróleo líquido convencional. Las arenas bituminosas, los esquistos y otros intentos de extraer energía de donde apenas la hay no son más que una muestra de lo desesperada que es la situación.
(**) El final era distinto, pero lo he suavizado atendiendo a la sugerencia de DGM.