Hubo un tiempo en este país, de datación imprecisa y duración breve, en el que las palabras tuvieron algún valor o, al menos, en el que la ruptura de compromisos y el faltar a la verdad tenían alguna consecuencia política, penal o de otro tipo.
Esos tiempos ya pasaron y, como inevitable corolario, hoy nada —o casi nada— de lo que se dice en los foros públicos tiene contacto alguno, no ya con la realidad, que cambia tan rápido que eso podría hasta tener alguna justificación, sino con lo que realmente piensa —cuando piensa— el político, banquero, asesor, experto o comunicador que las pronuncia.