Alguien ha puesto la televisión —o el móvil— y me llega el sonido de la transmisión en directo de la sesión de control al Gobierno, en el Congreso, mientras empiezo —tarde, como siempre— a escribir mi pequeña colaboración mensual.
Supongo que, en las circunstancias actuales —inflación, COVID…—, algo así debería tener cierto interés para la gente, pero, después de unos minutos, ya resulta evidente que las preguntas no se formulan porque quienes preguntan tengan algún interés en las respuestas, y que las respuestas no tienen como objeto sacar de dudas a quienes preguntan. Se trata, simplemente, de ponerse a caldo unos a otros o de lanzarse flores, según el color del que pregunta, con más o menos —casi siempre menos— gracia o ingenio.