El error no estuvo en el diagnóstico estructural—el petróleo convencional efectivamente entró en declive terminal—sino en asumir rigidez donde hubo elasticidad. El sistema respondió de tres formas que no fuimos capaces de anticipar:
Primero, el fracking estadounidense actuó como colchón temporal, inundando el mercado con petróleo no convencional, carísimo pero funcional mientras los precios se mantuvieron altos. Es insostenible —los pozos se agotan en 2-3 años frente a los 20-30 de yacimientos convencionales—, pero retrasó la crisis.Segundo, la demanda no creció como se esperaba. China
desaceleró estructuralmente, Europa se empobreció y la electrificación del
transporte avanzó más rápido de lo previsto. El colapso vino por el lado de la
demanda, no de la oferta.
Tercero, la OPEP perdió disciplina. La supresión
de las cuotas que hasta entonces limitaban la producción, entre otros factores,
generó una carrera a la baja suicida que aún mantiene los precios deprimidos
pese a la previsible escasez estructural.
El Peak Oil llegó, efectivamente, pero su manifestación no
fue la espiral inflacionaria anticipada sino algo aún más peligroso: una
economía tan debilitada que no puede pagar ni siquiera el petróleo abundante.
Precios bajos en un contexto de decadencia, no de colapso súbito. El cadáver
sigue caminando.
