Donald Trump anunció hace unas horas un ataque a Irán. Parece que los iraníes, actualmente gobernados por un régimen teocrático islamista, tienen —o quieren tener— armas nucleares, pero eso no es lo decisivo. Lo que importa es que Estados Unidos tiene aviones y barcos en el golfo Pérsico y cree contar con la potencia de fuego suficiente para evitar o minimizar una represalia iraní a gran escala. Ya veremos. La paz, que es lo que estaba en juego, no es sino el intervalo de tiempo entre dos guerras, que los contendientes utilizan para recuperarse de la anterior y encontrar justificación para la siguiente. Como este intervalo está siendo inusualmente largo, hoy mucha gente cree que la guerra, como el cáncer, es una cosa que les pasa a los demás. Algo que nos cuentan en la televisión o sobre lo que podemos leer en el periódico del bar. Pocos iraníes y ucranianos de a pie vieron venir la guerra, pero la guerra llegó. Tampoco yo vi venir el cáncer, pero... ya me he puesto al día. Ahora ellos y yo sabemos que son cosas que le pueden pasar a cualquiera. Solo hay que esperar, vivo, lo suficiente.
domingo, 1 de marzo de 2026
jueves, 3 de abril de 2025
Aranceles
Lo único nuevo de la política proteccionista anunciada ayer por Mr. Trump, es el aparente desequilibrio de su promotor. No es la primera vez que un presidente de Estados Unidos busca en los aranceles la solución a los problemas reales o imaginarios de su economía.
La Ley Smoot-Hawley, oficialmente conocida como la Tariff Act of 1930, fue aprobada por el Congreso de Estados Unidos el 17 de junio de 1930, durante la presidencia de Herbert Hoover. Su objetivo principal era proteger a los agricultores y las industrias estadounidenses de la competencia extranjera, que se percibía como una amenaza tras la caída de los precios agrícolas y el inicio de la Gran Depresión. La ley lleva el nombre de sus impulsores: el senador Reed Smoot de Utah y el representante Willis C. Hawley de Oregón, ambos republicanos.
En concreto, la ley aumentó los aranceles sobre más de 20,000 productos importados, elevando las tasas promedio del 38% (establecido por la Tariff Act de 1922) a cerca del 60%. Algunos ejemplos incluyen incrementos drásticos como el arancel sobre el trigo, que pasó de 42 centavos a 60 centavos por bushel, o el de la mantequilla, que casi se duplicó. La idea era incentivar el consumo de bienes nacionales y dar un respiro a los productores locales, especialmente en un momento de desempleo creciente y colapso económico.
Sin embargo, el resultado fue desastroso. Otros países respondieron con aranceles retaliatorios contra productos estadounidenses, lo que hundió las exportaciones de EE.UU. en más de un 60% entre 1929 y 1933. El comercio global, que ya estaba tambaleándose, se desplomó: según datos históricos, el valor del comercio internacional cayó de $36 mil millones en 1929 a $12 mil millones en 1932. Economistas como Irving Fisher y, más tarde, Milton Friedman, argumentaron que Smoot-Hawley no solo empeoró la Depresión en EE.UU., sino que la extendió globalmente al fracturar los mercados.
jueves, 20 de marzo de 2025
Rearmarnos... ¿para qué?
La cuestión del gasto militar requiere un cuidadoso examen para evitar, en lo posible, planteamientos excesivamente simplistas. La historia, tal como nos la cuentan, es la siguiente: La financiación de la OTAN depende, en un 75% de los Estados Unidos, que aporta, además la mayor parte del armamento y de las tropas de combate. Como consecuencia de esto, los miembros europeos de la alianza disfrutan de la protección de la organización a un coste muy inferior al real. El actual gobierno de Estados Unidos, presidido por Donald Trump, cree que esta situación es insostenible y que los países europeos deben incrementar el gasto militar y asumir más responsabilidad en su propia defensa.
Defendernos esta muy bien, pero ¿de quién? Pues, aparentemente, de los rusos. La OTAN fue diseñada originalmente como un contrapeso contra la extinta Unión Soviética y tras el colapso de esta se mantuvo, y se mantiene, a Rusia como principal adversario. En todo caso, no hay otro enemigo a la vista contra el que sostener una guerra convencional. Al menos una que requiera un incremento del gasto militar tan elevado como el que Estados Unidos exige a Europa.
Veamos los números. Según el IISS, en 2024 el gasto en defensa de Rusia ascendió a 145mM de dólares y el de los miembros europeos de la OTAN a 460mM. Rusia es un país tres veces más extenso que la suma de todos los países de la OTAN, excluidos los Estados Unidos, pero con una población cuatro veces inferior. Con estas cifras parece claro que, en una guerra convencional, la superioridad militar de los países europeos encuadrados en la OTAN sería abrumadora y Rusia, simplemente, no podría ganarla.
Pero, y esta cuestión ha estado presente desde la invasión de Ucrania en febrero de 2022, tampoco parece que Rusia esté dispuesta a perder una guerra. Dispone del mayor arsenal de ojivas nucleares del mundo, y de un inmenso territorio desde el que lanzarlas. Su doctrina militar, modificada por Putin en noviembre de 2024, contempla varios supuestos bajo los cuales las armas nucleares pueden ser utilizadas y entre ellos está la amenaza a la integridad y seguridad de la federación o sus aliados.
¿Tiene sentido, en estas condiciones, seguir aumentando el gasto militar de la OTAN, que ya es tres veces superior al de Rusia? Pues no lo sé, pero llevar mucho más lejos, como las cifras propuestas apuntan, esa superioridad en armamento convencional parece algo tan innecesario como arriesgado. Rusia, que ha pasado, o ha hecho como si pasara, por alto la evidente implicación en su contra de la OTAN en la guerra de Ucrania, podría considerar un rearme sobredimensionado y ostensiblemente dirigido contra ella, entre los supuestos que su doctrina militar contempla para justificar el empleo de armas atómicas. Objetivos es lo que sobra y seguro que tenemos alguno cerca.
El presidente Sánchez ha rechazado en Bruselas que se hable de rearme frente a Rusia. Prefiere hacerlo de fortalecer nuestras capacidades para luchar contra el terrorismo o para luchar contra ataques cibernéticos y ataques híbridos. Esto no va más allá de un guiño eufemístico a sus socios de gobierno más reacios al lenguaje militarista, pero podría tomarse también como la señal de una cierta preocupación por la deriva que están tomando los acontecimientos en este campo.
miércoles, 31 de enero de 2024
¿Por qué la gente sigue votando a Trump?
Artículo de Georges Monbiot. Columnista de The Guardian
Se han propuesto muchas explicaciones para el continuo ascenso de Donald Trump y la firmeza de su apoyo, incluso a medida que se acumulan los escándalos y los cargos criminales. Algunas de estas explicaciones son poderosas. Pero hay una que no he visto mencionada en ninguna parte, que podría ser la más importante: Trump es el rey de los extrínsecos.
Algunos psicólogos creen que nuestros
valores tienden a agruparse alrededor de ciertos polos, descritos como
"intrínsecos" y "extrínsecos". Las personas con un fuerte
conjunto de valores intrínsecos se inclinan hacia la empatía, la intimidad y la
autoaceptación. Tienden a estar abiertos a desafíos y cambios, interesados en
los derechos universales y la igualdad, y protectores de otras personas y del
mundo viviente.
Las personas en el extremo extrínseco del
espectro se sienten más atraídas por el prestigio, el estatus, la imagen, la
fama, el poder y la riqueza. Están fuertemente motivadas por la perspectiva de
recompensa y elogio individual. Son más propensos a objetivar y explotar a
otras personas, a comportarse de manera grosera y agresiva y a ignorar los
impactos sociales y ambientales. Tienen poco interés en la cooperación o la
comunidad. Las personas con un fuerte conjunto de valores extrínsecos son más
propensas a sufrir frustración, insatisfacción, estrés, ansiedad, enojo y
comportamiento compulsivo.
Trump ejemplifica los valores
extrínsecos. Desde la torre que lleva su nombre en letras doradas hasta sus
exageraciones sobre su riqueza; desde sus interminables diatribas sobre
"ganadores" y "perdedores" hasta su supuesta costumbre de
hacer trampa en el golf. Trump, quizás más que cualquier otra figura pública en
la historia reciente, es un monumento andante y parlante a los valores
extrínsecos.
No nacemos con nuestros valores. Estos
son moldeados por las señales y respuestas que recibimos de otras personas y
por las costumbres predominantes de nuestra sociedad. También son formados por
el entorno político en el que vivimos. Si las personas viven bajo un sistema
político cruel y codicioso, tienden a normalizarlo e internalizarlo. Esto, a su
vez, permite que se desarrolle un sistema político aún más cruel y codicioso.
Si, por el contrario, las personas viven
en un país en el que nadie se queda en la indigencia, en el que las normas
sociales se caracterizan por la bondad, la empatía, la comunidad y la libertad
de la necesidad y el miedo, sus valores probablemente se inclinen hacia el
extremo intrínseco. Este proceso se conoce como retroalimentación de políticas,
o el "trinquete de valores". El trinquete de valores opera tanto a
nivel social como individual: un fuerte conjunto de valores extrínsecos a
menudo se desarrolla como resultado de la inseguridad y las necesidades
insatisfechas. Estos valores extrínsecos luego generan más inseguridad y
necesidades insatisfechas.
Esto va más allá de la política. Durante
más de un siglo, Estados Unidos, más que la mayoría de las naciones, ha adorado
los valores extrínsecos: el sueño americano es un sueño de adquirir riqueza,
gastarla de manera conspicua y escapar de las restricciones de las necesidades
y demandas de otras personas. Esto se acompaña, en la política y en la cultura
popular, de mitos tóxicos sobre el fracaso y el éxito: la riqueza es el
objetivo, independientemente de cómo se adquiera. La ubicuidad de la
publicidad, la comercialización de la sociedad y el auge del consumismo, junto
con la obsesión de los medios por la fama y la moda, refuerzan esta historia.
Hablamos del viaje hacia la derecha de la
sociedad. Hablamos de polarización y división. Hablamos de aislamiento y la
crisis de salud mental. Pero lo que subyace a estas tendencias es un cambio en
los valores. Esta es la causa de muchas de nuestras disfunciones; el resto son
síntomas.
Cuando una sociedad valora el estatus, el
dinero, el poder y el dominio, está destinada a generar frustración. Es
matemáticamente imposible que todos sean el número uno. Cuanto más acaparen las
élites económicas, más deben perder los demás. Alguien debe ser culpado por la
decepción resultante. En una cultura que adora a los ganadores, no pueden ser ellos.
Debe ser esas personas malvadas que buscan un mundo más amable, en el que la
riqueza se distribuya, nadie sea olvidado y se protejan las comunidades y el
planeta viviente. Aquellos que han desarrollado un fuerte conjunto de valores
extrínsecos votarán por la persona que los representa, la persona que tiene lo
que ellos quieren. Trump. Y donde va Estados Unidos, seguimos el resto de
nosotros.
Trump bien podría ganar de nuevo, que
Dios nos ayude si lo hace. Si es así, su victoria se deberá no solo al
resentimiento racial de los hombres blancos envejecidos, o a su
instrumentalización de las guerras culturales o a los algoritmos y cámaras de
eco, importantes como son estos factores. También será el resultado de valores
tan profundamente arraigados que olvidamos que están ahí.
Tradución del inglés e imagen de ChatGpt.

