El informe PISA 2025 confirma
lo que muchos intuíamos: que el sistema educativo español atraviesa un momento
crítico, cuando no francamente preocupante. Los alumnos de 15 años obtienen sus
peores resultados históricos en lectura, matemáticas y ciencias, por debajo de
las medias de la OCDE y, en lectura, también de la UE. Respecto a 2022, el
retroceso es especialmente acusado en lectura y también afecta a las
matemáticas; en ciencias la caída es menor, pero existe. En conjunto, la
tendencia confirma un deterioro preocupante respecto a los niveles de hace una
década.
Las causas son complejas y no
se agotan en las excusas habituales de los responsables políticos: factores
como la segregación socioeconómica, la formación docente, las prácticas de aula
y las diferencias entre comunidades forman parte de un problema que
difícilmente puede reducirse al debate ideológico o a la última ley educativa
impulsada por el gobierno de turno.
En este contexto, resulta
tentador atribuir parte del problema a la inteligencia artificial generativa,
muy presente entre los jóvenes y cada vez más usada en trabajos escolares. Sin
embargo, el retroceso se observaba antes de la irrupción masiva de estas
herramientas. Confundir correlación con causalidad sería un error. La cuestión
no es si la IA existe en las aulas, sino cómo se usa: como atajo para evitar el
esfuerzo o como instrumento para desarrollar juicio crítico.
Cuando yo era estudiante, hace
ya muchos años, se suponía que teníamos que saber multiplicar números de nueve
cifras, extraer raíces cuadradas y manejar tablas de logaritmos. Hoy tendría
dificultades para hacerlo sin calculadora, y esas tablas han perdido
prácticamente toda utilidad. Pero aprender aquellos algoritmos cumplía una
función que iba más allá del cálculo: nos obligaba a seguir secuencias,
detectar errores, tolerar la frustración y comprender relaciones numéricas.
Un estudiante de hoy puede
preguntarse con razón: ¿qué objeto tiene aprender a hacer cosas que la IA hace
mejor? ¿Qué objeto tiene esforzarse si quien no se esfuerza y utiliza IA
obtiene un resultado aparentemente mejor?
La segunda pregunta es quizá
más incómoda que la primera. Si un alumno dedica horas a leer, pensar y
redactar un trabajo y otro consigue en pocos minutos un resultado aparentemente
mejor recurriendo a una máquina, podemos pronunciar todos los discursos que
queramos sobre la cultura del esfuerzo, pero el sistema le está enseñando al
primero que esforzarse es una mala estrategia.
La respuesta no está en
prohibir la tecnología, sino en diseñar tareas donde el valor formativo resida
también en el proceso y no únicamente en el producto. Leer un texto de diez
páginas y resumirlo puede parecer una pérdida de tiempo si la IA lo hace en
tres segundos, pero un alumno que nunca haga el esfuerzo de leer y resumir
difícilmente desarrollará la capacidad de distinguir lo valioso de lo
accesorio, de evaluar fuentes y de construir criterio propio.
La educación elimina destrezas
obsoletas, pero no puede eliminar el esfuerzo. No es lo mismo delegar una
capacidad que ya se posee que sustituir una capacidad que todavía no se ha
adquirido. Si queremos mejorar los resultados, deberíamos empezar por recuperar
la cultura del trabajo bien hecho, con o sin IA. De lo contrario, podemos estar
entregando herramientas de automatización cognitiva a personas que todavía
están construyendo precisamente las capacidades que esas herramientas
automatizan.
La evidencia disponible sugiere
que el uso de la inteligencia artificial puede asociarse con mejores resultados
cuando los alumnos reciben formación para utilizarla y, sobre todo, para
evaluar críticamente sus respuestas. Bien empleada, puede ser una herramienta
excepcional para el aprendizaje.
Pero quizá el problema no sea
que los alumnos usen mal la IA, sino que la hemos normalizado sin preguntarnos
antes qué capacidades humanas queremos que sobrevivan a su llegada. Cosa que,
naturalmente, forma parte de la cultura de la improvisación con la que estamos
construyendo una sociedad que ya no sabemos hacia dónde va.
Imagen generada por Creen.ai
Enviado a ECA 11 de septiembre de 2026


