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| Fachada posterior del Instituto |
Según la prensa de la época, a mediados
de los años sesenta, en España no pasaba nunca nada. En el Instituto de
Barbastro, por supuesto, tampoco. Pero las cosas estaban a punto de cambiar. Fue
un día como otro cualquiera, de 1966, año más, año menos, mientras esperábamos el
comienzo de la clase, cuando una inusual algarabía alteró la tranquilidad de la
habitualmente pacífica calle suburbana que discurría bajo nuestras ventanas. Hacía
algún tiempo que circulaba por los pasillos y en los corrillos del recreo un
rumor que no terminábamos de creer. Aquel curso había empezado con normalidad y
nada hacía esperar que el viejo instituto fuera a verse sacudido por lo que, a
todas luces, era una revolución.
El profesor no había llegado, así que nos
asomamos a las ventanas para ver qué ocurría y, aunque a primera vista no
acertamos a identificar lo que estábamos viendo, pronto no quedó ninguna duda.
El grupo de chicas que estaban charlando animadamente en la puerta principal se
proponían entrar en el Instituto. Más aún, a juzgar por su aspecto y los
materiales que llevaban, lo más probable es que fueran a ir a clase.
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Séptimo curso, año 1971
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El alboroto que previsiblemente íbamos a organizar,
escondidos tras las ventanas, quedó para mejor ocasión, tras la entrada en el
aula del profesor de Formación del Espíritu Nacional, Casimiro Cortijo, que le quitó
importancia al asunto y vino a decir que aquello era completamente normal. En
Suecia, claro. Porque aquí, normal, lo que se dice normal, no era. Las chicas
habían llegado al Instituto, sí, pero iban a entrar por la puerta principal, a
una hora distinta de la nuestra. Además, irían a clase en aulas separadas,
ubicadas en un pasillo lateral de la planta baja y el patio de recreo se
dividiría en dos, una parte para ellas y otra para nosotros, con una línea de
demarcación a cargo de la señora Josefina, una mujer con el temple necesario
para asegurar una estricta separación entre las dos zonas.
A pesar de tantas precauciones, la vida
del instituto recuperó pronto el ritmo habitual, la ‘frontera’ se fue
permeabilizando poco a poco y al acabar, nosotros séptimo y ellas cuarto, nos
fuimos juntos de viaje a Mallorca, acompañados por dos profesores. Claro que
nosotros fuimos a una pensión, de la que salíamos y entrábamos a cualquier
hora, y ellas, me parece recordar, a una residencia o similar. La doctrina de
la iglesia lo dejaba bien claro: una cosa es la libertad y otra el libertinaje.