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viernes, 27 de septiembre de 2024

Historias del Instituto Laboral

 

Fachada posterior del Instituto
Según la prensa de la época, a mediados de los años sesenta, en España no pasaba nunca nada. En el Instituto de Barbastro, por supuesto, tampoco. Pero las cosas estaban a punto de cambiar. Fue un día como otro cualquiera, de 1966, año más, año menos, mientras esperábamos el comienzo de la clase, cuando una inusual algarabía alteró la tranquilidad de la habitualmente pacífica calle suburbana que discurría bajo nuestras ventanas. Hacía algún tiempo que circulaba por los pasillos y en los corrillos del recreo un rumor que no terminábamos de creer. Aquel curso había empezado con normalidad y nada hacía esperar que el viejo instituto fuera a verse sacudido por lo que, a todas luces, era una revolución.

El profesor no había llegado, así que nos asomamos a las ventanas para ver qué ocurría y, aunque a primera vista no acertamos a identificar lo que estábamos viendo, pronto no quedó ninguna duda. El grupo de chicas que estaban charlando animadamente en la puerta principal se proponían entrar en el Instituto. Más aún, a juzgar por su aspecto y los materiales que llevaban, lo más probable es que fueran a ir a clase.

Séptimo curso, año 1971
El alboroto que previsiblemente íbamos a organizar, escondidos tras las ventanas, quedó para mejor ocasión, tras la entrada en el aula del profesor de Formación del Espíritu Nacional, Casimiro Cortijo, que le quitó importancia al asunto y vino a decir que aquello era completamente normal. En Suecia, claro. Porque aquí, normal, lo que se dice normal, no era. Las chicas habían llegado al Instituto, sí, pero iban a entrar por la puerta principal, a una hora distinta de la nuestra. Además, irían a clase en aulas separadas, ubicadas en un pasillo lateral de la planta baja y el patio de recreo se dividiría en dos, una parte para ellas y otra para nosotros, con una línea de demarcación a cargo de la señora Josefina, una mujer con el temple necesario para asegurar una estricta separación entre las dos zonas.

A pesar de tantas precauciones, la vida del instituto recuperó pronto el ritmo habitual, la ‘frontera’ se fue permeabilizando poco a poco y al acabar, nosotros séptimo y ellas cuarto, nos fuimos juntos de viaje a Mallorca, acompañados por dos profesores. Claro que nosotros fuimos a una pensión, de la que salíamos y entrábamos a cualquier hora, y ellas, me parece recordar, a una residencia o similar. La doctrina de la iglesia lo dejaba bien claro: una cosa es la libertad y otra el libertinaje.