viernes, 13 de febrero de 2026
La unidad de la izquierda.
miércoles, 24 de diciembre de 2025
¿Sánchez? Esa no es la cuestión.
El empobrecimiento del debate público en España ha alcanzado
tal grado que parece que el único problema político relevante es si el actual
presidente del gobierno continúa o no en el poder. Como si el país entero
estuviera suspendido de una biografía. Como si la decadencia o la prosperidad
nacionales dependieran exclusivamente de la permanencia de un hombre y no de la
estructura misma del sistema político, económico y territorial.
Y no digo que la continuidad del Sr. Sánchez no importe —le
importa, desde luego, a él, a una parte de la clase política y seguramente a
mucha gente más—, pero elevar esa cuestión a eje casi exclusivo del debate es
una forma de irresponsabilidad colectiva. Se discute el relevo con pasión, pero
se evita cuidadosamente la discusión sobre el rumbo. Y eso no es casual: hablar
de nombres es mucho más cómodo que hablar de modelos.
Pero claro, mientras tanto los problemas de fondo
permanecen. No se resuelven, no se afrontan y ni siquiera se formulan con
claridad. Se ocultan bajo cifras espectaculares, anuncios grandilocuentes y una
sucesión de parches que permiten ganar tiempo político a costa de perder un tiempo
histórico que difícilmente se recuperará.
El turismo, un sector que aportó casi el 13% del PIB en 2025,
es un ejemplo evidente de esta lógica. Celebrar ocupaciones hoteleras
superiores al 90% como si fueran un indicador de éxito estructural revela hasta
qué punto se ha normalizado la mediocridad. El turismo masivo no transforma la
economía: la anestesia. No mejora la productividad, no genera, salvo pocas excepciones,
empleo cualificado, no fija población ni reduce desigualdades territoriales.
Produce rentas rápidas, salarios bajos y dependencia crónica mientras presiona
sobre la oferta de vivienda y las infraestructuras. Es el opio estadístico de
un país que no ve más allá de la próxima temporada alta.
Algo parecido ocurre con el entusiasmo desmedido por
cualquier inversión que incluya las palabras “tecnología”, “datos” o
“industria”, aunque llegue sin planificación, sin integración territorial y sin
evaluación de costes reales. Que Aragón se convierta en receptora de centros de
datos o de fábricas desplazadas desde Asia no es, por sí misma, una estrategia
de desarrollo, pero bien podría ser lo contrario. Consumo intensivo de agua en
territorios tensionados —ayer mismo se declaró una alerta por sequía en buena
parte del territorio—, sobrecarga en redes eléctricas insuficientes, empleo
limitado y altamente especializado que no combate la despoblación… ¿Dónde está
el beneficio estructural? ¿Cuál es el proyecto?
La respuesta a estas cuestiones, si llegaran a plantearse,
que no lo creo, sería el silencio o el eslogan. Porque admitir que muchas de
estas “soluciones” agravan los problemas exigiría algo que la política española
evita con especial empeño: planificación a largo plazo, jerarquización de
prioridades y aceptación de límites materiales. Mucho más sencillo es hacer
pasar crecimiento por desarrollo y volumen por solidez. Y por lo visto,
electoralmente al menos, más eficaz.
Lo verdaderamente alarmante no es que el Sr. Sánchez siga o
no siga al frente del gobierno, sino que, esté quien esté, el país continúe
atrapado en la misma inercia: ausencia de modelo productivo, desequilibrios
territoriales crecientes y cada vez peor abordados y una clase política
obsesionada con su supervivencia inmediata. España no fracasa por culpa de un
dirigente concreto, sino por la renuncia sistemática a pensar en términos
estructurales.
Reducir el futuro del país a un relevo personal no es solo
un error analítico: es una coartada. Sirve para no hablar de lo esencial. Y
mientras tanto el problema no es quién manda, sino que, con tantos asesores que
en teoría cobran por pensar, nadie parezca estar haciéndolo.
Enviado a ECA 23012026
miércoles, 17 de diciembre de 2025
Elecciones
Pues mira por dónde el final de año nos ha traído un nuevo
ciclo electoral. Hace años que no soy un entusiasta de las elecciones. No me
gusta el procedimiento y, además, soy plenamente consciente de la nula
influencia que mi voto tendría en el resultado final.
Dicho así, esta afirmación suele provocar incomodidad e
incluso reacciones adversas. Los creyentes en la liturgia democrática la
interpretan como cinismo o, peor aún, como irresponsabilidad cívica. Pero no es
ni una cosa ni la otra: es simple aritmética electoral combinada con años de
observación empírica de cómo funcionan realmente las cosas.
Un voto, en una circunscripción de tamaño medio, tiene un
peso estadístico ridículo. Equivale aproximadamente a nada. Se puede objetar
que “si todo el mundo pensara así…”, pero resulta que no todo el mundo piensa
así, de modo que el argumento es irrelevante. La participación masiva, aunque levemente
decreciente, no parece estar en riesgo, el sistema se reproduce, y una papeleta
más o menos no altera absolutamente nada. Es matemática elemental, no un dilema
moral.
Además, está el problema de qué se elige exactamente. Las
opciones vienen previamente filtradas por los aparatos de los partidos, las
decisiones importantes se toman en instancias que nadie elige (Bruselas,
mercados financieros, organismos técnicos), y los programas electorales son
documentos deliberadamente ambiguos, diseñados para no comprometer a nadie con
nada concreto. Lo que llamamos elecciones es, en buena medida, un plebiscito
sobre quién administrará un marco que permanece intacto.
Pero hay algo más: ¿qué criterios guían realmente a los
electores? Está claro que no se elige a los más capaces ni a los más honrados.
Tampoco, en general, a los más inteligentes. Los que votan —que no son todos,
ni mucho menos— eligen la lista, cerrada e inalterable, de un partido basándose
en prejuicios heredados, campañas de televisión, lealtades familiares, miedos
difusos o simpatías personales. Nada en ese proceso garantiza, ni remotamente,
que los elegidos vayan a ser capaces de gestionar nada con un mínimo de
competencia. El sistema no selecciona capacidad; selecciona adhesión,
visibilidad mediática y habilidad para captar votos. Que luego algunas de esas
personas resulten ser razonablemente competentes, que todo puede pasar, es, en
buena medida, fruto del azar.
No niego que el ritual tenga su función. Proporciona una
sensación subjetiva de participación, renueva periódicamente el personal
político y permite cierta rotación de élites. Pero confundir eso con poder real
del ciudadano es puro autoengaño. El sistema representativo actual se parece
más a una oligarquía electiva que a cualquier otra cosa, y las elecciones son
su mecanismo de legitimación, no de control.
Muchos encontrarán suficientes razones para participar en lo
que se ha dado en llamar la “fiesta de la democracia” —costumbre, esperanza
residual, miedo a que empeore—, y me parece respetable. Pero que nadie espere
demasiado entusiasmo por un procedimiento cuya utilidad práctica resulta,
siendo generoso, muy dudosa.
Enviado a ECA 26 diciembre 2025
miércoles, 3 de diciembre de 2025
Celtiberia Show
¿Era necesaria la humillación pública del presidente del gobierno para mantener los votos de Puigdemont? ¿No hubiera bastado con una llamada o con enviar un mensajero que transmitiera en privado el arrepentimiento y el propósito de enmienda? Por lo visto, sí y no. Sí, la confesión pública, la penitencia, era necesaria. Por lo tanto no, no bastaba con una comunicación discreta.
Porque aquí no se trata solo del señor Sánchez. Es el Gobierno de España el que reconoce ante las cámaras y ante todo el país haber faltado a sus compromisos —algunos de dudoso encaje en las leyes españolas— con un fugado de la justicia, prometiendo no volver a hacerlo. No es simplemente un político haciendo el ridículo, cosa que a estas alturas tendría escasa o ninguna importancia. Es el Estado español arrodillándose a cambio de unos votos que permitan al gobierno actual llegar al final de la legislatura.
Pero Puigdemont y los siete votos de Junts que controla no son todo lo que necesita el gobierno para mantenerse en el poder. Se necesitan también los votos de ERC, Sumar, PNV y Podemos, cuyos intereses políticos están, en principio, bastante alejados de los de Junts, aunque coinciden todos en algo esencial: un gobierno débil y plenamente consciente de que perderá cualquier elección que convoque es un regalo caído del cielo. Algo de lo que no se puede prescindir, al menos no antes de haberle extraído todo el jugo posible. Y en eso están.
Lo que estamos viendo no es una negociación compleja entre formaciones diversas ni el ejercicio normal del parlamentarismo de coalición. Es una forma de gobernabilidad sostenida sobre el chantaje explícito, la cesión sin límite y una dependencia absoluta de actores que no comparten visión alguna del Estado salvo la de su utilidad como fuente de recursos y palanca de poder. La humillación pública del presidente no es un detalle anecdótico: es el protocolo que exige el sistema. La subordinación debe ser visible porque el espectáculo forma parte del precio.
Esto plantea interrogantes que van mucho más allá de la estabilidad de un gobierno concreto. Cuando la política se convierte en la gestión diaria de extorsiones múltiples, cuando quien gobierna no es quien gana elecciones sino quien mejor negocia su propia humillación, cuando el Estado se ve obligado a negociar con quienes lo desafían desde una posición de fuerza sin legitimidad, algo se ha roto en la arquitectura institucional.
No sabemos cuánto tiempo puede sostenerse esta ficción ni qué quedará cuando colapse. Pero lo que sí sabemos es que cada concesión arrancada mediante chantaje, cada humillación pública normalizada, cada límite legal difuminado en nombre de la "estabilidad", degrada un poco más la confianza en las instituciones y ensancha el espacio para soluciones que, llegado el momento, no tendrán nada que ver con la madurez democrática.
domingo, 30 de noviembre de 2025
La política como representación
Pero es que los políticos no se enfrentan entre ellos porque
se odien realmente —aunque es probable que, en muchos casos, no se soporten,
especialmente dentro del mismo partido—, sino porque interpretan el espectáculo
que la ciudadanía espera ver. En el fondo, actúan como si ese enfrentamiento
formara parte de sus obligaciones: una coreografía de la confrontación que da
sentido a su rol público.
A pesar de las acusaciones cruzadas —en las que se imputan
mutuamente ineptitud, malas intenciones e incluso delitos que llevarían a
cualquier ciudadano común a prisión durante años—, todos ellos son plenamente
conscientes de que se necesitan los unos a los otros. Saben que forman parte de
la misma troupe, y que la representación solo resulta creíble si
participan todos los actores, y se cubren todos los papeles previstos en el
guion.
Por eso, cuando organizan comisiones de investigación o
formulan denuncias desde la tribuna parlamentaria o los medios de comunicación —normalmente
escritas por otros y como parte del mismo guion—, no lo hacen tanto en busca de
la verdad como para ofrecer a sus respectivos públicos la dosis de enfrentamiento que necesitan. Una audiencia que finge escandalizarse cuando el denostado es del
bando contrario, pero que guarda silencio —o lo justifica todo— cuando el
señalado pertenece a los suyos. Porque todos, en definitiva, participan en un
juego cuyas reglas fingen ignorar.
El problema, con esta escenografía, es que finalmente
terminen todos, actores y público, por creerse los papeles que les han tocado
en suerte, tomen la parte por el todo y confundan el escenario con el mundo
real. Que el fin último de la política, que es, o debería ser, la organización
justa y eficaz de la vida en común, se transmute en un interminable conflicto
para conseguir y mantener el poder. Un conflicto que tiene el potencial
necesario para acabar mal, muy mal o, no sería la primera vez, a bofetadas. O a
tiros.
viernes, 28 de noviembre de 2025
¿Colapso o reconfiguración?
Hay, al menos, dos hipótesis posibles —y no necesariamente
excluyentes— para interpretar el momento presente. La primera es que esta
civilización ha entrado en una fase avanzada de colapso sistémico. La segunda
que nos encontramos en medio de una transformación estructural acelerada,
gestionada por formas de poder difusas y reforzada por desigualdades crecientes
en el acceso a la información, los recursos y la toma de decisiones.
La hipótesis del colapso se justifica por una constatación
histórica y ecológica: los sistemas complejos, cuando alcanzan niveles
excesivos de rigidez, interdependencia y sobreexplotación del entorno, tienden
al deterioro, provocado, según Joseph Tainter, por “la disminución del
rendimiento marginal de la complejidad”. Es decir, que su inevitable incremento
ya no resuelve problemas, sino que los agrava. Ejemplos como el Imperio romano,
la civilización mesopotámica o los mayas ilustran cómo la pérdida de legitimidad
institucional, el aumento de la desigualdad y la incapacidad de adaptación
desencadenaron desenlaces críticos.
Desde esta perspectiva, fenómenos como el progresivo
deterioro de los servicios sanitarios locales, la crisis energética —de la que el
apagón generalizado del 28 de abril, aún sin explicación, es solo un aviso—, el
descrédito de las instituciones democráticas, evidenciado por el intercambio
permanente de descalificaciones entre representantes políticos, o la
devastación ambiental reflejada en incendios e inundaciones cada vez más
violentos e incontrolables y en la deficiente respuesta gubernamental a
esos fenómenos no serían anomalías, sino síntomas tangibles de una civilización
en fase de agotamiento.
Pero hay también otra lectura, complementaria, que sugiere
que algunas de estas tensiones están siendo gestionadas —aunque no
necesariamente provocadas— para facilitar transformaciones de fondo. No se
trata de postular conspiraciones, sino de admitir que ciertos mecanismos de
gobierno operan al margen del debate público. Es lo que Naomi Klein definió
como “la estrategia del shock”: aprovechar momentos de crisis para imponer
reformas estructurales difíciles de justificar en condiciones de normalidad.
Aunque su análisis se centra en el neoliberalismo contemporáneo, la historia
muestra que ciertos acontecimientos traumáticos —como la derrota de Rusia en la
Primera Guerra Mundial o el colapso económico en Alemania tras el Tratado de
Versalles y el crack del 29— generaron vacíos de legitimidad que facilitaron el
ascenso de formas autoritarias de gobierno. No fueron estrategias deliberadas,
pero sí ejemplos de cómo el desorden puede allanar el camino a transformaciones
profundas sin participación democrática.
En contextos de crisis prolongada como el actual, es común
atribuir el deterioro institucional y social a la mediocridad, la incompetencia
y la corrupción de quienes ocupan posiciones de poder. Sin embargo, esta
lectura personalista —aunque emocionalmente comprensible— resulta insuficiente
si se quiere comprender la magnitud de los procesos en curso. La persistencia y
ubicuidad de políticos ineficaces, ignorantes y abiertamente corruptos no es
necesariamente un fallo del sistema sino, a veces, una manifestación coherente
con su lógica de funcionamiento en fase de disolución o reconfiguración. En
estructuras dominadas por incentivos perversos, opacidad decisoria y
deslegitimación ciudadana, la mediocridad y el oportunismo no son disfunciones:
son adaptaciones. La falta de visión estratégica, la polarización estéril y la
incapacidad de generar horizontes colectivos pueden interpretarse, entonces, no
como anomalías individuales, sino como síntomas de una arquitectura
institucional que ha dejado de premiar la competencia, la responsabilidad o la
deliberación democrática.
El reto, entonces, es intentar identificar las fuerzas que
están actuando mientras el sistema se descompone o se transforma. Porque si la
crisis no es un accidente sino una herramienta, y si la ineficiencia es
funcional al desorden, entonces lo que está en juego no es la restauración del
orden anterior, que ya no parece posible y quizá tampoco sea deseable, sino la
disputa por lo que vendrá. La pregunta no es si volveremos a la normalidad,
sino qué tipo de orden emergerá del caos actual.
Enviado a ECA 28 nov. 2025
viernes, 7 de noviembre de 2025
No taxation without representation
¿Qué significa “deberá presentar”? Pues precisamente eso. No
hay matices. El gobierno debe presentar la Ley de Presupuestos y si no la
presenta estará incumpliendo la Constitución. La “prórroga” está prevista para
el caso de que los presupuestos “presentados” por el gobierno sean rechazados
por las Cortes. Los constituyentes no contemplaron el supuesto de que el
ejecutivo pudiese eludir la presentación del proyecto de ley, menos aún por periodos tan
extensos, que en este caso abarcarán de dos a cuatro años.
El gobierno, por lo tanto, lleva dos años recaudando impuestos y
aprobando gastos en virtud de una ley aprobada por una legislatura previa, un
acto que, por su naturaleza, se sitúa al margen de la legalidad
constitucional. Este uso prolongado de una ley presupuestaria caducada
implica, de facto, la inobservancia del principio democrático que exige
la renovación del consentimiento parlamentario para el ejercicio de la
potestad tributaria. Dado el actual clima de polarización y el consecuente deterioro
de la primacía de la ley, los ciudadanos se ven compelidos a afrontar estas
exacciones fiscales, aun sabiendo que su legitimidad constitucional es
cuestionable, bajo el riesgo de incurrir en sanciones por parte de la Hacienda
Pública.
Siglos después de la aprobación de la Carta Magna que
restringía el poder del Rey de recaudar impuestos sin el consentimiento del
Parlamento, de que las cortes castellanas y aragonesas limitaran la capacidad
recaudatoria del Rey y de que las colonias americanas se levantaran contra el
parlamento británico al grito de ‘no taxation without representation’, el
gobierno español recauda impuestos sin ni siquiera presentar una ley que los
respalde.
¿Por qué pasa esto? Porque los mecanismos correctores
previstos están desactivados. El Tribunal Constitucional, en su actual
composición, no va a desautorizar al gobierno y la moción de censura
constructiva requiere una mayoría imposible de alcanzar en estos momentos. La
disolución automática, única salida posible a la actual situación, no fue
prevista por los constituyentes, de manera que nos encontramos ante un bloqueo institucional
que permite al gobierno incumplir la Constitución, pero que no exime a los
ciudadanos de la obligación de pagar unos impuestos acordados por un parlamento que ya no existe.
Pero todo esto no le importa a casi nadie. Mucha gente cree que
lo importante es que gobiernen los ‘suyos’ y no van a poner eso en riesgo por
unos presupuestos que no saben para que sirven o por una Constitución de la que la mayoría no ha oído hablar y muy
pocos podrían citar algún artículo. El razonamiento anterior es aparentemente inatacable, pero eso da igual. Los partidarios del gobierno y sus
detractores encontrarán argumentos en contra o a favor sin ningún problema. Y
si no los encuentran pueden preguntar a alguna inteligencia artificial, que les dará una respuesta, impecablemente redactada, y con las citas y referencias que sean necesarias para sostener cualquier postura. Pero eso también dará igual porque, naturalmente, tampoco le interesará a casi nadie.
miércoles, 15 de octubre de 2025
Conversaciones en el Café: Inteligencia artificial y capitalismo en el siglo XXI
En la mesa más apartada del viejo café discutíamos acerca de la viabilidad del modelo capitalista de sociedad, el único, dije al introducir el tema, que ha sobrevivido al convulso siglo XX. Alguien aventuró que el modelo chino también lo había hecho y de forma espectacular, para admitir, después de una breve disputa, que China es un país tan capitalista como Estados Unidos. Su economía funciona con lógica de mercado, aunque el país esté gobernado por un régimen de partido único que mantiene, por conveniencia política, la etiqueta comunista.
Un elemento clave del modelo en la actualidad es la
omnipresencia de las redes sociales, cuya influencia podría matizarse —o
intensificarse— con la eclosión de la inteligencia artificial generativa (IAG)
que, se quiera o no, ya forma parte del debate. Además, dijo otro, las redes
sociales, aunque hay quien las considera una alternativa política a los
actuales sistemas de representación, son sobre todo recursos del sistema. Tanto
es así, convine, que su supervivencia está condicionada a su rentabilidad
económica y, en el caso de la IAG, a su consolidación como herramienta insustituible
mediante la creación y mantenimiento de un público cautivo.
A alguien le pareció sorprendente la velocidad con la que se está produciendo la penetración de la IA, que no tiene comparación, dijo, con la de cualquier otra herramienta informática desplegada hasta la fecha. Eso puede atribuirse, convinimos, a que se trata de una tecnología cuya principal característica no es la inteligencia —algo que ya exhibían, desde hace tiempo, los sistemas dedicados al análisis de datos y la toma de decisiones en el ámbito industrial— sino el hecho de que habla y es, por tanto, capaz de comunicarse, en lenguaje natural y con fluidez, con cualquiera, independientemente de su formación, ideología o idioma.
Después se mencionó que hoy compiten más de veinte modelos
de IAG por la captación de ese mercado cautivo. El procedimiento para imponerse,
salvo por cuestiones de escala, accesibilidad y precio, podría ser similar al
que utilizó Microsoft en los 80 y 90 para imponer primero DOS y luego Windows:
una suscripción gratuita, complementada con mejoras considerables para los
usuarios de pago, que acaba generando una dependencia creciente, capaz de
enganchar y moldear el pensamiento de un público cada vez más amplio.
Claro que, se dijo, Windows y DOS eran,
comparativamente, inofensivos. Su precio y su costo operacional eran muy
inferiores y siempre existía la posibilidad —más bien la obligación— de tener
una copia local a la que recurrir. Con la IA eso no existe. La infraestructura
necesaria para entrenar y ejecutar un modelo está al alcance de unas pocas
grandes empresas. Las excepciones —como Llama o Mistral— existen, pero sus
resultados son limitados. Con Windows uno tenía la aplicación. Ahora sólo tiene
el acceso y no hay copia local a la que volver si tu proveedor corta el acceso
al sistema. Windows era, en alguna medida, prescindible. En los años 80 una
máquina de escribir y una calculadora podían salvarte el día. La IA generativa no
tendrá alternativa en un futuro previsible y está contribuyendo, como pocas
antes, a la expansión del poder corporativo de algunas empresas tecnológicas.
Finalmente convinimos en que la combinación de las
redes sociales con la posibilidad que ofrece la IAG de asumir el papel de un
erudito siendo un imbécil, o de crear con poco esfuerzo imágenes y sonidos que
representen situaciones creíbles ha llevado nuestro gastado sistema y su
representación virtual a los límites de la realidad. Posiblemente los haya
sobrepasado con creces, y la ficción domine ya el escenario, pero el poder del
dinero —el capital— real o imaginario, sigue siendo la clave de bóveda de todo
el sistema.
Hablando, hablando, nos dieron las ocho de la
tarde. Al salir pagamos con el móvil.
Enviado a ECA 31oct2025
miércoles, 16 de julio de 2025
Financiación
Una característica de esta sociedad es la práctica imposibilidad de llegar a conclusiones generalmente aceptadas sobre un número cada vez mayor de cuestiones.
Consideremos, por ejemplo,
el caso de la financiación de la autonomía catalana, de acuerdo con el nuevo
sistema acordado por representantes del gobierno y del partido ERC. Estos
últimos sostienen, porque así conviene a sus intereses electorales, que se
trata de una singularidad que beneficiará a Cataluña y acabará con el crónico
déficit de ingresos de su hacienda. Una situación
popularizada con la consigna ‘España ens roba’, empleada frecuentemente en el
discurso independentista catalán para denunciar el déficit fiscal percibido.
Los representantes del
gobierno, en cambio, admiten que el cambio recaudatorio beneficiará a Cataluña,
pero sostienen que no se trata de una singularidad sino de un nuevo y
beneficioso modelo de cálculo, extensible a cualquier otra autonomía que lo
solicite sin que nadie resulte perjudicado y todos, se acojan a él o no, vean
mejorada su financiación.
Para los partidos de la
oposición, PP y Vox, y para la mayoría de las autonomías, exceptuadas Navarra y
el País Vasco que ya gozan de sistemas similares al que ahora se pretende
extender a Cataluña, el nuevo sistema perjudicará a la hacienda general y a la
mayoría de las haciendas autonómicas, generando una diferencia importante en
relación con la cantidad que perciben con el sistema actual.
Pero se trata, en principio,
de una cuestión computable. No debería ser difícil hacer números, cuantificar
la situación actual y evaluar la resultante de la aplicación del método
propuesto, algo que no parece que haya nadie interesado en hacer. No, al menos,
de manera consensuada. Cada cual exhibe sus números, que son los que le
conviene exhibir para sostener su particular visión. Una visión más política que económica ya que la cuestión se genera a
partir de la necesidad gubernamental de contar con el apoyo de los sectores
independentistas catalanes.
sábado, 21 de junio de 2025
Cuando la política tenía gracia
Hace no tanto —aunque parezca que han pasado siglos— hubo un programa de televisión en el que los políticos aparecían convertidos en muñecos de guiñol. Literalmente. Marionetas de látex, con rasgos grotescos, voces impostadas y guiones afilados, que decían verdades como puños mientras uno reía sin parar. Me refiero a 'las noticias del guiñol' que emitía Canal+, en una época, finales de los 90, en que pagar por ver la tele aún parecía una excentricidad de urbanitas.
Recuerdo con cierta nostalgia aquellos programas. Por lo que decían, y por cómo lo decían.
Allí estaban Aznar, González, Anguita, Pujol, incluso Jesulín y algún
futbolista despistado, todos pasados por el tamiz de una sátira que conseguía
lo más difícil: hacernos reír con ellos y de ellos al mismo tiempo. Y nadie —o
casi nadie— se sentía insultado. La caricatura no era sinónimo de odio, sino
una forma de representación de la realidad.
Aquello se acabó. Los guiñoles desaparecieron, y con ellos se fue también una forma de ver
la política. Ya no se puede hacer humor de ese tipo. O, mejor dicho, ya no se
puede emitir. La televisión es ahora otra cosa. Canal+ dejó de existir, se
convirtió en Cuatro, y las marionetas fueron arrinconadas por realities, talent
shows y tertulias donde el guiñol es el invitado de turno.
La culpa no es solo de
la televisión. La política también ha cambiado. Se ha vuelto tan grotesca, tan
escandalosamente teatral, que resulta difícil parodiarla sin caer en lo obvio.
¿Cómo se hace una sátira de un ministro que ya habla como si estuviera en una
comedia bufa? ¿Qué se puede exagerar cuando los protagonistas hacen el ridículo
sin que nadie les obligue? La política se volvió imparodiable, y eso fue el
principio del fin del humor político.
Además ahora vivimos rodeados de prejuicios morales, de colectivos hipersensibles y de
censores a tiempo completo. Todo se analiza, todo se fiscaliza. Cualquier
chiste puede ser ofensivo y cualquier ironía tomada como una agresión.
La sátira, que consiste en provocar, en rozar el límite y en incomodar, ya no tiene
espacio. Nadie quiere ofender. Nadie quiere meterse en líos. Y así, uno a uno,
van cayendo todos los reductos donde el humor político aún resistía.
Alguien dirá que ahora está
Twitter, TikTok o los memes de WhatsApp y ahí hay sátira para rato. Y es
verdad: en Internet no parece que falte el ingenio. Pero es otra cosa. Es un humor tribal,
rápido, sin poso. Se ríe uno con los suyos, pero no se construye ninguna mirada
común. Cada bando tiene su propia risa, y ninguna sirve para comprender mejor
al otro. Es un humor de barricada, no de salón.
Quizá el problema de
fondo sea que ya no tenemos ganas de reírnos. Estamos demasiado
cansados, enfadados, y un poco resignados. Y la resignación es el estado ideal para que las cosas no cambien.
Echo de menos aquellos
guiñoles. Un poco por nostalgia, pero sobre todo por lo que representaban: una sociedad que aún
creía en la inteligencia, en la crítica y en la risa compartida. Una sociedad
que no había perdido del todo la capacidad de tomarse en serio lo importante…
sin dejar de tomarse a broma lo ridículo.
Es posible que recuperemos algún día la capacidad de reírnos sin miedo, incluso de nosotros mismos, pero, de momento, seguimos en esta tragicomedia sin
guion reconocible donde los títeres no tienen hilos. Tienen cargos que están decididos a
mantener.
viernes, 6 de junio de 2025
La Lealtad Política en España.
El caso PSOE: Un Análisis Teórico
La persistente fidelidad
electoral que ciertos sectores de la sociedad española mantienen hacia el
Partido Socialista Obrero Español constituye un fenómeno complejo que
trasciende el mero cálculo electoral. Para comprender esta lealtad
aparentemente inquebrantable, resulta necesario examinar las diferentes
perspectivas teóricas sobre la fidelidad política y su aplicación al contexto
español contemporáneo.
Desde una perspectiva
maquiavélica, la lealtad política se concibe como un contrato tácito basado en
la utilidad mutua. Nicolás Maquiavelo sostenía que esta fidelidad perdura
mientras resulte ventajosa para ambas partes. En el caso del PSOE, sectores de los
trabajadores industriales, empleados públicos y colectivos sindicales mantienen
su apoyo porque creen que el partido defiende eficazmente sus intereses
económicos y sociales.
Esta dimensión utilitaria se
complementa con la visión hobbesiana del pacto social. Thomas Hobbes entendía
la lealtad como el cumplimiento de un acuerdo mediante el cual los individuos
ceden ciertas libertades a cambio de seguridad y orden. Para muchos votantes
tradicionales del PSOE, existe la convicción profunda de que este partido
garantiza la estabilidad política y un marco socioeconómico que previene la
precariedad laboral y los retrocesos en el Estado de bienestar. La idea de que
"peor sería dejar el poder a la derecha" refuerza esta lealtad
incluso en momentos de dificultad.
Sin embargo, la fidelidad
hacia el PSOE no se explica únicamente por consideraciones pragmáticas.
Siguiendo la tradición aristotélica, existe también una dimensión identitaria y
moral en esta lealtad. Aristóteles concebía la amistad virtuosa como aquella
basada en la admiración mutua por los valores compartidos. Para muchos
electores, el vínculo con el PSOE trasciende el análisis coste-beneficio y se
fundamenta en la identificación con los valores que tradicionalmente ha
defendido el partido: la igualdad, la justicia social y la lucha contra la
exclusión. Esta afiliación se convierte en parte integral de su visión de la
sociedad.
La perspectiva de Edmund
Burke sobre la continuidad histórica aporta otra clave interpretativa
fundamental. Burke enfatizaba la importancia de la lealtad a las tradiciones
políticas construidas a lo largo del tiempo. En España, la Transición
democrática y la consolidación del sistema constitucional estuvieron, para una
parte de la población, íntimamente vinculadas al PSOE. Las primeras leyes de
modernización social, el impulso de la seguridad social y la integración
europea consolidaron una narrativa histórica de progreso asociada a este
partido. Para la generación que vivió aquellas transformaciones, votar al PSOE
representa un modo de preservar la memoria democrática y el legado de
modernización del país.
Jean-Jacques Rousseau ofrece
una tercera dimensión explicativa a través de su concepto de "voluntad
general". Según el filósofo ginebrino, la verdadera lealtad política
consiste en cumplir las leyes que los ciudadanos han decidido como voluntad
común. Cuando un grupo de electores percibe que el PSOE representa la voluntad
general de su entorno —especialmente en comunidades autónomas con fuerte
presencia socialista—, surge una fidelidad que trasciende el carisma de líderes
individuales. Este voto se interpreta como la materialización de un contrato
social comunitario que, no obstante y como se ha visto en Andalucía, no es
inamovible.
El contexto sociológico
español añade factores específicos a este fenómeno. Los vínculos históricos
entre el PSOE y sindicatos como Comisiones Obreras y UGT han consolidado en
determinados sectores la ecuación "votar PSOE equivale a defender derechos
laborales". Aunque el clientelismo tradicional ha disminuido, persisten
formas de clientelismo simbólico basadas en narrativas de defensa de la clase
trabajadora. Asimismo, la transmisión generacional de la identificación
política ha convertido el voto socialista en parte de la identidad cívica
familiar, adquiriendo rasgos tanto de amistad virtuosa aristotélica como de
costumbre en el sentido de Burke.
Para el electorado que
valora la intervención estatal en la economía y mantiene expectativas de
movilidad social, la promesa de reformas progresistas sigue siendo atractiva.
Aunque se critique la gestión concreta, muchos votantes permanecen fieles
porque creen que las alternativas conservadoras ofrecerían menos garantías para
las políticas sociales. Así, pueden ocasionalmente ignorar, o incluso valorar
positivamente, aspectos polémicos como la amnistía a los sediciosos catalanes, la creación y mantenimiento de mayorías afines en órganos como el CGPJ o el control político de instituciones como el Banco de España, Red eléctrica y otras.
No obstante, esta lealtad no
es inmutable. Las últimas elecciones autonómicas y en parte también las
generales han evidenciado que la fidelidad electoral se tambalea cuando los
votantes perciben incoherencias que lesionan la idea de proyecto común. Cuando
sectores del electorado creen que el partido ya no defiende sus intereses o que
actúa más por cálculo que por convicción, la lealtad instrumental puede
volverse efímera.
En conclusión, la
persistente fidelidad hacia el PSOE resulta de la confluencia de tres
dimensiones complementarias: el interés pragmático por las políticas sociales,
los vínculos identitarios y culturales forjados históricamente, y la percepción
de representar una voluntad general legítima. Un quiebro en estas
tres dimensiones, junto con el relevo generacional del electorado, podría
registrar un desgaste significativo de esta lealtad multifactorial, que combina
raíces tanto pragmáticas como emocionales e históricas.
La lealtad militante: estabilidad, cálculo y ruptura
La lealtad de los militantes
hacia un líder partidario constituye una dimensión específica del fenómeno más
amplio de la fidelidad política. A diferencia del voto, acto episódico,
individual y relativamente volátil, la militancia se articula en torno a estructuras
organizativas, rutinas internas y vínculos personales o simbólicos de mayor
densidad. En ese contexto, la lealtad hacia el líder no responde únicamente a
la identificación ideológica, sino que incorpora elementos de estrategia
interna, cálculo de oportunidades y adaptación al poder vigente.
La legitimidad de un líder
coyuntural dentro del partido se sostiene mientras converjan tres factores: la
percepción de que su liderazgo garantiza el acceso o mantenimiento del poder
institucional; la idea de que representa, de forma más o menos genuina, el
ideario compartido por la mayoría de la organización; y la ausencia de una
alternativa viable que pueda concentrar descontento sin generar un riesgo de
fractura interna. Mientras estas condiciones se mantengan, la militancia tiende
a cerrar filas en torno a la dirección, incluso en contextos de desgaste
externo.
Sin embargo, la lealtad
militante es condicional. Cuando se debilita alguna de estas tres
columnas —especialmente la percepción de eficacia o la coherencia con el
ideario— pueden activarse mecanismos de desafección que, aunque discretos en su
origen, se vuelven rápidamente acumulativos. El malestar comienza en sectores
periféricos, donde los costes de la disidencia son menores, pero se extiende si
el liderazgo muestra señales de desconexión con la organización o si las
decisiones tomadas se perciben como lesivas para el conjunto. A diferencia del
votante, cuya retirada es silenciosa, el militante puede canalizar su
desafección en forma de abstención orgánica, oposición interna o incluso
ruptura programática.
Este tipo de procesos suele
requerir un elemento catalizador: una figura —no necesariamente de primer
nivel— que actúe como “iniciador” y articule, con lenguaje político interno, lo
que hasta entonces eran inquietudes dispersas. Es entonces cuando se pasa del
malestar pasivo al cuestionamiento activo, y se produce una redistribución del
poder interno. En contextos de alta centralización, la reacción de la dirección
ante estos movimientos puede ser determinante: una respuesta torpe o
excesivamente autoritaria no solo no detiene la erosión, sino que puede
acelerarla y dotarla de una legitimidad reactiva.
La historia reciente del
PSOE, como la de otros partidos europeos consolidados, muestra que la
lealtad militante no es incondicional, sino adaptativa. Está mediada por la
historia orgánica de cada agrupación, por las promesas explícitas o implícitas
del liderazgo, y por el horizonte de poder que se vislumbra en cada coyuntura.
Entender esta lealtad no como una constante moral, sino como un fenómeno político
estructurado y revocable, es clave para anticipar posibles crisis de liderazgo
en partidos que, como el PSOE, mantienen una densa base organizativa, pero
enfrentan crecientes tensiones entre aparato y bases.
Dinámicas recientes del liderazgo socialista
La situación actual —tras la
intervención en agrupaciones territoriales como Aragón o Madrid, donde las
mayorías preexistentes han sido sustituidas por otras más afines a la dirección
federal— constituye un ejemplo paradigmático de liderazgo aparentemente
incontestable, pero en el que empiezan a aparecer ciertas grietas. Los casos de
corrupción que afectan a personas próximas al secretario general y una política subordinada a los intereses de minorías regionales identitarias
como Junts, ERC o Bildu, podrían poner en riesgo el futuro electoral del
partido y en consecuencia el estatus político de muchos de sus militantes y
amenazar seriamente la continuidad de la dirección actual.
De momento no hay, o no
parece haber, ninguna alternativa con posibilidades reales de hacerse con el
control del partido, pero eso es algo que se construye rápidamente si las
circunstancias son favorables. No conviene olvidar que buena parte de los apoyos del actual secretario general, incluyendo algunos ministros y altos
cargos del partido, estuvieron anteriormente alineados en su contra y solo cambiaron
de bando cuando el viento empezó a soplar a su favor. Estos fenómenos
necesitan, como ciertas reacciones químicas, un iniciador. Alguien que empiece
a pedir cuentas y a sembrar la alarma sobre las consecuencias de seguir sin
presentarlas. Eso es todo.
lunes, 2 de junio de 2025
¿Soy de los nuestros?
Por concretar
un poco y bajar de los cerros de Úbeda, supongamos que estamos hablando de un
individuo, hombre o mujer, que, por razones personales, familiares o de
trabajo, está obligado a relacionarse en el entorno político vigente en la
tercera década del siglo XXI. En teoría esta persona podría observar la
realidad y callarse, u opinar sobre lo que ve en el sentido que en cada ocasión
le pareciera más conveniente. Ambas posturas le conducirían, probablemente, al
ostracismo y al aislamiento social. Pero también podría aspirar a formar parte
de algún colectivo o partido existente y, para hacer méritos rápidamente,
podría manifestarse en contra de las corridas de toros o, incluso, a favor de
la independencia judicial.
La primera de
esas dos posibilidades es inocua. Apta, quizá, para obtener una cierta pátina
progresista pero irrelevante a la hora de asegurarse la bienvenida en un partido.
Estar a favor de la independencia judicial es más prometedor, pero hay que
evitar peligrosas generalizaciones. Separar cuidadosamente a los jueces cuya
independencia es defendible de aquellos que utilizan su poder para perjudicar
al gobierno de turno. La independencia de estos últimos debe ser cuidadosamente
supervisada. Pero en todo caso, son posturas que, en el mejor de los casos, sólo
servirían para señalar una peligrosa tendencia a tener ideas propias.
Así que nada
de esto es significativo a la hora de asegurar su pedigrí como miembro, o incluso
como reconocible simpatizante a tiempo completo, de uno u otro colectivo. Lo
que, como ya he dicho, no es cosa sencilla. Para eso hay que prestar atención al
discurso actual del partido o asociación que elija -mejor si se puede acceder a
una actualización diaria-, y atenerse estrictamente a su contenido en cualquier
actividad o conversación. Y para ello hace falta, y eso es lo que se pide, fe.
Y poca memoria. Y fuertes convicciones, como diría alguno de los más
carismáticos líderes actuales. O al menos lo suficientemente fuertes como para comprender
que, si lo que dicen ahora es distinto de lo que decían antes, por algo será.
Una vez
alcanzado este estado de pertenencia, que hay que cuidar y actualizar día a
día, se puede acceder a una realidad que hasta ahora ha permanecido oculta.
Historias antes inverosímiles adquieren para nuestro personaje, desde una nueva
y más amplia perspectiva, las características de una verdad revelada, quizá contrafactual
pero que los hechos ya no pueden desvirtuar. Y así, como Winston Smith, a
fuerza de repetir el discurso del Gran Hermano, terminará creyéndoselo. Y
amándole.
viernes, 16 de mayo de 2025
Ideología y energía
La política energética española lleva años atrapada entre eslóganes ideológicos y decisiones incompletas. Hoy, que da la impresión de que el mundo se reorganiza para garantizar una transición lo más segura posible, seguimos paralizados por el coste político de las decisiones. Ni el Sol es suficiente, ni la energía nuclear sobra. La madurez política podría empezar por asumir eso.
El apagón del 28 de abril, que dejó a oscuras a toda España,
fue más que un fallo técnico: fue una señal de alarma. Un síntoma de que la
seguridad y coherencia de nuestro sistema eléctrico no puede sostenerse
indefinidamente sobre promesas genéricas. Mientras muchos países combinan
pragmatismo tecnológico con visión estratégica, aquí seguimos encerrados en un
falso dilema: ¿renovables o nuclear?
La apuesta del gobierno por las renovables es acertada, pero
insuficiente. El sol y el viento son abundantes en España, pero no constantes
ni gestionables. La intermitencia, la falta de respaldo firme y la vulnerabilidad
de la red no se solucionan con entusiasmo y fe tecnológica. Insistir en un
modelo 100% renovable sin rediseñar el sistema de base es una temeridad.
La energía nuclear tiene riesgos, residuos y altos costes
iniciales. Pero también es estable, proporciona inercia mecánica a la red, no
emite CO₂ en operación, y puede ayudar a reducir nuestra dependencia
energética. Francia, Finlandia o Corea del Sur la han reactivado o no la han
abandonado y no por nostalgia. Lo hacen porque la descarbonización, inevitable
a medio plazo, necesita redundancia, estabilidad y firmeza.
Pero mientras tanto, se cierran centrales que funcionan, se prohíbe
la explotación de uranio sin debate, y fingimos creer que todo se solucionará
con fotovoltaica y retórica. Esa estrategia, por llamarla de alguna manera, ya
está mostrando sus límites: precios elevados, importaciones crecientes y una
red vulnerable a cualquier incidente.
Es cierto que no se puede prever todo. Pero eso no puede
servir de excusa para no prever nada. No tomar decisiones es también una forma
de decidir: perpetuar el desorden, externalizar el coste y aplazar el problema.
Necesitamos una política energética seria, que combine la visión a largo plazo
con medidas inmediatas.
Algunas son obvias: revisar la ley que impide explotar
uranio en suelo español, con criterios técnicos y ambientales; aprobar una
moratoria nuclear revisable, vinculada a objetivos de estabilidad y
descarbonización y definir un mix realista que incluya renovables, hidráulica,
almacenamiento y energía nuclear. Y, sobre todo, impulsar un pacto de Estado
que proteja la transición energética de las sacudidas parlamentarias de cada
legislatura. Desgraciadamente el nivel de consenso político necesario, en un
contexto de fragmentación parlamentaria y polarización extrema, no parece fácil
de alcanzar.
Esa transición tiene que ser eficaz, socialmente justa, y gestionada
con responsabilidad. No hay solución limpia sin decisiones difíciles. Y no hay
progreso sin asumir que, en energía como en democracia, el idealismo sin pragmatismo
está condenado al fracaso.
Enviado a ECA 16/5/2025
lunes, 5 de mayo de 2025
Algo de luz sobre el apagón del 28 de abril.
El apagón ocurrido el pasado lunes, atribuido por Red Eléctrica Española a la desconexión repentina de dos plantas fotovoltaicas en Extremadura y la subsiguiente pérdida de 15 GW de potencia, ha vuelto a poner de manifiesto las dificultades de gestión que, casi inevitablemente, acompañan a las situaciones críticas. Aunque el origen técnico del incidente parece relativamente fácil de explicar, su trasfondo tiene que ver con la complejidad del sistema eléctrico y las implicaciones, también políticas, de la transición energética.
La energía eléctrica que llega a nuestras casas procede de diversas fuentes:
centrales nucleares, térmicas de carbón o gas (ciclo combinado),
hidroeléctricas, así como instalaciones eólicas y fotovoltaicas. En cada
momento, el operador del sistema, Red Eléctrica Española (REE), decide cuál es
la contribución de cada fuente al sistema, teniendo en cuenta su
disponibilidad, el coste de generación y otros factores estratégicos o
técnicos.
La política energética del gobierno español está orientada a reducir la
dependencia de fuentes fósiles y nucleares, favoreciendo el desarrollo de las
energías renovables, especialmente la eólica, la solar y la hidroeléctrica. Se
trata de una estrategia razonable desde el punto de vista ambiental y
económico, pero siempre que se tengan en cuenta las limitaciones técnicas inherentes
a estas formas de generación.
La electricidad generada por estas fuentes circula en forma de
corriente alterna a través de la red de transporte de alta tensión, gestionada
por REE. Esta red opera normalmente a tensiones de hasta 400 kV y con una
frecuencia estándar de 50 Hz, que debe mantenerse de forma extremadamente
precisa. Las centrales convencionales (nucleares, térmicas, hidroeléctricas)
utilizan grandes generadores rotatorios sincronizados con la red, que giran típicamente a
unas 3.000 revoluciones por minuto, produciendo de forma natural corriente
alterna con la frecuencia requerida. Estos generadores también aportan inercia
mecánica al sistema, lo que permite amortiguar de manera automática pequeñas
variaciones de demanda o generación.
En cambio, la energía fotovoltaica produce corriente continua, que debe
transformarse en corriente alterna con la frecuencia, fase y forma de onda
adecuadas. Por su parte, los aerogeneradores modernos producen corriente
alterna, pero a una frecuencia variable, determinada por la velocidad del
viento. Ambos sistemas necesitan inversores electrónicos que adapten la energía
a las condiciones de la red. Este proceso, aunque tecnológicamente resuelto,
introduce costes adicionales y no proporciona inercia natural, lo que reduce la
capacidad del sistema para reaccionar de forma inmediata ante desequilibrios.
Por este motivo, la estabilidad del sistema requiere mecanismos adicionales,
como almacenamiento, control de frecuencia avanzado o inercia sintética. Si el
sistema cuenta con una proporción muy alta de energía renovable y carece de
suficiente respaldo convencional o mecanismos de compensación, puede volverse
más vulnerable a perturbaciones. Esta vulnerabilidad está, casi con toda
seguridad, entre las principales sino la principal, causas del apagón.
Dicho esto, y considerando el compromiso del gobierno y de REE con el
despliegue de energías renovables y el progresivo cierre de las centrales
nucleares, es lógico preguntarse si el mix eléctrico actual garantiza siempre
la robustez necesaria para evitar caídas de frecuencia o apagones ante
imprevistos. La transición energética es inevitable y deseable, pero exige una
gestión técnica rigurosa y realista de sus desafíos.
jueves, 3 de abril de 2025
No leer después de la línea 11
Últimamente he visto dos películas sobre teoría de números —en particular, los números primos—, la criptografía de clave pública y la seguridad de la información. Temas densos, sí, pero más fascinantes de lo que parece: todo ese aparato matemático invisible permite, entre otras cosas, que funcionen las criptomonedas, que se guarden secretos de Estado y que los misiles nucleares no se disparen por error.
Hablábamos de esto en el viejo Café de Levante. Con cervezas sobre la mesa y servilletas convertidas en pizarras improvisadas, surgió la idea: ¿cómo introducir un mensaje secreto en un texto, al alcance de cualquiera, para que pase totalmente desapercibido? Eso, dije entonces, es fácil: basta con escribir un artículo cualquiera, sobre cualquier asunto, que tenga más de quince líneas. El mensaje, en español corriente, debe ir a partir de la línea once. Nadie lo notaría. En estos tiempos de consumo ansioso y lectura hipnótica de titulares, nadie lee más allá de unas pocas líneas.
Este experimento trivial, nada más que una broma, esconde una idea preocupante: vivimos en una época donde la forma importa más que el fondo, donde lo visible eclipsa lo estructural, y donde el conocimiento está distribuido de forma profundamente desigual. Eso me llevó a recordar una vieja clasificación social que quizá convenga actualizar. Es la siguiente:
En el mundo hay tres tipos de personas. Que no son, como en el chiste, los que saben contar y los que no. La división, aunque algo más sutil, no es menos cortante. Hay un primer grupo, pequeño, discreto, que sabe cómo funciona su mundo y como gestionarlo. No necesitan aparecer en portadas, convocar ruedas de prensa, o hacer giras promocionales. No se dejan ver en Davos, ni en Cannes, ni en Twitter. Son los arquitectos del sistema, los que toman las decisiones estratégicas y diseñan el marco dentro del cual los demás se mueven.
Luego está el segundo grupo, algo más amplio, compuesto por personas que intentan entender el funcionamiento de su mundo. A veces lo logran, pero no tienen capacidad de decisión. Son observadores rigurosos, científicos sociales, lectores insaciables, ciudadanos atentos. Viven en tensión: saben lo suficiente como para inquietarse, pero no tienen las herramientas para transformar esa inquietud en poder.
Y, finalmente, el tercer grupo, el más numeroso: no entienden nada y tampoco les preocupa, pero son los que toman las decisiones tácticas que condicionan la vida política, económica y cultural del conjunto. Votan, consumen y opinan, aunque no suelen escribir; tampoco leen mucho. Participan en las redes, se exhiben en platós y ante micrófonos encendidos. Su ignorancia no es impostada: es natural, orgánica, y en muchos casos celebrada como forma de identidad colectiva. No obstante, de este grupo pueden salir líderes políticos y también las mayorías que los lleven al poder.
Puede parecer un esquema distópico, y tal vez lo sea. Pero no es nuevo. Esta clasificación remite a la sociología de las élites de Vilfredo Pareto y Gaetano Mosca, quienes describieron una minoría dirigente que concentra el poder, así como a la triada del Inner Party, Outer Party y Proles en 1984 de George Orwell, que ilustra jerarquías de conocimiento y control. Y resuena con la 'jaula de hierro' de Max Weber, metáfora de las estructuras burocráticas que constriñen la agencia individual. Lo novedoso es la forma en que los límites entre estos grupos se han vuelto más borrosos, más resbaladizos y, a la vez, más impermeables.
Existe una relación simbiótica entre ellos. El primer grupo necesita al tercero para ejecutar sus decisiones, para legitimar el espectáculo democrático, para absorber la tensión de las crisis. Y necesita al segundo para analizar, predecir, amortiguar. Pero ninguno de estos dos puede —o quiere— hacer visibles las estructuras reales del poder. Se puede pasar del tercer grupo al segundo leyendo. El resto de las transiciones son muy raras.
Volvamos a los números primos. Esos entes abstractos, estudiados desde hace siglos sin aparente utilidad práctica, hoy son el núcleo de la criptografía moderna. Gracias a ellos podemos comunicarnos de forma segura, almacenar datos, mover dinero y proteger secretos. Sin ellos, todo colapsaría: desde los sistemas bancarios hasta los misiles balísticos.
A eso se suma otro instrumento aún menos comprendido por la mayoría: la reserva fraccionaria. Este mecanismo, con el que los bancos prestan un dinero que no tienen, es una de las piezas centrales del capitalismo financiero. Su existencia, sin embargo, pasa desapercibida para casi todos. ¿Por qué? Porque comprenderla exige tiempo, esfuerzo, y una voluntad de mirar detrás del decorado que pocos cultivan.
Ambos instrumentos —los números primos y la reserva fraccionaria— pertenecen simbólicamente al primer grupo. Son una parte, quizá pequeña pero no insignificante, de su caja de herramientas. El segundo grupo los estudia, los explica, los cuestiona. El tercero ni siquiera sabe que existen. Y, sin embargo, su vida entera depende de ellos.
Pero no hay un “club secreto” que dirija el mundo desde un sótano lleno de pantallas. Lo que hay es una estructura de poder que opera bajo lógicas técnicas, financieras y algorítmicas que no requieren aplausos ni votos. Basta con que funcionen. Y funcionan.
Hay un mensaje en este texto y no está cifrado. Está a plena vista, como los números primos, como los contratos bancarios o las líneas que pocos llegan a leer. Está a partir de la línea once, si uno quiere. Pero, sobre todo, está en la invitación a leer críticamente, cuestionar las estructuras de poder y reconocer el valor (y la desigual distribución) del conocimiento.
Publicado en ECA 11 de abril de 2025
lunes, 17 de marzo de 2025
López, el ministro (para la transformación digital).
El tema escogido por el periódico, aprovechando que se desarrolla en Barcelona el Mobile World Congress, es la inteligencia artificial. Lo que no es óbice para que las entrevistadoras formulen todo tipo de preguntas sobre la política ministerial, el futuro, la ciberseguridad, la incursión gubernamental en telefónica, los bulos, la comunidad de Madrid y su presidenta o el problema, aparentemente ya resuelto, de MUFACE. Dos páginas dan para mucho y el multifacético y locuaz ministro entrevistado no rehúye casi ninguna pregunta.
La entrevista no consigue, ni creo que lo intente, ponerle en aprietos. Una de las primeras preguntas es: ‘Estos días ha habido quien defiende que España tiene la sociedad más avanzada en digitalización ¿Está de acuerdo?’ El ministro reconoce, modestamente, que queda mucho por hacer, pero asegura que España, en ese campo, es mucho más que el cuarto país de la Unión Europea. Y que es el único país de la Unión con un modelo propio de IA, un observatorio y una carta de derechos digitales. Cuestiones estas últimas que, junto con el control de los medios de comunicación para la erradicación de la ‘desinformación’, parecen estar entre las de mayor interés para él.
Sigue diciendo el ministro que el gobierno, ‘a través de la Sociedad Española para la Transformación Tecnológica, va a invertir, o ha invertido ya, 67 millones de euros, de los fondos europeos, en la empresa Multiverse Computing, de Gipuzkoa’ que ‘hace cuatro o cinco años empezó con la computación cuántica y que ha desarrollado un modelo de comprensión de la IA que reduce la comprensión de los modelos de lenguaje en más del 90%, lo cual supone un ahorro energético del 50%’. La primera aparición de la palabra comprensión habrá que sustituirla, supongo, por compresión y la segunda por tamaño. Estos datos, ciertamente muy ambiciosos, de confirmarse, constituirían efectivamente un hito muy importante, por cuanto el costo energético de la IA es uno de sus principales puntos débiles.
He buscado Multiverse Computing en la Web y he encontrado una página, en inglés, en la que aparecen referencias, acompañadas de alguna métrica ilustrativa del ahorro ofrecido, al algoritmo de compresión de modelos de IA y también, muy breves, a la utilización de la computación cuántica para el desarrollo de sofisticados algoritmos. En realidad, no se refieren exactamente a computación cuántica, una tecnología que aún está en mantillas, sino a combinarla con la ‘inspirada’ en ella. Todo puede ser, pero se echa de menos algo más de detalle en el tratamiento de esos temas, quizá porque el objetivo de la página es más comercial y publicitario, que técnico o informativo.
El ministro dice también, remontándose a ‘otras revoluciones tecnológicas’ en las que Europa ha llevado la delantera, que se puede ganar la segunda carrera de la IA. Supongo que se refiere a las dos primeras revoluciones industriales, claramente europeas y más concretamente británicas. Pero ganar, aquí, supone pasar por delante de Estados Unidos y de China, que entonces no estaban en la competición ni, desde luego, llevaban la delantera que ahora llevan. Después Europa perdió por incomparecencia la revolución informática y ha perdido claramente la de la IA, así que ese hipotético primer puesto, aunque sea en una segunda carrera, no está, ni mucho menos, garantizado.
Enviado a ECA 14032025
viernes, 14 de febrero de 2025
Transparencia
La costumbre de retransmitir los plenos del Ayuntamiento, y también los de otras instituciones, es ya vieja y no necesariamente mala. Pero tampoco es, como sostenía un exconcejal con el que comentábamos el último pleno, una panacea o la sublimación de la democracia. Así, me decía, los ciudadanos pueden ver lo que hacemos. Creo que no se dio cuenta de las implicaciones de la frase hasta que terminó de hablar. Y no está mal que la gente preste atención a la forma en la que sus representantes desarrollan sus funciones. Porque las formas tienen importancia, desde luego, pero en la gestión de los asuntos públicos, importan sobre todo los resultados.
Yo no suelo ver esas retransmisiones, pero he visto, porque me ha llegado varias veces al móvil, un fragmento del último pleno municipal. Concretamente la parte en la que el alcalde expulsó a una concejala del pleno porque, según él, no se atenía al contenido del punto del orden del día que se estaba tratando. Las formas, en este caso, resultan chocantes por lo llamativas. Si se expulsara, o simplemente se retirara la palabra, a un político cada vez que se va por los cerros de Úbeda, los plenos, y no sólo los del Ayuntamiento, serían incomparablemente más cortos. Y menos aburridos. Aparte de que la ubicación de los mencionados cerros, por lo que respecta al discurso político, es algo opinable. Dicho esto, expulsar a una concejala durante el tiempo que tiene estipulado para intervenir y con la peregrina justificación de que no se atiene al orden del día, es una decisión… arriesgada, que sienta un precedente difícil de gestionar en el futuro.
Por lo que respecta a los resultados de la gestión, la más consolidada de nuestras tradiciones políticas, permítaseme la perogrullada, exige que al gobierno le parezcan óptimos y a la oposición inexistentes o desastrosos. Eso no es una novedad ni tampoco un problema, porque los resultados en la gestión de un Ayuntamiento no deberían ser difíciles de evaluar. Al menos una vez establecidos los requisitos básicos como, por ejemplo, ¿para qué sirve un Ayuntamiento? A priori esta puede parecer una pregunta sencilla, pero no lo es. Hágansela a un ciudadano desprevenido y ya me contarán lo que les contesta. Si es que les contesta.
El estado actual de la ciudad y su comparación con ciudades próximas y de tamaño parecido, puesto de manifiesto la semana pasada en un artículo del foro B21 sobre el presupuesto municipal, permiten abrigar ciertas reservas acerca de la utilidad inmediata de la institución. El ayuntamiento debería servir para proporcionar determinados servicios, para dar facilidades a las empresas que quieran instalarse en la ciudad, para preocuparse del aspecto general, tanto del centro como de la periferia, y para que la ciudad resulte atractiva para vivir y trabajar. Y también para planificar un futuro que será más o menos problemático en función de cómo lleguemos hasta él.
Pero los políticos, incluso los competentes, no suelen prestar atención a nada que vaya a ocurrir después de las próximas elecciones, y los ciudadanos tampoco ven mucho más allá de sus problemas particulares o de sus simpatías y antipatías personales. Todo ello claro con honrosas, pero no demasiadas, excepciones. Esto, una burocracia que se justifica a sí misma y la falta de mecanismos de evaluación y rendición de cuentas distintos del mero espectáculo televisado, hacen que la gestión de la cosa pública sea ahora tan imprevisible como el tiempo atmosférico. Y casi igual de preocupante.
Enviado a ECA 14 de febrero de 2025




