Lo que más me gusta —es un decir— de todo este carajal que se está montando y que, más pronto o más tarde, acabará por complicarnos mucho la vida es el espectáculo que están dando, al alimón, gobiernos, mercados y periodistas.
Las gentes del común también opinan —en las barras de los bares y otros mentideros— y con parecida presciencia; pero, al menos, de lo que dicen (decimos) no queda mucho rastro ni tiene consecuencias. En cambio, lo que dicen o hacen aquellos trasciende, influye en lo que ocurre y queda para la posteridad —y para su desgracia— en las hemerotecas.
La canciller federal alemana, Angela Merkel, ha declarado que no es partidaria de eurobonos u otras formas de disfrazar la colocación masiva de dinero de sus contribuyentes para seguir tapando las consecuencias de la mala gestión de otros e intentar retrasar lo que cada vez parece más inevitable. Supongo que porque ya se ha dado cuenta de que eso no sirve para nada y, además, le quita votos en Alemania, que es lo que a ella le preocupa.