Lo que más me gusta —es un decir— de todo este carajal que se está montando y que, más pronto o más tarde, acabará por complicarnos mucho la vida es el espectáculo que están dando, al alimón, gobiernos, mercados y periodistas.
Las gentes del común también opinan —en las barras de los bares y otros mentideros— y con parecida presciencia; pero, al menos, de lo que dicen (decimos) no queda mucho rastro ni tiene consecuencias. En cambio, lo que dicen o hacen aquellos trasciende, influye en lo que ocurre y queda para la posteridad —y para su desgracia— en las hemerotecas.
La canciller federal alemana, Angela Merkel, ha declarado que no es partidaria de eurobonos u otras formas de disfrazar la colocación masiva de dinero de sus contribuyentes para seguir tapando las consecuencias de la mala gestión de otros e intentar retrasar lo que cada vez parece más inevitable. Supongo que porque ya se ha dado cuenta de que eso no sirve para nada y, además, le quita votos en Alemania, que es lo que a ella le preocupa.
Dice que es más bien partidaria de una política de gestos, que es, por cierto, lo que más parecen agradecer los inversores —¿quién demonios son estos tipos?—, que ayer metieron un poco de dinero en la bolsa y cortaron la sangría de los dos días anteriores solo a cuenta de unas vagas e imprecisas declaraciones de José Manuel Barroso a propósito de los famosos bonos.
Bueno, pues el gesto que ayer improvisaron Merkel, Nicolas Sarkozy y Giorgos Papandreu fue uno de los más ridículos con que nos han obsequiado en los últimos tiempos —y han sido bastantes—: una videoconferencia entre los tres en la que los dos primeros pusieron al griego como chupa de dómine y le conminaron a seguir aplicando recortes, mientras este último bajó la cabeza y prometió que sería bueno.
La prensa —salvo la deportiva y la dedicada al chismorreo, que es ahora mismo la más seria y creíble— ha jaleado la iniciativa con las tonterías de rigor, y ya solo queda esperar a ver cómo se lo toman hoy los mercados, que subirán, supongo, para volver a bajar cuando les dé la gana.
Pero no son solo estos, claro.
José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy modificando la Constitución española; Barack Obama —lee bien, pero poco más el chico este— suplicando, literalmente, a un Congreso republicano que le permita reproducir el New Deal de Franklin D. Roosevelt; o Christine Lagarde filtrando que el FMI tiene 400.000 millones preparados para un eventual rescate de España son tres ejemplos más —de los muchos que estos días se están dando— de cómo gobernar a base de ir capeando el temporal con gestos vacíos en un mundo de fantasía donde da igual 4 que 4e11.
¿De dónde sale todo ese dinero de los rescates, bailouts o quantitative easings? ¿De dónde saldrá, en su momento, el de los eurobonos o como quieran llamar a lo que sea que se inventen para seguir haciendo lo mismo que hasta ahora?
De ninguna parte. No existe.
Son meros apuntes contables en un terminal de computador: dinero bancario creado con la esperanza de destruirlo cuando los rescatados paguen la deuda.
O sea, nunca.
Si tiene algo que comprar —papel higiénico, por ejemplo—, cómprelo ahora.
Puede que luego tenga que utilizar en el baño los billetes de banco.