lunes, 13 de octubre de 2025
viernes, 12 de abril de 2024
Diálogos para besugos VI.
- Buenos días.
- Buenos días. ¿En qué podemos ayudarles?
- Estábamos pensando invertir en un pequeño negocio
- Estupenda idea. Les felicito. España necesita emprendedores.
- Tenemos un pequeño problema. No tenemos dinero.
- Es un problema, desde luego. Pero no es pequeño.
- Nos han dicho que aquí nos lo resolverían.
- Algún gracioso. Pero lo habrá hecho sin mala intención. No se lo tengan en cuenta.
- En fin, que ustedes podrían anotar en nuestra cuenta, en el haber, claro, la cantidad que necesitamos.
- Vaya, qué idea tan fantástica… Y ¿por qué íbamos a hacer semejante cosa?
viernes, 12 de mayo de 2023
Tiempo de espera
El ministerio de consumo ha decidido eliminar las esperas en los servicios de atención al usuario, en el sector privado, por el socorrido procedimiento de legislar en contra. En contra de las esperas, quiero decir. De acuerdo con la nueva norma, el tiempo de espera al teléfono en uno de estos servicios quedará reducido a tres minutos. Estupendo, aunque, si esto se podía arreglar legislando, no sé por qué han esperado tanto ni por qué aún nos pueden tener colgados tres minutos. Yo quiero que me atiendan en el acto.
jueves, 10 de mayo de 2012
Un paleto en Madrid (crónica de una reunión de trabajo)
La reunión objeto del viaje, una comida con el Rector, estaba prevista para las 15:00 horas en un lugar denominado Casa Adolfo.
lunes, 23 de junio de 2008
Y llegó el verano
Pase lo que pase en el futuro, estos años serán recordados como años de
abundancia y, quizá también, de excesos.
En Barbastro se ha inaugurado otro supermercado
—ya van ocho o nueve—, varias bodegas —son veinte o más—, se ha modificado el
trazado de la N-240 para facilitar la conexión con la A-123 y, dentro de poco,
supongo, tendremos la autovía Huesca-Lérida. En su entorno ya se ha proyectado
un centro de ocio y comercio y una nueva zona industrial.
miércoles, 28 de mayo de 2008
jueves, 8 de mayo de 2008
Energía y futuro
El Club Español de la Energía ha hecho público, recientemente, un estudio
titulado Energía y Sociedad: Actitudes de los
Españoles ante los Problemas de la Energía y del Medio Ambiente, del que
se desprende que tenemos, en general, una formación deficiente en cuestiones de
energía.
Parece ser que sabemos poco, o nada, acerca del
origen de la electricidad que consumimos y creemos, erróneamente, que la mayor
parte proviene del petróleo o de los saltos de agua. No somos, se dice,
partidarios de la energía de origen nuclear y creemos que la de procedencia
eólica o solar es la más barata cuando, en realidad, es muy cara en el nivel
actual de desarrollo de la tecnología necesaria, dependiente —como casi todo en
nuestra civilización industrial— del petróleo y extraordinariamente subvencionada.
Este déficit de formación es el que hace que
depositemos esperanzas, con toda seguridad excesivas, en supuestos avances
tecnológicos, relacionados, sobre todo, con el hidrógeno y los biocombustibles,
de indudable valor científico pero dudosa aplicación práctica a corto plazo. Y,
a largo plazo —decía Keynes—, todos estaremos muertos.
domingo, 9 de diciembre de 2007
Puente
Este puente hemos estado en Madrid. Hacía calor por la noche y frío a
mediodía, había niebla y más gente de la que espero volver a ver reunida nunca
jamás.
Tuve un altercado con una anciana que estaba
plantada, con un nutrido grupo de coetáneas, impidiendo el paso de la gente por
una de las aceras de la Gran Vía, y fuimos al teatro en un día distinto al que
nos correspondía. Afortunadamente, un día antes y no un día después, lo que nos
permitió rectificar a costa de hacer dos veces el trayecto por calles
literalmente atestadas de turistas, carteristas y otros especímenes de la fauna
ibérica.
Al menos, la representación valió la pena.
La cola para ver la ampliación del Museo del
Prado, otro de los objetivos del viaje, iba de la Puerta de Goya al Jardín
Botánico y no se movía, o al menos el movimiento no era apreciable desde fuera,
así que nos fuimos al Thyssen, donde había mucha menos cola, pero, al llegar a
la taquilla, te daban una entrada para una hora y media más tarde. Todo sea por
Durero.
El viernes cenamos en Lhardy, que ya no es lo
que era y, además, estaba tan repleto de gente como cualquier chiringuito de la
Plaza Mayor. La cena, más bien regular, y a 84 euros el cubierto.
En fin, que no volverán a pescarme fuera de
casa en fechas tan señaladas, a no ser que pueda ir a una cabaña en las
Maldivas, que he visto anunciada en un programa de viajes de televisión, de
3.500 euros la noche —viajes aparte—, en adelante. Si es que llego a poder
permitírmelo antes de que también pueda permitírselo todo el mundo. Que, al
paso que voy, no creo.
domingo, 12 de noviembre de 2006
Religión y poder

He visto la película española Los Borgia, que, a pesar de que dura dos horas y media, se puede ver sin ningún problema.
Cuenta la historia de Rodrigo Borgia, que llegó a Papa con el nombre de Alejandro VI, que hacía y deshacía a voluntad, nombró cardenal a su primogénito, gonfaloniero a su segundo y casó a su tercer hijo y a su hija con quien, en cada momento, le pareció más conveniente para sus manejos políticos.
miércoles, 1 de noviembre de 2006
Noviembre
Un alumno —o exalumno, tanto da— de un instituto le ha dado una brutal paliza a un profesor, mientras una compañera suya filmaba el acontecimiento. Después intentaron vender la grabación a los periodistas por 100 €, aunque finalmente tuvieron que rebajar el precio hasta los 20.
domingo, 1 de octubre de 2006
Hule
(Entrada completa y sin cortes publicitarios en majaderos)
martes, 5 de septiembre de 2006
Trabajo de oficina
Llevaba un tiempo algo inquieto y preocupado ante la
posibilidad de que alguien se diera cuenta de lo absolutamente prescindible que
era, sobre todo porque ya no se veía con capacidad para fingir, como había
hecho durante tantos años, lo ocupado que no estaba. Los papeles importantes
habían ido desapareciendo de su mesa, al mismo tiempo que sus funciones pasaban
a ser desempeñadas por gente más joven —mujeres, sobre todo— que habían entrado
en los últimos años.
Las historias con las que intentaba deslumbrarlas, y que
reflejaban el importante papel que él había desempeñado en los primeros
tiempos, se escuchaban con cortesía, pero también, a veces, con algún gesto de
impaciencia, muy alejado del respeto y la admiración que su contribución al
éxito de aquella oficina requerían.
Es verdad que disponía, privilegios de la antigüedad, de un
puesto bien remunerado, mesa de despacho y teléfono, y que nadie —últimamente,
ni siquiera el jefe— le decía ya lo que tenía que hacer, pero tenía la sospecha
de que esto era más porque no lo consideraban capaz de hacer nada útil que por
respeto a su superioridad intelectual, que no creía que sus compañeros hubiesen
sido capaces de reconocer.
A punto de cumplir los cincuenta, ni siquiera le quedaba la
opción de ingresar en un partido e intentar conseguir un puesto de concejal,
porque tendría los mismos problemas que en la oficina. Los jóvenes, y sobre
todo las dichosas mujeres, se estaban haciendo con los resortes del poder en
todas partes. «Ya veremos en qué acaba todo esto», pensaba.
Al cabo de un rato de vagar sin rumbo por la calle, se metió
en un bar y se sentó en una mesa del fondo, justo al lado de cuatro jovencitas
—muy monas, por cierto— que charlaban en voz alta y se reían, sin duda, de
algún compañero de trabajo de cierta edad al que le estaban haciendo la vida
imposible.
Bueno, pues aquellas no se iban a quedar con la idea de que
él era un don nadie.
De entrada, echó mano de su teléfono móvil, que
habitualmente llevaba apagado porque nadie lo llamaba nunca y, sin encenderlo,
fingió una llamada a su oficina. Empezó echando una áspera bronca a su
imaginaria secretaria por haber tardado tanto en coger el teléfono, para que
vieran las frescas de al lado con quién se jugaban los cuartos, y después le
dio instrucciones precisas que dejaron meridianamente clara su importancia en
la empresa en la que trabajaba.
La verdad es que, con una falta de respeto acorde con su
edad y sexo, ni siquiera bajaron la voz para escuchar lo que estaba diciendo, y
tuvo que levantar bastante la suya para hacerse oír. Aunque las chicas no
parecieron impresionadas, al menos consiguió que el camarero, alarmado por el
tono y el volumen de su voz, viniera a preguntarle qué quería, lo que le obligó
a terminar la brillante conversación que mantenía con su secretaria, no sin
advertirle que esperaba que sus instrucciones se siguieran al pie de la letra.
Faltaría más.
Mientras se tomaba el café, encendió el móvil y programó el
despertador para poder fingir que recibía varias llamadas. En un momento dado,
y mientras tomaba notas y hablaba por teléfono a un tiempo, como había visto
hacer en una película, se le cayó el aparato al suelo y fue a parar debajo de
la mesa de las chicas. Le pareció que la que se lo devolvió —que había mirado
la pantalla de reojo— sonreía y cuchicheaba con las otras, pero continuó su
conversación como si nada.
Al cabo de un rato, se fueron lanzándole miradas de
admiración. Al fin y al cabo, no eran tan tontas como sus compañeras de
trabajo.
Estaba terminando tranquilamente el café, ahora que se había
quedado solo y no tenía que soportar risitas, cuando le sobresaltó el sonido
del teléfono. No era más que el despertador que había programado para que
sonara cada cinco minutos, así que, frustrado, apagó el móvil. A ver si se
había creído la gente que iba a estar todo el día pendiente de que lo llamaran.
Mientras se acercaba la hora de volver al trabajo, pensaba
en cómo mataría la tarde. En realidad, su situación no era tan mala. La cosa
podría ser mucho peor si alguien se empeñara en que justificara el dinero que
estaba cobrando, encomendándole cualquier tarea absurda que seguro que hacían
mejor aquellas niñas que manejaban los computadores como si hubieran nacido de
uno de ellos.
Lo único que tenía que procurar era no llamar demasiado la
atención ni indisponerse con el jefe, que era un auténtico cretino, pero menos
inofensivo de lo que parecía, y aguantar así los años que aún le quedaban para
la jubilación y el merecido descanso.
Pagó el café y no dejó propina. No le había gustado que el
camarero le interrumpiera cuando hablaba con su secretaria y, además, no
pensaba volver a ese bar tan ruidoso.
Llegó al trabajo quince minutos tarde para demostrar que él
entraba y salía cuando le daba la gana, pero, como solía hacer últimamente, con
el móvil —que había vuelto a encender— en la oreja. En parte para no tener que
saludar al portero, que le había perdido gran parte del respeto con que lo
trataba al principio, y en parte porque tenía la impresión de que hablar por
teléfono móvil daba cierto estatus y dejaba claro a todo el mundo que él tenía
otra vida fuera de allí, muy distinta de la mediocridad rutinaria de la
oficina.
Allí estaba el montón de mensajes en inglés de todos los
días. Cuando empezó a recibirlos se sintió un poco halagado; después de todo, a
él no le escribía nunca nadie. Pero su hija le había aclarado que eran mensajes
para ofrecerle aumentar el tamaño de su pene o su rendimiento en la cama y que,
en realidad, no iban dirigidos a él, sino que eran una especie de buzoneo
electrónico. ¿Cómo demonios sabría ella esas cosas? Menos mal que se enteró
justo antes de presumir de su mucha correspondencia, en inglés, ante sus
compañeras de oficina.
Cuando se acordó de que tenía el móvil encendido en la oreja
—en algún sitio había leído que eso no era bueno y por eso solía mantener sus
monólogos con el móvil apagado—, cortó abruptamente la conversación,
advirtiendo a su imaginario interlocutor que no podía seguir hablando porque
tenía la mesa llena de papeles que requerían su inmediata atención, cosa que
provocó —o eso le pareció a él— una media sonrisita en una de sus vecinas de
mesa.
Se volvió y le aclaró que a esos —sin especificar quiénes
eran esos— había que cortarles así porque, si no, estarían todo el día
molestándole.
Tras reordenar un poco los montones de papeles, en general
inútiles, que tenía sobre la mesa, cogió uno al azar y se fue hasta la
fotocopiadora. Hizo tres o cuatro copias, que luego pasó por la trituradora de
papel que había al lado, y estuvo un rato pegando la hebra con la chica de
atención al público, que también se consideraba marginada. Y más valía que
siguiera así, porque en cuanto dejaran de marginarla seguro que también la
ponían por encima de él.
Cuando más entusiasmado estaba explicándole con pelos y
señales las razones por las que aquella oficina funcionaba tan mal —en general
porque sus consejos, aunque se escuchaban con mucho respeto, no se seguían con
la diligencia debida—, apareció el jefe, que también llegaba cuando le daba la
gana, y se vio obligado a cambiar de conversación y pedirle a la chica que le
hiciera una fotocopia del papel que llevaba en la mano, que resultó ser el menú
de la comida de Navidad de hacía tres años, cuya organización —todo un éxito,
por cierto— fue la última tarea importante que le encomendaron.
Ignorando la sonrisita de la recepcionista, volvió a su mesa
mascullando por lo bajo y dispuesto a dejar pasar sin más sobresaltos las dos
horas y media que aún le quedaban.
Como el correo, como de costumbre, no contenía ningún
mensaje que requiriera su atención, decidió pasar el resto de la tarde
navegando por internet. Ni siquiera valía la pena tener prevista una hoja de
cálculo para hacerla aparecer en caso de emergencia, porque hacía tiempo que
nadie se molestaba en averiguar lo que estaba haciendo.

