El Club Español de la Energía ha hecho público, recientemente, un estudio
titulado Energía y Sociedad: Actitudes de los
Españoles ante los Problemas de la Energía y del Medio Ambiente, del que
se desprende que tenemos, en general, una formación deficiente en cuestiones de
energía.
Parece ser que sabemos poco, o nada, acerca del
origen de la electricidad que consumimos y creemos, erróneamente, que la mayor
parte proviene del petróleo o de los saltos de agua. No somos, se dice,
partidarios de la energía de origen nuclear y creemos que la de procedencia
eólica o solar es la más barata cuando, en realidad, es muy cara en el nivel
actual de desarrollo de la tecnología necesaria, dependiente —como casi todo en
nuestra civilización industrial— del petróleo y extraordinariamente subvencionada.
Este déficit de formación es el que hace que
depositemos esperanzas, con toda seguridad excesivas, en supuestos avances
tecnológicos, relacionados, sobre todo, con el hidrógeno y los biocombustibles,
de indudable valor científico pero dudosa aplicación práctica a corto plazo. Y,
a largo plazo —decía Keynes—, todos estaremos muertos.
El hidrógeno es muy abundante en la
naturaleza, pero su estructura atómica le proporciona una notable e irritante
tendencia a combinarse con otros elementos, y no se encuentra libre en ninguna
parte de este planeta, aunque sea la fuente de energía de las estrellas. Su
obtención, a partir de algunos de los compuestos de los que forma parte —como
el gas natural, básicamente metano (CH₄), o el agua (H₂O)—, exige un aporte
externo de energía, con un balance final que, por el momento, y mientras las
leyes de la termodinámica sigan en vigor, es negativo: la energía que se
obtiene de su combustión es inferior a la utilizada para obtenerlo.
Tiene, sin duda, una importante ventaja sobre
la energía solar o eólica —o, en definitiva, sobre la electricidad—, como es la
posibilidad de almacenarlo y, se supone, que, en el futuro, puede jugar un
papel importante como sustituto de los combustibles líquidos utilizados
masivamente en el sector del transporte. Por el momento, sin embargo, el estado
de la investigación sobre células de combustible —principal candidato para
sustituir a los motores de combustión interna—, su precio, el coste de
producción y las dificultades de almacenamiento y transporte del hidrógeno
necesario para alimentarlas hacen económicamente inviable esa transición.
Sostener lo contrario es una peligrosa fantasía.
En cuanto a los biocombustibles —como el
etanol o el biodiésel, procedentes del procesamiento industrial de caña de
azúcar, colza, maíz, cebada y otros productos agrícolas—, además de que el
balance energético final es también, e inevitablemente, negativo, y de que no
está claro que la emisión de contaminantes al quemarse sea inferior, o menos
nociva, que la de los combustibles fósiles que se pretende sustituir con ellos,
es probable que, antes de proyectar una extensión masiva de su producción y
consumo, debamos elegir entre comer o ir en coche.
La escasez de determinados alimentos ya está
siendo un problema en muchos países, antes llamados subdesarrollados y ahora,
con irresponsable optimismo, en vías de desarrollo. Problema que no hará sino
agravarse si terrenos agrícolas y otros recursos escasos se detraen de la
producción de alimentos para dedicarlos a otros fines.
La investigación relacionada con la
utilización de las denominadas energías renovables —y también, en el caso de la
eólica y la solar, limpias— está impulsada por el incremento del precio del
petróleo y también, al menos en teoría, por la constatación, por un lado, de
que la combustión de hidrocarburos, o de carbón, con la consiguiente emisión de
CO₂ y otros gases de efecto invernadero, tiene un efecto negativo sobre la
atmósfera, el clima y el ecosistema en general, con consecuencias sobre las que
discrepan científicos, gobiernos y ecologistas, pero que se presumen graves; y,
por otro, de que este problema puede quedar resuelto por la vía —expeditiva e
involuntaria— de terminar con las reservas, inevitablemente finitas, del
petróleo en todas sus fases de formación.
Esta investigación debe continuar, e incluso
intensificarse: otra cosa sería una grave irresponsabilidad. Pero hay que
aceptar la posibilidad de que puede que no lleguemos a tiempo y de que el final
del petróleo nos sorprenda, en un plazo relativamente breve, sin ninguna
alternativa válida para sustituirlo.
Ser conscientes de esto puede que no ayude a
conciliar el sueño, pero probablemente suavice el inevitable, brusco y
potencialmente traumático despertar de una sociedad que lleva disfrutando poco
más de cien años de este modelo, un pequeño paréntesis en la historia de la
humanidad, y nos induzca a tomar alguna medida para intentar mitigar los
aspectos más desagradables de lo que está por venir.
Aun así, nada, probablemente, evitará que
cosas que ahora damos por garantizadas desaparezcan para siempre de nuestras
vidas. Quizá convenga hacerse a la idea de que lo que se nos viene encima, si
el petróleo se acaba o se hace inaccesible, no es una crisis pasajera —como
podría serlo la supuestamente originada por las dichosas hipotecas subprime y el final, en España, de un
determinado modelo de desarrollo—, sino algo definitivo, que nos obligará a
reconsiderar nuestra relación con la naturaleza y a ajustar nuestro modo de
vida a las posibilidades reales de nuestro entorno más inmediato.
Publicada en El Cruzado Aragonés, de Barbastro