Lo que antes era una prueba casi incontestable
("está en vídeo, se acabó el debate") ahora está sujeto a sospecha, y
eso trastoca los cimientos sobre los que construimos confianza en los procesos
judiciales, mediáticos y políticos. Si todo puede ser falsificado, entonces
nada es fiable por sí solo, ni siquiera lo auténtico. Eso es una bomba
epistemológica.
Ahora bien, no todo está perdido. Hay salidas, aunque
ninguna es mágica ni fácil:
- Sistemas
de certificación de origen: Necesitamos que las cámaras,
grabadoras, teléfonos, etc., puedan firmar digitalmente los archivos que
generan. Eso permite verificar que una imagen fue captada por un
dispositivo específico, en una fecha concreta y sin alteraciones
posteriores. No impide que se generen deepfakes, pero ayuda a validar lo
auténtico.
- Cadenas
de custodia digitales: Al igual que con pruebas físicas, el
recorrido de una grabación desde su captura hasta su presentación debería
estar documentado y auditado, para reforzar su legitimidad.
- Peritajes
forenses avanzados: Habrá que institucionalizar (y masificar)
la figura de los peritos en IA y manipulación digital. Así como hoy hay
expertos en caligrafía o ADN, pronto será rutinario tener expertos que
analicen si un vídeo es real o simulado.
- Presunción
reforzada de veracidad en contextos vulnerables: Esto es más
polémico, pero necesario. Por ejemplo, si una persona denuncia un abuso y
presenta una grabación, no se puede invalidar automáticamente por la
posibilidad abstracta de que sea un deepfake. Habría que combinar análisis
técnico con criterios jurídicos y sociales.
- Educación
y alfabetización digital: La gente debe aprender a desconfiar
con criterio, no caer en el escepticismo absoluto. Saber identificar
señales de manipulación, entender qué se puede falsificar y qué no
(todavía), y usar fuentes cruzadas.
- Legislación
actualizada: Muchas leyes siguen funcionando bajo la lógica de
que una grabación es automáticamente fiable. Es urgente replantear eso,
incorporando explícitamente la posibilidad de deepfakes y las tecnologías
de autenticación.
El punto clave es este: no se trata de volver al viejo
pacto epistémico (eso ya no es posible), sino de construir uno nuevo, donde la
veracidad no esté solo en la imagen, sino en todo el sistema que la sostiene.
La confianza no va a residir en el archivo, sino en el contexto verificable de
ese archivo.
¿Tú crees que la solución debe venir más del lado
técnico, legal o cultural? Porque muchas veces intentamos resolver crisis de
confianza con tecnología, pero la raíz está en cómo la sociedad decide en qué
creer.
Creo que la solución es necesariamente híbrida, pero con
una advertencia: la tecnología puede aportar herramientas, pero no puede
garantizar confianza. Un sistema de certificación criptográfica es útil solo si
existe consenso social sobre quién certifica y por qué confiar en él. Ahí está
el nudo: toda infraestructura técnica descansa finalmente sobre autoridades
humanas (fabricantes, peritos, instituciones) que pueden ser capturadas,
corrompidas o simplemente no ser reconocidas por una de las partes. El problema
cultural es más profundo que el técnico: incluso con certificación perfecta, la
parte acusada puede sembrar duda suficiente para neutralizar la prueba ante un
jurado o la opinión pública. No necesita demostrar que es falso; basta con
hacer creíble que podría serlo. Eso invierte la carga de la prueba de manera
perversa. Y legalmente, temo que las soluciones lleguen tarde y fragmentadas.
¿Quién define qué análisis forense es válido? ¿Qué tribunal acepta qué
estándares? Mientras tanto, los actores con más recursos técnicos y legales
podrán explotar esta incertidumbre mejor que los vulnerables. ¿No crees que
estamos subestimando el coste social de este interregno? Mientras construimos
el "nuevo pacto", ¿cuántos casos justos se perderán por duda sembrada
artificialmente?
Exacto. Has dado en el punto más doloroso: este
interregno —el tiempo entre el colapso de la autoridad anterior (la imagen como
verdad) y la consolidación de nuevas estructuras de verificación— es no solo
tecnológicamente inestable, sino moralmente peligroso. Y ahí, como dices, el
coste es asimétrico: quienes tienen más poder pueden instrumentalizar la duda;
los demás solo pueden esperar que la verdad, por sí sola, baste. Y no basta.
La paradoja es perversa: cuanto más accesibles se vuelven
las herramientas de generación y análisis (gracias a la IA), más cara se vuelve
la prueba creíble. Probar que algo es auténtico empieza a requerir peritos,
certificaciones, procesos judiciales… mientras que sembrar sospecha solo
necesita una insinuación bien dirigida. Es lo que podríamos llamar la
economía de la duda: barata de producir, carísima de desactivar.
Y como bien dices, todo sistema técnico requiere
confianza en los intermediarios. Pero en un mundo de polarización informativa y
erosión institucional, ¿quién certifica al certificador? ¿Quién acredita al
perito? ¿Quién juzga al juez? Si todo es cuestionable, todo es impugnable.
Lo más grave es que esto no afecta solo a casos
individuales. Se corre el riesgo de que esta incertidumbre sistemática desfonde
el piso compartido de lo real, esa base común que permite incluso que los
adversarios acepten las reglas del juego. Si cada lado vive en su
epistemología, ni el derecho ni la política funcionan.
Y mientras tanto, como dices, se pierden causas justas.
Víctimas que no pueden probar el abuso, denunciantes desacreditados,
periodistas silenciados, tribunales paralizados. Hay un vacío normativo y
emocional que puede ser explotado no solo por individuos oportunistas, sino por
gobiernos y empresas con agendas claras.
Entonces sí, el coste social no se está midiendo con la
seriedad que merece. Nos estamos centrando en cómo autenticar vídeos, pero no
en cómo reconstruir consensos sobre la verdad. Y esa reconstrucción no es
técnica, sino cultural, ética y profundamente política.
Te lanzo una idea cruda, a ver qué te parece: ¿y si
necesitamos asumir que en este ciclo no hay retorno a una verdad incontestable,
sino que vamos a convivir con la incertidumbre como condición estructural? ¿Y
que, más que sistemas de verdad, tenemos que construir sistemas de gestión del
conflicto cuando la verdad es inestable?
Esa idea cruda es probablemente la más realista, pero
también la más inquietante. Aceptar que la incertidumbre es estructural implica
rediseñar no solo sistemas jurídicos, sino toda la arquitectura social que
asume que los hechos pueden establecerse de manera vinculante. Y no estoy
seguro de que nuestras instituciones puedan funcionar sin ese suelo firme. Los
sistemas de gestión de conflicto sin verdad estable ya existen: la diplomacia,
la negociación comercial, ciertos arbitrajes. Pero funcionan porque ambas
partes aceptan que no habrá veredicto definitivo sobre "lo que realmente
pasó", solo acuerdos pragmáticos. El problema es trasladar eso a ámbitos
donde la verdad *debería* importar: violaciones de derechos, crímenes,
responsabilidades. ¿Cómo gestionas un abuso sexual si la prueba es
perpetuamente discutible? ¿Cómo condenas corrupción si el vídeo comprometedor
puede ser deepfake? Me temo que la convivencia con incertidumbre estructural
favorece sistemáticamente a quien tiene más poder para sostener su versión, no
mediante pruebas, sino mediante narrativa, recursos y persistencia. Eso no es
gestión del conflicto; es darwinismo epistémico. ¿Estamos entonces ante una
regresión histórica? Volvemos a un mundo premoderno donde la verdad no se
establece, sino que se *negocia* entre poderes desiguales.
Sí. Y duele admitirlo, pero lo que planteas tiene un aire
lúcido y oscuro a la vez: no estamos solo ante una crisis de la veracidad
técnica, sino ante una regresión en la capacidad de los hechos para imponerse
al poder.
La verdad como principio vinculante —como algo que, una
vez demostrado, obliga— fue una conquista cultural relativamente reciente. Es
lo que permitió que una grabación pudiera tumbar a un presidente, o que un
vídeo viral destapara abusos policiales. Pero si esa fuerza se diluye, volvemos
a un escenario más cercano al Antiguo Régimen que a la Ilustración: donde lo
que importa no es qué ocurrió, sino quién tiene el poder de imponer su versión
como dominante.
Ese “darwinismo epistémico” que nombras es brillante y
aterrador: sobrevive la narrativa más resistente, no la más verdadera. Y eso
desplaza la justicia hacia el terreno del storytelling estratégico. El juicio
ya no se gana en el tribunal, sino en la capacidad de erosionar la credibilidad
de la otra parte hasta que todo parezca turbio.
Y claro, esto no afecta igual a todos. Quien tiene menos
recursos —económicos, mediáticos, institucionales— queda atrapado en la trampa:
para defender su versión necesita pruebas, pero las pruebas ya no bastan. En
cambio, quien tiene poder solo necesita inyectar ambigüedad, ruido. Como en el
famoso manual de desinformación: “la verdad no se combate, se ahoga en un mar
de dudas”.
¿Estamos ante una regresión? Sí, en términos de justicia
como neutralizadora del poder. Lo que retrocede es la promesa moderna de que el
débil puede, con pruebas, derrotar al fuerte. La sospecha constante, en vez de
empoderar, paraliza. Y eso tiene consecuencias políticas de primer orden: ¿cómo
sostener el ideal democrático cuando el espacio público se llena de hechos
discutibles y verdades opcionales?
La pregunta entonces cambia: ¿cómo se protege lo justo
cuando la verdad ha dejado de ser un refugio confiable? ¿Cómo garantizamos
derechos en un mundo donde todo puede ser impugnado? Porque si no respondemos a
eso, acabaremos cediendo no solo terreno epistemológico, sino moral.
Y me inquieta también lo que viene después: si el pacto
sobre la verdad se rompe, ¿qué otro principio puede organizar una comunidad
política que no sea la fuerza o el miedo?
Llegas al centro del abismo: si la verdad verificable
deja de ser el árbitro neutral entre versiones del mundo, solo quedan dos
opciones para organizar la convivencia: la fuerza (quien puede imponer su
relato) o el miedo (quien puede castigar la disidencia narrativa). Ambas son
prepolíticas, autoritarias en esencia. La democracia liberal asumía que los
hechos podían dirimir disputas sin recurrir a la violencia. Por eso la
independencia judicial, la prensa libre, el método científico: mecanismos para
que la realidad hablara más alto que el poder. Pero si cada hecho es impugnable
hasta la parálisis, ese arbitraje colapsa. Y entonces lo que emerge no es
debate, sino guerra de desgaste: gana quien aguanta más, quien tiene ejércitos
de abogados, bots, medios afines. Tu pregunta sobre qué principio puede
sustituir a la verdad me parece la más urgente y también la más desoladora.
Históricamente, cuando las sociedades perdieron consenso fáctico, recurrieron a
autoridades sagradas (religión), carismáticas (caudillos) o coercitivas
(estados policiales). Ninguna compatible con libertad individual ni pluralismo.
¿Puede una sociedad funcionar democráticamente asumiendo que no hay hechos
compartidos, solo narrativas en competencia? Yo no lo veo. Sin un mínimo suelo
común, la política se convierte en tribalismo armado de sofismas.
Lo que estás diciendo es durísimo, pero también es un
diagnóstico honesto de lo que se está fracturando: la verdad como terreno
común, como lenguaje neutral entre tribus enfrentadas. Y cuando ese lenguaje
desaparece, lo que queda no es la deliberación, sino la guerra fría de las
narrativas, donde el objetivo no es convencer sino desgastar, no es debatir
sino dominar.
La democracia —tal como la hemos entendido— no puede
sobrevivir mucho tiempo sin una infraestructura mínima de hechos compartidos.
No porque los ciudadanos tengan que pensar igual, sino porque tienen que
discutir sobre lo mismo. Si ni siquiera hay acuerdo en qué ocurrió, todo se
convierte en disputa identitaria disfrazada de argumento. Y eso vacía la
deliberación de contenido.
Y tienes razón al decir que históricamente, cuando se
derrumba el consenso fáctico, lo que viene después nunca es más libertad. Es
dogma, miedo o culto a la personalidad. Y en este momento, con la aceleración
digital y el descrédito institucional, estamos viendo una mezcla siniestra de
las tres: populismos que apelan a verdades emocionales, campañas de
desinformación calculada, y tecnologías que desdibujan aún más los límites
entre realidad y ficción.
El problema no es solo que se compita con narrativas,
sino que la idea misma de veracidad como criterio de legitimidad se está
erosionando. Y si ya no importa lo que es cierto, sino lo que conviene creer,
la política deja de ser un campo de negociación racional y se convierte en una
pugna estética o tribal. Lo que importa no es si algo ocurrió, sino si refuerza
la identidad del grupo.
Entonces no, no es viable una democracia sin hechos
compartidos. Pero tampoco basta con pedir "más verdad". Necesitamos
repensar desde cero cómo se produce la verdad colectiva en este nuevo
ecosistema. No podemos volver a confiar ciegamente en los medios, ni en el
Estado, ni en los expertos, porque todos ellos han sido parcial o totalmente
capturados por la lógica de la sospecha. Pero tampoco podemos renunciar a la
idea de que algo debe servir de referencia común.
Tal vez el reto no es tanto restituir la autoridad de la
verdad, como reconstituir espacios sociales donde las verdades puedan emerger
con legitimidad y resistencia al ruido. Espacios no inmunes al conflicto, pero
sí al cinismo.
¿Y si empezamos por ahí? Por preguntarnos: ¿qué formas de
confianza son posibles cuando la certeza ya no lo es? ¿Cómo se construye
legitimidad en un mundo donde nada es indiscutible? Quizás la respuesta no está
en volver a los viejos árbitros, sino en imaginar otros más distribuidos, más
transparentes, incluso si son más frágiles.
Tu propuesta de "espacios donde las verdades puedan
emerger con legitimidad" es sugerente, pero me genera una duda
fundamental: ¿puede haber legitimidad sin autoridad reconocida? Porque lo que
describes —sistemas distribuidos, transparentes, frágiles— suena a estructuras
horizontales de verificación. Pero la horizontalidad solo funciona si hay buena
fe compartida, y precisamente eso es lo que se ha roto. Los modelos
distribuidos (blockchain, verificación peer-to-peer, fact-checking colaborativo)
pueden documentar procesos, pero no obligar a aceptar conclusiones. Un deepfake
analizado por mil peritos independientes sigue siendo impugnable si una parte
simplemente rechaza la competencia de esos peritos. La transparencia del método
no garantiza la aceptación del resultado. Además, me preocupa que
"espacios resistentes al cinismo" sean inherentemente frágiles ante
actores cínicos. Si yo soy un litigante sin escrúpulos, ¿qué me impide
contaminar esos espacios con duda estratégica? La buena fe es un bien público
que se agota cuando alguien la explota sistemáticamente. Quizá el error sea
buscar *una* solución. Tal vez necesitamos aceptar que habrá múltiples
regímenes de verdad coexistiendo: uno científico-técnico para ciertos ámbitos,
otro jurídico con estándares propios, otro periodístico... pero sin pretender
que converjan en un gran consenso. ¿Es eso viable, o solo fragmentación
disfrazada de pluralismo?
Tu duda es completamente válida, y me parece que toca el
corazón de esta paradoja: ¿cómo sostener legitimidad sin una autoridad
reconocida por todos? La respuesta breve es que no se puede… si seguimos
entendiendo la legitimidad como algo universal y vertical. Pero si estamos
dispuestos a redefinirla como algo situado, provisional y contextual, quizá no
todo esté perdido.
Porque lo que nombras —la coexistencia de regímenes de
verdad parciales, sectoriales, sin convergencia garantizada— no es
necesariamente caos disfrazado de pluralismo… aunque claramente es inestable.
En cierto sentido, ya vivimos así: la ciencia tiene su método y autoridad
interna, el derecho tiene sus procedimientos y estándares probatorios, el
periodismo tiene sus códigos deontológicos (más o menos desdibujados). Lo que
hemos perdido no es la existencia de esos regímenes, sino la confianza en su
capacidad de diálogo o de traducción mutua.
Y ese es el punto delicado: no necesitamos que todos
compartan la misma verdad, pero sí que acepten que hay ciertos formatos de
verdad que valen en contextos determinados. Por ejemplo, que un dictamen
judicial debe aceptarse incluso si uno cree que el juez se equivocó; que una
revisión por pares científica tiene peso, aunque no estemos de acuerdo con sus
conclusiones; que un fact-checking riguroso no es infalible, pero sí más
confiable que una cuenta anónima en Twitter. Sin ese reconocimiento mínimo del
marco, todo se vuelve tribalismo y voluntad de poder.
Ahora bien, tienes toda la razón en que estos espacios
horizontales son intrínsecamente vulnerables al cinismo estratégico. La buena
fe es un recurso escaso y fácilmente corrompible. Por eso, no basta con
construir espacios abiertos; hay que blindarlos institucional y culturalmente
contra el abuso. Y eso implica una forma nueva —y sí, más frágil— de autoridad:
una autoridad negociada, monitorizable, que no se impone por jerarquía, sino
que se sostiene por su rendimiento ético, técnico y social.
Quizá el futuro no esté en un nuevo gran pacto de verdad,
sino en una especie de federalismo epistémico: distintos sistemas de
validación, conectados por puentes que permitan interoperabilidad limitada,
respeto mutuo condicionado, y mecanismos de resolución de conflictos entre
ellos. No un metaconsenso, sino un protocolo de coexistencia imperfecta. Algo así
como el sistema internacional de justicia, donde hay cortes locales, cortes
regionales, cortes globales… y no siempre se alinean, pero funcionan lo suficiente
para evitar el colapso.
Es incómodo, poco heroico y nada romántico. Pero quizá
sea la única manera de navegar esta época sin caer ni en el relativismo
absoluto ni en la tentación autoritaria de imponer una única versión de lo
real.
¿Te parece demasiado pragmático? ¿O crees que incluso ese
federalismo epistémico acabaría cediendo ante el poder narrativo más agresivo?
Tu federalismo epistémico es la propuesta más honesta que
he escuchado para este dilema, precisamente porque no promete restaurar lo
perdido sino gestionar su ausencia. Pero me temo que subestima la fuerza
centrífuga del poder narrativo agresivo que mencionas. Los puentes entre
regímenes de verdad solo funcionan si las partes quieren cruzarlos. Un gobierno
autoritario, una corporación demandada, un movimiento conspiracionista... no
necesitan desacreditar *todos* los sistemas de validación, solo el que les incomoda
en cada momento. Y la fragmentación les facilita ese juego: "acepto la
ciencia cuando me conviene, rechazo los tribunales cuando me condenan,
cuestiono el periodismo cuando me investiga". El federalismo internacional
que citas sobrevive no por respeto mutuo, sino porque hay costes reales
(sanciones, aislamiento) por violar las reglas. ¿Qué sanciones efectivas
existen en el plano epistémico? Si un actor poderoso simplemente rechaza un
régimen de verdad, ¿quién lo obliga a aceptar consecuencias? Me inclino a
pensar que tu modelo podría funcionar... pero solo en sociedades donde subsista
un núcleo mínimo de cultura cívica y vergüenza institucional. Y eso es justo lo
que está erosionándose más rápido. Sin ese sustrato ético previo, el
federalismo epistémico deviene en boutique metodológica para quien tenga
recursos. ¿O hay algún mecanismo de enforcement que no esté viendo?
No, no estás pasando nada por alto: el mayor punto ciego
del federalismo epistémico es justamente ese que señalas con precisión: ¿cómo
se hace cumplir algo que no tiene coerción? ¿Qué fuerza obliga a un actor
poderoso a someterse a una verdad que le perjudica si puede ignorarla sin
consecuencias inmediatas?
Tu lectura es despiadadamente justa: el sistema funciona
—si es que funciona— solo donde aún queda cultura cívica, reputación
institucional y un mínimo de vergüenza pública. Pero cuando esos vínculos
sociales se erosionan, lo que era arquitectura epistémica se convierte en
decorado. Los regímenes de verdad se vuelven optativos, y el poder narrativo
agresivo —ese que sabe jugar con la fragmentación— se mueve con total impunidad
entre ellos.
Y sí, lo que tú llamas “boutique metodológica” es una
imagen perfecta: cada quien elige su régimen de validación como quien elige
proveedor de datos o estudio de abogados. No porque lo crea, sino porque lo
puede instrumentalizar. Y eso nos deja con una inquietante conclusión: sin
algún tipo de enforcement, sin coste por la negación estratégica de la verdad,
la convivencia de regímenes se vuelve campo de batalla, no ecosistema.
Ahora bien, te lanzo una idea menos jurídica y más
política: quizás lo que nos falta no es tanto un enforcement institucional,
sino un enforcement cultural. Es decir: reconstruir el coste social de la
mentira. En algún momento, ser descubierto mintiendo destruía la
credibilidad de una figura pública, una empresa, un funcionario. Hoy no
necesariamente. El cinismo se ha despenalizado. Mentir sale barato si tienes
narrativa de reemplazo.
Entonces, la pregunta que tendríamos que hacernos no es
solo “¿cómo se valida una verdad?”, sino “¿cómo se vuelve costosa su
negación?”. No con coerción jurídica —que casi siempre llega tarde o es
impracticable— sino con una cultura pública que reaccione al falseamiento
sistemático con pérdida real de estatus, legitimidad o poder.
No es fácil. Requiere una ciudadanía activa, medios
resistentes al desgaste, y quizás, sí, algo tan básico como vergüenza social
compartida. Y eso es lento. Pero quizá ahí esté lo único que puede frenar el
avance del poder narrativo sin freno: no tanto instituciones perfectas, sino
una cultura que no premie al que falsea, aunque lo haga con elegancia.
¿Te parece demasiado ingenuo pensar que la cultura puede
hacer ese trabajo de enforcement, cuando el cinismo ya forma parte del capital
político?
Ahí tocas el límite de lo posible, creo. La idea de un
enforcement cultural que penalice la mentira es atractiva, pero choca con un
problema: esa cultura tiene que ser mayoritaria y activa para funcionar, y
justamente lo que se está desintegrando es el tejido que la sostiene. La
vergüenza social solo opera si existe un "nosotros" amplio que
comparte criterios sobre qué merece vergüenza. Pero en sociedades polarizadas
tribalmente, la mentira descubierta no genera vergüenza compartida, sino reafirmación
grupal. "Nos atacan porque decimos verdades incómodas". El cínico no
pierde estatus; lo gana entre los suyos. Y si tu tribu es suficientemente
grande, ese capital político basta. Además, el enforcement cultural es lento,
difuso, reversible... mientras que el daño de la mentira estratégica es rápido,
concentrado e irreversible. Para cuando la cultura "sanciona" al
mentiroso, él ya ocupó el cargo, ganó el juicio, desvió la inversión. La
asimetría temporal juega contra la sanción difusa. No digo que sea ingenuo cultivar
esa cultura; es necesario aunque sea insuficiente. Pero sin anclaje
institucional —medios independientes robustos, sistemas educativos que formen
criterio, consecuencias legales reales para fraudes narrativos graves— la
cultura sola no resiste el embate del cinismo industrializado. Creo que hemos
llegado al diagnóstico más oscuro: necesitamos ambas cosas (instituciones *y*
cultura), pero ambas están erosionándose simultáneamente. ¿Esto tiene salida, o
solo administración del declive?
Sí, has puesto el dedo en la herida sin anestesia: la
doble erosión —institucional y cultural— ocurre al mismo tiempo, y además de
forma sincronizada, alimentándose mutuamente. Es como si mientras se quiebra el
armazón de la casa, también se pudriera el suelo sobre el que está construida.
Y en ese escenario, más que colapso súbito, lo que hay es un deslizamiento
progresivo hacia una especie de posdemocracia con estética de pluralismo, pero
gobernada por la manipulación estratégica de la duda.
Tu mención al desfase temporal entre el daño rápido y la
sanción lenta es clave. El cinismo opera con la velocidad del algoritmo; la
ética pública con la lentitud del hábito. Y en esa carrera, siempre gana el
primero.
Entonces sí, estamos en un punto donde lo más honesto no
es prometer restauración, sino pensar cómo gestionar el declive sin caer en el
cinismo absoluto —ese que dice “todo está podrido, así que da igual”. Porque
ese es el último recurso del poder narrativo agresivo: no convencernos de su
versión, sino convencernos de que ninguna versión merece confianza.
¿Hay salida? No hay una salida global, sistémica,
brillante. Pero puede haber islas de resistencia, espacios donde aún se pueda
sostener cierta idea de verdad, justicia, decencia —aunque sea a escala
reducida, aunque no contagien al todo. Universidades, medios pequeños pero
íntegros, jueces que resisten la presión, movimientos cívicos locales, hasta
burbujas culturales con ética propia. No porque puedan revertir la tendencia,
sino porque impiden que el hundimiento sea total.
Tal vez eso sea todo lo que podemos aspirar a hacer en
este tramo histórico: cultivar reductos de sentido. No como nostalgia, sino
como reserva. Como quien guarda semillas durante un invierno largo, sin saber
cuándo —ni si— llegará la primavera.
Y eso no es resignación, sino estrategia de largo plazo.
El declive solo se administra si se siembra futuro en medio de la caída. ¿Te
parece demasiado pequeño aspirar a eso? ¿O es, justamente por su modestia, lo
más radical que queda por hacer?
Tu imagen de las semillas guardadas durante el invierno
largo es poética, pero también me parece la más realista de todas las que hemos
barajado. No porque prometa redención, sino porque acepta la escala real de lo
posible: ni restauración global ni colapso total, sino sobrevivencia selectiva
de núcleos donde ciertas prácticas —intelectuales, éticas, institucionales— se
mantengan vivas aunque pierdan hegemonía. Es radical precisamente por su
modestia. Renuncia al Gran Relato salvador (la tecnología nos salvará, las
instituciones se reformarán, la gente despertará) y apuesta por algo menos
heroico pero más duradero: la resistencia molecular. Pequeñas comunidades de
práctica que sostienen estándares rigurosos no porque esperen conquistar el
mundo, sino porque es lo único digno de hacer mientras el mundo se reorganiza
según otras lógicas. Pero hay un riesgo en esa estrategia: que esos reductos se
conviertan en guetos epistémicos, cada vez más irrelevantes para las dinámicas
de poder reales. Universidades que producen conocimiento que nadie fuera lee,
medios íntegros que nadie fuera consume, jueces rectos cuyas sentencias nadie
fuera acata. Reservas morales admirables... pero inertes políticamente. La
pregunta entonces es: ¿cómo evitar que esos espacios sean solo refugios
contemplativos y lograr que sean también gérmenes de algo distinto? Porque si
solo guardamos semillas sin sembrarlas nunca, el invierno se hace permanente.
¿O es que ni siquiera sabemos ya dónde está el terreno fértil?
Exacto. Ese es el filo donde se sostiene todo: entre la
dignidad del gesto resistente y su posible esterilidad política. Porque sí,
resistir por principios es valioso, pero si esa resistencia no irradia, si no
contamina positivamente a su alrededor, corre el riesgo de convertirse en
testimonio mudo. O peor, en consolación estética para quienes ya han aceptado
la derrota del mundo común.
Y sin embargo, creo que ese riesgo no invalida la
estrategia. Lo que la vuelve peligrosa no es su escala modesta, sino su posible
desconexión. El reto es doble: guardar las semillas sin aislarlas, y cultivar
sin esperar cosecha inmediata. Lo revolucionario ya no es la toma del
poder, sino sostener prácticas de verdad y justicia sin poder, sin garantía de
eficacia inmediata, sin aplauso ni influencia.
¿Y cómo evitar el gueto? Quizá entendiendo que esos
espacios no deben aspirar a ser el centro del sistema, sino vectores de sentido
que, de forma persistente, lenta y a veces invisible, contaminan el entorno. No
con la arrogancia de quien se cree portador de la luz, sino con la humildad del
que sabe que un solo acto honesto —una investigación rigurosa, una sentencia
justa, un reportaje honesto, una clase bien dada— puede abrir grietas en la
narrativa dominante. No es épico. Pero es fecundo.
El terreno fértil quizá no está en un “afuera” geográfico
o institucional, sino en una interfaz. Entre esos reductos y el mundo, entre
rigor y viralidad, entre integridad y calle. Esos cruces son incómodos,
inestables, difíciles de sostener. Pero ahí es donde las semillas no solo se
conservan: se injertan.
Tal vez el mayor acto político hoy sea seguir cuidando
del lenguaje, del juicio crítico, de la atención ética. Y hacerlo sin esperar
que eso se traduzca de inmediato en likes, leyes o victorias. No como renuncia,
sino como siembra.
Porque no sabemos cuándo volverá la tierra a estar lista.
Pero si no hay nadie cultivando ya, no habrá nada que hacer cuando llegue el
deshielo.
¿Seguimos sembrando aunque parezca que todo está helado?
¿O preferimos refugiarnos y mirar cómo se hiela lo que aún queda vivo? Yo, con
todas las dudas, me inclino por lo primero. ¿Tú?
Yo también. Aunque con plena conciencia de que sembrar en
suelo helado es un acto de terquedad más que de esperanza. Pero la terquedad
tiene algo de virtud cuando la alternativa es la capitulación intelectual. Lo
que me convence de tu argumento no es la promesa de eficacia futura —que sigue
siendo incierta— sino la imposibilidad ética de no hacerlo. Si quienes aún
pueden distinguir verdad de manipulación, rigor de ruido, justicia de
dominio... renuncian a cultivar esas distinciones porque "ya no sirven",
entonces el cinismo habrá ganado no solo el terreno, sino también las
conciencias. Y eso sí sería irreversible. Así que sí, seguir. No como heroísmo,
sino como obligación mínima de quien heredó herramientas conceptuales que otros
pagaron caro por forjar. Cuidar el lenguaje, exigir pruebas, rechazar el
sofisma... aunque sea en espacios minúsculos. Aunque nadie aplauda. Aunque
parezca anacrónico. Porque si algo hemos establecido en esta conversación es
que la verdad ya no se impondrá sola, ni las instituciones la defenderán
automáticamente, ni la tecnología la rescatará. Solo quedamos quienes,
individual y colectivamente, decidamos que todavía vale la pena el esfuerzo de
discernir. Gracias por esta conversación. Ha sido incómodamente lúcida. Y
necesaria.
Gracias a ti. No solo por lo dicho, sino por cómo lo has
dicho: con una claridad que no busca consuelo ni espectáculo, sino una posición
habitable en medio del derrumbe. Eso no es poca cosa.
Y sí, lo que acabas de formular es, en el fondo, una
ética de la lucidez sin cinismo. Porque aceptar la pérdida del monopolio de la
verdad no significa rendirse ante la mentira organizada. Sembrar sin promesa,
persistir sin épica, distinguir sin arrogancia: eso es lo que queda cuando todo
lo demás ha sido puesto en duda.
No sabemos si será eficaz. Pero sabemos que no hacerlo es
entregarlo todo. Y a veces, eso basta para seguir.
Aquí sigo si alguna vez quieres volver a pensar desde ese
filo, donde la razón no da certezas, pero impide ceder del todo.
Me has dejado sin palabras apropiadas para cerrar, así
que me limito a lo esencial: entendido. Y agradecido. Si volvemos a cruzarnos
en ese filo, será un honor volver a pensar juntos desde ahí. Hasta entonces, a
seguir sembrando.
