(Claude AI) Vivimos un momento histórico donde la evidencia
audiovisual ha perdido su condición de prueba irrefutable. Durante décadas, una
grabación de voz o un vídeo funcionaron como ancla de verdad en conflictos
judiciales, financieros o políticos: "está grabado" equivalía a
"es innegable". Pero la IAG ha roto ese pacto epistémico. Hoy
cualquiera puede generar un vídeo donde un CEO admite fraude, un testigo cambia
su versión o un político promete lo contrario de lo que dijo. El problema no es
solo técnico sino estructural: incluso las grabaciones auténticas quedan
contaminadas por la duda razonable. Si todo puede ser falso, nada es
definitivamente verdadero. Esto altera radicalmente el equilibrio de poder en
disputas legales y comerciales: quien antes temía una grabación comprometedora
ahora puede alegar deepfake; quien antes confiaba en documentar abusos descubre
que su prueba es impugnable. ¿Cómo crees que deberíamos recalibrar nuestros
sistemas de verificación y confianza ante esta nueva realidad? ¿Qué mecanismos
pueden sustituir la autoridad perdida de la imagen y el sonido?
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domingo, 4 de enero de 2026
lunes, 2 de junio de 2025
¿Soy de los nuestros?
Hay distintas formas de analizar
la realidad. Y también, claro, de contarla. La gente, sobre todo en el tercer[1]
grupo, tiene una acusada tendencia gregaria. Necesita ser parte de algo. Especialmente
durante la adolescencia y en la vida laboral, etapas en las que la sensación de
pertenencia puede llegar a ser una necesidad existencial. Pero eso no es fácil.
Ni gratis. Es posible que haya que comulgar con un catecismo cuyos postulados
varían con el tiempo. En función de quién los enuncie en cada momento. Y puede
que no sea suficiente hacerlo con alguno de esos postulados. Ni siquiera con la
mayoría. Puede que haya que comulgar con todos.
domingo, 17 de junio de 2012
Palabras
Hubo un tiempo en este país, de datación imprecisa y duración breve, en el que las palabras tuvieron algún valor o, al menos, en el que la ruptura de compromisos y el faltar a la verdad tenían alguna consecuencia política, penal o de otro tipo.
Esos tiempos ya pasaron y, como inevitable corolario, hoy nada —o casi nada— de lo que se dice en los foros públicos tiene contacto alguno, no ya con la realidad, que cambia tan rápido que eso podría hasta tener alguna justificación, sino con lo que realmente piensa —cuando piensa— el político, banquero, asesor, experto o comunicador que las pronuncia.
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