Gabriel Rufián, un pintoresco diputado del Congreso, antes furibundo y deslenguado independentista catalán y hoy sedicente paladín de la unidad de la izquierda española, se postula como referente de una parte del paisanaje que, según él, está desamparada por un PSOE en crisis terminal y por una constelación de partidos cuyas querellas y trifulcas los alejan de su electorado natural.
Un electorado que, ante semejante desamparo, podría inclinarse por el Partido Popular o incluso por la ultraderecha. O abstenerse.
Pero, si esas siglas —hoy separadas y en gresca permanente— se unen, sus partidarios, por pocos que sean, votarán juntos por esa coalición, que alcanzará, con tan original procedimiento, las alturas del Olimpo gubernamental.
Pudiera ser, sin embargo, que el efecto fuera exactamente el contrario. Es decir, que electores que darían su voto a Sumar, por ejemplo, se dejaran cortar la mano antes que votar una coalición en la que estuviera Podemos.
Pero, como de costumbre, aquí de lo que se trata es de conseguir una lista que encabezar, por pocas posibilidades electorales que tenga, siempre y cuando esté garantizada la salida para el cabeza de lista y para aquellos que hayan contribuido a hacer viable el invento.
Y eso no es difícil. Como tampoco lo es que, en un escenario tan polarizado como el actual, esos pocos escaños sean decisivos a la hora de formar gobierno y permitan a los cabecillas de la coalición ejercer una influencia y disfrutar de unos privilegios que, de otra manera, nunca les hubieran correspondido.
No sería la primera vez.