Aunque no sabríamos construir un elefante, podemos, bajo ciertas condiciones, conducir uno. Me refiero a que hay gente que puede, sentándose encima y con la ayuda de una especie de punzón al extremo de un palo, hacer que vaya en una u otra dirección, avance al paso o al trote, se detenga, se incline, etc, pero no es una tarea sencilla. Es un ente de extraordinaria complejidad, —ya digo que no podríamos construir nada parecido— pero las gentes que pueden manejarlo lo hacen porque han aprendido a localizar determinados puntos, donde una aplicación moderada de fuerza, ejercida con las piernas del jinete o con el punzón, puede hacer que el animal, que llega a alcanzar las siete toneladas de peso, actúe de una determinada manera y no de otra.