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viernes, 27 de enero de 2023

Apuntes preelectorales

 Este país dice dividirse en dos bandos, como si fuera un partido de fútbol. En realidad son muchos más, pero a efectos de este artículo fingiremos que solo existen dos: la izquierda —autodenominada «progresista» y aceptada como tal con una docilidad asombrosa— y la derecha —«conservadora», por la misma vía de la costumbre—. Bajo el paraguas progresista conviven socialistas y comunistas ya domesticados con nacionalismos regionales, populismos varios y una fauna auxiliar que un día pasaba por allí, descubrió que había presupuesto y decidió quedarse. En la acera conservadora habita la derecha de siempre, su ala más áspera (la ultraderecha, indignada con las veleidades “zurditas” de los suyos), liberales, nacionalistas de ámbito nacional y, de vez en cuando, los que esperan turno para ajustar cuentas y seguir cobrando cuando los otros se cansen.

No se ponen de acuerdo casi en nada; ni siquiera en asuntos donde bastaría una reunión con técnicos y una pizarra. Y, sin embargo, el desacuerdo no es tanto de hechos como de relato: cada facción necesita una película distinta para sostener su clientela.

En energía, por ejemplo, la derecha habla de crisis: escasez, dependencia, precios, vulnerabilidad. La izquierda gubernamental, en cambio, actúa como si el problema no existiera o, mejor aún, como si fuéramos la respuesta continental: exportadores de virtud y kilovatios por delegación. De ahí el entusiasmo con el conducto submarino entre Barcelona y Marsella para transportar hidrógeno verde: se anuncia el tubo con solemnidad de obra civil y se deja en penumbra lo incómodo —producción, almacenamiento, costes, demanda real—. El hidrógeno, ligero y reactivo, no es precisamente un turista cómodo; exige infraestructuras, pérdidas asumidas, seguridad y un sistema entero alrededor. Pero del sistema se habla menos que del gesto, que es lo que cuenta en política: cortar la cinta, sonreír, y que el detalle lo resuelva un comité.

En cambio climático el papel se invierte: los sectores más a la izquierda lo declaran pecado humano —y “humana”, huelga decir—, y prometen redención en cuanto los capitalistas dejen de contaminar; la derecha conservadora lo reduce a meteorología de toda la vida, a veranos y a inviernos de manual, como si la estadística fuera una superstición moderna. Entre ambos extremos, el ciudadano escucha dos sermones incompatibles y acaba haciendo lo que siempre: buscar un paraguas cuando llueve y aire acondicionado cuando abrasa.

Lo relevante, sin embargo, no es qué dogma recite cada uno, sino qué implica. Si el cambio es principalmente antropogénico, la discusión no es “apagar el mundo”, sino quién paga la transición y quién captura sus beneficios: industria, transporte, vivienda, fiscalidad, inversión, competitividad. Si fuera meramente cíclico —hipótesis a la que se aferran los escépticos—, la discusión sería aún más fea: quién paga la adaptación y quién se queda sin ella. En ambos casos, la factura existe. Lo que se disputa no es la factura: es el destinatario.

En lo que sí hay consenso es en la corrupción: ambos bandos coinciden en que los corruptos, casualmente, son los otros. Y lo cierto es que corrupción e incompetencia suelen caminar juntas y no distinguen demasiado de siglas, salvo quizá allí donde las instituciones muerden de verdad y la vergüenza todavía sirve de freno. Fuera de esas latitudes, la picaresca no es una anomalía: es un ecosistema. En Ucrania, por ejemplo, hasta en plena guerra hubo ceses de altos cargos por aprovecharse de la ayuda exterior. Y aquí mismo, sin ir más lejos… Pero mejor lo dejamos para otro día. En este país, la corrupción nunca se acaba: solo cambia de turno.

Enviado a ECA 27/01/2023

viernes, 20 de diciembre de 2019

El tiempo que viene

En relación con los efectos del cambio climático —en cuyo nombre ha perdido un montón de días un montón de gente en una reciente conferencia en Madrid, que al final se ha saldado con el acuerdo de tomarse la cosa más en serio a partir del año que viene— hay, como en tantas otras cuestiones, una notable disparidad de criterios entre la izquierda y la derecha del espectro político, si es que esos términos significan hoy algo más que la disposición a votar cualquier cosa que lleve la etiqueta correspondiente.

La izquierda cree, o parece creer, que el calentamiento global está causado por la actividad humana. La derecha sostiene, a veces con excesivo entusiasmo —como se ha visto en las descalificaciones a la joven activista sueca Greta Thunberg—, que el calentamiento no es sino una manifestación del comportamiento caótico del clima y que, si es imposible saber el tiempo que hará en Navidad, mucho menos se puede predecir el que hará dentro de 10, 20 o 30 años.

Eso, dicho así, es verdad a medias. No se pueden construir modelos matemáticos deterministas para predecir el tiempo, pero, personalmente, y en este caso, prefiero el punto de vista de la izquierda, porque, si tenemos algo que ver con lo que está pasando, puede que tengamos también alguna oportunidad de rectificar antes de que sea demasiado tarde. Si se trata, como parece creer la derecha, simplemente de lo que toca —más que de una manifestación del disgusto de Gaia con los más sucios y ruidosos de entre sus inquilinos actuales—, la cosa pinta bastante peor.

Que el clima está cambiando y que las temperaturas están subiendo es algo que cualquiera que no haya nacido en los últimos diez años puede apreciar directamente. Y que, por otra parte, a estas alturas ya nadie discute, salvo un popular locutor turolense que saca a colación todas las mañanas las temperaturas de su pueblo y las de Soria, y que ve, coincidiendo con la presidenta de la Comunidad de Madrid, una presunta conspiración izquierdista oculta tras la declaración de emergencias climáticas, de cuyos verdaderos objetivos —dice la Sra. Ayuso— ya nos iremos enterando.

En mi opinión, aunque es verdad que el clima ya ha cambiado en otras ocasiones y por otras razones, en esta ocasión hay evidencias suficientes para sostener que el incremento actual de la concentración de CO₂ en la atmósfera, parcialmente responsable del efecto invernadero y peligroso por encima y por debajo de cierto nivel, es directamente atribuible a la actividad humana. Y, en particular, al consumo de combustibles fósiles y otros derivados del petróleo, a la deforestación salvaje y a la práctica de la ganadería intensiva, entre otras.

También pienso que son razones económicas, más que políticas, las que impiden que se haga nada al respecto y que, como ha quedado claro en la cumbre de Madrid, probablemente no se hará nada significativo hasta que ya no haya nada que hacer.

Pero, mientras tanto, estamos en Navidad: encendamos todas las luces y salgamos a comprar de todo, como si no hubiera un mañana. Que vaya usted a saber.


Primera versión de este artículo publicada en ECA 20/12/2019