Las grandes crisis no suelen tener dirección postal. Se
anuncian en informes que pocos leen y en gráficos que viajan entre capitales.
Pero sus consecuencias sí tienen una dirección y un efecto concretos: la
persiana que baja en la calle Mayor; el alquiler imposible para un joven sin
renunciar a todo; la cita médica que se aplaza hasta rozar la burla; el oficio
que se extingue porque nadie recoge el testigo. Barbastro es uno de esos
lugares donde lo abstracto se vuelve cotidiano y, por eso mismo, legible.
Con algo más de 17.700 habitantes, según el padrón del INE a
enero de 2025, Barbastro es capital comarcal del Somontano y tercera ciudad de
la provincia de Huesca. Durante siglos fue un nudo comercial del Aragón
interior. Ignacio de Asso ya describía en el siglo XVIII una ciudad sostenida
por el intercambio, con vida mercantil conectada con Francia y con un mundo
colonial hoy desaparecido. Trescientos años después el perceptible deterioro no llega
como consecuencia de una guerra o una catástrofe: llega como desgaste: Obsolescencia
económica, centralización de servicios y cambio de hábitos asociado a la era
digital. No se oye. Se nota.
El declive del comercio local se explica a menudo como una
guerra perdida contra gigantes: Amazon, grandes superficies, compra online.
Influye, sí. Pero no basta. Culpar solo a la competencia no es sino confundir
el síntoma con la enfermedad. Los comercios cierran porque la demanda local se
estrecha; porque los costes fijos suben a un ritmo difícil de soportar; porque
se compite con reglas distintas; porque el relevo generacional no quiere
heredar una vida de horarios y riesgo; y porque el centro urbano encaja cada
vez peor con la movilidad y el consumo actuales. El resultado no es un
derrumbe: es una erosión.
En Barbastro, además, el comercio no es solo un escaparate.
La ciudad es un nodo comarcal de un territorio disperso: concentra trámites,
compras, salud, sociabilidad y vida urbana para decenas de pueblos. Cuando
Barbastro se debilita, la pérdida afecta a todo su entorno. Por eso el cierre de un local no
es una anécdota: es una señal. Un martes cualquiera baja una persiana y no
vuelve a levantarse. No hay drama, solo un “se alquila” y un hueco. Dos semanas
después hay menos gente pasando; el bar de al lado depende cada vez más de los
jubilados; el propietario de una casa posterga arreglos imprescindibles; el que
iba a abrir un negocio se lo piensa y al final no lo abre. La decadencia rara
vez llega con estruendo: llega por acumulación.
Y hay una causa menos discutida y más decisiva: vivienda
inasequible y fuga de profesionales. Barbastro no compite con Madrid o Zaragoza
en salarios. Su baza es la calidad de vida: cercanía, entorno, comunidad, coste
de vida relativamente más bajo. Esa ventaja se evapora cuando el alquiler es
caro en proporción al sueldo, cuando el mercado de segunda mano es escaso o
deteriorado y cuando rehabilitar o construir tropieza con una burocracia que
pesa casi igual en una ciudad mediana que en una metrópoli. La vivienda no es
solo un techo: es la condición para quedarse.
La sanidad, en este contexto, funciona como barómetro
institucional. En febrero de 2025 se denunciaban listas de espera en el
Hospital de Barbastro que, en algunas especialidades, superaban el año. Se
hablaba de demoras que podían llevar una cita de otorrinolaringología hasta
julio de 2026, o urología hasta mayo, y de un déficit de plantilla significativo.
El Gobierno de Aragón podía señalar mejoras parciales, pero el fondo permanece:
cubrir determinadas plazas en un hospital que es periférico por que así lo quieren, se ha
convertido en un problema estructural. No se arregla con parches.
Cuando se habla de despoblación pensamos en pueblos que se
vacían. Pero el caso de una ciudad intermedia como Barbastro es más incómodo:
puede aguantar en número y degradarse en calidad. La comarca del Somontano
registra una edad media de 46,4 años y solo el 13% de la población tiene menos
de 15 años. El saldo vegetativo es negativo. La inmigración amortigua, pero no
resuelve el núcleo: la ciudad no logra retener a buena parte de sus jóvenes formados.
La mecánica es simple: quien termina el bachillerato se va, estudia fuera, hace
red, compara. Cuando mira atrás no ve solo menos ocio o menos cultura; ve menos
oportunidades, menos vivienda accesible y menos certezas para construir una
vida. La decisión individual es racional. El efecto colectivo, corrosivo.
Barbastro alcanzó, según el INE, su récord histórico de
población: 17.797 habitantes en enero de 2025. Es un dato que el ayuntamiento ha
destacado con satisfacción. Pero el padrón no mide cohesión, ni vitalidad
comercial, ni capacidad de retener talento. Una ciudad puede crecer en
habitantes y deteriorarse simultáneamente en calidad de vida, en continuidad de
servicios, en identidad urbana y en confianza institucional. Que es lo que está
pasando.
Por eso Barbastro no es el problema: es el diagnóstico.
Refleja, como tantas ciudades intermedias del interior, la dificultad de los
sistemas políticos vigentes para gestionar la heterogeneidad territorial. La
erosión institucional no empieza en Bruselas ni en Washington. Empieza cuando
alguien espera catorce meses para una cita con el otorrino y, al final, nadie
le ofrece una explicación que no suene a excusa. Ahí es donde lo macro se
vuelve postal. Y donde deja de ser teoría para convertirse en vida.