Las ciudades rara vez cambian por una única gran decisión.
Son el resultado de cientos, quizá miles, de pequeñas decisiones tomadas por
personas distintas a lo largo de muchos años. Algunas aciertan, otras no, pero
sólo unas pocas tienen la capacidad de modificar de verdad el futuro de una
ciudad. Y aún son menos las que logran mantenerse el tiempo suficiente para
consolidar sus efectos.
Lo normal es que las instituciones que finalmente configuran
una ciudad nazcan para responder a una necesidad concreta, crezcan impulsadas
por el entusiasmo de sus primeros años y, después, entren lentamente en una
fase de rutina. Sin un esfuerzo continuado de mantenimiento, innovación y
adaptación, empiezan a perder influencia, prestigio y capacidad de atracción.
No suele ocurrir de golpe. Es un deterioro lento, casi imperceptible, que sólo
se aprecia cuando se compara la realidad actual con la de veinte o treinta años
atrás.
Los grandes activos de una ciudad son especialmente
vulnerables a ese fenómeno. Un hospital, un centro universitario o un polígono
industrial requieren décadas de atención constante. No basta con inaugurarlos.
Si dejan de evolucionar mientras otros sí lo hacen, comienzan un lento proceso
de pérdida de competitividad que, con el tiempo, acaba siendo muy difícil de
revertir.

