Donald Trump anunció hace unas horas un ataque a Irán. Parece que los iraníes, actualmente gobernados por un régimen teocrático islamista, tienen —o quieren tener— armas nucleares, pero eso no es lo decisivo. Lo que importa es que Estados Unidos tiene aviones y barcos en el golfo Pérsico y cree contar con la potencia de fuego suficiente para evitar o minimizar una represalia iraní a gran escala. Ya veremos. La paz, que es lo que estaba en juego, no es sino el intervalo de tiempo entre dos guerras que los contendientes utilizan para recuperarse de la anterior y encontrar justificación para la siguiente. Como este intervalo está siendo inusualmente largo, hay mucha gente que cree que la guerra, como el cáncer, es una cosa que les pasa a los demás. Algo que nos cuentan en la televisión o sobre lo que podemos leer en el periódico del bar. Pocos iraníes y ucranianos de a pie vieron venir la guerra, pero la guerra llegó. Tampoco yo vi venir el cáncer, pero... ya me he puesto al día. Ahora ellos y yo sabemos que son cosas que le pueden pasar a cualquiera. Solo hay que esperar, vivo, lo suficiente.
domingo, 1 de marzo de 2026
martes, 5 de agosto de 2025
Últimas veces
Desde que cumplió los
setenta años vivía con la sensación de
estar haciendo cosas por última vez. Algunas ya habían quedado atrás para
siempre: charlar con amigos hasta altas horas de la mañana en torno a una botella de vino; pasear por la playa; visitar alguna de sus ciudades fetiche, como
Barcelona, Londres o París, que —pensaba con una mezcla de nostalgia y desdén—
ya no son lo que fueron; o enredarse en discusiones políticas sin sentido. Esto
último, sobre todo, porque creía haber alcanzado algo parecido a la ataraxia
—así la llamaba él—, un estado en el que la opinión ajena, que nunca le había
interesado demasiado, había dejado de importarle casi por completo.
Las dificultades que
tenía para moverse, incluso con apoyo, eran cada vez más evidentes. Ciertos
desplazamientos, antes habituales, se habían convertido en excepcionales, y en
muchos casos estaban ya descartados. No siempre recordaba la última vez que
había hecho algo, pero podía precisar, por ejemplo, la última vez que estuvo
en una iglesia: el día del entierro de J; o la última vez que confió
ciegamente en alguien, o que vio de cerca el mar. Algunas de esas últimas veces
seguían el curso natural de la vida; otras nacían de decepciones; y otras —las
que más le inquietaban— tenían que ver con limitaciones físicas, más irritantes
todavía porque, por el momento, conservaba intactas, o eso creía él, sus facultades mentales. Ir
en bicicleta, por ejemplo, había dejado de ser posible hacía ya tiempo: faltaban la fuerza para superar las cuestas y, sobre todo, el equilibrio, cada vez más
precario, que podía perderse en cualquier momento.
Últimamente estaba obsesionado con una posible última vez relacionada con una de sus
pasiones: los libros. Su mujer y él habían reunido con los años una buena biblioteca. Más de 5.000 libros repartidos en
distintas ubicaciones, más o menos accesibles, aunque alcanzar los ejemplares de las baldas más altas empezara ya a ser
problemático.
El caso es que pensaba seguir subiendo y bajando mientras pudiera y dejarlo solo cuando subir fuera imposible. La cuestión estaba en si la
constatación de esa imposibilidad llegaría antes o después de un accidente
grave. Y en eso, y en lo inexorable de la ley de la gravedad, estaba pensando cuando, tras perder el apoyo de la
barandilla, bajó -por última vez, con la cabeza por delante y a
una velocidad que le sorprendió- al nivel inferior de la vieja biblioteca.
jueves, 3 de abril de 2025
No leer después de la línea 11
Últimamente he visto dos películas sobre teoría de números —en particular, los números primos—, la criptografía de clave pública y la seguridad de la información. Temas densos, sí, pero más fascinantes de lo que parece: todo ese aparato matemático invisible permite, entre otras cosas, que funcionen las criptomonedas, que se guarden secretos de Estado y que los misiles nucleares no se disparen por error.
Hablábamos de esto en el viejo Café de Levante. Con cervezas sobre la mesa y servilletas convertidas en pizarras improvisadas, surgió la idea: ¿cómo introducir un mensaje secreto en un texto, al alcance de cualquiera, para que pase totalmente desapercibido? Eso, dije entonces, es fácil: basta con escribir un artículo cualquiera, sobre cualquier asunto, que tenga más de quince líneas. El mensaje, en español corriente, debe ir a partir de la línea once. Nadie lo notaría. En estos tiempos de consumo ansioso y lectura hipnótica de titulares, nadie lee más allá de unas pocas líneas.
Este experimento trivial, nada más que una broma, esconde una idea preocupante: vivimos en una época donde la forma importa más que el fondo, donde lo visible eclipsa lo estructural, y donde el conocimiento está distribuido de forma profundamente desigual. Eso me llevó a recordar una vieja clasificación social que quizá convenga actualizar. Es la siguiente:
En el mundo hay tres tipos de personas. Que no son, como en el chiste, los que saben contar y los que no. La división, aunque algo más sutil, no es menos cortante. Hay un primer grupo, pequeño, discreto, que sabe cómo funciona su mundo y como gestionarlo. No necesitan aparecer en portadas, convocar ruedas de prensa, o hacer giras promocionales. No se dejan ver en Davos, ni en Cannes, ni en Twitter. Son los arquitectos del sistema, los que toman las decisiones estratégicas y diseñan el marco dentro del cual los demás se mueven.
Luego está el segundo grupo, algo más amplio, compuesto por personas que intentan entender el funcionamiento de su mundo. A veces lo logran, pero no tienen capacidad de decisión. Son observadores rigurosos, científicos sociales, lectores insaciables, ciudadanos atentos. Viven en tensión: saben lo suficiente como para inquietarse, pero no tienen las herramientas para transformar esa inquietud en poder.
Y, finalmente, el tercer grupo, el más numeroso: no entienden nada y tampoco les preocupa, pero son los que toman las decisiones tácticas que condicionan la vida política, económica y cultural del conjunto. Votan, consumen y opinan, aunque no suelen escribir; tampoco leen mucho. Participan en las redes, se exhiben en platós y ante micrófonos encendidos. Su ignorancia no es impostada: es natural, orgánica, y en muchos casos celebrada como forma de identidad colectiva. No obstante, de este grupo pueden salir líderes políticos y también las mayorías que los lleven al poder.
Puede parecer un esquema distópico, y tal vez lo sea. Pero no es nuevo. Esta clasificación remite a la sociología de las élites de Vilfredo Pareto y Gaetano Mosca, quienes describieron una minoría dirigente que concentra el poder, así como a la triada del Inner Party, Outer Party y Proles en 1984 de George Orwell, que ilustra jerarquías de conocimiento y control. Y resuena con la 'jaula de hierro' de Max Weber, metáfora de las estructuras burocráticas que constriñen la agencia individual. Lo novedoso es la forma en que los límites entre estos grupos se han vuelto más borrosos, más resbaladizos y, a la vez, más impermeables.
Existe una relación simbiótica entre ellos. El primer grupo necesita al tercero para ejecutar sus decisiones, para legitimar el espectáculo democrático, para absorber la tensión de las crisis. Y necesita al segundo para analizar, predecir, amortiguar. Pero ninguno de estos dos puede —o quiere— hacer visibles las estructuras reales del poder. Se puede pasar del tercer grupo al segundo leyendo. El resto de las transiciones son muy raras.
Volvamos a los números primos. Esos entes abstractos, estudiados desde hace siglos sin aparente utilidad práctica, hoy son el núcleo de la criptografía moderna. Gracias a ellos podemos comunicarnos de forma segura, almacenar datos, mover dinero y proteger secretos. Sin ellos, todo colapsaría: desde los sistemas bancarios hasta los misiles balísticos.
A eso se suma otro instrumento aún menos comprendido por la mayoría: la reserva fraccionaria. Este mecanismo, con el que los bancos prestan un dinero que no tienen, es una de las piezas centrales del capitalismo financiero. Su existencia, sin embargo, pasa desapercibida para casi todos. ¿Por qué? Porque comprenderla exige tiempo, esfuerzo, y una voluntad de mirar detrás del decorado que pocos cultivan.
Ambos instrumentos —los números primos y la reserva fraccionaria— pertenecen simbólicamente al primer grupo. Son una parte, quizá pequeña pero no insignificante, de su caja de herramientas. El segundo grupo los estudia, los explica, los cuestiona. El tercero ni siquiera sabe que existen. Y, sin embargo, su vida entera depende de ellos.
Pero no hay un “club secreto” que dirija el mundo desde un sótano lleno de pantallas. Lo que hay es una estructura de poder que opera bajo lógicas técnicas, financieras y algorítmicas que no requieren aplausos ni votos. Basta con que funcionen. Y funcionan.
Hay un mensaje en este texto y no está cifrado. Está a plena vista, como los números primos, como los contratos bancarios o las líneas que pocos llegan a leer. Está a partir de la línea once, si uno quiere. Pero, sobre todo, está en la invitación a leer críticamente, cuestionar las estructuras de poder y reconocer el valor (y la desigual distribución) del conocimiento.
Publicado en ECA 11 de abril de 2025
jueves, 9 de enero de 2025
Intemporal (publicada en un recopilatorio de historias sobre Barbastro)
Cuando yo nací, en España mandaba un general que había ganado una guerra catorce años antes. Entonces, e incluso muchos años después, aquella guerra seguía estando presente en la mente de todos, aunque la gente procuraba no hablar mucho de ella y en la medida de lo posible intentaba olvidarla. De hecho, había una cosa que me llamaba la atención en mis primeros años y es que no parecía haber nada antes de aquella guerra. O al menos inmediatamente antes. Sí estaban, desde luego, los Reyes Católicos, Felipe II e incluso algunos borbones, pero nada que tuviera que ver con los años inmediatamente anteriores a la República, la república misma o las versiones no hagiográficas de la guerra civil. En los libros que yo leía, las aventuras de Guillermo Brown, por ejemplo, Guillermo iba a la misma escuela que sus padres, pero yo no iba a la misma escuela que mi padre porque mi padre estaba a los 17 años sirviendo una batería nacional cerca de Laspuña, incorporado a la fuerza para hostigar a la 43 división del ejército republicano, ya en franca retirada y concentrándose en la efímera bolsa de Bielsa. La república había suprimido los recuerdos anteriores al 31 y los vencedores de la guerra los anteriores a 1939 con lo que el país parecía limitarse a lo hecho desde que el general victorioso fue proclamado Caudillo de España por la gracia de Dios. O por una gracia de Dios, que también se decía en algunos ambientes.
Vine al mundo en un viejo caserón de la calle de Las Fuentes, que, por entonces, se consideraba algo suburbial, aunque no formaba parte exactamente de lo que se conocía como el arrabal de la ciudad, habitada sobre todo por pequeños agricultores, como mi abuelo lo fue mientras las fuerzas se lo permitieron. La calle daba al río y estaba orientada al Sur, lo que garantizaba todo el año un carasol para que las vecinas de cierta edad, como mi abuela y sus vecinas que, sobre todo en primavera y verano, se sentaban todas las tardes a coser, escoscar almendras o lo que se terciase, se pusieran al día de la vida y milagros del resto del vecindario e incluso de lo que habían puesto por la televisión que ellas no tenían. De la calle se podía y aún se puede, salir en dirección este, hacia el arrabal y la iglesia y el puente de San Francisco que daba a la plaza de la Diputación o del matadero y a la calle Mayor o en dirección oeste, que es el objeto de este escrito, hacia el Moliné, el camino de los Tapiados y el de Cregenzán, la plaza de Guisar y el puente del Portillo sobre un río sin canalizar ni depurar. Pasado el puente y casi en la misma esquina que formaban la calle Mayor y Martínez Vargas había una oficina de la Seguridad Social y lo que llamábamos la Caja, donde el practicante y sus eficientes enfermeras, una muy alta y otra menos, nos administraban la penicilina con un buen hacer que los críos acogíamos, generalmente, con lloros y lamentos, pacientemente ignorados o calmados, a veces, con un caramelo o un trozo de regaliz. La Calle Mayor, transitada en dirección oeste, es decir, hacia el Entremuro, llevaba a los dos colegios religiosos, católicos, por supuesto, uno de monjas que tenía un parvulario y otro de curas, escolapios, en el que se podía estudiar hasta el bachillerato.
En aquellos años la calle Mayor, o Argensola, en el tramo que va del puente del portillo hasta el colegio de los escolapios era bastante diferente a la de ahora, ocupada casi totalmente por la sede de la UNED en Barbastro. Nada más empezar había una zapatería y la imprenta de Adriana Corrales donde ya se imprimía el Cruzado, un llamado centro secundario de higiene rural donde nos sometían a interminables, por el número de partícipes, sesiones de RX con un aparato que ahora parecería, sin duda, muy rudimentario y sin que ni la enfermera ni los candidatos a irradiados, todos en la misma habitación que el aparato, tuviéramos la más mínima protección. Enfrente había una carpintería y una armería, donde, se decía, se reunían algunos de los prohombres del régimen, la casa Cancer o casa Zapatillas, habitada entonces por Valentina, una señora mayor que vivía sola desde la guerra y más arriba y para cerrar el ciclo, una funeraria justo enfrente de la iglesia de los escolapios y quizá algo más que ahora no recuerdo. Por ese tramo de la calle deambulaba Angelito, un muchacho vivales e incansable, con síndrome de Down y ciertas dificultades motrices que no le impedían recorrer la calle en cuyo centro vivía, de arriba abajo aunque necesitaba ayuda, que obtenía sin dificultad, para cruzarla de un lado a otro. Angelito nos conocía por el nombre a todos o casi todos los que transitábamos por allí y a mí, al menos, me reconoció treinta años después cuando volví a transitar aquella calle por razones de trabajo y siguió llamándome Calito, como cuando tenía 6 años. Entonces en el colegio se aprendían muchas cosas y yo aprendí muchas en aquel colegio de los escolapios. Quizá no tantas en las monjas porque allí se estaba poco tiempo y yo sólo un año y porque mi madre ya me había enseñado a leer que era, sobre todo, lo que tocaba enseñarles a los parvulitos.
Entonces no había nada parecido a teléfonos móviles, pero sí una lámina de pizarra sobre la que deslizábamos un pizarrín de yeso para escribir y que algunas veces llegaba a casa rota tras haber estampado la cartera que la contenía en la cabeza de algún colega. Las cosas, entonces, había que aprendérselas a golpe de codo y así aprendimos la geografía de España, de Europa, de Asia y de América, las capitales de todos los países del mundo, los cabos, los golfos, los estrechos… Skagerrak, Kattegat… y otros que ni siquiera aparecen ahora en los mapas, ríos.. el Odi, el Yenisei, Lena, Amur, Amarillo, Azul… el Petchora, Mezen, Dwina… volcanes, Cotopaxi y Chimborazo en Ecuador.. en fin, las preposiciones, los planetas, los hijos de Jacob y todo el antiguo testamento, las tablas aritméticas, el interés simple, la regla de tres y la Historia de España contada, claro, a la manera de entonces. Cosas que ahora no se aprenden porque no hace falta, ¡estando Google!. Y aún daba tiempo para ir a misa todos los días y rezar el rosario todas las tardes cuando tocaba.
Delante de los escolapios había una plaza, sin asfaltar, limitada también y como ahora por el ayuntamiento, la calle Mayor y un asilo de ancianos. Una plaza que servía de patio de recreo para el colegio que, como única alternativa, tenía un patio interior, la luneta, bastante fría y húmeda, y en el que jugábamos a marro, a churro mediamanga.. a los boletes y en la que, el que había ido a uno de los tres cines el día anterior contaba la película con sabrosos detalles de su cosecha. En las escaleras que daban a la calle Mayor o en sus proximidades solía aposentarse una señora, que a mí me parecía muy mayor y que vendía chucherías que llevaba en una especie de pañuelo ropero y un hombre, también mayor, que empujaba un carrito conocido como el Carré. La alternativa era un carro, más grande, que tenía un puesto fijo en la Calle de San Ramón. Justo enfrente de la salida de esta plaza empezaba el Rollo, una calle pendiente y empedrada que iba directamente al Coso, dejando a la izquierda la iglesia y el colegio de las monjas y a la derecha unas dependencias del obispado que incluían un espacio dedicado a Acción Católica en el que, a decir verdad, tampoco se esforzaban mucho en adoctrinarnos. Al final, como ahora, la Caja de Ahorros, el hotel San Ramón, el inicio de la calle del mismo nombre y una plazoleta con una Sastrería en cuyo frontal había dos espejos, uno cóncavo y uno convexo, que deformaban las imágenes con notable alborozo por parte del que los veía por primera vez. En la plazoleta había también una minúscula librería cuyo propietario no tenía inconveniente en dejarnos revolver los libros que tenía amontonados en los estantes más bajos. Recuerdo especialmente una colección de novelas cuyo protagonista era Doc Savage, el hombre de bronce, que me costaron los recursos extraordinarios de varias semanas, aunque alguna de ellas la leí allí mismo. Después de todo yo era un buen cliente que todas las semanas le compraba el episodio correspondiente de El Capitán Trueno y el Pulgarcito, siete pesetas entre los dos, con los beneficios que obtenía comprando el Hola, otras siete pesetas, que leían por turnos mi madre y mis dos tías y por lo que me daban cinco pesetas cada una. Después y ya con los libros, sobre todo las colecciones de editorial Bruguera, recorrí todas o casi todas las librerías de Barbastro que siempre ha sido y aún es una ciudad muy bien dotada en este sentido.
Mi tía vivía al principio del Coso, oficialmente Paseo del Generalísimo, pero esa denominación era generalmente ignorada incluso en la correspondencia, en una casa de tres o cuatro pisos que aún existe y a donde iba mi madre casi todas las tardes a coser y a seguir la radionovela de la Cadena Ser. En la misma casa vivía mi amigo Juan con el que nos dedicábamos a recorrer el entorno y ocasionalmente a molestar a los trabajadores de l’Abeille, una agencia de seguros que había en la planta baja de la misma casa, por el procedimiento de introducir crípticos mensajes por el buzón que tenían en el patio. Cuando conseguimos, casi simultáneamente, que nos compraran una bicicleta, nuestro pequeño mundo se ensanchó rápidamente para incluir el Camino de Cregenzán y la mayoría de las badinas del río Vero, Melinguera, Punta Flecha, Fuente Franco… que suplían con creces las, entonces y por mucho tiempo más, inexistentes, piscinas municipales, en aquellos interminables y maravillosos veranos. Al principio del Coso estaba también uno de los dos puestos atendidos por la policía municipal, entonces conocidos como urbanos, para regular el tráfico por la que no sólo era la calle más importante del pueblo sino también un tramo de la carretera nacional 240, de Tarragona a San Sebastián, que ya empezaba a registrar un tráfico intenso. Después, mucho después, llegó la variante y más tarde la autovía, pero perdimos el ferrocarril que nos llevaba a Madrid, pasando por Selgua y Zaragoza, en catorce o quince horas, llegaron los supermercados, muchos, y perdimos una parte importante del pequeño comercio que daba vida a la ciudad y llegó la pandemia que ha cerrado también las nuevas tiendas y está poniendo nuestras vidas en entredicho. Las calles, esas calles, siguen más o menos donde estaban, aunque los que las transitan en coche, en bicicleta o a pie sean otros y hayan desaparecido la mayor parte de los que las recorrían entonces. Así son las cosas.
viernes, 27 de diciembre de 2024
El Valor del Silencio (Texto generado íntegramente por AI)
lunes, 11 de marzo de 2024
Domingos cerrado.
domingo, 10 de marzo de 2024
Una de restarurantes.

La Peña Miguel Cebollada ha otorgado a La Bodega de Chema de Zaragoza el premio al mejor restaurante de Aragón. Muy merecido, por cierto. Enhorabuena a Alfredo Abadía y a todo su equipo. La foto de la izquierda corresponde a una comida de amigos: 4 barbastrenses y un riojano y una burgalesa que como si lo fueran, celebrada el pasado día 9.
viernes, 9 de febrero de 2024
Entre la saturación y la expectativa
Nuestro sistema de salud está, como
tantas otras cosas, al borde del colapso. Los médicos de atención primaria,
antes llamados de cabecera y ahora de familia, están desbordados y son claramente
insuficientes para la demanda actual. Un problema que la puesta en marcha,
cuando se realice y si se lleva a cabo, de un nuevo centro de salud hará aún
más evidente: más y mejores espacios para los mismos o incluso menos médicos.
En el caso de los especialistas, la situación es aún peor; las listas de espera
en el hospital de Barbastro en algunas especialidades alcanzan niveles muy preocupantes
y la atención prioritaria que hasta ahora se presta, por ejemplo, a los
afectados por cáncer, parece estar en riesgo por falta de oncólogos en la
plantilla.
Este es un asunto grave que, visto en perspectiva, no deja de tener su lógica.
Los recursos disponibles, en sanidad, educación o vivienda, siempre están por
debajo de la demanda, ligeramente cuando las cosas van bien y ostensiblemente
cuando van mal. Es posible, desde luego, recordar con añoranza y aparente
nostalgia tiempos pasados, pero si entonces las cosas parecían estar mejor era
solo porque las expectativas y las necesidades eran significativamente menores.
No hace tanto tiempo, aunque eso depende de la escala, estoy hablando de la
segunda mitad del siglo pasado, que los médicos visitaban a domicilio o
atendían en el suyo y un enfermero, practicante se decía entonces, iba de casa
en casa a administrar la penicilina. Solía llegar a todas partes, pero un
enfermo de cáncer en el medio rural y en una familia sin medios suficientes, podía
darse por muerto.
El caso de los seguros privados es paradigmático. En algún momento, para
familias con un poder adquisitivo medio, pudieron parecer la solución a los
problemas de saturación del sistema sanitario público y seguramente lo fueron
en los primeros momentos. Después, inevitablemente, la demanda desbordó
ampliamente la oferta y las colas en ambos sistemas, el público y el privado,
atendidos además por los mismos profesionales, se han igualado ya, para las
especialidades con mayor demanda. Nada que la teoría de los vasos comunicantes
no haya explicado ya.
La física, con la que los autores de un libro reciente están intentando
conciliar el Génesis y la teoría del Big Bang, -ver el artículo de Pedro
Escartín de la semana pasada- encuentra también su utilidad en otro de los
problemas de la civilización post industrial: los que llevamos muchos años
viajando a Zaragoza por razones de estudio, trabajo, médicas o de ocio, hemos
visto de todo en esa carretera. Había muchos menos coches, y ya la carretera se
saturaba con facilidad en cuanto se juntaban dos camiones y un autobús. Hoy,
sin necesidad de hablar del escándalo que supone la travesía de Huesca, cuyo
mantenimiento en el estado actual debería ser constitutivo de delito no
amnistiable, es posible encontrarse cualquier fin de semana o en hora punta de
cualquier otro día, con los mismos problemas, pero a la escala de los tiempos.
Aquí el principio físico a aplicar es el que sostiene que los coches, como los
gases, ocupan siempre todo el espacio disponible.
Otra interesante ley física, enunciada
por Sir Isaac Newton en 1687, es el principio de acción y reacción o tercera
ley de Newton. La ley dice que por cada acción siempre hay una reacción igual y
opuesta. Una reacción que, en política, rara vez se limita a restaurar el statu
quo ante… y una ley que quizá, a la vista de la reciente historia de Europa
y no tan reciente de España, debería ser tenida en cuenta por la clase política
actual. Pero eso ya lo tocaremos otro día. O quizá, mejor no.
Enviado a ECA. 9 febrero 2024
lunes, 26 de junio de 2023
Verano
El invierno ya no ha sido lo que fue y parece que el verano tampoco va a ser lo que era. Un mes de junio sorprendentemente lluvioso ha puesto a prueba las débiles infraestructuras urbanas y los caminos rurales, ha dañado aleatoriamente las cosechas y, al menos en una ocasión, incluso nos ha permitido recordar cómo eran los cortes del suministro eléctrico. La AEMET anuncia ahora un verano muy caluroso, lo que tampoco parece un anuncio especialmente arriesgado, aunque no recuerdo que hubiera anunciado los excesos en la pluviometría, así que ya veremos.
Los límites establecidos
hace un año por el gobierno para el aire acondicionado, así como la
obligatoriedad de establecer puertas estancas de cierre automático para evitar
el intercambio de calor con el exterior, parecen haber caído en el olvido, como
tantas otras ocurrencias. La ocupación de la vía pública por terrazas, sin
embargo, establecida como solución provisional durante la pandemia para los
bares que no dispusieran habitualmente de ellas, parece haber devenido
permanente. La pandemia misma ha perdido bastante fuerza, sobre todo desde que
la OMS la dio por terminada, pero aquí el gobierno sigue resistiéndose a
suprimir el último recordatorio de su capacidad para obligarnos a hacer
cualquier tontería que se les ocurra. La mascarilla, hoy lunes 26 de junio,
sigue siendo obligatoria en establecimientos sanitarios.
El verano, que acabamos
de estrenar, ha sido recibido con alborozo por hosteleros y veraneantes. Se
anuncia, dicen, con toda la monserga al uso, un verano excepcional, esto es,
reservas al 100%, playas saturadas, festivales abarrotados, zonas de montaña en
las que habrá que limitar el acceso, siquiera sea nominalmente, para tratar de
ralentizar la destrucción del paisaje, y el país paralizado, de hecho, hasta
después del Pilar.
La novedad, este año, es
que todo esto ocurre entre dos convocatorias electorales, la primera de las
cuales, de carácter local y autonómico, ha supuesto una considerable pérdida de
poder para la izquierda, y una segunda, de carácter nacional, para tratar de
compensar la situación, manteniendo el poder del Estado. No sé si alguien
recordará aquellos tiempos en los que el marketing electoral estaba vetado
fuera de las campañas electorales o en los que se ventilaban modelos de
sociedad distintos. Yo sí que los recuerdo y no tienen nada que ver con estos.
Actualmente la campaña,
permanente, consiste en vender el producto propio y denostar al contrario,
compitiendo por un puñado, más bien marginal, de votos, que son los que
decidirán cual de los contendientes disfrutará, durante los próximos años, de
los privilegios del poder. Un poder que podrá utilizar, y muy probablemente
utilizará, para tocarnos las narices, imponernos colas absurdas para resolver
cualquier tontería, legislar o producir normativa innecesaria sobre cualquier
cosa que se les ocurra, con medidas que a ellos no les afectarán y sobre todo,
claro, recaudar. Sus oponentes permanecerán tranquilamente a la espera, a la
sombra de algún escaño, concejalía o lo que salga, donde matarán el tiempo
hasta que les toque, otra vez, el turno. Y así, ad infinitum.
Al menos, claro, mientras los recursos disponibles sean suficientes y el número de descontentos y el grado de descontento, se mantengan por debajo de un nivel crítico. Es decir, mientras la economía, la energía, el clima, la sobreocupación de partes del territorio, una tecnología cuyos arcanos son cada vez más incomprensibles para la mayoría, la fragilidad del sistema monetario y otros factores, no se confabulen para romper la ilusión de que el estado de bienestar del que, a pesar de todos estos…, disfrutamos es permanente y el progreso una función lineal del tiempo.
Enviado a ECA, 26 de junio de 2023
viernes, 30 de diciembre de 2022
Fin de... año
Vi una película, hace unos días, en la que la
protagonista, a causa de un accidente dejaba de envejecer, se veía obligada a
cambiar periódicamente de residencia y tenía que hacer pasar a su hija por su
madre. Otro accidente devolvió las cosas a la normalidad y la protagonista, una
vez localizada la primera cana, se casó con el hijo o el nieto de su primer
amor y fueron felices y comieron perdices hasta, esto no salía en la película,
pero era obvio, que fallecían y descansaban para siempre. Yo hubiera preferido
otro final, pero las películas tienen que acabar en algún momento y no pueden gestionar
acontecimientos lineales, así que los guionistas optaron por no complicarse la
vida y matar a la protagonista, único final que conservaba el orden natural de
las cosas y permitía poner la palabra FIN al cabo de la hora y media o dos que
duraba la película.
Porque lo natural,
efectivamente, es envejecer, con suerte, y, en todo caso, morirse tras un
tiempo razonable. A mí lo de no envejecer me hacía, ya no, claro, cierta
ilusión, sobre todo por una interpretación, quizá demasiado literal, del viejo
proverbio chino que recomienda sentarse a la puerta de casa para ver pasar el
cadáver de tu enemigo. Pero si uno envejece, a partir de cierta edad lo que
ocurre es exactamente lo contrario. Cada vez que pasas por delante de según
quien, sobre todo si está sentado en la puerta de su casa, no puedes evitar
preguntarte, ¿qué estará esperando este desgraciado?
En fin, bromas aparte, estamos asistiendo al final del
año 2022 de la era cristiana y a punto de empezar el 2023. Digo esto, no porque
tenga demasiada importancia, sino porque, en tiempos de tanta incertidumbre
como los que nos ha tocado vivir, bien está contar con alguna certeza más,
además de la apuntada en el párrafo anterior. Al final del verano cualquiera
hubiera dicho que el otoño iba a ser poco menos que un anticipo del apocalipsis,
con la inflación desbocada, la guerra en Ucrania transmutada en guerra nuclear mundial
y la economía occidental definitivamente hundida, víctima de nuestros excesos y
de algún error en el suministro de recursos. Evidentemente, las cosas no han
ido, aún, por ahí, y los españoles de a pie, esos para los que dice trabajar el
presidente del actual gobierno, han salido pitando a las carreteras, estaciones
de ferrocarril y aeropuertos para ocupar, según las recurrentes noticias de
todos los medios, el 80, 90% y 100% de las plazas disponibles en hoteles,
restaurantes y chiringuitos diversos en los pueblos y las ciudades, el mar o la
montaña, con la única condición de estar lejos del lugar de residencia
habitual.
Mientras llegaban las vacaciones, nuestra esforzada clase
política ha dedicado largas jornadas laborales a legislar sobre las cuestiones
más pintorescas, la mayoría de las cuales, cosas de la edad y del poco tiempo
que probablemente me quede para disfrutar del país que nos están dejando, me
importan más bien poco. Quizá lo más sorprendente sea una ley, no recuerdo el
nombre, que supera una de las pocas limitaciones impuestas al poder del
parlamento británico. Uno de sus viejos manuales sostenía que el parlamento podía
hacer cualquier cosa, menos convertir a un hombre en una mujer. Bah, cosas de
los ingleses y de la edad media.
Bueno, pues volviendo a lo del final de año, el caso es que parece que los americanos van a intentar volver a la luna y que lo de la fusión nuclear estará listo, ¡sorpresa!, dentro de -otros- 25 años. Mientras tanto, entre Barbastro y Monzón se va a perforar, según publicaba El Periódico del 18 de este mes, una reserva de hidrógeno puro que, por lo visto, ya se descubrió en los años 60 del pasado siglo y que es, naturalmente, la primera de Europa. El 18, sí, no el 28. Tengan un feliz 2023, mantengan un razonable escepticismo, conserven a los amigos que aún les queden y procuren estar a prudente distancia de los que cantan por las mañanas.
Publicado en ECA 30/12/2022
martes, 18 de octubre de 2022
Otoño 2022
Cuando yo era muy joven, pongamos que hace más de 60 años, leí un libro de Julio Verne que me impresionó bastante, De la Tierra a la Luna, escrito en 1865, 104 años antes de que Neil Armstrong pusiera el pie en nuestro satélite. La novela describía los esfuerzos de un grupo de artificieros del ejército estadounidense para reutilizar la tecnología balística utilizada en la recién terminada guerra civil y construir un artilugio capaz de vencer la gravedad terrestre y viajar hasta la Luna. No pisaron la Luna, creo, pero consiguieron orbitarla y volver a la Tierra. En 1968 se estrenó la película 2001, una odisea en el espacio, dirigida por Stanley Kubrick, en la que se cuenta como una inteligencia extraterrestre induce, o enseña, a un grupo de monos escandalosos, que se pelean a gritos junto a una charca de agua estancada, a utilizar sus extremidades superiores para manejar una estaca con la que romper la cabeza a sus semejantes. Aparentemente esto fue el principio de un largo proceso evolutivo que culminó en el Homo Sapiens, capaz de construir una nave con la que salir al encuentro de sus benefactores, cosa que ocurre al final de la película.
En fin, todo esto viene a cuento de que,
durante bastante tiempo, pensábamos que la evolución nos iba a permitir
abandonar este valle de lágrimas por una vía distinta de la habitual y
colonizar primero el sistema solar y después… ¿quién sabe? Había que superar serios
inconvenientes como la gravedad, la falta de fuentes de energía adecuadas o de atmósfera,
las distancias a recorrer y los límites físicos a la velocidad alcanzable… pero
en las películas y en las novelas de Asimov, Bradbury y otros, todo eso era peccata
minuta. El final de la guerra fría, con la descomposición de la Unión Soviética
y el fin de la carrera espacial puso fin a los viajes al espacio, salvo los
necesarios para mantener una compleja red de satélites de comunicaciones,
espionaje y control de la población que aún siguen ahí. La evolución, gracias
también a la tecnología militar estadounidense, fue por otro camino.
Los computadores primero y los protocolos
desarrollados por la agencia de proyectos avanzados de defensa (DARPA) de Estados
Unidos, llevaron a Internet y a una revolución cuyos efectos empezaron a
notarse en los años 90 y que hoy ha cambiado, no necesariamente para bien, y en
poco más de 30 años, nuestra forma de informarnos, comunicarnos, leer, aprender
y, en definitiva, de ver el mundo. Una revolución basada, también, en la
disponibilidad de energía fósil abundante y barata, en los descubrimientos
científicos de los siglos XVIII y XIX y en la religión del crecimiento, aunque
cuando Dios dijo aquello de creced y multiplicaos, probablemente, creía
que no pensábamos pasarnos la vida en este pequeño y redondo planeta, ni que
nos tomaríamos tan al pie de la letra lo de multiplicaos. Este otoño llegaremos
a 8000 millones, si la guerra en el este de Europa no lo impide, con muchos de
los activos que nos han traído hasta aquí seriamente comprometidos. No sé si
saldremos del carajal en el que estamos metidos, espero que sí, pero hace
tiempo ya que estamos consumiendo los recursos de un futuro que parecía más
lejano de lo que estaba en realidad.
Esta mañana he leído la carta de dimisión de la jefa de oncología del Hospital de Barbastro, un servicio del que la ciudad podía sentirse, hasta no hace mucho, legítimamente satisfecha. La razón, la sostenida e insoportable falta de medios para atender a sus pacientes. Una más de las muchas cosas que están pasando y que no deberían pasar.
ECA 21oct2022
viernes, 18 de marzo de 2022
¿Primavera?
viernes, 22 de noviembre de 2019
Barcelona
Publicado en ECA
miércoles, 2 de enero de 2019
Una excursión a la montaña (I)
A las tres de la tarde del día de jueves santo de 1973, creo que era el mes de abril, el autobús nos dejó en Siresa, un pequeño pueblo del Valle de Hecho en el que había unas pocas casas de piedra y alguna, más reciente, con revestimientos de madera, ladrillo o mampostería, corrales en las afueras, el ayuntamiento, ya cerrado, un pequeño bar que también era una tienda en la que se vendía de todo y el cuartel de la Guardia Civil, todo ello en torno a una Iglesia que, por aquel entonces aún debía estar atendida por un cura nativo, formado en los seminarios de Barbastro, recientemente cerrado o de Zaragoza. Alguien sugirió que diéramos cuenta, en el cuartelillo, de nuestra intención de aventurarnos en la montaña, por si nos perdíamos o teníamos algún problema con una climatología que, a pesar de que ya habíamos dejado atrás el invierno, aún podía darnos algún susto. El guardia que nos atendió nos preguntó que a dónde íbamos, le respondimos con vaguedades porque no lo sabíamos muy bien, que si teníamos experiencia en la montaña, le dijimos que sí, que solíamos ir a los alrededores de San Juan de la Peña a hacer alguna costillada dominical, cosa que pareció hacerle gracia y que cuándo pensábamos volver, el domingo, le dijimos, porque el lunes había clase y yo, por ejemplo, tenía examen. Me miró con algo de sorna pero tomó nota de todo, examen incluido y de los nombres de los siete. A las chicas se lo hizo repetir dos veces, como si quisiera asegurarse de que se habían unido voluntariamente a aquellos tipos en una expedición a no se sabía dónde y nos dijo que fuéramos con cuidado, que no nos aventuráramos fuera de la carretera o de los caminos o pistas señalizados, que buscáramos un refugio en caso de tormenta y que permaneciéramos allí hasta que escampara y que pasáramos por el cuartelillo a la vuelta o llamáramos si volvíamos de noche o por otro camino.







