Donald Trump anunció hace unas horas un ataque a Irán. Parece que los iraníes, actualmente gobernados por un régimen teocrático islamista, tienen —o quieren tener— armas nucleares, pero eso no es lo decisivo. Lo que importa es que Estados Unidos tiene aviones y barcos en el golfo Pérsico y cree contar con la potencia de fuego suficiente para evitar o minimizar una represalia iraní a gran escala. Ya veremos. La paz, que es lo que estaba en juego, no es sino el intervalo de tiempo entre dos guerras que los contendientes utilizan para recuperarse de la anterior y encontrar justificación para la siguiente. Como este intervalo está siendo inusualmente largo, hay mucha gente que cree que la guerra, como el cáncer, es una cosa que les pasa a los demás. Algo que nos cuentan en la televisión o sobre lo que podemos leer en el periódico del bar. Pocos iraníes y ucranianos de a pie vieron venir la guerra, pero la guerra llegó. Tampoco yo vi venir el cáncer, pero... ya me he puesto al día. Ahora ellos y yo sabemos que son cosas que le pueden pasar a cualquiera. Solo hay que esperar, vivo, lo suficiente.
domingo, 1 de marzo de 2026
martes, 5 de agosto de 2025
Últimas veces
Desde que cumplió los
setenta años vivía con la sensación de
estar haciendo cosas por última vez. Algunas ya habían quedado atrás para
siempre: charlar con amigos hasta altas horas de la mañana en torno a una botella de vino; pasear por la playa; visitar alguna de sus ciudades fetiche, como
Barcelona, Londres o París, que —pensaba con una mezcla de nostalgia y desdén—
ya no son lo que fueron; o enredarse en discusiones políticas sin sentido. Esto
último, sobre todo, porque creía haber alcanzado algo parecido a la ataraxia
—así la llamaba él—, un estado en el que la opinión ajena, que nunca le había
interesado demasiado, había dejado de importarle casi por completo.
jueves, 3 de abril de 2025
No leer después de la línea 11
Hablábamos de esto en el viejo Café de Levante. Con cervezas sobre la mesa y servilletas convertidas en pizarras improvisadas, surgió la idea: ¿cómo introducir un mensaje secreto en un texto, al alcance de cualquiera, para que pase totalmente desapercibido? Eso, dije entonces, es fácil: basta con escribir un artículo cualquiera, sobre cualquier asunto, que tenga más de quince líneas. El mensaje, en español corriente, debe ir a partir de la línea once. Nadie lo notaría. En estos tiempos de consumo ansioso y lectura hipnótica de titulares, nadie lee más allá de unas pocas líneas.
jueves, 9 de enero de 2025
Intemporal (publicada en un recopilatorio de historias sobre Barbastro)
Cuando yo nací, en España mandaba un general que había ganado una guerra catorce años antes. Entonces, e incluso muchos años después, aquella guerra seguía estando presente en la mente de todos, aunque la gente procuraba no hablar mucho de ella y en la medida de lo posible intentaba olvidarla. De hecho, había una cosa que me llamaba la atención en mis primeros años y es que no parecía haber nada antes de aquella guerra. O al menos inmediatamente antes. Sí estaban, desde luego, los Reyes Católicos, Felipe II e incluso algunos borbones, pero nada que tuviera que ver con los años inmediatamente anteriores a la República, la república misma o las versiones no hagiográficas de la guerra civil. En los libros que yo leía, las aventuras de Guillermo Brown, por ejemplo, Guillermo iba a la misma escuela que sus padres, pero yo no iba a la misma escuela que mi padre porque mi padre estaba a los 17 años sirviendo una batería nacional cerca de Laspuña, incorporado a la fuerza para hostigar a la 43 división del ejército republicano, ya en franca retirada y concentrándose en la efímera bolsa de Bielsa. La república había suprimido los recuerdos anteriores al 31 y los vencedores de la guerra los anteriores a 1939 con lo que el país parecía limitarse a lo hecho desde que el general victorioso fue proclamado Caudillo de España por la gracia de Dios. O por una gracia de Dios, que también se decía en algunos ambientes.
viernes, 27 de diciembre de 2024
El Valor del Silencio (Texto generado íntegramente por AI)
lunes, 11 de marzo de 2024
Domingos cerrado.
domingo, 10 de marzo de 2024
Una de restarurantes.

La Peña Miguel Cebollada ha otorgado a La Bodega de Chema de Zaragoza el premio al mejor restaurante de Aragón. Muy merecido, por cierto. Enhorabuena a Alfredo Abadía y a todo su equipo. La foto de la izquierda corresponde a una comida de amigos: 4 barbastrenses y un riojano y una burgalesa que como si lo fueran, celebrada el pasado día 9.
viernes, 9 de febrero de 2024
Entre la saturación y la expectativa
Nuestro sistema de salud está, como
tantas otras cosas, al borde del colapso. Los médicos de atención primaria,
antes llamados de cabecera y ahora de familia, están desbordados y son claramente
insuficientes para la demanda actual. Un problema que la puesta en marcha,
cuando se realice y si se lleva a cabo, de un nuevo centro de salud hará aún
más evidente: más y mejores espacios para los mismos o incluso menos médicos.
En el caso de los especialistas, la situación es aún peor; las listas de espera
en el hospital de Barbastro en algunas especialidades alcanzan niveles muy preocupantes
y la atención prioritaria que hasta ahora se presta, por ejemplo, a los
afectados por cáncer, parece estar en riesgo por falta de oncólogos en la
plantilla.
lunes, 26 de junio de 2023
Verano
El invierno ya no ha sido lo que fue y parece que el verano tampoco va a ser lo que era. Un mes de junio sorprendentemente lluvioso ha puesto a prueba las débiles infraestructuras urbanas y los caminos rurales, ha dañado aleatoriamente las cosechas y, al menos en una ocasión, incluso nos ha permitido recordar cómo eran los cortes del suministro eléctrico. La AEMET anuncia ahora un verano muy caluroso, lo que tampoco parece un anuncio especialmente arriesgado, aunque no recuerdo que hubiera anunciado los excesos en la pluviometría, así que ya veremos.
viernes, 30 de diciembre de 2022
Fin de... año
Vi una película, hace unos días, en la que la
protagonista, a causa de un accidente dejaba de envejecer, se veía obligada a
cambiar periódicamente de residencia y tenía que hacer pasar a su hija por su
madre. Otro accidente devolvió las cosas a la normalidad y la protagonista, una
vez localizada la primera cana, se casó con el hijo o el nieto de su primer
amor y fueron felices y comieron perdices hasta —esto no salía en la película pero era obvio— que fallecían y descansaban para siempre. Yo hubiera preferido
otro final, pero las películas tienen que acabar en algún momento y no pueden gestionar
acontecimientos lineales, así que los guionistas optaron por no complicarse la
vida y matar a la protagonista, único final que conservaba el orden natural de
las cosas y permitía poner la palabra FIN al cabo de la hora y media o dos que
duraba la película.
martes, 18 de octubre de 2022
Otoño 2022
Cuando yo era muy joven, pongamos que hace más de 60 años, leí un libro de Julio Verne que me impresionó bastante, De la Tierra a la Luna, escrito en 1865, 104 años antes de que Neil Armstrong pusiera el pie en nuestro satélite. La novela describía los esfuerzos de un grupo de artificieros del ejército estadounidense para reutilizar la tecnología balística utilizada en la recién terminada guerra civil y construir un artilugio capaz de vencer la gravedad terrestre y viajar hasta la Luna. No pisaron la Luna, creo, pero consiguieron orbitarla y volver a la Tierra. En 1968 se estrenó la película 2001, una odisea en el espacio, dirigida por Stanley Kubrick, en la que se cuenta como una inteligencia extraterrestre induce o enseña a un grupo de monos escandalosos que se pelean a gritos junto a una charca de agua estancada, a utilizar sus extremidades superiores para manejar una estaca con la que romper la cabeza de sus semejantes. Aparentemente esto fue el principio de un largo proceso evolutivo que culminó en el Homo Sapiens, capaz de construir una nave con la que salir al encuentro de sus benefactores, cosa que ocurre al final de la película.
viernes, 18 de marzo de 2022
¿Primavera?
Me decían esta mañana que el polvo del desierto,
que ha teñido de amarillo Madrid y media España, no es sino la última, por
ahora, de las plagas que nos están cayendo encima en este año III de la
Pandemia Interminable, junto a la guerra, la crisis energética y climática, la
inflación, las matemáticas con perspectiva de género, los políticos y sus
políticas y la tontería felizmente reinante.
Es posible, pero las plagas en Egipto terminaron
cuando el faraón cedió y dejó salir a los judíos. Nada de lo que está pasando
hoy —y son muchas cosas— parece tener remedio.
viernes, 22 de noviembre de 2019
Barcelona
Barcelona es una de las ciudades fetiche de mi infancia. Estuve varias veces en el Hospital San Juan de Dios, en la Diagonal, y mis padres tenían allí familia y amigos, así que íbamos con cierta frecuencia.
También pasé algunas vacaciones en una vieja fábrica de cartón, entonces casi la única industria de San Juan Despi, en la carretera que unía esta ciudad con San Feliu de Llobregat. Debía de ser uno de los pocos sitios en España donde se podían encontrar, listas para convertirse en pulpa, las revistas y periódicos franceses o alemanes que en los quioscos de las Ramblas estaban prohibidos.
miércoles, 6 de marzo de 2019
Una excursión a la montaña (II)
Con la linterna que aún tenía pilas dimos una vuelta
completa al edificio, probando las ventanas y puertas que de tanto en tanto
interrumpían la mampostería y la piedra de la pared. Todas estaban cerradas y, salvo la puerta principal, probablemente aseguradas desde dentro con alguna forma de travesaño. Nada que pudiéramos forzar fácilmente en el supuesto de que nos
atreviéramos a intentarlo. En la segunda vuelta, con la linterna apuntando a
media altura localizamos una ventana pequeña que parecía practicable.
Juan, el deportista, se ofreció a intentarlo si le ayudábamos a llegar hasta
ella. Con las manos ya totalmente entumecidas hicimos Julián, Andrés y yo una
especie de parihuela desde la que Juan pudo alcanzar el ventanuco y separar la
contraventana de madera que lo protegía. Hay un cristal, nos dijo, que podría romper y abrir la
ventana. Julián se puso a temblar ostensiblemente. Su mentalidad revolucionaria
de guerrillero urbano aficionado no estaba preparada para asimilar el asalto
nocturno a un cuartel de la guardia civil, pero no dijo nada. O, mejor dicho,
dijo que tenía frío y que cuanto antes saliéramos de allí mejor.
Mientras tanto y sin esperar más opiniones, Juan rompió el cristal con la culata de la linterna y abrió la ventana. Esperad ahí, nos dijo,
antes de meterse dentro. Al cabo de un momento abrió desde dentro una de las
ventanas por la que, tras alguna duda que el frío cada vez más cortante despejó
enseguida, entramos nosotros y nuestras mochilas.
Una vez dentro y después de cerrar como pudimos el ventanuco
por el que había entrado Juan y la ventana por la que habíamos entrado los
demás, nos reunimos en una sala grande para analizar la situación. El frío
dentro era también considerable y la oscuridad, apenas mitigada por una de las
linternas, era abrumadora, pero al menos estábamos secos. No sé si os dais
cuenta de que acabamos de forzar la entrada de un cuartel de la guardia civil. Hasta es posible que haya armas en algún sitio, dijo Julián. Lo dijo sin
aspavientos y sin otro interés aparente que el de hacer constar un hecho, pero
todos teníamos la imaginación suficiente para considerar las posibles salidas
de aquella situación. Lo hecho, hecho está, dijo Andrés. Ahora lo importante es
no complicar las cosas más de lo que están. Por el momento solo hemos roto el
cristal de una ventana así que vamos a andar con mucho cuidado.
La sala tenía, en el centro, una de aquellas chimeneas de la
montaña y en uno de los lados había un montón de leña. ¿Alguien lleva fuego?,
dije yo. Casi todos llevaban; por aquel entonces, no fumar era una rareza, y pronto surgieron varias cajas de cerillas y algún mechero. Julián, que estaba
exhibiendo un curioso sentido del humor, hizo notar que probablemente el fuego
se vería desde el exterior y que ya puestos podíamos izar la bandera. Quizá así
crean que somos de los suyos. Estábamos mojados y congelados así que el fuego
parecía la única opción razonable para pasar la noche. El fuego, una vez encendido en el centro de
la sala y bajo la chimenea, provocó una ostensible mejora del humor del grupo. Por fin aquello
empezaba a parecerse a nuestras excursiones domingueras. Nos sentamos en
círculo y sacamos alguna de las latas que habíamos traído. Había una de
garbanzos cocidos que calentamos y repartimos. Fue una cena estupenda, pero
convinimos en que, si habíamos de seguir la marcha, las latas que sobrecargaban
nuestras mochilas tendrían que quedarse en el cuartel. Sería nuestra
compensación por el ventanuco roto y la leña quemada. También convinimos en que
lo más prudente sería abandonar el cuartel antes del amanecer, aunque nadie
parecía saber a qué hora ocurriría eso.
Alguien, creo que Juan, preguntó si debíamos buscar un sitio
para dormir. Juan estaba enamorado o eso parecía, de Rosa y probablemente
estaba evaluando las posibilidades de la situación, pero Rosa resolvió la duda
inmediatamente. Aquí mismo, todos juntos y en los sacos de dormir, dijo.
Pero después de secarnos un poco, añadió, o acabaremos con una pulmonía.
Dejamos pasar una hora de charla alrededor del fuego, a
pesar del agotamiento que llevábamos encima, para permitir que la ropa se
secara. Incluso cantamos alguna de aquellas canciones de Víctor Jara o
Quilapayún que estaban de moda. Localizamos un baño allí cerca con agua
corriente, al que fuimos por turnos y sacamos los sacos de dormir. Echamos algo
más de leña y caímos rendidos sobre el suelo de madera con las mochilas como
improvisada almohada. No recuerdo haber dormido tan bien en mi vida. El
amanecer, que debía estar a pocas horas, parecía muy lejano mientras se me
cerraban los ojos.
Cuando me desperté ya había alguien en el baño y había algo
de luz que parecía venir del piso de arriba, ya que las ventanas del espacio
que ocupábamos estaban herméticamente cerradas y apenas dejaban pasar algún
hilo de luz aquí y allá. Julián estaba sentado mirando los restos del fuego de
la noche anterior y Juan y Andrés estaban aún dentro de los sacos, pero ya
despiertos. Las chicas probablemente estaban en el baño. Tendríamos que apagar el fuego y salir
de aquí cuanto antes, dijo Julián. A estas horas
el humo ya se verá desde lejos. El fuego estaba casi extinguido, pero aún producía
algo de humo así que Julián no esperó a que siguiéramos sus consejos y lo apagó
del todo echando arena de un cubo que debía estar allí precisamente para eso. Andrés dijo
que podíamos haber calentado un poco de agua para tomar un café hecho con el
contenido de unos sobrecitos que milagrosamente alguien se había acordado de
poner en la mochila. Haremos un fuego fuera, dijo Julián y los demás le
secundamos.
Después de pasar todos por el baño y dejar en el centro de
la habitación las latas que habíamos traído de Zaragoza y que pesaban lo suyo, salimos
por la ventana que habíamos utilizado para entrar por la noche. Subir al
ventanuco sin ayuda no era una opción así que el plan inicial, que Juan cerrara
la ventana y saliera luego por donde había entrado, quedó descartado. Hicimos
lo que pudimos, que no fue mucho, para cerrar la ventana desde fuera y volvimos
al camino con idea de buscar una borda o algo similar donde poder hacer un
fuego sin riesgo y tomar un café y unas galletas que también llevábamos.
En el pueblo, dijo Susana, habrá un bar. Podremos tomar un
café y desayunar. Sí, dijo Julián, y saludar al guardia. A ver qué le decimos cuando nos pregunte dónde hemos pasado la noche… Bueno, yo contaría exactamente lo que ha pasado, dijo Rosa. Tú puedes,
pero yo no, cortó Julián. Estarían encantados de tener algo contra mí, y nada
menos que el asalto a un cuartel. Este último argumento nos convenció. Diríamos,
si alguien nos preguntaba, que habíamos pasado la noche en una borda cercana a
la carretera que no vimos la noche anterior y que ahora, con la luz del día, se veía perfectamente. La
opción de volver y dar la expedición por fracasada ya era claramente mayoritaria. Sólo Juan se mostraba un tanto disgustado por el temprano final y con
ganas de seguir adelante, pero los demás ya lo teníamos claro. Después de todo,
dijo Andrés, siempre podemos volver con mejor equipo y preparación. Algunos asentimos,
pero la falta de entusiasmo por la propuesta era evidente. Rosa y Susana no
dijeron nada, pero fueron las primeras en echarse las mochilas a la espalda y
emprender el camino del pueblo. Los demás las seguimos sin rechistar.
Finalmente, no entramos en Siresa. Dos kilómetros más al sur
estaba el pueblo de Hecho, algo más grande, donde no tuvimos que dar ninguna explicación y encontramos un
magnífico bar abierto. El desayuno en el bar nos devolvió al ambiente excursionista durante un rato y a las 12 tomamos el autobús hasta Huesca y Zaragoza. Después de todo no había
estado tan mal y yo tenía dos días más para preparar el examen del lunes. Ya encontraríamos alguna forma épica de explicar por qué habíamos vuelto tan pronto.
Imagen generada por ChatGPT
miércoles, 2 de enero de 2019
Una excursión a la montaña (I)
jueves, 27 de septiembre de 2018
Equinoccio de Otoño
viernes, 5 de enero de 2018
¿Energía? No pasa nada. Y si pasa, no importa.
¿De dónde venimos?, ¿a dónde vamos? Son preguntas recurrentes a las que no se les suele encontrar una respuesta convincente, por más que una trivial, obvia y parcialmente concordante con la experiencia aparezca ya en Genesis 3:19: «del polvo y al polvo». No parece posible llegar mucho más lejos sin recurrir a la fe, que es una virtud que, como es sabido, no tiene todo el mundo.
lunes, 13 de agosto de 2012
Agosto
martes, 2 de marzo de 2010
Colaborando
La percepción que la gente tiene de la situación económica depende de cómo le vaya, y no al revés; es decir, que a uno no le van, objetivamente —y al menos en principio—, las cosas bien o mal en función de si ve el mundo que le rodea con optimismo o con pesimismo.
Tampoco parece muy probable que vaya a tener mucho efecto una campaña como la puesta en marcha por unos cuantos políticos y entidades de variado pelaje, en la que se incita al personal a trabajar, todos juntos, por la recuperación y, de paso, a compartir, a través de Internet, historias edificantes y de superación del estilo de las que podíamos leer en las Vidas de santos de la posguerra española. Al menos, no en magnitudes como el valor de la deuda, el nivel de desempleo o el precio del petróleo.







