viernes, 22 de noviembre de 2019

Barcelona

Barcelona es una de las ciudades fetiche de mi infancia. Estuve varias veces en el Hospital San Juan de Dios, en la Diagonal, y mis padres tenían allí familia y amigos, así que íbamos con cierta frecuencia.

También pasé algunas vacaciones en una vieja fábrica de cartón, entonces casi la única industria de San Juan Despi, en la carretera que unía esta ciudad con San Feliu de Llobregat. Debía de ser uno de los pocos sitios en España donde se podían encontrar, listas para convertirse en pulpa, las revistas y periódicos franceses o alemanes que en los quioscos de las Ramblas estaban prohibidos.

Porque entonces —y no ahora, como pretenden algunos— España era, técnicamente, una dictadura en la que no había elecciones libres, ni separación de poderes, ni libertad de prensa o de manifestación, ni sindicatos horizontales. Sí había, en cambio, jurisdicciones de excepción: tribunales militares —que emitieron sentencias de muerte en fecha tan tardía como 1975— o el Tribunal de Orden Público, que impuso largas condenas de prisión por delitos de asociación ilícita o de opinión.

Pero, en todas las casas en las que estuve, y también en el hospital, en la calle, en las tiendas o en el transporte público, se hablaba en catalán —quien lo sabía— o en español, sin que, en todo caso, eso pareciera ser un problema para nadie.

Si Francisco Franco, que efectivamente era un dictador, visitaba Barcelona, no solo no tenía que esconderse, sino que las calles se llenaban de gente aclamándole, mientras que el Rey —hace unos días— ha tenido que refugiarse casi clandestinamente en Pedralbes, después de haber sido declarado persona non grata en Gerona.

Y eso que, según un politólogo madrileño, España es hoy un Estado fascista, colonial y opresor que somete a todo tipo de arbitrariedades al sufrido pueblo catalán.

En fin, una interminable cadena de despropósitos que empezó, quizá, con la lamentable gestión de la reforma del Estatuto, o mucho antes, y cuyo final no se ve por ninguna parte porque, como ocurre con el cambio climático, con la crisis de gobierno en España, con el Brexit o con tantas otras cosas, el signo de los tiempos es ignorar los problemas hasta que no tienen solución.

El fascismo, como dijo un diputado en una de las últimas sesiones de las Cortes de la República, no es una acción, es una reacción. Y una reacción —añado yo— que rara vez se limita a restaurar el statu quo.

Ya ha pasado. Después, que no se quejen.


Publicado en ECA