El final de la vida tiene casi inevitablemente un prólogo,
más o menos largo, en el que se hacen visibles una serie de fenómenos que
delatan una retirada progresiva de los apoyos con los que uno ha contado, o
creído contar, durante la mayor parte de la vida. Apoyos que parecían sólidos
—salud, relaciones, rol social, capacidades físicas e intelectuales,
reconocimiento, incluso la ilusión de control— van desprendiéndose uno a uno, a
veces con irritante lentitud, otras con brusquedad. Es como si el escenario se
fuera vaciando mientras el actor principal sigue en escena, cada vez más solo
bajo una luz cada vez más tenue.
En ese prólogo se erosiona el tejido humano y con él se
pierde la tribu. Cada persona que muere o desaparece se lleva consigo una
versión de uno mismo, que existía sólo en esa relación, y también una parcela
del pasado que ya no tiene testigos. Queda un recuerdo sin interlocutor, y ese
recuerdo —sin contraste, sin réplica, sin archivo vivo— envejece de otro modo.
