domingo, 3 de mayo de 2026

Hacia la salida

El final de la vida tiene casi inevitablemente un prólogo, más o menos largo, en el que se hacen visibles una serie de fenómenos que delatan una retirada progresiva de los apoyos con los que uno ha contado, o creído contar, durante la mayor parte de la vida. Apoyos que parecían sólidos —salud, relaciones, rol social, capacidades físicas e intelectuales, reconocimiento, incluso la ilusión de control— van desprendiéndose uno a uno, a veces con irritante lentitud, otras con brusquedad. Es como si el escenario se fuera vaciando mientras el actor principal sigue en escena, cada vez más solo bajo una luz cada vez más tenue.

En ese prólogo se erosiona el tejido humano y con él se pierde la tribu. Cada persona que muere o desaparece se lleva consigo una versión de uno mismo, que existía sólo en esa relación, y también una parcela del pasado que ya no tiene testigos. Queda un recuerdo sin interlocutor, y ese recuerdo —sin contraste, sin réplica, sin archivo vivo— envejece de otro modo.