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lunes, 29 de junio de 2026

No era esto, pero...

 

A estas alturas ya estoy casi seguro de que nunca llegaré a las estrellas, como tenía pensado hacer cuando allá por los años 60 del pasado siglo, leía aquellas novelitas que intercambiábamos por muy poco dinero en un establecimiento, conocido como ‘El Arca de Noé’, que la señora Inés tenía en la calle Oncinellas. En aquellas novelas, e incluso en otras más sofisticadas de Asimov o Philip K. Dick, que leí algo más tarde, se daba por supuesto que acabaríamos colonizando la galaxia y codeándonos con civilizaciones extraterrestres. O que seres procedentes de estrellas lejanas llegarían aquí a complicarnos la vida, aunque casi siempre acabaríamos encontrando la manera de derrotarlos.

La ciencia ficción, un género literario que vivió una edad de oro en los Estados Unidos en los años 40 y 50 del pasado siglo, contempló varias imaginativas salidas al confinamiento de la humanidad en este redondo y limitado planeta: desde los viajes espaciales al otro extremo de la galaxia de la trilogía de la Fundación de Asimov, hasta la transformación en entes inmateriales, capaces de moverse sin restricciones en el espacio tiempo relativista, de El fin de la infancia, de Clarke. Muchas de estas maravillas estaban previstas para el año 2000, que entonces era lo que entendíamos por El Futuro, pero lo cierto es que en 2026 no solo no se vislumbra aún ninguna de ellas, sino que muchas son incompatibles con las leyes de la física tal como hoy las entendemos.

Esto no quiere decir, desde luego, que el progreso se haya detenido, pero sí que ha cambiado de objetivo. Ahora ya no se trata de sacarnos de este pequeño y superpoblado planeta sino de encomendar a la informática y a máquinas controladas por algoritmos cada vez más sofisticados, las tareas que han devenido demasiado complejas para nosotros. Y esto se ha llevado a cabo con cierto éxito. El tratamiento automatizado de grandes volúmenes de datos permite gestionar aeropuertos y el espacio aéreo, mantener el censo, cobrar impuestos o llevar a cabo los exámenes en la UNED entre otras muchas cosas. A costa, claro, de aumentar la complejidad hasta dejar muchos procesos fuera del alcance y la comprensión de casi todos.

Los grandes modelos de lenguaje, base de la inteligencia artificial generativa, han venido a solucionar, al menos en parte, la cuestión de la complejidad. Se puede hablar con ellos de mecánica cuántica o de la mejor forma de preparar la paella, están disponibles las 24 horas del día y nunca se cansan. Y desarrollan multitud de tareas, como rellenar el impreso 036 de la agencia tributaria o crear una página Web sin tener ningún conocimiento de fiscalidad o programación. Todo, o casi todo, el conocimiento acumulado por la humanidad en diez mil años de civilización accesible instantánea y gratuitamente. Al menos mientras las empresas que lo gestionan o los gobiernos de determinados países quieran, claro.

Hay una cuestión interesante, podría decirse que inquietante, en esta capacidad de la IAG para contestar a preguntas, entablar conversaciones a cualquier nivel o desarrollar tareas complejas: la facilidad con que los modelos grandes, hoy accesibles gratuitamente o por un precio aún razonable, emprenden y ejecutan tareas que nunca formaron parte de su entrenamiento explícito. Esas habilidades surgen de la representación interna que el modelo construye durante el entrenamiento, del lenguaje y, probablemente, de buena parte del mundo descrito por ese lenguaje; una representación codificada en la compleja estructura matemática surgida del propio proceso de entrenamiento. Nadie puede decir exactamente qué hay ahí dentro ni cómo está codificado ese conocimiento, aunque sí parece claro que ciertas habilidades, algunas extraordinarias, solo aparecen a partir de determinado tamaño del modelo. Y ahí están. Han llegado más lejos de lo previsto por sus creadores. Un tema típico de la ciencia ficción del pasado siglo, pero hoy la ciencia ficción ya no es sólo un género literario. Es el noticiario.

No llegaremos a las estrellas. Ni siquiera los lectores que hayan llegado hasta aquí. La señora Inés cerró El Arca de Noé hace mucho tiempo y aquellas novelitas se han ido deshaciendo en el trastero. Pero durante un rato, cada vez que abro el ordenador, tengo acceso a algo que el niño que las leía habría considerado magia: todo lo que la especie ha pensado, escrito y descubierto, disponible al instante, sin intermediarios y sin que nadie te mire por encima del hombro cuando haces preguntas tontas. No creo que dure mucho, pero mientras tanto…

Enviado a ECA 3 de julio de 2026

miércoles, 15 de octubre de 2025

Conversaciones en el Café: Inteligencia artificial y capitalismo en el siglo XXI

En la mesa más apartada del viejo café discutíamos acerca de la viabilidad del modelo capitalista de sociedad, el único, dije al introducir el tema, que ha sobrevivido al convulso siglo XX. Alguien aventuró que el modelo chino también lo había hecho y de forma espectacular, para admitir, después de una breve disputa, que China es un país tan capitalista como Estados Unidos. Su economía funciona con lógica de mercado, aunque el país esté gobernado por un régimen de partido único que mantiene, por conveniencia política, la etiqueta comunista.

miércoles, 8 de octubre de 2025

Desde la Ilustración hasta hoy

Imagen generada por AI
Durante los siglos XVIII y XIX, la ciencia fue, ante todo, una empresa del espíritu. Su meta no era inmediata ni comercial, sino intelectual y moral: comprender el orden del mundo y con ello mejorar la condición humana. Los científicos de la Ilustración se movían entre el laboratorio y la filosofía; querían entender antes que explotar. La ciencia, en aquel contexto, era una forma de emancipación: un modo de liberar a la razón del dogma y a la sociedad de la ignorancia.

Newton, Lavoisier, Faraday o Darwin no trabajaban ajenos al poder económico. Muy al contrario, dependían de él. Los príncipes ilustrados, las academias reales o las sociedades científicas fueron mecanismos de mecenazgo que canalizaban riqueza hacia el conocimiento. Pero lo hacían con una finalidad distinta de la actual: buscaban prestigio, progreso y orden, no rentabilidad directa. El dinero servía al saber; no lo gobernaba. La utilidad era una consecuencia natural de la comprensión, no su condición previa.

domingo, 21 de mayo de 2023

¡Qué viene la Inteligencia Artificial!

La inteligencia artificial les parece ahora a algunos —Elon Musk, Yuval Noah Harari, Steve Wozniak y alguno de sus impulsores, entre otros— un peligro. Esta mañana he leído en un periódico digital que «cientos de expertos piden parar la “peligrosa carrera” de la inteligencia artificial hasta alcanzar un pacto global».

No sé muy bien qué es lo que les preocupa: si lo de artificial o lo de inteligencia. En todo caso, y como con tantas otras cosas —alguna citaré más abajo—, me parece una idiotez.

De momento, la inteligencia artificial es una creación humana, de la inteligencia humana, que, como otras innovaciones aportadas por la tecnología —el ferrocarril, el teléfono o la computación—, se nos puede ir de las manos, desde luego, pero difícilmente puede ser detenida o dejada de lado en esta fase de su desarrollo.

Por otra parte, el hecho de que algunas aplicaciones como los chats —sorprendentes, pero seguramente menores— se hayan abierto al público en general, aunque sea con el propósito de hacer negocio y de que contribuyamos a entrenar los sistemas en que se basan, me parece una iniciativa loable y también una forma de diluir el peligro que esta tecnología pueda suponer si queda oculta y en unas pocas manos.

Es verdad que puede tener —y, por tanto, tendrá— efectos colaterales que presumimos negativos sobre el empleo, los métodos de evaluación del aprendizaje o la capacidad de razonamiento de las nuevas generaciones, pero todo esto ya estaba amenazado por la tecnología preexistente y por motores de búsqueda como Google y otros más especializados.

Que algunas personas, con mucho que decir en tecnología, se dejen llevar ahora por el pánico —un pánico más aparente que real, me parece a mí— y pidan «parar» la inteligencia artificial, lo que en términos reales solo quiere decir restringir su acceso al público en general, me parece, esto sí, un peligroso despropósito.

lunes, 23 de junio de 2008

Y llegó el verano

Pase lo que pase en el futuro, estos años serán recordados como años de abundancia y, quizá también, de excesos.

En Barbastro se ha inaugurado otro supermercado —ya van ocho o nueve—, varias bodegas —son veinte o más—, se ha modificado el trazado de la N-240 para facilitar la conexión con la A-123 y, dentro de poco, supongo, tendremos la autovía Huesca-Lérida. En su entorno ya se ha proyectado un centro de ocio y comercio y una nueva zona industrial.

domingo, 8 de junio de 2008

Ensayo general

Una huelga de transportistas es algo muy serio. Nuestra globalizada sociedad exige, ante todo, movilidad, movilidad de personas, sí, pero, sobre todo, movilidad de mercancías. Hemos cubierto de hormigón una gran parte de los terrenos aptos para la agricultura que rodeaban nuestras ciudades, sustituyendo las huertas por grandes superficies en las que, hasta ahora, hemos podido encotrar prácticamente de todo y, en particular, la comida que hace tiempo que dejó de producirse en nuestro entorno más inmediato. Hemos fiado nuestra alimentación a una nueva forma de cultivar la tierra que consiste en la explotación intensiva de grandes superficies, con la ayuda de ingentes cantidades de fertilizantes procedentes del petróleo. El mismo petróleo del que se extraen los combustibles que utilizan los camiones que transportan hasta nuestros supermercados los alimentos que antes, hace no mucho más de cuarenta años, se cultivaban en el huerto de al lado. El mismo petróleo que ha aumentado de precio, por razones que nadie parece en condiciones de explicar, lo suficiente como para llevar a la huelga, dicen que a la ruina, a los transportistas. Una huelga que va a vaciar, a poco que se prolongue el tira y afloja de los huelguistas con el gobierno, que maldito lo que pinta en todo esto, las estanterías que hasta hace muy poco encontrábamos repletas de mercancías. Una huelga que podría no ser más que el ensayo general de lo que puede estar a punto de convertirse en una condición permanente, si las razones del incremento del precio del petróleo tienen que ver más con la escasez que con la especulación.

jueves, 8 de mayo de 2008

Energía y futuro

El Club Español de la Energía ha hecho público, recientemente, un estudio titulado Energía y Sociedad: Actitudes de los Españoles ante los Problemas de la Energía y del Medio Ambiente, del que se desprende que tenemos, en general, una formación deficiente en cuestiones de energía.

Parece ser que sabemos poco, o nada, acerca del origen de la electricidad que consumimos y creemos, erróneamente, que la mayor parte proviene del petróleo o de los saltos de agua. No somos, se dice, partidarios de la energía de origen nuclear y creemos que la de procedencia eólica o solar es la más barata cuando, en realidad, es muy cara en el nivel actual de desarrollo de la tecnología necesaria, dependiente —como casi todo en nuestra civilización industrial— del petróleo y extraordinariamente subvencionada.

Este déficit de formación es el que hace que depositemos esperanzas, con toda seguridad excesivas, en supuestos avances tecnológicos, relacionados, sobre todo, con el hidrógeno y los biocombustibles, de indudable valor científico pero dudosa aplicación práctica a corto plazo. Y, a largo plazo —decía Keynes—, todos estaremos muertos.

domingo, 20 de agosto de 2006

Las matemáticas son para los jóvenes

Grigory Perelman, del Instituto Steklov de San Petersburgo, ha demostrado, o eso parece, la conjetura de Poincaré: cualquier variedad tridimensional, simplemente conexa y cerrada es homeomorfa a la esfera tridimensional, o, en lenguaje corriente, cualquier cosa limitada y sin agujeros es, topológicamente hablando, equivalente a una esfera. ¿Y qué? Pues que, probablemente, le van a dar por eso uno de los premios Fields, algo así como el Nobel de las matemáticas, en el Congreso Internacional de Matemáticos que se celebrará en Madrid a partir del 22 de agosto. Estos premios se otorgan, cada cuatro años, a matemáticos de menos de 40, así que, con más de 50, me he quedado sin opción... Bueno, también hay otras razones, pero seguro que esa ha tenido mucho peso.