Ha muerto Francisco Ibáñez, creador de
Mortadelo y Filemón y otros personajes para la Editorial Bruguera de los 60, en
la que se hizo habitual de revistas como el DDT o Pulgarcito y parte
inseparable de los recuerdos infantiles de mucha gente de mi edad e incluso
veinte o treinta años más joven. Mortadelo y Filemón, el botones Sacarino o los
vecinos del número 13 de la Rue del Percebe reflejaban, mucho mejor que la
prensa
seria, la sociedad de la segunda mitad del pasado siglo. Ibáñez
fue, desde luego, un maestro de la historieta gráfica, cómic, se llama ahora,
pero también un fino observador del tiempo que le tocó vivir, que reflejaba magistralmente
en sus historias. Historias que, por otra parte, cumplían perfectamente su
misión de divertir tanto a los niños como a sus padres, y que siguen haciéndolo
en la actualidad, aunque seguramente algunas de ellas estarían fuera de lo que
hoy se considera políticamente correcto. Descansa en paz, maestro.
Ya que hablamos de historietas, el
domingo termina, provisionalmente, el sainete este de las elecciones, después
de una campaña interminable, jalonada con elecciones intermedias que, por lo
visto, no resolvieron gran cosa. Las opciones, en estas, se limitan, en la
práctica, a dos candidatos que tampoco parece que vayan a arreglar mucho. Los
dos partidos mayoritarios, perfectamente intercambiables entre sí, pueden verse
obligados a recurrir, como en la legislatura pasada, a grupos más radicales y
con menos que perder y a implementar políticas algo más arriesgadas como repartir
miles de euros entre los nuevos votantes, reducir el horario laboral, derogar
algunas leyes o restringir la emigración o… cualquiera sabe.