El empobrecimiento del debate público en España ha alcanzado
tal grado que parece que el único problema político relevante es si el actual
presidente del gobierno continúa o no en el poder. Como si el país entero
estuviera suspendido de una biografía. Como si la decadencia o la prosperidad
nacionales dependieran exclusivamente de la permanencia de un hombre y no de la
estructura misma del sistema político, económico y territorial.
Y no digo que la continuidad del Sr. Sánchez no importe —le
importa, desde luego, a él, a una parte de la clase política y seguramente a
mucha gente más—, pero elevar esa cuestión a eje casi exclusivo del debate es
una forma de irresponsabilidad colectiva. Se discute el relevo con pasión, pero
se evita cuidadosamente la discusión sobre el rumbo. Y eso no es casual: hablar
de nombres es mucho más cómodo que hablar de modelos.
Pero claro, mientras tanto los problemas de fondo
permanecen. No se resuelven, no se afrontan y ni siquiera se formulan con
claridad. Se ocultan bajo cifras espectaculares, anuncios grandilocuentes y una
sucesión de parches que permiten ganar tiempo político a costa de perder un tiempo
histórico que difícilmente se recuperará.
El turismo, un sector que aportó casi el 13% del PIB en 2025,
es un ejemplo evidente de esta lógica. Celebrar ocupaciones hoteleras
superiores al 90% como si fueran un indicador de éxito estructural revela hasta
qué punto se ha normalizado la mediocridad. El turismo masivo no transforma la
economía: la anestesia. No mejora la productividad, no genera, salvo pocas excepciones,
empleo cualificado, no fija población ni reduce desigualdades territoriales.
Produce rentas rápidas, salarios bajos y dependencia crónica mientras presiona
sobre la oferta de vivienda y las infraestructuras. Es el opio estadístico de
un país que no ve más allá de la próxima temporada alta.
Algo parecido ocurre con el entusiasmo desmedido por
cualquier inversión que incluya las palabras “tecnología”, “datos” o
“industria”, aunque llegue sin planificación, sin integración territorial y sin
evaluación de costes reales. Que Aragón se convierta en receptora de centros de
datos o de fábricas desplazadas desde Asia no es, por sí misma, una estrategia
de desarrollo, pero bien podría ser lo contrario. Consumo intensivo de agua en
territorios tensionados —ayer mismo se declaró una alerta por sequía en buena
parte del territorio—, sobrecarga en redes eléctricas insuficientes, empleo
limitado y altamente especializado que no combate la despoblación… ¿Dónde está
el beneficio estructural? ¿Cuál es el proyecto?
La respuesta a estas cuestiones, si llegaran a plantearse,
que no lo creo, sería el silencio o el eslogan. Porque admitir que muchas de
estas “soluciones” agravan los problemas exigiría algo que la política española
evita con especial empeño: planificación a largo plazo, jerarquización de
prioridades y aceptación de límites materiales. Mucho más sencillo es hacer
pasar crecimiento por desarrollo y volumen por solidez. Y por lo visto,
electoralmente al menos, más eficaz.
Lo verdaderamente alarmante no es que el Sr. Sánchez siga o
no siga al frente del gobierno, sino que, esté quien esté, el país continúe
atrapado en la misma inercia: ausencia de modelo productivo, desequilibrios
territoriales crecientes y cada vez peor abordados y una clase política
obsesionada con su supervivencia inmediata. España no fracasa por culpa de un
dirigente concreto, sino por la renuncia sistemática a pensar en términos
estructurales.
Reducir el futuro del país a un relevo personal no es solo
un error analítico: es una coartada. Sirve para no hablar de lo esencial. Y
mientras tanto el problema no es quién manda, sino que, con tantos asesores que
en teoría cobran por pensar, nadie parezca estar haciéndolo.
Enviado a ECA 23012026
