miércoles, 24 de diciembre de 2025

¿Sánchez? Esa no es la cuestión.

El empobrecimiento del debate público en España ha alcanzado tal grado que parece que el único problema político relevante es si el actual presidente del gobierno continúa o no en el poder. Como si el país entero estuviera suspendido de una biografía. Como si la decadencia o la prosperidad nacionales dependieran exclusivamente de la permanencia de un hombre y no de la estructura misma del sistema político, económico y territorial.

Y no digo que la continuidad del Sr. Sánchez no importe —le importa, desde luego, a él, a una parte de la clase política y seguramente a mucha gente más—, pero elevar esa cuestión a eje casi exclusivo del debate es una forma de irresponsabilidad colectiva. Se discute el relevo con pasión, pero se evita cuidadosamente la discusión sobre el rumbo. Y eso no es casual: hablar de nombres es mucho más cómodo que hablar de modelos.

Pero claro, mientras tanto los problemas de fondo permanecen. No se resuelven, no se afrontan y ni siquiera se formulan con claridad. Se ocultan bajo cifras espectaculares, anuncios grandilocuentes y una sucesión de parches que permiten ganar tiempo político a costa de perder un tiempo histórico que difícilmente se recuperará.

El turismo, un sector que aportó casi el 13% del PIB en 2025, es un ejemplo evidente de esta lógica. Celebrar ocupaciones hoteleras superiores al 90% como si fueran un indicador de éxito estructural revela hasta qué punto se ha normalizado la mediocridad. El turismo masivo no transforma la economía: la anestesia. No mejora la productividad, no genera, salvo pocas excepciones, empleo cualificado, no fija población ni reduce desigualdades territoriales. Produce rentas rápidas, salarios bajos y dependencia crónica mientras presiona sobre la oferta de vivienda y las infraestructuras. Es el opio estadístico de un país que no ve más allá de la próxima temporada alta.

Algo parecido ocurre con el entusiasmo desmedido por cualquier inversión que incluya las palabras “tecnología”, “datos” o “industria”, aunque llegue sin planificación, sin integración territorial y sin evaluación de costes reales. Que Aragón se convierta en receptora de centros de datos o de fábricas desplazadas desde Asia no es, por sí misma, una estrategia de desarrollo, pero bien podría ser lo contrario. Consumo intensivo de agua en territorios tensionados —ayer mismo se declaró una alerta por sequía en buena parte del territorio—, sobrecarga en redes eléctricas insuficientes, empleo limitado y altamente especializado que no combate la despoblación… ¿Dónde está el beneficio estructural? ¿Cuál es el proyecto?

La respuesta a estas cuestiones, si llegaran a plantearse, que no lo creo, sería el silencio o el eslogan. Porque admitir que muchas de estas “soluciones” agravan los problemas exigiría algo que la política española evita con especial empeño: planificación a largo plazo, jerarquización de prioridades y aceptación de límites materiales. Mucho más sencillo es hacer pasar crecimiento por desarrollo y volumen por solidez. Y por lo visto, electoralmente al menos, más eficaz.

Lo verdaderamente alarmante no es que el Sr. Sánchez siga o no siga al frente del gobierno, sino que, esté quien esté, el país continúe atrapado en la misma inercia: ausencia de modelo productivo, desequilibrios territoriales crecientes y cada vez peor abordados y una clase política obsesionada con su supervivencia inmediata. España no fracasa por culpa de un dirigente concreto, sino por la renuncia sistemática a pensar en términos estructurales.

Reducir el futuro del país a un relevo personal no es solo un error analítico: es una coartada. Sirve para no hablar de lo esencial. Y mientras tanto el problema no es quién manda, sino que, con tantos asesores que en teoría cobran por pensar, nadie parezca estar haciéndolo.

Enviado a ECA 23012026

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