La historia de la evolución de la informática en el Centro de la UNED en Barbastro comienza, como tantas otras en las instituciones españolas de los años ochenta, en un contexto que hoy resulta difícil de imaginar. Cuando el centro se creó en 1983, la informática administrativa era prácticamente inexistente en la red de centros asociados de la Universidad Nacional de Educación a Distancia y en la misma sede central. La gestión académica se apoyaba en procedimientos manuales y en un sistema centralizado de tratamiento de datos en Madrid. Las matrículas se realizaban en los centros, pero los datos se enviaban posteriormente a un centro de proceso que los trataba de forma diferida. Los listados resultantes no regresaban hasta varios meses después, a veces bien entrada la primavera, lo que dificultaba enormemente la organización académica y administrativa del curso.
La introducción de la informática en Barbastro no fue el
resultado de un plan institucional sino de una iniciativa propia. El primer
ordenador que utilicé en el centro fue un HP-80 de mi propiedad, con el que
empecé a resolver problemas administrativos muy concretos. La primera
aplicación que desarrollé fue una base de datos de estudiantes escrita en BASIC
que permitía almacenar direcciones y generar etiquetas adhesivas para la
correspondencia postal. Puede parecer una mejora modesta, pero en una universidad
que dependía intensamente del correo para comunicarse con sus estudiantes, la
posibilidad de generar automáticamente listados y etiquetas representaba ya un
cambio significativo en la organización del trabajo administrativo.
Ese primer experimento demostró rápidamente que la
informática podía resolver problemas reales del centro. A partir de ahí comencé
a desarrollar aplicaciones más ambiciosas. Ya en el primer año procesé
localmente los datos de matrícula, lo que permitió disponer de listados de
estudiantes de forma inmediata, en contraste con el sistema central que tardaba
meses en devolver esa información. Aquella diferencia evidenció el potencial de
la informatización descentralizada y fue uno de los primeros indicios de que la
informática podía transformar la gestión académica de los centros asociados.
Con el paso de los años el sistema fue evolucionando hacia
entornos más potentes. Los primeros programas en BASIC dieron paso a
aplicaciones basadas en bases de datos como dBase II, inicialmente en equipos
que funcionaban bajo el sistema operativo CP/M. A comienzos de los años noventa
adoptamos ordenadores compatibles con IBM PC y el sistema operativo MS-DOS, lo
que permitió utilizar versiones más avanzadas de las bases de datos dBaseXX y
posteriormente el compilador Clipper. Este entorno facilitó el desarrollo de
aplicaciones más robustas y portables y permitió construir un sistema integrado
de gestión que incluía la matrícula de estudiantes, la gestión de tutores, la
administración de la biblioteca, la librería del centro y la contabilidad
presupuestaria.
La introducción de redes locales supuso un nuevo salto
cualitativo. Fuimos de los primeros en implantar una red basada en Novell
NetWare, lo que permitió trabajar con bases de datos compartidas y aplicaciones
multiusuario. En ese momento la informática dejó de ser una herramienta
individual para convertirse en la infraestructura básica de la gestión del
centro.
A medida que el sistema demostraba su utilidad, comenzó a
despertar interés entre quienes visitaban Barbastro. Durante años la difusión
de estas herramientas se produjo de manera informal, mediante demostraciones a
responsables de otros centros y a representantes de la universidad. Finalmente
la UNED decidió impulsar un programa de informatización de los centros
asociados que incluía la adquisición de equipos y la instalación de
aplicaciones desarrolladas aquí. De este modo, soluciones nacidas en un centro periférico
pasaron a formar parte de la infraestructura tecnológica de toda la red.
La informatización administrativa fue acompañada por otras
innovaciones que transformaron gradualmente la relación entre profesores,
tutores y estudiantes. La introducción de sistemas de videoconferencia permitió
establecer una comunicación directa entre los equipos docentes de la sede
central y los centros asociados, reforzando el carácter distribuido de la
universidad en una institución cuya característica fundamental era precisamente
la dispersión geográfica de sus estudiantes.
Uno de los ámbitos donde la tecnología tuvo un impacto más
profundo fue el de los exámenes. Durante décadas el sistema de evaluación de la
UNED se había basado en una compleja logística de transporte físico de pruebas.
Los exámenes se enviaban desde Madrid en sobres agrupados en grandes cajas, las
llamadas valijas, que llegaban a los centros asociados antes de cada
convocatoria. Allí se organizaban manualmente por asignaturas y sesiones. Los
estudiantes esperaban en los pasillos mientras el personal buscaba los sobres
correspondientes y llamaba asignatura por asignatura para distribuir las
pruebas. Una vez realizados, los exámenes regresaban a Madrid en las mismas
valijas para su corrección.
El crecimiento de la universidad, con un número cada vez
mayor de titulaciones y estudiantes, empezó a tensionar ese sistema. La primera
mejora consistió en desarrollar una aplicación que identificaba a los
estudiantes en la entrada del edificio y registraba la asignatura de la que
iban a examinarse. Gracias a esa información era posible preparar de antemano
los listados de cada aula y organizar la distribución evitando que quienes se
examinaban de la misma asignatura se sentaran juntos.
Esa solución inicial llevó a replantear el sistema completo.
A finales de los años noventa surgió la idea de sustituir el transporte físico
de exámenes por un sistema digital. Así nació la Valija Virtual, que eliminaba
las cajas y sobres tradicionales: los exámenes se distribuían electrónicamente
a los centros, se entregaban a los estudiantes al entrar en el aula y, una vez
realizados, se escaneaban y se enviaban digitalmente a los profesores para su
corrección. La implantación del sistema encontró inicialmente resistencias,
especialmente entre algunos profesores que desconfiaban de la desaparición del
documento original en papel. Sin embargo, el apoyo de los rectores Jaime
Montalvo y Araceli Maciá permitió extender el sistema a toda la red en un plazo
relativamente corto. Con el tiempo la Valija Virtual se convirtió en un
elemento esencial de la logística de exámenes de la universidad.
En paralelo, las primeras aplicaciones de gestión de
alumnos, tutores y tutorías desarrolladas en Barbastro fueron evolucionando
hasta dar lugar a Akademos, una plataforma integrada que ya no operaba en la
red local de un solo centro sino en la infraestructura común de toda la
universidad. El salto no era solo técnico: Akademos permitía organizar la
actividad académica de forma coordinada entre todos los centros asociados, de
manera que cualquier estudiante pudiera acceder a las tutorías de todas sus asignaturas
con independencia de si se impartían de forma presencial en su centro o a
través de la red. Lo que había nacido como una solución local para gestionar un
centro concreto se convertía así en una herramienta de cohesión institucional.
Durante la pandemia de COVID-19, la imposibilidad de
realizar exámenes presenciales obligó a buscar una alternativa en tiempo
récord. En apenas tres meses desarrollamos AVEX, una plataforma de examen en
línea que permitió a la UNED mantener la evaluación académica durante aquel
período excepcional. Finalizada la pandemia, la universidad optó por retomar el
modelo presencial apoyado en la Valija Virtual. AVEX fue, en ese sentido, un
episodio forzado por las circunstancias más que una etapa prevista en ninguna
hoja de ruta: la demostración de que la trayectoria tecnológica acumulada
durante décadas podía responder, cuando fue necesario, a una emergencia de esa
magnitud.
Vista en perspectiva, esta trayectoria refleja el paso desde una informática artesanal y local, desarrollada con recursos muy limitados en los años ochenta, hasta sistemas complejos integrados en la infraestructura digital de una universidad nacional. Pero hay en ella una paradoja que merece subrayarse: la innovación nació siempre en la periferia. Fueron iniciativas surgidas en un centro pequeño, concebidas para resolver problemas concretos de la vida cotidiana, las que acabaron configurando herramientas institucionales de alcance nacional. Y sin embargo, esa misma expansión terminó reforzando la capacidad de la sede central para coordinar y controlar el funcionamiento del conjunto. La descentralización tecnológica produjo, a la larga, más centralización institucional. No es un reproche: es simplemente lo que ocurre cuando una solución local funciona tan bien que deja de ser local.
