Tenemos una guerra en suelo europeo, una guerra todavía limitada al
territorio de Ucrania, pero que puede derivar en casi cualquier otra cosa,
incluyendo un intercambio de misiles con carga nuclear entre Rusia y Estados
Unidos.
Europa tiene, además, otros problemas, por si
acaso lo de la guerra nuclear no acaba de cuajar: la debilidad de la Unión
Europea; la crisis energética, cuyo final —infeliz—, tantas veces aplazado,
parece ahora más cerca que nunca; la inflación que afecta a su moneda, una vez
que las estrictas condiciones iniciales impuestas a los países que adoptaron el
euro han pasado a mejor vida. Y eso por no mencionar la fusión de la nieve en
los glaciares alpinos, de donde procede un cuarto del agua que llevan los grandes
ríos europeos, el deshielo del permafrost siberiano y la destrucción, por
incendios, de enormes masas forestales en la taiga.
Hace ya años que Europa no es el centro del mundo, ni económica ni militarmente, pero, al menos, tampoco era el campo de batalla que fue durante veinte siglos, ni estaba ya dividida en los dos bloques que se enfrentaron en la Guerra Fría (1945-1991).
