Tenemos una guerra en suelo europeo, una guerra todavía limitada al
territorio de Ucrania, pero que puede derivar en casi cualquier otra cosa,
incluyendo un intercambio de misiles con carga nuclear entre Rusia y Estados
Unidos.
Europa tiene, además, otros problemas, por si
acaso lo de la guerra nuclear no acaba de cuajar: la debilidad de la Unión
Europea; la crisis energética, cuyo final —infeliz—, tantas veces aplazado,
parece ahora más cerca que nunca; la inflación que afecta a su moneda, una vez
que las estrictas condiciones iniciales impuestas a los países que adoptaron el
euro han pasado a mejor vida. Y eso por no mencionar la fusión de la nieve en
los glaciares alpinos, de donde procede un cuarto del agua que llevan los grandes
ríos europeos, el deshielo del permafrost siberiano y la destrucción, por
incendios, de enormes masas forestales en la taiga.
Hace ya años que Europa no es el centro del
mundo, ni económica ni militarmente, pero, al menos, tampoco era el campo de
batalla que fue durante veinte siglos, ni estaba ya dividida en los dos bloques
que se enfrentaron en la Guerra Fría (1945-1991).
La invasión de Ucrania por tropas rusas ha
terminado bruscamente con ese sueño y ha obligado a la mayoría de los países
europeos a tomar partido por el país agredido y a aplicar, siguiendo la estela
norteamericana, sanciones económicas al agresor que admiten muchas similitudes
con una patada a Rusia en nuestro propio culo.
No sé cómo terminará esto, pero no parece que
haya una salida fácil. Hay muchos muertos, muchos territorios en disputa y el
papel de Rusia, como la gran potencia que quiere ser, está definitivamente en
entredicho. El apoyo que ahora parece tener Putin entre sus conciudadanos no
resistiría una derrota, así que tiene que seguir vendiendo que todo va según el
plan previsto y buscar una victoria, aunque sea por la mínima: quizá
conservando Crimea y ocupando, al menos, un pequeño corredor en el este de
Ucrania.
Para Zelenski tampoco hay una salida fácil.
Una victoria militar sobre Rusia parece, a pesar de la aparente incompetencia
del mando militar ruso, algo impensable con la actual relación de fuerzas, al
menos sin la intervención de tropas de la OTAN —es decir, del ejército de
Estados Unidos—, pero eso llevaría, con toda seguridad, al empleo de armas
nucleares y quizá a una guerra mundial. Una derrota del ejército ucraniano
también es impensable: Biden y algunos líderes europeos han dejado claro que no
contemplan ese escenario, lo que también nos lleva a una intervención militar
de Estados Unidos y la OTAN.
En casa, las cosas no están mucho mejor. La
clase política española ha encontrado la fórmula para estar en misa y
repicando, con una parte del Gobierno a favor de enviar armas a Ucrania y otra
en contra; una parte a favor de la OTAN —que va a reunirse en Madrid un día de
estos— y otra a favor de convocar, alternativamente, una conferencia pacifista.
Dicen que han conseguido —o están a punto de
conseguir— una bajada del precio de la electricidad por el procedimiento de
topar (sic) el precio del gas utilizado para producirla. Ya veremos cómo lo
gestionan y cuánto dura. Pero Europa, que ha cedido en esta y otras cuestiones,
quiere, a cambio, que el Gobierno resuelva el déficit de las pensiones por el
procedimiento, supongo, de reducirlas, y eso no entrará, previsiblemente, en
los planes —al menos en los explícitos— del Gobierno a menos de un año de las
elecciones generales.
El efecto conjunto de todo esto es, casi
inevitablemente, el colapso.
Todas las sociedades y civilizaciones que nos
precedieron acabaron colapsando, desde los mayas hasta los romanos, pasando por
Mesopotamia y Egipto. Una crisis energética, la pérdida de suelo fértil, la
consolidación de las fronteras y el fin de la expansión, la dificultad para
extraer más oro y, finalmente, como consecuencia de todo ello, la manipulación
y pérdida de valor de la moneda acabaron, tras doce siglos de dominio del mundo
conocido, con el Imperio romano de Occidente. El de Oriente, conocido como Imperio
bizantino, que conservó y protegió su moneda, duró mil años más.
Como consecuencia del colapso, muchos
ciudadanos romanos se vieron de la noche a la mañana convertidos en siervos;
las grandes ciudades del Imperio fueron destruidas y abandonadas; las legiones,
dispersadas; el latín, recluido poco a poco en iglesias y monasterios, y todos
los enlaces necesarios para mantener la complejidad de la sociedad,
definitivamente rotos, con mil años de oscuridad por delante.
Nada de eso ha pasado aquí todavía, pero el
BCE parece incapaz de garantizar la estabilidad de precios —que es una de las
pocas cosas que tendría que hacer—; la gestión de la pandemia por la OMS, muy
mejorable en mi opinión, ha debilitado o roto muchos de los enlaces existentes;
tenemos una guerra en el patio trasero y la Unión Europea, ya gravemente tocada
por el Brexit, va a tener que enfrentarse a la eclosión de múltiples
movimientos antieuropeos en varios países.
Una situación muy complicada y sin solución
aparente.
Incluso con otro Gobierno.
Publicado en ECA, 29/04/2022.
