Me decían esta mañana que el polvo del desierto,
que ha teñido de amarillo Madrid y media España, no es sino la última, por
ahora, de las plagas que nos están cayendo encima en este año III de la
Pandemia Interminable, junto a la guerra, la crisis energética y climática, la
inflación, las matemáticas con perspectiva de género, los políticos y sus
políticas y la tontería felizmente reinante.
Es posible, pero las plagas en Egipto terminaron
cuando el faraón cedió y dejó salir a los judíos. Nada de lo que está pasando
hoy —y son muchas cosas— parece tener remedio.
Algunos edificios públicos, no sé si todos, han
cerrado la calefacción quince días antes de lo previsto y Ana Patricia Botín ha
bajado a 17 grados la calefacción de su casa, siguiendo las directrices del
superministro Borrell y con objeto de tocarle las narices a Putin. Puede
parecer una tontería, pero solo porque, efectivamente, es una tontería.
La guerra en Ucrania, una guerra no declarada, ha
despertado de su letargo a la Unión Europea y ha abierto de par en par sus
fronteras a millones de refugiados ucranianos, agraviando, comparativamente, a
quienes, desde Siria, Afganistán y otros lugares, llevan años esperando a la
puerta sin demasiado éxito.
Nuestro problema es que vivimos al día, y vivimos
al día porque no podemos, o no sabemos, vivir de otra manera. No entendemos un
carajo de todo lo que pasa y, aunque lo entendiéramos, daría igual.
Ayer, aprovechando la coincidencia de la fecha en
formato anglosajón —3/14— con los tres primeros dígitos del número π, se
celebraba, por resolución de la UNESCO, el Día de las Matemáticas. Lo
celebramos, pero seguimos creyendo que es posible hacer sostenible el
crecimiento exponencial simplemente cambiándole el nombre.
La Reserva Federal, el FMI o el Banco Central
Europeo han sido, durante algún tiempo, los garantes de una estabilidad de
precios tan fantástica como todo lo demás. Hubo un tiempo en el que la
inflación se creaba a base de imprimir billetes sin el debido respaldo —ya
fuera oro, derechos de giro del FMI o lo que fuera—. Hoy eso ya es innecesario,
porque el 95 % del dinero en circulación son depósitos a la vista o a corto y
medio plazo, y el dinero lo crean de la nada los bancos comerciales cada vez
que conceden un préstamo, un proceso inflacionario donde los haya, me parece a
mí.
Pero se nos ha hecho creer que la política
monetaria —a veces restrictiva, a veces lo contrario— es suficiente para hacer
compatible la pérdida de valor del dinero con el mantenimiento de su poder
adquisitivo. Y puede que lo haya sido, pero parece que se acabó.
Durante años se han ignorado las señales de
alarma que nos envía el planeta que nos acoge, cada vez con más desgana, aunque
solo seamos un pequeño interludio en sus 4.500 millones de años de historia
geológica.
Hace 10.000 años, el Homo sapiens —sapiens
a ratos, y porque lo decimos nosotros— era poco más de 1.000.000 de individuos;
en 1953 ya éramos dos mil millones, y hoy somos más de siete mil millones. No
sé dónde estará el límite, pero, esté donde esté, está claro que lo
alcanzaremos en poco tiempo. Este es, precisamente, el pequeño secreto que hay
detrás del crecimiento exponencial.
Ayer leí de una sentada el libro póstumo de
Fernando Marías, al que conocí en Barbastro hace muchos años, en el que cuenta
la terrible historia de Días de vino y rosas trasplantada al Madrid de
finales del siglo XX y, ya por la noche, hice una llamada desde el teléfono
fijo.
La relación entre ambos hechos y lo que he
escrito más arriba me ha tenido desvelado desde las cinco de la mañana.
Otro día me extenderé sobre esto, que hoy ya
llego tarde.
Publicado en ECA, 18/03/2022.