viernes, 28 de septiembre de 2018

¿Tiene calor? Queme un bosque.

Torres de refrigeración de la Drax Power Station

El clima está cambiando. Ya ni el primo de Rajoy lo discute. Tampoco se discute —o no mucho— que este cambio es atribuible, en muy buena medida, a la actividad humana y, en particular, a la emisión de gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono (CO₂).

Los cambios no tendrían necesariamente que ser negativos, pero no cabe duda de que el nuevo entorno climático está causando y va a causar muchos más inconvenientes que ventajas, aunque alguna parece encontrar la industria turística de sol y playa, que ve cómo sus temporadas se prolongan casi indefinidamente. Es poco probable, sin embargo, que las recientes inundaciones de la costa este de Estados Unidos, el progresivo y más que alarmante deshielo de los casquetes polares o la pérdida del permafrost siberiano, por citar solo algunos de los efectos más llamativos, puedan contemplarse desde una perspectiva favorable.

En principio, sin embargo, no habría por qué preocuparse. La Directiva 2009/28/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 23 de abril de 2009, ya estableció una serie de medidas y un complicado sistema de cálculo de emisiones para alcanzar el objetivo de limitarlas primero y reducirlas significativamente después, de tal manera que al menos un 20% de la energía consumida en el año 2020 debería proceder de fuentes renovables, un objetivo que ha sido revisado al alza en enero de este mismo año por los negociadores comunitarios, sin modificar sustancialmente el texto legal.

En el corazón de Inglaterra, cerca de Leeds, hay una planta de producción de electricidad, la Drax Power Station, que genera unos 23 millones de toneladas de dióxido de carbono al año, según una prudente estimación de la Yale School of Forestry and Environmental Studies. A pesar de eso, y de lo escandaloso de sus enormes torres de refrigeración emitiendo gases a la atmósfera, la empresa pretende que su huella de carbono es prácticamente nula gracias, por una parte, a que ha sustituido el carbón por pellets de madera importados del sur de Estados Unidos y, por otra, a que un agujero en la legislación europea citada más arriba permite —con el beneplácito del actual gobierno británico y, supongo que llegado el caso, de los demás gobiernos comunitarios— considerar neutral, es decir, sin huella apreciable de carbono, la quema de la madera procedente de la tala de árboles.

Pero, como sucede cada vez con más frecuencia, las cosas no son exactamente como nos las cuentan. De lo que realmente se trata es de encontrar alguna forma creativa de elaborar la contabilidad para justificar la quema de los bosques y alcanzar, nominalmente, un objetivo para el que otras fuentes —estas sí renovables, como el viento y el sol— resultarían claramente insuficientes. Y si, de paso y por casualidad, se favorecen los intereses a corto plazo de las industrias madereras norteamericanas —las europeas están aún afilando las motosierras—, tanto mejor.

Los ecologistas —y no solo ellos, sino también un número importante y creciente de científicos— se han dirigido al Parlamento Europeo para intentar poner fin a una fantasía que va a poner en riesgo los bosques de medio mundo primero y de Europa después. He aquí, en cursiva, algunos fragmentos de la carta:

“A los miembros del Parlamento Europeo,
Aprovechando que el Parlamento Europeo avanza, encomiablemente, para ampliar la directiva sobre energías renovables, instamos encarecidamente a sus miembros a enmendar la actual Directiva para evitar un daño creciente a los bosques del mundo y la aceleración del cambio climático. El fallo en la directiva radica en las disposiciones que permitirían a los países, plantas de energía y fábricas reclamar créditos de cumplimiento de los objetivos de energía renovable talando árboles deliberadamente para quemarlos y obtener energía. La solución pasaría por restringir la biomasa forestal elegible para combustión exclusivamente a residuos y desechos.

Incluso si se permite que los bosques vuelvan a crecer, el uso de madera recolectada deliberadamente para quemar aumentará el carbono en la atmósfera y el calentamiento durante décadas y siglos, como muchos estudios han demostrado, incluso cuando la madera reemplaza el carbón, el petróleo o el gas natural. Las razones son evidentes, independientemente de si el manejo forestal es o no ‘sostenible’. La quema de madera es ineficiente y, por lo tanto, emite mucho más carbono que la quema de combustibles fósiles por cada kilovatio hora de electricidad producida.

Las implicaciones adversas no solo para el carbono, sino también para los bosques y la biodiversidad mundiales, son grandes. Se necesitaría más del 100% de la cosecha anual de madera de Europa para suministrar solo un tercio de la energía renovable prevista en la directiva…”

No es la primera vez que los bosques europeos se encuentran en peligro. La construcción de los barcos ingleses que aseguraron el Rule Britannia sobre los mares y también la de los barcos de la flota española enviada por Felipe II para acabar con la reina Isabel —que acabaron bajo las aguas del canal de la Mancha— se hicieron a costa de los bosques de entonces.

Los bosques ingleses se recuperaron con la llegada de los buques de hierro y la utilización del carbón y, después, del petróleo como fuentes de energía. Pero, a título de ejemplo, los Monegros —montes negros, por su población de sabinas y pinos— quedaron desiertos para siempre, y parte de su capa de tierra vegetal, arrastrada por las lluvias y los ríos, es hoy territorio catalán en el delta del Ebro. Quizá deberíamos reivindicarlo.

Ahora volveremos a quemar árboles. No creo que la carta sirva para nada, y seguiremos aumentando la deuda —que ya es impagable— contraída con un futuro que no es el nuestro, pero que está cada vez más cerca.

En fin, que más que Homo sapiens, como nos autodenominamos, somos, como mucho, algo espabilados y bastante pícaros, pero incapaces de aprender de nuestros propios errores y pendientes solo de nuestros intereses particulares, no de los de la especie, a muy corto plazo.

No hay día que no me pregunte qué hubiera sido de nosotros y de este planeta si fuéramos tan listos —sabios, en realidad— como creemos o como parece desprenderse de algunos currículos. O solo la mitad.


Publicado en ECA el 28 de septiembre de 2018