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lunes, 15 de diciembre de 2025

Conversaciones en el café: Clarke, magia y tecnología

 En su ensayo de 1962 Hazards of Prophecy: The Failure of Imagination, Arthur C. Clarke formuló una ley que ha sido citada hasta la saciedad:

«Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia».

La frase apareció el sábado pasado en la tertulia del Viejo Café, cuando hablábamos de inteligencia artificial, algoritmos generativos, chatbots, sistemas de recomendación, y de cómo lo que antes requería una infraestructura industrial hoy cabe en el bolsillo. Fue entonces cuando conté una anécdota doméstica, quizá insignificante, pero reveladora.

En el viejo caserón de mi abuela, la iluminación de la escalera era un pequeño rompecabezas. Tres interruptores —uno en el patio, dos en los primeros pisos— regulaban la luz. Para encenderla, todos debían estar en posición de encendido y uno solo, en la posición contraria, bastaba para apagarla. Durante años vivimos el problema con resignación, como se aceptan las cosas que "siempre han sido así".

Hasta que, leyendo un manual del Instituro, descubrí los conmutadores: una solución sencilla para una instalación con todo el cableado al descubierto. Compré el material, hice el cambio, y por fin se pudo encender o apagar la luz, desde cualquier punto. La reacción de mi abuela compensó el trabajo que me había tomado: “Esto es cosa de brujas”, dijo. Magia.

No es anecdótico que algo tan simple, al alterar el funcionamiento habitual, se viviera como hechizo. En realidad, ese tipo de experiencias revela cómo la tecnología, más que una herramienta neutral, es una forma cultural, un dispositivo simbólico.

Walter Benjamin, en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, señalaba que el desarrollo técnico disuelve el “aura” de lo tradicional, pero también produce nuevos rituales. En este caso, el ritual era encender la luz a través de una coreografía compartida. Una pequeña intervención técnica rompió el rito, y lo sustituyó por algo más racional, pero también más frío. Lo nuevo no solo resolvía un problema: también modificaba un hábito.

Marshall McLuhan diría que el medio es el mensaje: el modo en que la luz se enciende transforma la experiencia de subir una escalera. Lo técnico no es un soporte pasivo, sino un actor que reconfigura el gesto, el espacio, incluso la conversación. Y Bruno Latour iría más lejos: la tecnología no es solo un mediador, sino un agente híbrido, que participa activamente en la red de relaciones humanas y no humanas. El conmutador—un objeto banal— reordena la micro-política doméstica, redistribuye la agencia, altera los márgenes de autonomía.

La magia de Clarke no reside, por tanto, en lo inexplicable, sino en la opacidad cultural del funcionamiento técnico. Esa opacidad puede provenir de una complejidad real —como en el caso de los sistemas de IA—, pero también de una desconexión entre la técnica y la experiencia cotidiana. En este sentido, la magia no es una propiedad de la tecnología, sino una forma de ignorancia culturalmente estructurada.

Por eso me pareció relevante recuperar esta pequeña historia familiar. Porque muestra cómo la técnica no solo se impone desde Silicon Valley, sino que se instala silenciosamente en lo cotidiano, desplazando gestos, hábitos, sentidos. La cultura técnica no se limita al laboratorio ni a la pantalla; vive en los sótanos, en los enchufes, en la forma en que encendemos la luz sin pensar qué la hace posible.

Lo que para mi abuela era algo parecido a la hechicería, no era, visto hoy, sino un circuito mejor cableado que antes. Pero su exclamación —“cosa de brujas”— no era ignorancia. Era la expresión de un desajuste entre dos cosmovisiones, dos modos de entender la acción sobre el mundo. Uno ritual, cargado de sentido, aunque ineficiente; otro racional, funcional, pero quizás más solitario.

Tal vez por eso conviene no reírnos demasiado rápido de quienes ven magia donde nosotros vemos tecnología. Porque la cultura no es un epifenómeno técnico, sino una forma de estar en el mundo. Y cuando la técnica transforma lo que podemos hacer, también transforma lo que podemos imaginar. O, como decía Clarke, nos devuelve —aunque sea por un instante— la mirada maravillada del que no sabe si lo que ve es ciencia... o encantamiento.