El final de la vida tiene casi
inevitablemente un prólogo, más o menos largo, en el que se hacen visibles una
serie de fenómenos que delatan una retirada progresiva de los apoyos con los
que uno ha contado, o creído contar, durante la mayor parte de la vida. Apoyos
que parecían sólidos —salud, relaciones, rol social, capacidades físicas e
intelectuales, reconocimiento, incluso la ilusión de control— van
desprendiéndose uno a uno, a veces con irritante lentitud, otras con
brusquedad. Es como si el escenario se fuera vaciando mientras el actor
principal sigue en escena, cada vez más solo bajo una luz cada vez más tenue.
En ese prólogo
se erosiona el tejido humano y con él se pierde la tribu. Cada persona que
muere o desaparece se lleva consigo una versión de uno mismo, que existía sólo
en esa relación, y también una parcela del pasado que ya no tiene testigos.
Queda un recuerdo sin interlocutor, y ese recuerdo —sin contraste, sin réplica,
sin archivo vivo— envejece de otra manera.
Al mismo tiempo sobreviene lo que llamaríamos una extrañeza topográfica. La ciudad ha cambiado y el cambio no implica sólo diferencia. También, de un modo sutil pero perceptible, hostilidad: la hostilidad de la velocidad, de la renta, del reemplazo constante; la hostilidad de un espacio que ya no se organiza para quienes permanecen, sino para quienes pasan. De repente eres un turista en una ciudad y un entorno que fueron tuyos. El bar cerrado a horas impensables, la desaparición de la ferretería, la muerte del librero que también era tu amigo, no son fenómenos neutros: no son sólo anécdotas, sino síntomas. Son pequeñas derrotas acumuladas, a menudo invisibles para quien todavía tiene fuerza y tiempo, pero decisivas para quien empieza a medir el mundo por la energía que cuesta atravesarlo.
Y muchos
lugares devienen inalcanzables. No sólo por distancia física o limitación
funcional. También porque la accesibilidad no se reparte por igual y porque la
vida, cuando se estrecha, convierte en lujo lo que antes era rutina. Ciertos
lugares dejan de ser destinos posibles para ser recuerdos con coordenadas. La
montaña que uno subió tantas veces o la ciudad que visitaba todos los veranos
sigue ahí, pero no son la misma montaña ni la misma ciudad: han cambiado —y uno
ha cambiado— hasta el punto de que ya no se reconocen. Ya no son para ti.
Hay quien cree
que todo esto es natural y que enfrentarse a la propia e inevitable decadencia
tiene un valor introspectivo que no conviene despreciar. Es posible, pero yo no
soy uno de ellos. Tratar las derrotas como si fueran victorias no es mi manera de ver
la vida. Ni la muerte.