Quienes han compartido contigo la representación van desapareciendo
poco a poco y cada cual se lleva consigo una versión de la obra que existe sólo
en esas escenas compartidas. Con cada ausencia se pierde también una parcela
del pasado que ya no tiene testigos. Queda un recuerdo sin interlocutores, sin contraste
ni réplica. Un recuerdo sin archivo vivo, que envejece a oscuras.
La ciudad, escenario principal de la vida que entra en su tramo final, se ha vuelto extraña. Una extrañeza atribuible, por supuesto, a los cambios inducidos por el paso del tiempo, pero también a una hostilidad sutil: la de la velocidad a la que uno ya no puede acomodarse, la de la renta, la del reemplazo constante de personas y de cosas. La hostilidad, sobre todo, de un espacio pensado no para quienes permanecen en él, sino para acomodarse a quienes pasan. De pronto, uno se convierte en turista en una ciudad y un entorno que fueron suyos. El bar de siempre está cerrado o tiene horarios y clientes extraños; la ferretería, el almacén y la tienda de barrio han bajado la persiana, y el librero de toda la vida, que además era un amigo, ha muerto. Son pequeñas derrotas que se van acumulando, inapreciables para quien aún conserva la fuerza y el tiempo necesarios para superarlas, pero decisivas para los que miden el mundo por la energía que se necesita para atravesarlo.
También hay un deterioro que podríamos llamar topográfico.
Cada vez más lugares se vuelven inalcanzables. Porque la accesibilidad depende
de unos recursos que se van perdiendo, y porque la vida, cuando se estrecha,
convierte en lujo lo que antes era rutina. Ciertos lugares dejan de ser
destinos posibles para ser recuerdos con coordenadas. La montaña que uno subió
tantas veces o la ciudad que visitaba todos los veranos siguen ahí, pero ya no
son las mismas: han cambiado —y uno ha cambiado— hasta el punto de que ya no se
reconocen mutuamente.
Esta etapa tiene también una modesta ventaja: todavía se
pueden hacer planes y elaborar proyectos, con la tranquilidad de que nadie —ni
siquiera uno mismo— espera de verdad que se cumplan. Se puede mirar el pasado y
observar el presente con la misma distancia e indiferencia con que el presente
nos mira a nosotros. Y confiar en que, cuando el cielo se desplome, uno ya no
estará debajo.
Hay quien cree que todo esto es natural y que enfrentarse a
la propia e inevitable decadencia tiene un valor introspectivo que no conviene
despreciar. Es posible, pero yo no soy uno de ellos. Tratar las derrotas como
si fueran victorias no es mi manera de ver la vida. Ni la muerte.
Enviado a ECA 22/05/2026