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jueves, 9 de enero de 2025

Intemporal (publicada en un recopilatorio de historias sobre Barbastro)

Cuando yo nací, en España mandaba un general que había ganado una guerra catorce años antes. Entonces, e incluso muchos años después, aquella guerra seguía estando presente en la mente de todos, aunque la gente procuraba no hablar mucho de ella y en la medida de lo posible intentaba olvidarla. De hecho, había una cosa que me llamaba la atención en mis primeros años y es que no parecía haber nada antes de aquella guerra. O al menos inmediatamente antes. Sí estaban, desde luego, los Reyes Católicos, Felipe II e incluso algunos borbones, pero nada que tuviera que ver con los años inmediatamente anteriores a la República, la república misma o las versiones no hagiográficas de la guerra civil. En los libros que yo leía, las aventuras de Guillermo Brown, por ejemplo, Guillermo iba a la misma escuela que sus padres, pero yo no iba a la misma escuela que mi padre porque mi padre estaba a los 17 años sirviendo una batería nacional cerca de Laspuña, incorporado a la fuerza para hostigar a la 43 división del ejército republicano, ya en franca retirada y concentrándose en la efímera bolsa de Bielsa. La república había suprimido los recuerdos anteriores al 31 y los vencedores de la guerra los anteriores a 1939 con lo que el país parecía limitarse a lo hecho desde que el general victorioso fue proclamado Caudillo de España por la gracia de Dios. O por una gracia de Dios, que también se decía en algunos ambientes.  

viernes, 22 de noviembre de 2019

Barcelona

Barcelona es una de las ciudades fetiche de mi infancia. Estuve varias veces en el Hospital San Juan de Dios, en la Diagonal, y mis padres tenían allí familia y amigos, así que íbamos con cierta frecuencia.

También pasé algunas vacaciones en una vieja fábrica de cartón, entonces casi la única industria de San Juan Despi, en la carretera que unía esta ciudad con San Feliu de Llobregat. Debía de ser uno de los pocos sitios en España donde se podían encontrar, listas para convertirse en pulpa, las revistas y periódicos franceses o alemanes que en los quioscos de las Ramblas estaban prohibidos.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Una excursión a la montaña (II)

 

Con la linterna que aún tenía pilas dimos una vuelta completa al edificio, probando las ventanas y puertas que de tanto en tanto interrumpían la mampostería y la piedra de la pared. Todas estaban cerradas y, salvo la puerta principal, probablemente aseguradas desde dentro con alguna forma de travesaño. Nada que pudiéramos forzar fácilmente en el supuesto de que nos atreviéramos a intentarlo. En la segunda vuelta, con la linterna apuntando a media altura localizamos una ventana pequeña que parecía practicable. Juan, el deportista, se ofreció a intentarlo si le ayudábamos a llegar hasta ella. Con las manos ya totalmente entumecidas hicimos Julián, Andrés y yo una especie de parihuela desde la que Juan pudo alcanzar el ventanuco y separar la contraventana de madera que lo protegía. Hay un cristal, nos dijo, que podría romper y abrir la ventana. Julián se puso a temblar ostensiblemente. Su mentalidad revolucionaria de guerrillero urbano aficionado no estaba preparada para asimilar el asalto nocturno a un cuartel de la guardia civil, pero no dijo nada. O, mejor dicho, dijo que tenía frío y que cuanto antes saliéramos de allí mejor.

Mientras tanto y sin esperar más opiniones, Juan rompió el cristal con la culata de la linterna y abrió la ventana. Esperad ahí, nos dijo, antes de meterse dentro. Al cabo de un momento abrió desde dentro una de las ventanas por la que, tras alguna duda que el frío cada vez más cortante despejó enseguida, entramos nosotros y nuestras mochilas.

Una vez dentro y después de cerrar como pudimos el ventanuco por el que había entrado Juan y la ventana por la que habíamos entrado los demás, nos reunimos en una sala grande para analizar la situación. El frío dentro era también considerable y la oscuridad, apenas mitigada por una de las linternas, era abrumadora, pero al menos estábamos secos. No sé si os dais cuenta de que acabamos de forzar la entrada de un cuartel de la guardia civil. Hasta es posible que haya armas en algún sitio, dijo Julián. Lo dijo sin aspavientos y sin otro interés aparente que el de hacer constar un hecho, pero todos teníamos la imaginación suficiente para considerar las posibles salidas de aquella situación. Lo hecho, hecho está, dijo Andrés. Ahora lo importante es no complicar las cosas más de lo que están. Por el momento solo hemos roto el cristal de una ventana así que vamos a andar con mucho cuidado.

La sala tenía, en el centro, una de aquellas chimeneas de la montaña y en uno de los lados había un montón de leña. ¿Alguien lleva fuego?, dije yo. Casi todos llevaban; por aquel entonces, no fumar era una rareza, y pronto surgieron varias cajas de cerillas y algún mechero. Julián, que estaba exhibiendo un curioso sentido del humor, hizo notar que probablemente el fuego se vería desde el exterior y que ya puestos podíamos izar la bandera. Quizá así crean que somos de los suyos. Estábamos mojados y congelados así que el fuego parecía la única opción razonable para pasar la noche. El fuego, una vez encendido en el centro de la sala y bajo la chimenea, provocó una ostensible mejora del humor del grupo. Por fin aquello empezaba a parecerse a nuestras excursiones domingueras. Nos sentamos en círculo y sacamos alguna de las latas que habíamos traído. Había una de garbanzos cocidos que calentamos y repartimos. Fue una cena estupenda, pero convinimos en que, si habíamos de seguir la marcha, las latas que sobrecargaban nuestras mochilas tendrían que quedarse en el cuartel. Sería nuestra compensación por el ventanuco roto y la leña quemada. También convinimos en que lo más prudente sería abandonar el cuartel antes del amanecer, aunque nadie parecía saber a qué hora ocurriría eso.

Alguien, creo que Juan, preguntó si debíamos buscar un sitio para dormir. Juan estaba enamorado o eso parecía, de Rosa y probablemente estaba evaluando las posibilidades de la situación, pero Rosa resolvió la duda inmediatamente. Aquí mismo, todos juntos y en los sacos de dormir, dijo.  Pero después de secarnos un poco, añadió, o acabaremos con una pulmonía.

Dejamos pasar una hora de charla alrededor del fuego, a pesar del agotamiento que llevábamos encima, para permitir que la ropa se secara. Incluso cantamos alguna de aquellas canciones de Víctor Jara o Quilapayún que estaban de moda. Localizamos un baño allí cerca con agua corriente, al que fuimos por turnos y sacamos los sacos de dormir. Echamos algo más de leña y caímos rendidos sobre el suelo de madera con las mochilas como improvisada almohada. No recuerdo haber dormido tan bien en mi vida. El amanecer, que debía estar a pocas horas, parecía muy lejano mientras se me cerraban los ojos.

Cuando me desperté ya había alguien en el baño y había algo de luz que parecía venir del piso de arriba, ya que las ventanas del espacio que ocupábamos estaban herméticamente cerradas y apenas dejaban pasar algún hilo de luz aquí y allá. Julián estaba sentado mirando los restos del fuego de la noche anterior y Juan y Andrés estaban aún dentro de los sacos, pero ya despiertos. Las chicas probablemente estaban en el baño. Tendríamos que apagar el fuego y salir de aquí cuanto antes, dijo Julián. A estas horas el humo ya se verá desde lejos. El fuego estaba casi extinguido, pero aún producía algo de humo así que Julián no esperó a que siguiéramos sus consejos y lo apagó del todo echando arena de un cubo que debía estar allí precisamente para eso. Andrés dijo que podíamos haber calentado un poco de agua para tomar un café hecho con el contenido de unos sobrecitos que milagrosamente alguien se había acordado de poner en la mochila. Haremos un fuego fuera, dijo Julián y los demás le secundamos.

Después de pasar todos por el baño y dejar en el centro de la habitación las latas que habíamos traído de Zaragoza y que pesaban lo suyo, salimos por la ventana que habíamos utilizado para entrar por la noche. Subir al ventanuco sin ayuda no era una opción así que el plan inicial, que Juan cerrara la ventana y saliera luego por donde había entrado, quedó descartado. Hicimos lo que pudimos, que no fue mucho, para cerrar la ventana desde fuera y volvimos al camino con idea de buscar una borda o algo similar donde poder hacer un fuego sin riesgo y tomar un café y unas galletas que también llevábamos.

Cuando llegamos a la carretera todos, o casi, pensábamos que íbamos a seguir hacia el norte para completar la excursión que nos iba a llevar a no sabíamos muy bien donde, pero Susana dijo algo que muchos estábamos pensando y preguntó si no sería mejor volver al pueblo. En aquel momento las dos opciones parecían razonables. Eran más o menos las ocho de la mañana. La lluvia de la noche anterior había dejado paso a un sol radiante que empezaba ya a despuntar por encima de las estribaciones del este. Hacer los seis o siete kilómetros que debían faltar hasta el barranco de la Boca del Infierno parecía un reto asumible. Haber dejado las latas, aligerando así notablemente el peso de las mochilas, suponía también que nos habíamos quedado casi sin comida, así que la vuelta al pueblo, otros cinco kilómetros más o menos pero cuesta abajo, también era una elección justificable y la que iba ganando partidarios rápidamente, aunque casi todos nos abstuvimos de mostrar entusiasmo por una opción claramente abandonista.

En el pueblo, dijo Susana, habrá un bar. Podremos tomar un café y desayunar. Sí, dijo Julián, y saludar al guardia. A ver qué le decimos cuando nos pregunte dónde hemos pasado la noche… Bueno, yo contaría exactamente lo que ha pasado, dijo Rosa. Tú puedes, pero yo no, cortó Julián. Estarían encantados de tener algo contra mí, y nada menos que el asalto a un cuartel. Este último argumento nos convenció. Diríamos, si alguien nos preguntaba, que habíamos pasado la noche en una borda cercana a la carretera que no vimos la noche anterior y que ahora, con la luz del día, se veía perfectamente. La opción de volver y dar la expedición por fracasada ya era claramente mayoritaria. Sólo Juan se mostraba un tanto disgustado por el temprano final y con ganas de seguir adelante, pero los demás ya lo teníamos claro. Después de todo, dijo Andrés, siempre podemos volver con mejor equipo y preparación. Algunos asentimos, pero la falta de entusiasmo por la propuesta era evidente. Rosa y Susana no dijeron nada, pero fueron las primeras en echarse las mochilas a la espalda y emprender el camino del pueblo. Los demás las seguimos sin rechistar.

Finalmente, no entramos en Siresa. Dos kilómetros más al sur estaba el pueblo de Hecho, algo más grande, donde no tuvimos que dar ninguna explicación y encontramos un magnífico bar abierto. El desayuno en el bar nos devolvió al ambiente excursionista durante un rato y a las 12 tomamos el autobús hasta Huesca y Zaragoza. Después de todo no había estado tan mal y yo tenía dos días más para preparar el examen del lunes. Ya encontraríamos alguna forma épica de explicar por qué habíamos vuelto tan pronto. 

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Imagen generada por ChatGPT


miércoles, 2 de enero de 2019

Una excursión a la montaña (I)

A las tres de la tarde del día de jueves santo de 1973, creo que era el mes de abril, el autobús nos dejó en Siresa, un pequeño pueblo del Valle de Hecho en el que había unas pocas casas de piedra y alguna, más reciente, con revestimientos de madera, ladrillo o mampostería, corrales en las afueras, el ayuntamiento, ya cerrado, un pequeño bar que también era una tienda en la que se vendía de todo y el cuartel de la Guardia Civil, todo ello en torno a una Iglesia que, por aquel entonces aún debía estar atendida por un cura nativo, formado en los seminarios de Barbastro, recientemente cerrado o de Zaragoza. Alguien sugirió que diéramos cuenta, en el cuartelillo, de nuestra intención de aventurarnos en la montaña, por si nos perdíamos o teníamos algún problema con una climatología que, a pesar de que ya habíamos dejado atrás el invierno, aún podía darnos algún susto. 

viernes, 30 de diciembre de 2005

Mi calle, las fuentes y el río

Parece que se van a recuperar las viejas fuentes del Azud y del Vivero, en la calle de las Fuentes. Para mí, que nací y viví quince años en una casa que está justo encima, estas fuentes fueron un elemento imprescindible del paisaje.

Las fuentes, sobre todo la del Azud —porque la del Vivero decían que no era potable—, suministraban agua en verano y, a veces, también en invierno, ya que la incipiente red de suministro se congelaba con bastante facilidad y, sobre todo, nunca proporcionaba agua a la temperatura adecuada, cosa que sí hacía la fuente.

Las escaleras que llevaban a las fuentes eran también la vía de acceso al cauce del río y a la chopera —la arbolera, en el lenguaje del barrio—, a través del muro de contención del Azud, en el tramo final del desagüe del Moliné. Esta chopera era impresionante —o me lo parece ahora—, con árboles enormes que se levantaban por encima de los tejados, pero cayó antes que las fuentes. A los pequeños chopos que sustituyeron a los que habían cortado se los llevaron las riadas y, puede que también, las rogativas —no creo que pasaran de ahí— de algunas vecinas más que satisfechas con el sol poniente que los árboles caídos no dejaban pasar.