lunes, 13 de junio de 2022
viernes, 3 de junio de 2022
Los Algoritmos
El Heraldo publicó hace unos días la
¿noticia? de que un grupo de expertos, reunidos en la Sala de la Corona de la
sede del Gobierno de Aragón, habían convenido en la urgencia de retomar el
proyecto de la Travesía Central Pirenaica —TCP, para los iniciados—: un túnel
de baja cota a través del Pirineo central, capaz de soportar el tráfico a alta
velocidad de trenes de gran capacidad —de viajeros y mercancías— y de servir de
alternativa a los pasos naturales existentes a ambos lados de la cordillera.
No es la primera vez, desde luego, que la Sala de
la Corona acoge un evento de esta naturaleza. El 13 de septiembre de 2011, día
más o menos, el mismo periódico, creo, publicaba la —vamos a llamarla otra vez—
noticia de que el Ejecutivo aragonés se proponía apoyar o impulsar, seguramente
ambas cosas, a un lobby internacional (sic) en favor de la travesía en
cuestión. En la foto que acompañaba a la noticia se veían unas cincuenta
personas, casi todas de por aquí, así que no sé a qué venía lo de internacional
ni, si a eso vamos, lo de lobby, reunidas en la gafada Sala de la
Corona.
Probablemente, con la misma sensación de estar
asistiendo a un acontecimiento histórico que tuvieron en la presentación —con
un formato bastante más escandaloso, pocos años antes— de Gran Scala, curioso
asunto este último, por cierto, sobre el que quizá valiera la pena volver
alguna vez.
El lobby iba a recabar, a base de eventos
a celebrar en varias ciudades de España y de la Unión Europea, los apoyos
necesarios para sacar adelante el proyecto, pero, que yo sepa, la cosa se
limitó a una moción para apoyar la travesía —que no sé si estaba relacionada
con el lobby— presentada por un senador del PAR que, por aquel entonces,
iba en las listas del PP. Si la moción se aprobó o no —supongo que sí— es algo
que interesa, acaso, al que la presentó y poco más.
Supongo que tampoco ahora va a ir la cosa mucho
más allá de las declaraciones de destacados miembros del actual Gobierno,
declaraciones que, al menos por lo que a este asunto respecta, tampoco tienen
demasiado interés si no se traducen —y no parece que vayan a hacerlo— en algo
más efectivo.
La TCP se hará, si se hace, cuando la tecnología
para perforar montañas, ya muy avanzada, permita tunelar 60 o 70 km bajo el
Pirineo en un tiempo y a un coste asumibles. Razones, tanto para construir este
túnel como para completar la red ferroviaria de Huesca con una línea de Huesca
a Lérida por Barbastro, Monzón y Binéfar, me parece a mí que sobran; pero está
claro que, en estos momentos, no hay ni un clamor popular —que tampoco hubo
cuando perdimos el enlace ferroviario con la línea Zaragoza–Lérida— ni voluntad
política.
Eso llegará, creo yo, pero puede que, para
entonces, la energía y los materiales necesarios para perforar el túnel y
construir las plataformas, las estaciones, las vías y el resto de la
infraestructura ya no estén disponibles.
En esto de la construcción de túneles para
permeabilizar entornos montañosos hay dos ejemplos —en realidad, muchos más— en
los que podríamos fijarnos. Uno de ellos está en los Alpes y, sobre todo, en el
último túnel inaugurado: el San Gotardo, de algo más de 50 km; ejemplo
desechable, probablemente, con el argumento de que la población y el nivel
económico de la zona no admiten comparación con nuestro depauperado territorio.
O con el, aún más peregrino, de que para eso ya está, o estará, el corredor mediterráneo.
El otro, en las islas Feroe, territorio autónomo
—muy autónomo— de la corona danesa en el Atlántico Norte, poblado por unas
50.000 personas y formado por 19 islas, cuya población oscila entre los 140 y
los 20.000 habitantes. Muchas de esas islas, incluida la de 140 habitantes,
están unidas por túneles carreteros construidos bajo el mar, uno de ellos con
la única rotonda submarina del mundo.
Como curiosidad, la oficina del primer ministro
—donde no parecían trabajar más allá de 15 personas— y otros ministerios ocupan
pequeñas casitas de madera de color rojo, algunas con tejado de hierba como
aislante y ventanas sin cortinas, indistinguibles del resto y ubicadas en una
calle cualquiera de Tórshavn, la capital.
Aquí gastamos bastante dinero en sostener una
administración pública hipertrofiada, cuya utilidad no siempre resulta tan
evidente como su ubicuidad.
Pero bueno, dirán ustedes, antes de que me pierda
por estos vericuetos: ¿y a nosotros qué nos importa lo que hagan por ahí? Y,
además, ¿esto no iba de algoritmos?
Ah, sí, los algoritmos…
He leído esta mañana que Yolanda Díaz anuncia un
algoritmo para fiscalizar las horas extras que no se pagan, y me ha parecido
que el asunto daba para escribir, como mínimo, un artículo. A ver si encuentro
tiempo.
De momento, ahí queda el título.
