viernes, 5 de enero de 2018

¿Energía? No pasa nada. Y si pasa, no importa.

¿De dónde venimos?, ¿a dónde vamos? Son preguntas recurrentes a las que no se les suele encontrar una respuesta convincente, por más que una trivial, obvia y parcialmente concordante con la experiencia aparezca ya en Genesis 3:19: «del polvo y al polvo». No parece posible llegar mucho más lejos sin recurrir a la fe, que es una virtud que, como es sabido, no tiene todo el mundo.

Hay otra pregunta que parece más prometedora: ¿qué hacemos aquí? Y, sobre esto, hay opiniones para todos los gustos, desde quienes se empeñan en buscarle un sentido trascendental a la existencia hasta quienes creen que esto no tiene ni pies ni cabeza. También hay una respuesta que sirve para todos los casos, aunque quizá no en la misma medida: lo que hacemos aquí es gastar, derrochar, “malmeter”, como decía mi abuela. De todo, pero, en última instancia, energía.

Habrá quien crea que esto es por vicio o por ignorancia, y es posible que haya algo de eso, pero no mucho porque, en realidad, no podemos hacer otra cosa. O gastamos energía —en este contexto, gastar significa transformar energía útil y concentrada en calor inútil y disperso— o desaparecemos.

Así, nosotros mismos, aunque ya somos concebidos con un alto grado de complejidad, dedicamos ingentes cantidades de energía a mantener y acrecentar esa complejidad a lo largo de toda nuestra vida. Al final volveremos al polvo del que, según el Génesis, salimos, pero la energía que hemos utilizado habrá devenido inútil para cualquier finalidad práctica distinta de elevar un poco más la temperatura media de la Tierra, y el mundo estará un poco más cerca de un estado ideal de entropía infinita y caos absoluto, en el que ya no seremos necesarios ni posibles. Bueno, necesarios tampoco lo somos ahora: la energía tiene otras formas de disiparse sin nuestra intervención.

El caso es que, si queremos mantener la complejidad —la nuestra y la de nuestra civilización—, sostener el escandaloso tren de vida que llevamos en Occidente y permitir una aproximación al mismo a los pueblos que ahora mismo están aporreando la puerta, antes de que consigan echarla abajo, necesitamos un aporte continuo y, preferiblemente, creciente de energía concentrada. Energía que, como es el caso del petróleo y, en menor medida, también del gas natural y del carbón, ha necesitado cientos de miles e incluso millones de años para formarse y que vamos a consumir en poco más de un par de siglos.

El reto —el problema de siempre, aunque durante unos pocos años ha podido dar la impresión de estar superado— es, precisamente, de dónde vamos a sacar esa energía concentrada el año que viene. Pero, a este respecto, podemos estar tranquilos. O no: nos va a dar igual. De acuerdo con los informes anuales de la International Energy Agency, de la OPEC o de la U.S. Energy Information Administration, parece que, al menos un año más, podremos decir que los negocios seguirán como de costumbre.

En resumen, que si en el año 2015 el mix energético —casi 14.000 Mtoe— estaba formado aún por más de un 80 % de combustibles fósiles (carbón, gas y petróleo), un 2,5 % de energía hidráulica, un 9,7 % de biofuel —que tiene la doble virtud de producir energía y matar de hambre a los hipotéticos consumidores— y poco más de un 2 % de energías supuestamente renovables, para 2018 no se prevén grandes variaciones, salvo la consolidación del gas natural como combustible de transición —aún hay quien confía en una transición tranquila hacia las energías renovables— y del fracking como técnica de extracción de los últimos restos, sobre todo en Estados Unidos; un incremento de la eficiencia en los motores de combustión interna, que no se traducirá necesariamente en una reducción del consumo (paradoja de Jevons); una disminución del consumo de carbón, sobre todo en China; y un recurso más decidido a la inversión en renovables.

Nada nuevo bajo el sol, suponiendo que nos cuenten toda la verdad y que las “nuevas políticas” auspiciadas por la Agencia Internacional de la Energía se lleven a cabo. Lo cual tampoco es muy probable.


 (Publicado en ECA el 5 de enero de 2018)