martes, 16 de diciembre de 2025

Peak Oil vs. Peak Europa

En marzo de 2012 escribí un texto sobre el Peak Oil cuando el Brent cotizaba a 125 dólares el barril. Desde la UNED y también en dos congresos en 2011 y 2014, advertimos sobre la caída de existencias en Europa, la insostenibilidad del modelo energético y la ceguera política deliberada. El diagnóstico entonces era sombrío, pero aparentemente claro: la contracción de la oferta de petróleo convencional dispararía los precios y colapsaría el sistema. Trece años después, en diciembre de 2025, el Brent cotizaba en torno a los 59 dólares. Menos de la mitad.

El error no estuvo en el diagnóstico estructural—el petróleo convencional efectivamente entró en declive terminal—sino en asumir rigidez donde hubo elasticidad. El sistema respondió de tres formas que no fuimos capaces de anticipar:

Primero, el fracking estadounidense actuó como colchón temporal, inundando el mercado con petróleo no convencional, carísimo pero funcional mientras los precios se mantuvieron altos. Es insostenible —los pozos se agotan en 2-3 años frente a los 20-30 de yacimientos convencionales—, pero retrasó la crisis.

Segundo, la demanda no creció como se esperaba. China desaceleró estructuralmente, Europa se empobreció y la electrificación del transporte avanzó más rápido de lo previsto. El colapso vino por el lado de la demanda, no de la oferta.

Tercero, la OPEP perdió disciplina. La supresión de las cuotas que hasta entonces limitaban la producción, entre otros factores, generó una carrera a la baja suicida que aún mantiene los precios deprimidos pese a la previsible escasez estructural.

El Peak Oil llegó, efectivamente, pero su manifestación no fue la espiral inflacionaria anticipada sino algo aún más peligroso: una economía tan debilitada que no puede pagar ni siquiera el petróleo abundante. Precios bajos en un contexto de decadencia, no de colapso súbito. El cadáver sigue caminando.

Establecer cuáles de estos factores son coyunturales y cuáles han llegado para quedarse es ahora la pregunta clave. La electrificación del transporte parece estructural e irreversible, aunque traslada el problema energético sin resolverlo. El agotamiento del petróleo convencional también lo es. El cambio demográfico en Europa, China y Japón reduciría, si dejamos aparte los nuevos centros de datos, el consumo energético de forma permanente.

Pero el fracking es un parche temporal. La indisciplina de la OPEP es geopolítica reversible. Y el estancamiento económico plantea la cuestión fundamental: ¿es coyuntural o marca el límite estructural del crecimiento?

La pregunta decisiva es si una economía de servicios de baja intensidad energética es realmente sostenible o si la supuesta "desmaterialización" es solo un espejismo. Porque una economía de servicios sigue necesitando infraestructura física, agricultura intensiva, logística y centros de datos que consumen energía de una manera brutal. Europa ya externalizó la parte intensiva en energía a China como si eso no contara.

Pero aquí emerge el fenómeno más inquietante: Europa se comporta ahora como país en desarrollo antes incluso de dejar de parecer industrializada. Hemos adoptado voluntariamente el papel de periferia en un modelo extractivo.

Aragón, región no excedentaria ni en agua ni en energía, atrae fábricas de baterías chinas y centros de datos americanos. Se vende como "reindustrialización" cuando es exactamente lo contrario: asumir costes ambientales —agua escasa, presión sobre la red eléctrica— a cambio de migajas de empleo precario mientras el valor lo capturan corporaciones extranjeras. Europa importa industria sucia de otros en las mismas condiciones que históricamente impuso a su periferia colonial.

Hemos cerrado nuestra industria—costosa, regulada, sindicalizada—antes de tener alternativa, y ahora aceptamos la de otros en peores condiciones. Competimos como regiones empobrecidas ofreciendo más subsidios, más recursos naturales baratos, menos controles. Sin tiempo para disfrutar de la bonanza que los países en desarrollo tuvieron cuando sus materias primas aún valían algo.

La clave para entender este proceso es reconocer que las élites son globales, no nacionales. No hay "élites europeas o estadounidenses" compitiendo con "élites chinas". Hay una élite transnacional que opera por encima de los estados, extrayendo valor donde sea más conveniente: deslocalizando fábricas europeas a China cuando convenía, trayendo fábricas chinas a Aragón cuando conviene, agotando acuíferos y monopolizando redes de transporte de electricidad para centros de datos donde sea rentable.

Para esta élite, Europa no es "su casa", algo a preservar, sino un activo más a explotar. Los costes se externalizan a las poblaciones locales. Los beneficios se internalizan en paraísos fiscales. Los políticos son meros gestores locales de intereses globales, preocupados solo por mantener la franquicia electoral mientras administran el desmantelamiento.

Si las élites son globales y las poblaciones locales cada vez más inmóviles, envejecidas y empobrecidas, no parece que haya un mecanismo democrático que pueda revertir esto. Votar a otros gestores no cambiará nada si todos administran los mismos intereses. Y cualquier intento de soberanía nacional se estrella contra la realidad de que ya no controlamos ni nuestra cadena de suministro ni nuestra energía ni nuestra tecnología.

China necesita cada vez menos a Europa, pero Europa necesita cada vez más a China. Seguiremos siendo relevantes mientras podamos pagar por lo que nos venden. Nada más. Cuando no podamos pagar —cada vez fabricamos menos, el turismo tiene límites, y la IA sustituye nuestros servicios— la transición puede ser traumática.

El Peak Oil que anticipábamos en 2012 se ha transformado en algo más peligroso: un Peak Europa. Y ahora no parece haber fracking a la vista.

Enviado a ECA: 20/2/2026