El error no estuvo en el diagnóstico estructural—el petróleo
convencional efectivamente entró en declive terminal—sino en asumir rigidez
donde hubo elasticidad. El sistema respondió de tres formas que no fuimos capaces
de anticipar:
Primero, el fracking estadounidense actuó como
colchón temporal, inundando el mercado con petróleo no convencional, carísimo
pero funcional mientras los precios se mantuvieron altos. Es insostenible —los
pozos se agotan en 2-3 años frente a los 20-30 de yacimientos convencionales—,
pero retrasó la crisis.
Segundo, la demanda no creció como se esperaba. China
desaceleró estructuralmente, Europa se empobreció y la electrificación del
transporte avanzó más rápido de lo previsto. El colapso vino por el lado de la
demanda, no de la oferta.
Tercero, la OPEP perdió disciplina. La supresión
de las cuotas que hasta entonces limitaban la producción, entre otros factores,
generó una carrera a la baja suicida que aún mantiene los precios deprimidos
pese a la previsible escasez estructural.
El Peak Oil llegó, efectivamente, pero su manifestación no
fue la espiral inflacionaria anticipada sino algo aún más peligroso: una
economía tan debilitada que no puede pagar ni siquiera el petróleo abundante.
Precios bajos en un contexto de decadencia, no de colapso súbito. El cadáver
sigue caminando.
Establecer cuáles de estos factores son coyunturales y
cuáles han llegado para quedarse es ahora la pregunta clave. La electrificación
del transporte parece estructural e irreversible, aunque traslada el problema
energético sin resolverlo. El agotamiento del petróleo convencional también lo
es. El cambio demográfico en Europa, China y Japón reduciría, si dejamos aparte
los nuevos centros de datos, el consumo energético de forma permanente.
Pero el fracking es un parche temporal. La indisciplina de
la OPEP es geopolítica reversible. Y el estancamiento económico plantea la
cuestión fundamental: ¿es coyuntural o marca el límite estructural del
crecimiento?
La pregunta decisiva es si una economía de
servicios de baja intensidad energética es realmente sostenible o si la
supuesta "desmaterialización" es solo un espejismo. Porque una
economía de servicios sigue necesitando infraestructura física, agricultura
intensiva, logística y centros de datos que consumen energía de una manera
brutal. Europa ya externalizó la parte intensiva en energía a China como si eso
no contara.
Pero aquí emerge el fenómeno más inquietante: Europa se
comporta ahora como país en desarrollo antes incluso de dejar de parecer
industrializada. Hemos adoptado voluntariamente el papel de periferia en un modelo
extractivo.
Aragón, región no excedentaria ni en agua ni en energía,
atrae fábricas de baterías chinas y centros de datos americanos. Se vende como
"reindustrialización" cuando es exactamente lo contrario: asumir
costes ambientales —agua escasa, presión sobre la red eléctrica— a cambio de
migajas de empleo precario mientras el valor lo capturan corporaciones
extranjeras. Europa importa industria sucia de otros en las mismas condiciones
que históricamente impuso a su periferia colonial.
Hemos cerrado nuestra industria—costosa, regulada,
sindicalizada—antes de tener alternativa, y ahora aceptamos la de otros en
peores condiciones. Competimos como regiones empobrecidas ofreciendo más
subsidios, más recursos naturales baratos, menos controles. Sin tiempo para
disfrutar de la bonanza que los países en desarrollo tuvieron cuando sus
materias primas aún valían algo.
La clave para entender este proceso es reconocer que las
élites son globales, no nacionales. No hay "élites europeas o
estadounidenses" compitiendo con "élites chinas". Hay una élite
transnacional que opera por encima de los estados, extrayendo valor donde sea
más conveniente: deslocalizando fábricas europeas a China cuando convenía,
trayendo fábricas chinas a Aragón cuando conviene, agotando acuíferos y
monopolizando redes de transporte de electricidad para centros de datos donde
sea rentable.
Para esta élite, Europa no es "su casa", algo a
preservar, sino un activo más a explotar. Los costes se externalizan a las
poblaciones locales. Los beneficios se internalizan en paraísos fiscales. Los
políticos son meros gestores locales de intereses globales, preocupados solo
por mantener la franquicia electoral mientras administran el desmantelamiento.
Si las élites son globales y las poblaciones locales cada
vez más inmóviles, envejecidas y empobrecidas, no parece que haya un mecanismo
democrático que pueda revertir esto. Votar a otros gestores no cambiará nada si
todos administran los mismos intereses. Y cualquier intento de soberanía
nacional se estrella contra la realidad de que ya no controlamos ni nuestra
cadena de suministro ni nuestra energía ni nuestra tecnología.
China necesita cada vez menos a Europa, pero Europa necesita
cada vez más a China. Seguiremos siendo relevantes mientras podamos pagar por
lo que nos venden. Nada más. Cuando no podamos pagar —cada vez fabricamos
menos, el turismo tiene límites, y la IA sustituye nuestros
servicios— la transición puede ser traumática.
El Peak Oil que anticipábamos en 2012 se ha transformado en
algo más peligroso: un Peak Europa. Y ahora no parece haber fracking a la
vista.
Enviado a ECA: 20/2/2026