viernes, 5 de junio de 2026

Montserrat

Montserrat y yo
He encontrado entre las páginas de un viejo libro — Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino, de Julio Verne, editada por Molino en 1954— esta foto tomada en la plaza de Cataluña de Barcelona, a finales de los años 50. El mundo estaba aún por descubrir y, desde esa perspectiva y a juzgar por nuestro aspecto, debía parecernos algo más serio de lo que después ha resultado ser. No sé si sigue habiendo palomas en la Plaza de Cataluña o si los turistas las han expulsado también a ellas, pero seguro que Barcelona, como casi todo, ya no es lo que era. Entonces había gente que hablaba catalán y gente que hablaba español sin ningún problema. Aprendí algunas palabras en catalán, como calçotet y tovalló —era parte del equipo de ingreso en el Hospital de San Juan de Dios, donde pasé una temporada—, y entendía, como ahora, casi todo lo que me decían; y a mí me entendían todos. Hoy todo es más complicado y el idioma ha pasado a tener un carácter identitario mucho más relevante y ocasionalmente agresivo. Eso no es bueno ni malo. O quizá sea bueno para unos, malo para otros y, como suele ocurrir, indiferente para la mayoría. Es el progreso.