lunes, 8 de junio de 2026

Inteligencia artificial y mercado de trabajo.

Un estudio publicado en noviembre de 2025 por el Servicio Público de Empleo Estatal —elaborado por economistas de Analistas Financieros Internacionales— cifra en 11,2 millones los trabajadores españoles empleados en ocupaciones altamente expuestas a la automatización por inteligencia artificial. Casi el 45% de los ocupados. En Aragón, el porcentaje ronda el 40%, lo que equivale a unos 250.000 puestos de trabajo. El dato ha aparecido hoy mismo en las páginas de El Periódico de Aragón. Puede parecer una proyección apocalíptica, pero es la estimación oficial del organismo público responsable del empleo en España, con metodología académica contrastada y respaldo bibliográfico del FMI, la OCDE y el Banco Central Europeo.

La cifra requiere atención, desde luego, pero no menos que la cuestión, que rara vez se plantea explícitamente, de quién se queda con el excedente que genera esta transformación.

Cada novedad tecnológica lleva implícita la promesa de compensar con otros nuevos los puestos de trabajo que elimina: la electricidad destruyó unos empleos y creó otros; la informática destruyó unos empleos y creó otros; la robótica industrial destruyó empleos y creó otros. La inteligencia artificial, se dice, no será diferente: destruirá algunos empleos y creará otros que aún no somos capaces de imaginar. El mercado lo resolverá. La formación lo resolverá. La adaptación lo resolverá.

viernes, 5 de junio de 2026

Montserrat

Montserrat y yo
He encontrado entre las páginas de un viejo libro —Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino, de Julio Verne, editada por Molino en 1954— esta foto tomada en la plaza de Cataluña de Barcelona, a finales de los años 50. El mundo estaba aún por descubrir y, desde esa perspectiva y a juzgar por nuestro aspecto, debía parecernos algo más serio de lo que después ha resultado ser. No sé si sigue habiendo palomas en la Plaza de Cataluña o si los turistas las han expulsado también a ellas, pero seguro que Barcelona, como casi todo, ya no es lo que era. Entonces había gente que hablaba catalán y gente que hablaba español sin ningún problema. Aprendí algunas palabras en catalán, como calçotet y tovalló —era parte del equipo de ingreso en el Hospital de San Juan de Dios, donde pasé una temporada—, y entendía, como ahora, casi todo lo que me decían; y a mí me entendían todos. Hoy todo es más complicado y el idioma ha pasado a tener un carácter identitario mucho más relevante y ocasionalmente agresivo. Eso no es bueno ni malo. O quizá sea bueno para unos, malo para otros y, como suele ocurrir, indiferente para la mayoría. Es el progreso.