Un estudio publicado en noviembre de 2025 por el
Servicio Público de Empleo Estatal —elaborado por economistas de Analistas
Financieros Internacionales— cifra en 11,2 millones los trabajadores españoles
empleados en ocupaciones altamente expuestas a la automatización por
inteligencia artificial. Casi el 45% de los ocupados. En Aragón, el porcentaje
ronda el 40%, lo que equivale a unos 250.000 puestos de trabajo. El dato
ha aparecido hoy mismo en las páginas del Periódico de Aragón. No es una
proyección apocalíptica: es la estimación oficial del organismo público
responsable del empleo en España, con metodología académica contrastada y
respaldo bibliográfico del FMI, la OCDE y el Banco Central Europeo.
La cifra merece atención, desde luego. Pero más atención
merece aún la pregunta que rara vez forma parte del debate público: ¿quién se
queda con el excedente que genera esta transformación?
Ante cada oleada tecnológica, el argumento
compensatorio reaparece con puntualidad. La electricidad destruyó unos empleos y creó otros. La informática destruyó unos empleos y creó otros. La robótica
industrial destruyó empleos y creó otros. La inteligencia artificial, se dice, no será diferente: destruirá algunos empleos y creará otros que aún no
somos capaces de imaginar. El mercado lo resolverá. La formación lo resolverá.
La adaptación lo resolverá.
Este relato tiene una base histórica real —las grandes oleadas tecnológicas sí generaron empleo neto a largo plazo— y una trampa igualmente real: confunde el agregado macroeconómico con la experiencia concreta de los trabajadores desplazados. Para el jornalero inglés de 1830 que vio la trilladora mecanizar su único sustento invernal, la promesa de que el libre comercio y la industria que surgiría en Manchester crearían prosperidad a largo plazo era verdadera en abstracto e irrelevante en concreto. El largo plazo de los economistas no coincide con el corto plazo de las familias.
El economista turco-estadounidense Daron
Acemoglu, Premio Nobel de Economía en 2024 y uno de los investigadores más
rigurosos sobre las relaciones entre tecnología, empleo y desigualdad, ha
formulado en los últimos años una crítica que incomoda precisamente porque
viene de dentro del consenso académico. Acemoglu no es un tecnófobo ni un
nostálgico: es coautor de estudios seminales sobre el impacto de los robots en
el empleo, y su trayectoria intelectual es la de alguien que ha medido el
cambio tecnológico con más detalle que casi nadie.
Su argumento central es doble. Primero: las
oleadas tecnológicas que generaron empleo neto no lo hicieron simplemente por
sustitución y compensación, sino porque crearon categorías de trabajo
genuinamente nuevas. La electrificación no solo automatizó tareas: generó
profesiones que no existían. La inteligencia artificial generativa, en cambio,
está optimizada casi exclusivamente para automatizar lo ya existente —redactar,
traducir, analizar, programar, gestionar— con escasa capacidad demostrada de
crear tareas nuevas que requieran trabajo humano a una escala significativa. El mecanismo de compensación no está garantizado.
Segundo, y más relevante políticamente: la
trayectoria de la IA no es tecnológicamente neutra. Las empresas invierten en
automatización —no en trabajadores— porque el sistema fiscal penaliza el
trabajo mediante cotizaciones sociales y trata el capital de forma más
favorable. La supuesta inevitabilidad tecnológica es, en parte, una
inevitabilidad fiscal elegida. Si los incentivos cambiaran, el desarrollo de la
IA podría orientarse de otra manera.
El propio estudio del SEPE recoge esta tensión
sin resolverla: constata que las ganancias de productividad asociadas a la IA
son reales y significativas, pero advierte que tienden a concentrarse en
empresas y sectores con capacidad de inversión, lo que puede ampliar
desigualdades salariales y patrimoniales. La tecnología empuja hacia arriba el
PIB potencial; no empuja automáticamente hacia arriba los salarios de quienes
la hacen posible con su trabajo.
Para Aragón, el estudio dibuja un perfil de
riesgo específico. La comunidad se sitúa ligeramente por debajo de la media
nacional en proporción de empleos expuestos, pero esa diferencia no es motivo
de alivio: significa que el tejido productivo aragonés tiene menor peso en los
sectores de servicios intensivos en conocimiento —finanzas, consultoría,
tecnología— que serán los que capturen las mayores ganancias de productividad,
y mayor peso relativo en sectores donde la exposición crece ahora, como determinadas
manufacturas tecnológicas y el sector agroalimentario industrializado.
El estudio identifica además una dinámica
territorial preocupante: las ganancias de productividad derivadas de la IA
tienden a concentrarse en las regiones con mayor capacidad tecnológica
preexistente —Madrid y Cataluña en primer lugar—, mientras el resto del
territorio avanza a menor ritmo. España reproduce así internamente el mismo
patrón que Europa reproduce a escala global: los beneficios se acumulan en los
polos, los riesgos
No se trata de estar a favor o en contra de la
inteligencia artificial. La tecnología avanza con independencia de las
preferencias individuales, y sus aplicaciones incluyen avances genuinamente
valiosos en medicina, ciencia y gestión del conocimiento. La pregunta
pertinente no es si la IA es buena o mala, sino quién captura el excedente que
genera, en qué plazo, y mediante qué mecanismos de redistribución.
Esa es una pregunta política, no tecnológica. Y
su respuesta depende de decisiones que se toman —o se omiten— en materia
fiscal, regulatoria y de política de empleo. La alternativa al optimismo
acrítico no es el catastrofismo, sino la exigencia de concreción: ¿qué parte
del valor generado por la automatización financiará la transición de quienes
son desplazados? ¿Qué mecanismos garantizarán que las ganancias de
productividad no se concentren exclusivamente en los propietarios del capital y
de los modelos?
Hay quienes sostienen que Aragón capturará una
parte significativa de los beneficios de la inteligencia artificial por la vía
de acoger en su territorio centros de datos de gran capacidad. La objeción
merece un examen algo más crítico. Un macrocentro de datos genera entre treinta
y ciento cincuenta empleos directos permanentes, consume volúmenes
extraordinarios de energía y agua, y aloja cálculos cuyos frutos —los modelos,
los servicios, los beneficios— se contabilizan y tributan en las sedes de las
empresas propietarias, situadas fuera de Aragón y con frecuencia fuera de
España. La estructura es la de cualquier industria extractiva: el territorio
aporta los recursos, el valor añadido se acumula en otro lugar. Que Aragón sea
un nodo de infraestructura de la economía digital no equivale a que Aragón
participe en sus beneficios. Es, si acaso, la confirmación del problema, no su
solución.
Existe además un elemento diferencial que
raramente aparece en este debate. El terrateniente del siglo XIX compraba la
trilladora: era suya, estaba en su granero, podía ser destruida o estropearse,
pero respondía a una relación directa entre propietario y herramienta. La
empresa que hoy incorpora inteligencia artificial generativa a sus procesos no
compra nada en ese sentido: suscribe un acceso temporal y revocable a una
capacidad que reside en servidores ajenos, en jurisdicciones ajenas, gestionada
por empresas con sus propios intereses y sus propias condiciones de uso. Ningún
fabricante de trilladoras podía decidir que todas las trilladoras del condado
dejaran de funcionar a medianoche. Un proveedor de IA en la nube sí puede
hacerlo. A esa dependencia contractual se añade la energética: la IA generativa
es extraordinariamente intensiva en electricidad, y un fallo en el suministro,
una ola de calor o una decisión de priorización de la red pueden interrumpir
sin previo aviso procesos productivos que han prescindido ya de quienes los
realizaban antes. La fragilidad no afecta solo al trabajador desplazado: afecta
también a quien lo desplazó. Es una forma de riesgo sistémico para la que la
historia industrial no ofrece ningún precedente.