Las olas de calor ya no son lo que eran. Ni las olas de frío, cada año menos frecuentes y duraderas. El calor ha dejado de ser únicamente un pico para convertirse en un estado de fondo. En Barbastro y en buena parte del valle del Ebro ya no hablamos solo de “veranos duros”: hablamos de una temporada cálida que se extiende de abril a noviembre y de cuatro meses, de junio a septiembre, en los que el calor puede ser persistente y extremo.
Aquí el verano tenía algo parecido a una liturgia. Las hogueras de San Ramón se encendían por todo Barbastro, incluso en lugares hoy impensables, como la plaza del Mercado o el tramo del Vero comprendido entre el salto y el puente de San Francisco. Aquellas hogueras no eran solo fiesta: anunciaban el sosticio de verano y con él la llegada del calor. San Lorenzo, a mitad de agosto, marcaba el punto de inflexión con un calor fuerte, ya en retirada, que hoy nos parecería moderado. En las fiestas de septiembre había quien sacaba por la noche y por si acaso, una rebequita.