sábado, 11 de julio de 2026

Viento del desierto

 

En Barbastro dormir a 28 grados en junio ya no es una excepción. Es la nueva normalidad. Las olas de calor ya no son lo que eran. Las de frío tampoco: cada año son menos frecuentes y duran menos. El calor ya no llega solo en unos pocos días extremos. Se instala durante semanas y termina formando parte de nuestra vida cotidiana.

Aquí, y en buena parte del valle del Ebro, ya no tenemos veranos excepcionales, sino una temporada cálida que puede empezar en abril y prolongarse hasta noviembre. De junio a septiembre el calor no da tregua y es, con frecuencia, extremo. Se puede discutir lo que se quiera, pero algo ha cambiado: Hasta no hace mucho nuestros veranos tenían algo parecido a una liturgia. Las hogueras de San Ramón —hogueras de verdad, trabajadas durante meses, no los montoncitos de palés de las de ahora— se encendían la noche del 20 al 21 de junio por todo Barbastro. Ardían sin consecuencias incluso en lugares que hoy son impensables, como la plaza del Mercado o el tramo del Vero entre el salto y el puente de San Francisco.

Aquellas hogueras celebraban el solsticio de verano y la llegada del calor. San Lorenzo, ya entrado agosto, marcaba el cambio: seguía haciendo calor, pero empezaba a retirarse. Y en septiembre había quien sacaba una rebequita por la noche, por si acaso.

Ese calendario se ha roto. Hoy ya no se permite encender hogueras en casi ningún lugar, salvo alguna excepción como la de la ermita de San Ramón. No es un capricho. El monte llega más seco al verano, las temperaturas son más altas y una chispa puede provocar un incendio devastador.

Dentro de poco, del rito que anunciaba el verano solo se acordará Protección Civil. San Ramón ya no da la salida al calor, porque el calor lleva semanas con nosotros. San Lorenzo tampoco anuncia su retirada. Y la rebequita de septiembre empieza a parecer un reclamo para el turista festivo. O para que los locales no salgan huyendo el 3 de septiembre.

Una ola de calor era antes un episodio excepcional: una semana o diez días con los termómetros disparados. Ahora el problema no son solo esos picos, sino las temperaturas que quedan entre uno y otro. Podemos alcanzar 41 o 42 grados, pero incluso fuera de esos episodios las máximas se mantienen durante días en torno a 37 o 38. A eso se suman la sequedad, el polvo en suspensión y unas noches tropicales —a veces tórridas— que impiden descansar.

No todo el calor viene del desierto, claro. Influyen el calentamiento global, la degradación del suelo, la transformación del territorio y unas situaciones atmosféricas que pueden mantener el aire cálido y seco durante muchos días. Revertir estas tendencias llevará décadas pero adaptarnos es urgente. Será caro, pero no hacerlo costará todavía más.

La adaptación empieza en las viviendas y en las calles. Barbastro, como Zaragoza, Fraga y tantas otras ciudades, acumula calor en el cemento, el asfalto y las fachadas. Los materiales reciben la radiación durante el día y la devuelven por la noche. Los árboles que no se cuidan mueren. Los que sobreviven son insuficientes. Muchos pisos resultan casi inhabitables a las tres de la madrugada. Quien puede permitirse el aire acondicionado enfría una habitación, pero expulsa más calor a la calle.

Todo el mundo tiene derecho a protegerse, pero las soluciones individuales no pueden ocultar un fracaso colectivo: viviendas mal aisladas, barrios sin sombra y ciudades pensadas para facilitar el tráfico, no para proteger a sus habitantes del calor.

Alguien dijo en la tertulia del viejo café que tendremos que aprender de los pueblos del desierto. Pero ellos llevan siglos organizando sus casas, sus desplazamientos y sus horarios alrededor de unas condiciones extremas. Nosotros no. A nosotros nos ha cambiado el clima más deprisa de lo que cambian las ciudades, las viviendas y las costumbres. Adaptarse no consistirá en vestir telas holgadas ni en cubrirse la cabeza con un pañuelo.

Consistirá o debería consistir en cambiar los horarios de quienes trabajan al aire libre y proteger sus salarios cuando el calor obligue a parar. Consistirá en rehabilitar viviendas, crear lugares frescos de acceso público, reforzar la atención sanitaria y cuidar a los mayores que viven solos. También habrá que decidir quién paga las reformas, quién puede refrigerar su casa y qué barrios reciben árboles, sombra y espacios públicos habitables.

La agricultura que nos da de comer es también un sector expuesto.  No solo por el elevado riesgo de incendios, sino por la falta de agua, la pérdida de horas de frío y la dificultad creciente para completar el ciclo de algunos cultivos.

El calor no afecta a todos por igual. Lo soporta peor quien trabaja en el campo, en una obra o sobre el asfalto; quien vive bajo una cubierta mal aislada; quien no puede pagar la electricidad; quien depende de unos servicios públicos saturados; quien envejece solo. Por eso no basta con beber agua, bajar las persianas o evitar salir a determinadas horas. Hacen falta mejores viviendas, protección laboral, más sombra, una gestión responsable del agua y una reducción sostenida de las emisiones.

El Sáhara no es solo un lugar en el mapa ni explica por sí solo lo que ocurre. Es también la imagen del polvo que entra por la rendija, de la noche que no baja de 28 grados y de la hoguera de San Ramón que ya solo existe como recuerdo y como excepción vigilada. El desierto no ha venido a vivir con nosotros, pero algunas de sus condiciones empiezan lentamente a instalarse en nuestra vida cotidiana.

Nadie nos va a preguntar si todo esto nos parece bien o mal. Pero mientras discutimos lo evidente, habrá que decidir cómo nos protegemos, quién paga el coste y a quién dejamos atrás. 

Enviado a ECA 24 julio 2026