En Barbastro dormir a 28 grados en junio ya no es una
excepción. Es la nueva normalidad. Las olas de calor ya no son lo que eran. Las
de frío tampoco: cada año son menos frecuentes y duran menos. El calor ya no
llega solo en unos pocos días extremos. Se instala durante semanas y termina
formando parte de nuestra vida cotidiana.
Aquí, y en buena parte del valle del Ebro, ya no tenemos
veranos excepcionales, sino una temporada cálida que puede empezar en
abril y prolongarse hasta noviembre. De junio a septiembre el calor no da
tregua y es, con frecuencia, extremo. Se puede discutir lo que se quiera, pero
algo ha cambiado: Hasta no hace mucho nuestros veranos tenían algo parecido a
una liturgia. Las hogueras de San Ramón —hogueras de verdad, trabajadas durante
meses, no los montoncitos de palés de las de ahora— se encendían la noche del
20 al 21 de junio por todo Barbastro. Ardían sin consecuencias incluso en
lugares que hoy son impensables, como la plaza del Mercado o el tramo del Vero
entre el salto y el puente de San Francisco.
Aquellas hogueras celebraban el solsticio de verano y la llegada del calor. San Lorenzo, ya entrado agosto, marcaba el cambio: seguía haciendo calor, pero empezaba a retirarse. Y en septiembre había quien sacaba una rebequita por la noche, por si acaso.
Ese calendario se ha roto. Hoy ya no se permite encender
hogueras en casi ningún lugar, salvo alguna excepción como la de la ermita de
San Ramón. No es un capricho. El monte llega más seco al verano, las
temperaturas son más altas y una chispa puede provocar un incendio devastador.
Dentro de poco, del rito que anunciaba el verano solo se
acordará Protección Civil. San Ramón ya no da la salida al calor, porque el
calor lleva semanas con nosotros. San Lorenzo tampoco anuncia su retirada. Y la
rebequita de septiembre empieza a parecer un reclamo para el turista festivo. O
para que los locales no salgan huyendo el 3 de septiembre.
Una ola de calor era antes un episodio excepcional: una
semana o diez días con los termómetros disparados. Ahora el problema no son
solo esos picos, sino las temperaturas que quedan entre uno y otro. Podemos
alcanzar 41 o 42 grados, pero incluso fuera de esos episodios las máximas se
mantienen durante días en torno a 37 o 38. A eso se suman la sequedad, el polvo
en suspensión y unas noches tropicales —a veces tórridas— que impiden
descansar.
No todo el calor viene del desierto, claro. Influyen el
calentamiento global, la degradación del suelo, la transformación del
territorio y unas situaciones atmosféricas que pueden mantener el aire cálido y
seco durante muchos días. Revertir estas tendencias llevará décadas pero
adaptarnos es urgente. Será caro, pero no hacerlo costará todavía más.
La adaptación empieza en las viviendas y en las calles.
Barbastro, como Zaragoza, Fraga y tantas otras ciudades, acumula calor en el
cemento, el asfalto y las fachadas. Los materiales reciben la radiación durante
el día y la devuelven por la noche. Los árboles que no se cuidan mueren. Los
que sobreviven son insuficientes. Muchos pisos resultan casi inhabitables a las
tres de la madrugada. Quien puede permitirse el aire acondicionado enfría una
habitación, pero expulsa más calor a la calle.
Todo el mundo tiene derecho a protegerse, pero las
soluciones individuales no pueden ocultar un fracaso colectivo: viviendas mal
aisladas, barrios sin sombra y ciudades pensadas para facilitar el tráfico, no
para proteger a sus habitantes del calor.
Alguien dijo en la tertulia del viejo café que tendremos que
aprender de los pueblos del desierto. Pero ellos llevan siglos organizando sus
casas, sus desplazamientos y sus horarios alrededor de unas condiciones
extremas. Nosotros no. A nosotros nos ha cambiado el clima más deprisa de lo
que cambian las ciudades, las viviendas y las costumbres. Adaptarse no
consistirá en vestir telas holgadas ni en cubrirse la cabeza con un pañuelo.
Consistirá o debería consistir en cambiar los horarios de
quienes trabajan al aire libre y proteger sus salarios cuando el calor obligue
a parar. Consistirá en rehabilitar viviendas, crear lugares frescos de acceso
público, reforzar la atención sanitaria y cuidar a los mayores que viven solos.
También habrá que decidir quién paga las reformas, quién puede refrigerar su
casa y qué barrios reciben árboles, sombra y espacios públicos habitables.
La agricultura que nos da de comer es también un sector
expuesto. No solo por el elevado riesgo
de incendios, sino por la falta de agua, la pérdida de horas de frío y la
dificultad creciente para completar el ciclo de algunos cultivos.
El calor no afecta a todos por igual. Lo soporta peor quien
trabaja en el campo, en una obra o sobre el asfalto; quien vive bajo una
cubierta mal aislada; quien no puede pagar la electricidad; quien depende de
unos servicios públicos saturados; quien envejece solo. Por eso no basta con
beber agua, bajar las persianas o evitar salir a determinadas horas. Hacen
falta mejores viviendas, protección laboral, más sombra, una gestión
responsable del agua y una reducción sostenida de las emisiones.
El Sáhara no es solo un lugar en el mapa ni explica por sí
solo lo que ocurre. Es también la imagen del polvo que entra por la rendija, de
la noche que no baja de 28 grados y de la hoguera de San Ramón que ya solo
existe como recuerdo y como excepción vigilada. El desierto no ha venido a
vivir con nosotros, pero algunas de sus condiciones empiezan lentamente a
instalarse en nuestra vida cotidiana.
Nadie nos va a preguntar si todo esto nos parece bien o mal.
Pero mientras discutimos lo evidente, habrá que decidir cómo nos protegemos,
quién paga el coste y a quién dejamos atrás.