sábado, 15 de agosto de 2026

Verano 2026

Este verano han pasado las mismas cosas que otros años y también cosas que no pasan habitualmente en verano o que, simplemente, no suelen pasar. Por ejemplo, el eclipse de Sol que los expertos citados por el Heraldo consideran todo un éxito como, por otra parte, cabía esperar. O que España ha ganado el campeonato mundial de fútbol por segunda vez, un extraordinario acontecimiento que sin embargo no parece haber tenido las propiedades anestésicas que de él se esperaban.

Pero hay cosas parecen repetirse año tras año: La llegada masiva de inmigrantes, por ejemplo, o los incendios en el monte. En esta ocasión lo de los inmigrantes parece haberse salido de madre con la entrada de 80.000 marroquíes en la ciudad de Ceuta —son datos del gobierno español—, algo que deja en mantillas el goteo permanente al que ya nos habíamos acostumbrado, y hace más patente la gravedad del problema para las ciudades norteafricanas y también para el resto del país. Los incendios arrasan el monte y lo dejan en inmejorables condiciones para las lluvias otoñales, que no encontrarán más obstáculos que la ceniza y las ramas muertas que arrastrarán hasta los ríos o el mar, pasando antes por encima de todo lo que encuentren en su camino.

Mientras tanto las fiestas patronales, festivales y otros eventos similares siguen celebrándose por todas partes porque, si algo no podemos permitirnos, es dejar al personal sin distracción. No vaya a ser que le dé por leer. O, peor aún, por pensar.

Presentación de las fiestas de Barbastro (foto COPE)


 

martes, 4 de agosto de 2026

La decadencia silenciosa

Las ciudades rara vez cambian por una única gran decisión. Son el resultado de cientos, quizá miles, de pequeñas decisiones tomadas por personas distintas a lo largo de muchos años. Algunas aciertan, otras no, pero sólo unas pocas tienen la capacidad de modificar de verdad el futuro de una ciudad. Y aún son menos las que logran mantenerse el tiempo suficiente para consolidar sus efectos.

Lo normal es que las instituciones que finalmente configuran una ciudad nazcan para responder a una necesidad concreta, crezcan impulsadas por el entusiasmo de sus primeros años y, después, entren lentamente en una fase de rutina. Sin un esfuerzo continuado de mantenimiento, innovación y adaptación, empiezan a perder influencia, prestigio y capacidad de atracción. No suele ocurrir de golpe. Es un deterioro lento, casi imperceptible, que sólo se aprecia cuando se compara la realidad actual con la de veinte o treinta años atrás.
Las grandes infraestructuras son especialmente vulnerables a ese fenómeno. Un hospital, un centro universitario o un polígono industrial requieren décadas de atención constante. No basta con inaugurarlos. Si dejan de evolucionar mientras otros sí lo hacen, comienzan un lento proceso de pérdida de competitividad que, con el tiempo, acaba siendo muy difícil de revertir.