Las ciudades rara vez cambian por una única gran decisión.
Son el resultado de cientos, quizá miles, de pequeñas decisiones tomadas por
personas distintas a lo largo de muchos años. Algunas aciertan, otras no, pero
sólo unas pocas tienen la capacidad de modificar de verdad el futuro de una
ciudad. Y aún son menos las que logran mantenerse el tiempo suficiente para
consolidar sus efectos.
Lo normal es que las instituciones que finalmente configuran
una ciudad nazcan para responder a una necesidad concreta, crezcan impulsadas
por el entusiasmo de sus primeros años y, después, entren lentamente en una
fase de rutina. Sin un esfuerzo continuado de mantenimiento, innovación y
adaptación, empiezan a perder influencia, prestigio y capacidad de atracción.
No suele ocurrir de golpe. Es un deterioro lento, casi imperceptible, que sólo
se aprecia cuando se compara la realidad actual con la de veinte o treinta años
atrás.
Los grandes activos de una ciudad son especialmente
vulnerables a ese fenómeno. Un hospital, un centro universitario o un polígono
industrial requieren décadas de atención constante. No basta con inaugurarlos.
Si dejan de evolucionar mientras otros sí lo hacen, comienzan un lento proceso
de pérdida de competitividad que, con el tiempo, acaba siendo muy difícil de
revertir.
En Barbastro tenemos ejemplos que invitan a la reflexión. El centro de la UNED, el Hospital o el polígono industrial vivieron una etapa de crecimiento y consolidación. Eran proyectos con capacidad para transformar la ciudad y, en buena medida, lo hicieron. Sin embargo, por motivos diferentes en cada caso, todos parecen haber entrado después en una fase de estancamiento, cuando no de franca decadencia. El centro del que salió la Valija Virtual —hoy pieza clave del sistema de evaluación de la UNED— no debería resignarse a ser uno más. La ubicación periférica, el desmantelamiento de la Fundación que lo creó y sostuvo y el desplazamiento del modelo hacia Internet ya juegan en su contra, y por eso resultan difíciles de aceptar tanto la ausencia de nuevos proyectos como el riesgo de perder el liderazgo tecnológico que durante años lo distinguió.
El hospital arrastra la dificultad de muchos centros
comarcales para retener especialistas, algo que podría mitigarse si los
profesionales encontraran salida a expectativas personales, familiares y
vitales que, hoy por hoy, Barbastro y su entorno no consiguen ofrecer. Y el
polígono compite en desventaja con Monzón y Huesca, e incluso con Binéfar, que
disponen de un elemento fundamental: el ferrocarril, una ventaja competitiva
que Barbastro perdió hace décadas y sobre cuya recuperación apenas existe ya
debate, ni siquiera como proyecto utópico de futuro. Algo que pone de
manifiesto una preocupante falta de ambición y también de imaginación. Y no
sólo por parte de los políticos.
Estos procesos no suelen tener un origen único. Es verdad,
pero hay muchas responsabilidades, casi siempre por omisión. La persistente
ausencia de un proyecto de ciudad y la curiosa propensión a jalear a los que se
van e ignorar a los que se quedan han contribuido a rebajar las expectativas
colectivas de una ciudad que aún se asombra cuando se cierra otro comercio,
aparece un nuevo solar en el centro urbano o sus calles siguen acumulando
suciedad.
Cada mandato hereda una situación ligeramente peor que la
anterior y añade un pequeño paso más en la misma dirección, hasta que un día
descubrimos que aquello que constituía uno de los principales atractivos de la
ciudad ha dejado de serlo.
Las ciudades no suelen arruinarse por lo que hacen mal un
día, sino por lo que dejan de hacer durante muchos años. Se debilitan
lentamente, casi sin que nadie lo advierta, cuando dejan de cuidar aquello que
un día les dio prestigio y oportunidades.
Pero hay alguien cuyo trabajo, precisamente, consiste en
vigilar que eso no ocurra. O debería consistir en eso. Un alcalde, y por extensión un Ayuntamiento, hereda una
ciudad y puede entregarla mejor o peor de como la recibió. No es magia: es
atención. Es advertir los síntomas de deterioro cuando todavía pueden
corregirse y reconocer que el hospital, la universidad o el polígono
industrial no son reliquias del pasado, sino activos que exigen inversión
continuada, innovación, diálogo con quienes los gestionan y, sobre todo, la
convicción de que merecen la pena.
Un alcalde que entienda esto haría preguntas distintas. No
sólo donde puede cortar una nueva cinta roja, sino cómo revitalizar la UNED
desde la capacidad tecnológica que ya posee. No sólo cómo atraer inversión en
el polígono, sino cómo hacer que un ingeniero, un médico, un comerciante
quieran quedarse en Barbastro porque ven que alguien está pensando en serio en
su futuro. No esperar resignadamente que se cierren comercios o las empresas elijan otro emplazamiento, sino preguntarse
por qué ocurre eso y qué puede hacer el ayuntamiento para evitarlo.
La verdadera política de futuro no consiste sólo en
inaugurar nuevos proyectos, sino en conservar, actualizar y fortalecer los que
ya existen. Porque recuperar una institución que ha entrado en decadencia
siempre resulta mucho más difícil y costoso que haber evitado su deterioro. Eso
es lo que deberíamos preguntarle a quien aspire a ser alcalde el próximo año.
No qué promete construir, sino qué está dispuesto a mantener vivo. Y con qué
disciplina, con cuánto tiempo y con cuánta obstinación está dispuesto a hacerlo
cuando el entusiasmo de los primeros años haya pasado y sólo quede el trabajo
gris, cotidiano, de la verdadera transformación.