La percepción que la gente tiene de la situación económica depende de cómo le vaya, y no al revés; es decir, que a uno no le van, objetivamente —y al menos en principio—, las cosas bien o mal en función de si ve el mundo que le rodea con optimismo o con pesimismo.
Tampoco parece muy probable que vaya a tener mucho efecto una campaña como la puesta en marcha por unos cuantos políticos y entidades de variado pelaje, en la que se incita al personal a trabajar, todos juntos, por la recuperación y, de paso, a compartir, a través de Internet, historias edificantes y de superación del estilo de las que podíamos leer en las Vidas de santos de la posguerra española. Al menos, no en magnitudes como el valor de la deuda, el nivel de desempleo o el precio del petróleo.
Pero ahora parece que lo que hay que hacer es dejarse de vainas —como diría mi amigo Rubén, de Buenos Aires—, encarar la vida con alegría y buscar la manera de transmitir confianza al vecindario.
Bueno, pues por mí que no quede.
Hoy, en lugar de escribir sobre macanas y pendejadas —que es lo que, también según Rubén, hago habitualmente—, voy a recomendarles la lectura de Los Miserables, de Victor Hugo, que también es una historia ejemplar y con final feliz.
Disfruten.
(Podría añadir “mientras puedan”, pero, en beneficio del necesario espíritu de optimismo y concordia, no voy a hacerlo).