
He visto la película española Los Borgia, que, a pesar de que dura dos horas y media, se puede ver sin ningún problema.
Cuenta la historia de Rodrigo Borgia, que llegó a Papa con el nombre de Alejandro VI, que hacía y deshacía a voluntad, nombró cardenal a su primogénito, gonfaloniero a su segundo y casó a su tercer hijo y a su hija con quien, en cada momento, le pareció más conveniente para sus manejos políticos.
El papa tenía a su amante en el Vaticano y se rumoreaba que su hija mantenía relaciones incestuosas con él mismo y con su hijo mayor, que, a su vez, se acostaba con su cuñada y mató o hizo matar a su hermano y a su cuñado.
De todo esto, y de otras cosas que no se cuentan en la película, pero que seguro que también ocurrieron, estaban al cabo de la calle los que gobernaban Roma, las ciudades italianas y los países cristianos de Europa occidental, pero a nadie se le ocurría poner en cuestión al Papa por dos razones.
La primera es que el Papa era uno de ellos y no se comportaba de forma diferente a como se comportaban ellos; y la segunda, y más importante, que hacía ya tiempo que los gobernantes habían descubierto lo útil que era tener a Dios —a cualquier dios en el que la gente pudiera creer— de su parte.
Y eso no tiene nada de extraño, porque el único objetivo claro que tiene este gobierno —todos los gobiernos— es permanecer en el poder el mayor tiempo posible, y están convencidos de que, en España, no hay quien mantenga el poder mucho tiempo sin una neutralidad benevolente por parte de la Iglesia católica.
Neutralidad que creen asegurarse a base de concesión tras concesión y que, finalmente, no puede existir, porque también la Iglesia tiene claro quiénes son sus amigos y quiénes meros aliados coyunturales.
La imagen es un detalle del Fresco de la Resurrección de Pinturicchio, pintado hacia 1492 y está en el dominio público (al menos, según Wikipedia, en los Estados Unidos).